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19-04-2016 Versión imprimir

 
 
Eusebio Poncela



“Mi sitio está entre lo jodido y lo difícil. A quién le importa lo fácil”


El actor vallecano, que lleva décadas deslumbrando con títulos como ‘Arrebato’, ‘La ley del deseo’ o ‘Martín Hache’, vuelve en la piel de Cisneros. Y dispuesto a todo
 
 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Nacho Sarrais (beonstudio)
La mayoría hemos conocido a alguno. Hace años. Esos príncipes de la calle, los superhéroes de barrio, que diría Kiko Veneno. Esas almas diamantinas que patinaban sin esfuerzo en el estanque helado de la adolescencia, que esquivaban los golpes en los callejones con elegancia de boxeador superclase y el miedo bien metido en el bolsillo para que no se viera; los que podían probarlo todo y arrepentirse de nada; los que te sacaban del fango sin mancharse.
 
   A ese linaje, se nos antoja, perteneció un día Eusebio Poncela (Madrid, 1945), y en él se mantuvo hasta hoy. Se nos ocurre mientras repasamos su biografía y su carrera, y lo vemos posando sin pestañear, su traje hoy de azul oscuro y sus ojos siempre de azul claro, en la suite Miró del Hotel InterContinental Madrid, en la que un día se alojó Ava Gardner cuando amaba y odiaba a Sinatra. Mientras ella dejaba la huella de sus pies descalzos en la moqueta de este hotel internacional, Poncela pateaba las calles de su barrio español, el madrileño de Vallecas, en tiempos en que todo olía a mugre y resquemor.
 
   Mucho antes de escapar al centro de la ciudad, a las clases de la Escuela de Arte Dramático, ya había sido vigilante en un cementerio de coches, albañil, empleado de oficina... y príncipe de barrio. Ni la España gris de Franco, ni el aburrimiento, ni las drogas, ni los excesos del corazón pudieron con él. Setenta años después promete ver nuestros cadáveres pasar y follárselos si es necesario. “Es broma”, aclara. Le encanta usar la fornicación en su repertorio de frases epatantes y adornar estas con una sonrisa traviesa que pone a la mente en guardia. Charlemos.
 
"Detesto hablar de mí"
– Cuesta echarle a usted el guante. Lo intentamos hace unos años, pero estaba en Argentina.
– Las entrevistas no son mi fuerte, la verdad. No concedo muchas. En cuanto a Argentina, voy con bastante frecuencia. Me quieren mucho en Sudamérica. Aquí las cosas se habían puesto especialmente difíciles hace unos cuantos años. Lo poco que se podía hacer era muy malo, y me marché. Regresaba ocasionalmente, por ejemplo para el Edipo que hice en 2009 con Lavaudant, pero básicamente vivía y trabajaba en Buenos Aires.
 
– Allí expuso sus pinturas por primera vez.
– Sí, eso ocurrió hace cuatro años. Mis primeros siete cuadros, y en una galería fabulosa, pero eso tal vez sucedió porque era Eusebio Poncela. Soy buen pintor, cuidado, pero no para tanto, aunque tampoco me dio pudor alguno. Pinto y dibujo desde que tengo uso de razón, y se me da bien; es una de mis habilidades, que ahora trato de convertir en arte. Este país es muy jodido para los actores, para los pintores, para los que cosechan arroz... para todos, pero voy a intentar exponer también aquí, escoger una galería y colgar ocho o nueve cuadros.
 
– ¿Y por qué ahora la pintura después de tantos años?
– Pues antes no lo había podido hacer por trabajo, por pereza, por mi tendencia a la golfería, no sé, lo que fuere, da igual. El caso es que ahora tengo posibilidades y voy a intentarlo. También estoy escribiendo bastante. Hice dos obritas para Microteatro por Dinero, de unos diez minutos cada una, y tuve buenos resultados, así que ahora estoy en algo más grande, aunque de momento solo me atrevo con dos personajes, dos gemelos. Y de eso va la obra, de la dualidad. Es maravilloso poder explorar terrenos apasionantes como la pintura y la escritura, oficios duros. Es maravilloso y jodido, pero ¿a quién le importa lo fácil? Mi lugar natural está entre lo jodido y lo difícil.
 
– Ya nos ha dicho que no le gustan las entrevistas.
– Las detesto. Me dan alergia, quiero que lo sepa, pero no por ustedes. No me gusta hablar de mí.
 
– Por pudor.
– ¿Pudor?, las pelotas. Es que me da pereza hablar de mí mismo. Y no es que tenga nada contra el egocentrismo. Sin él no habría un montón de pintura, escritura y arte en general, incluida la interpretación. Es solo que el egocentrismo, como todo, tiene sus niveles y momentos oportunos para manifestarse. No es más que un juguete que sencillamente delata lo que somos. Solo temo a la torpeza, a mi torpeza.
 
– En eso puede caer también el entrevistador.
– A mí el entrevistador me la pela. ¿Ve? Eso es egocentrismo [entre risas por las dos partes].
 

 
 
 
– Pintura, escritura... Más de una vez ha dicho que el actor debe distanciarse de su trabajo por temporadas para volver a él con frescura.
– Pongámonos de acuerdo. Yo nunca he sido muy trabajador. Soy más bien de rascarme la barriga, de natural. He sido ambicioso en cuanto a la autoexigencia artística, algo que no tiene nada que ver con el dinero o el poder; he tenido una ambición, digamos, estilizada. Y eso es lo que me ha movido a trabajar.
 
– Con el Macbeth de 2004 volvía a las tablas tras diez años sin pisarlas, ¿no es de los que no puede vivir sin subir al escenario?
– Me formé como actor en el teatro y me gusta mucho hacerlo, pero muy de Pascuas a Ramos. El otro día le entregué un goya a Irene Escolar, que es muy jovencita, y me hablaba de lo que le chiflan las giras. Yo las odiaba. Solo empecé a disfrutar del teatro de verdad cuando me pusieron un micrófono.
 
– Un sacrilegio para muchos.
– Para mí no, y he pasado por escuela, giras y el Cristo que lo fundó, pero siempre me ha parecido de lo más antinatural berrear de ese modo. Yo odio hacer el ridículo, y por eso soy muy exigente con mi trabajo, al estilo de Ibáñez Menta, pero no para acomodar mi físico a la función, sino por mi voz. Era de los que siempre iba a comprobar la acústica de los teatros donde actuaba. Tengo una voz un poco velada, desmayada. Le gusta a mucha gente, pero no es un vozarrón –ni quiero tenerlo–, de ahí que tuviera que ajustarme mucho en las salas. Para abreviar, un coñazo espeluznante. Me han llevado al teatro desde bien pequeño, y esa forma antinatural de hablar siempre me ha chirriado. Me van a matar por decir esto, pero me trae sin cuidado. El pinganillo ese me salvó la vida.
 
– Acerca la interpretación al modo cinematográfico, donde usted está más cómodo.
– Pero no es porque yo sea un actor más de cine que de teatro sino porque detesto el esfuerzo, salvo que tenga causa justificada, como sobrevivir a una muerte violenta e inminente. En cualquier otro caso, el sobreesfuerzo me parece un espanto.
 
El abejorro asombrado
– Hablaba usted de su infancia y el teatro. ¿Recuerda su primera vez en las tablas?
– Cómo olvidarlo. Debuté a los tres años disfrazado de abejorro en el teatro de un colegio enorme que hay en Embajadores [un barrio del Madrid más castizo].
 
– Pero ¿no era usted de Vallecas?
– Sí, pero no voy a resumirle aquí los periplos gitanescos de mi familia. Vivimos en varios lugares de Madrid.
 
– No habla mucho de su familia.
– No, no les gusta. Digamos que no es gente ociosa. Con eso ya le he dicho bastante.
 
– En Vallecas precisamente, antes de ser actor, se había buscado la vida en trabajos muy diversos, como escayolista, por ejemplo.
– No, lo que pasa es que mi cuñado es escultor y tenía unos encargos, entre ellos unas pruebas con escayola para unos techos en las que yo fracasé estrepitosamente, sencillamente porque no tengo alma de obrero. Defiendo a la clase obrera, pero no estoy hecho para ese rol. Y me echaron, como de tantos otros sitios.
 
– ¿Siempre justificadamente?
– Tal vez en alguna ocasión tenían razón.
 
– En ocasiones ha hablado de ostracismo, de zancadillas, de que se han criticado sus hábitos con las drogas o su vida sexual, cuando usted siempre ha mantenido estos asuntos al margen del trabajo. ¿Ha hecho muchos amigos en el oficio, o más enemigos?
– Aquí mucha gente me ha condenado al ostracismo por raro, pero yo soy de lo más normal del mundo. Podré ser peculiar, si quiere. Muy peculiar, de hecho, pero no raro. Solo que hago lo que me sale de los mismísimos, y eso no ha sentado muy bien. Los que pretendían relegarme no lo consiguieron porque siempre he tenido mucha seguridad en mí mismo. Y muchos de los que intentaron juzgarme ya no están por aquí. Aunque no lo parezca, uno ya tiene unos años.
 
   Es verdad que no lo parece. Poncela conserva un físico envidiable para su edad y el porte entre vulnerable y elegante de los comienzos de su carrera. Ni siquiera el rostro refleja lo accidentado del camino.
 
– Va a tener que recomendarnos su gimnasio y su línea de cosméticos.
– ¡Qué dice! No me doy ninguna crema, salvo para trabajar, porque tengo la piel más seca que el palo de un churrero; siempre me lo dicen en maquillaje. No me cuido nada. Al gimnasio sí que voy, igual que lo hicieron mi padre y mi abuelo. Es por educación, digamos. Ahora que pinto y escribo, todo el día con el culo pegado a la silla, si no fuera al gimnasio me anquilosaría. Ya no es por el culto al cuerpo, que también, sino por cuestión de defensa personal.
 
– ¿Su adicción a las drogas le trajo problemas con la profesión?
– No, nunca. Siempre llevé muy bien mi adicción, que afortunadamente es algo del pasado. Es una enfermedad de la que estoy curado. Lo grave es que Cahiers du cinema la hizo pública, lo que no es precisamente bueno para la carrera de nadie, y fue de una gran hipocresía, especialmente cuando esa práctica jamás afectó a mi trabajo, cosa que no puede decir quien escribió aquello. A principio de los ochenta vivimos esa historia muchos. Y los inquietos más, pero yo no me quejo. Quejarse debilita mucho.
 
Igual los que lo arrinconaban veían su actitud como una provocación, no como algo natural. ¿El precio de ser libre es la condena a la soledad?
– Al ostracismo tal vez, a la soledad no. Aclaremos una cosa para que no haya lugar a malentendidos. Yo vivo solo y soy una persona a la que le sienta bien vivir sola. A mucha gente le produce depresión. No es mi caso. Yo disfruto de mi soledad.
 
 

 
 
 
– Está claro que hay muchos clichés que con usted no han funcionado.
– Pero a ver, si es que siempre estamos solos. No tengo miedo al cliché ni a la madre del cliché. Como con todo, la soledad puede ser una aliada, depende de cómo la vivas y la utilices.
 
– ¿Ya cuando empezaba en esto era un chico tímido pero desafiante?
– Todos los artistas lo son. Si no, lo tienen difícil. El pintor, el escritor, el actor, todos llevan dentro un componente de timidez y, por supuesto, de desafío. Conozco bien a los actores, y en nuestro mundo la timidez es esencial porque sin ella no podrías dar el salto. La timidez está ahí para saltársela. Bien empleada, es una amiga. Si te paraliza, es mejor que te dediques a otra cosa.
 
– Nos contaba que se subió a las tablas por primera vez a los tres años...
– Vestido de verde, en el papel de un abejorro. Yo fui abejorro.
 
– ¿Y como profesional?
– A los veinte años con la compañía de María Dolores Pradera en el Teatro Marquina, haciendo Mariana Pineda, de Lorca. Todavía estaba en la escuela, en segundo, pero yo siempre fui muy independiente y necesitaba pagarme mi alquiler.
 
¡Qué antiguo es todo! 
– Hemos leído que se aburría bastante en aquella escuela.
– Hum, verá, ¿sabe cuál fue mi primer pensamiento coherente cuando yo era abejorro? Que todo era muy antiguo. Así se lo decía a mis padres y así me lo han contado ellos: “Te pasabas el día ‘qué antiguo es esto’, ‘qué antiguo es lo otro’, y así siempre”. Yo ya era un pedazo de hijo de puta peligroso. Fíjese, un muchachín sin idea de nada que miraba el mundo desde abajo y ya veía todo aquello como algo vetusto, decimonónico, apolillado. Tuve la suerte de tener algunos buenos maestros en la escuela, como Manuel Dicenta, que nos enseñaron el verso, por ejemplo, cosa que no he practicado nunca, aunque sé hacerlo divinamente. Para eso tuve aquellos maestros. Pero estamos hablando del año 1967, por Dios; lo importante no estaba pasando en la escuela.
 
– Lo importante estaba en la calle.
– Sí, y eso que España no era ningún fiestón.
 
– Tampoco ahora hay mucha alegría. Hasta los titiriteros corren peligro.
– Sí, los meten en la cárcel mientras Pujol está fuera. Este país sigue siendo un poco gurruño, y con pelusa. Detesto la España profunda. Espero que las nuevas generaciones con sus nuevas tecnologías cambien algo, pero temo que va más allá de eso, que hay algo arraigado en nuestro carácter. Yo miro para delante, no tengo nada que ver con eso.
 
– También fue portero en un cementerio de coches, usted que años después protagonizó ‘El cementerio de automóviles’, de Arrabal.
– Gracias a Dios tuve que hacer de todo cuando era jovencito. Dada mi naturaleza, si yo lo hubiera tenido fácil, habría sido un sofisticado asqueroso. Tuve una adolescencia de mierda y, a la vez, fantástica. Me vi obligado a mover el culo desde el minuto uno para construir y defender mi independencia. Pasé por decenas de trabajos que seguramente eran tremebundos, pero que me vinieron bien.
 
Juan Carlos Fresnadillo lo definía como glamuroso y mefistofélico, y por eso quiso que hiciera ‘Intacto’ (2001). ¿Es usted la prueba de que se puede ser principesco y de barrio?
– Claro, cómo no. Igual que se pude ser de barrio y ser un canalla. O ser un aristócrata pedorro, baboso e inmundo. Echo de menos a Fresnadillo. Le he perdido la pista.
 
– ¿Qué hay de ese aire demoníaco? Estamos con Fresnadillo en que su mirada tiene algo inquietante.
– Pues no, puede que lo parezca, pero no soy nada malvado. Soy travieso. Bastante travieso. En el peor de los cementerios de coches siempre he tenido ángeles de la guarda y no he necesitado ser mala persona. Sí que he necesitado de la travesura. Soy travieso y barriobajero, muy cheli. El otro, el elegante, también está ahí. Debo de ser bipolar o multipolar, yo qué sé.
 
Formó parte del elenco del legendario ‘Marat-Sade’ que montaron Francisco Nieva y Adolfo Marsillach en 1968. ¿Cómo era su papel de Polpoch y qué supuso para su carrera?
– Fue fantástico. Venía de un Lorca en verso y de ambientación histórica; un montaje, digamos, menos contundente. Marat-Sade, en cambio, se vinculaba directamente a lo que estaba pasando en ese momento en Europa y en el mundo. Desde Serena Vergano a Adolfo, hasta en las pintas que llevábamos, parecíamos una compañía venida de fuera de España. Por eso solo nos dejaron representarla durante tres meses. Tres días en Madrid, que estaban ya programados, y el resto en Barcelona. En Barcelona íbamos a estar un año, pero le recuerdo que llegó el estado de excepción y allí se acabó todo. Peter Weiss retiró la obra.
 
   El ABC del 5 de octubre de 1968, tras una crítica muy elogiosa de Lorenzo López Sancho el día anterior, informaba así sobre los manifestantes que fueron disueltos en la Plaza de Santa Ana de Madrid: “Algunos profirieron gritos subversivos y entonaron cánticos sobre la libertad”. Mientras, en el Teatro Español, llovían octavillas de verdad, no de pega como el día del estreno.
 
– Vamos, que la liaron ustedes parda. Pero duró poco la alegría.
– Fue un corte de rollo enorme. La compañía –cuarenta personas– era en sí misma un mundo, una burbuja luminosa con vida propia dentro de la oscuridad más absoluta. Éramos como un swinging London en miniatura. En enero del siguiente año volvimos a la realidad más cruda y feroz. “¿Qué demonios hago después de esto?”, pensé. No recuerdo bien, pero enseguida Adolfo me contrató para otras cosas y la gente de televisión contaba conmigo: Pilar Miró, Josefina Molina, José Antonio Páramo, etc. En la tele hice cosas muy buenas, como La montaña mágica Los bandidos, de Schiller, con Marisa [Paredes] y Juan Diego.
 
 

 
 
 
– Y al poco tiempo se marchó a Estados Unidos.
– En 1973 me fui a América y pasé allí dos años, pero no fui a estudiar, ni a nada por el estilo. Es más, Stella Adler me echó de su clase porque me la tomaba a guasa. Era obvio y notorio. No me interesaba un carajo porque era espantosa. Otra que me echó. Tengo testigos. Estaban Carmen Elías y Joan Potau. Conocí a mucha gente, eso sí. Soy muy amigo de John Strassberg, por ejemplo. Pero me dediqué a otras cosas. Llevo un arquitecto dentro, y Nueva York es muy interesante en ese aspecto. Luego pasé un tiempo en Los Ángeles.
 
– ¿No se planteó quedarse?
¿En Estados Unidos? [con cara de asombro]. ¿Está usted loco? No, por Dios. Quería conocer las ciudades grandes y disfrutar. Nada más. ¿Quedarme allí? ¡Ni en pedo! [brota el porteño que lleva dentro]. Además, yo, que aborrezco los grandes símbolos patrióticos, allí me volvía un españolito a carta cabal, me pasaba el inglés por el arco del triunfo y sacaba a pasear mi idioma natal, el vallecano. He hecho alguna película en inglés y es como lo que hablábamos antes, como actuar sin micro.
 
– Y después del viaje a Estados Unidos, ¿cómo se encontró esto?
– Había comenzado pronto a hacer cine con gente nueva que iniciaba su carrera en ese momento, como Emilio Martínez Lázaro o Jaime Chávarri, gente de mi generación que, en algunos casos, venía de la Escuela de Cine. Todos empezamos en el 70-71 de una forma más o menos precaria. Pero no daba con películas que me interesaran demasiado. Volví de Estados Unidos casi en el 75, cuando empezaba a morirse mi primo.
 
– Y el nuestro.
– Yo estaba en la casa del cónsul de España en París. No recuerdo por qué estábamos apalancados allí, pero aguantamos en aquella casa hasta que se murió.
 
Rebelde, homosexual y aficionado a algunas sustancias. Todo esto a buen seguro le puso frente al régimen franquista. ¿Franco lo persiguió por este u otros motivos?
– No, jamás. Ni por mi sexualidad, ni por política, ni por drogas, ni nada. Y podría haber sido perseguido, pero fui inteligente en ese aspecto. Yo no estaba metido en la lucha clandestina contra el régimen de esa manera, digamos, oficial. Lo estaba de otras, más peligrosas si cabe, y que de momento no quiero explicar. Mi clandestinidad fue constante, pero no tan visible –si es que la clandestinidad puede serlo– como otras. En todo caso, soy de ritmo lento. Tengo 114 años y parece que tengo 14, pero no he hecho ningún pacto con el diablo ni voy al gimnasio de Fausto. Cuando muchos a mi edad se han quemado, yo estoy descubriendo nuevas cosas y de muchos colores.
 
Arrebatos, demonios y movidas porteñas
Tras el periplo americano, Poncela comenzó a consolidarse a finales de los setenta como un solvente actor de cine que asumía papeles arriesgados sin arrugarse en el empeño. Se sucedieron películas importantes, como la interesante y pionera Operación Ogro (Gillo Pontecorvo, 1979) en la que daba vida al etarra Argala; o la legendaria Arrebato (Iván Zulueta, 1980), uno de los emblemas de lo que luego se llamaría movida madrileña; las exitosas series Los gozos y las sombras (1981) y Las aventuras de Pepe Carvalho (1986), basadas en las novelas de Gonzalo Torrente Ballester y Manuel Vázquez Montalbán, respectivamente; y, cómo no, Matador (1986) y La ley del deseo (1987), de Pedro Almodóvar, en la segunda de las cuales Poncela abordaba al primer homosexual verosímil de la historia de nuestro cine, hoy un icono del cine gay.
 
– Llegó entonces la década de los ochenta.
– Sí, en la que yo ya entré encaminado, bien orientado. Había trabajado con Gillo en Operación Ogro y las oportunidades empezaban a casar. Entonces hice Arrebato, con Iván Zulueta.
 
‘Arrebato’ fue carne de cinestudio durante años. Hoy es objeto de culto. ¿Para usted también? ¿Qué opina del aura mítica que hoy rodea a esta película?
– No opino nada. Estoy hasta la coronilla de hablar de ella. Iván y yo hicimos más cosas juntos, Párpados por ejemplo, porque siempre contó conmigo. Además Iván ya se fue y punto. Yo lo admiraba mucho porque era un artista impresionante de verdad. Fue uno de los grandes de este país, y he conocido unos cuantos, así que hablo con conocimiento de causa. Me parece que la película se merece el estatus que tiene, pero se le ha dado tantas vueltas que yo, particularmente, ya estoy cansado. Lo mismo que de Martín Hache o de Los gozos y las sombras.
 
– En ‘Arrebato’ andaban, entre otros, Antonio Gasset, Cecilia Roth y el enigmático Will More. ¿Volvió a verlo?
– Antonio y Cecilia son grandes amigos. Con Will More he tenido una relación guadianesca. Lo vi por última vez en Miami en el año 2004. No andaba bien de salud. Vivía solo en ese momento. Fue la última vez que lo frecuenté; que frecuentar a Will More es como frecuentar al caballo de Atila. Todo un personaje.
 
– La movida que se vivía en Madrid en los ochenta, de la que se ha hablado hasta la saciedad y a la que todo el mundo niega la partida de nacimiento, proponía una alternativa a la cultura oficial. Hoy, digamos que es parte de esa cultura oficial. ¿Se considera un outsider o un insider de aquella movida?
Jamás he formado parte de ningún grupo, ni siquiera de rocanrol. Precisamente hacia 1982 Will More, que era un personaje de la movida, vivía en mi casa. Y yo lo veía entrar y salir, pero nunca he tenido que ver nada con aquello. Nunca milité en ningún rebaño.
 
– Hablando de rocanrol, hizo un videoclip de los Fabulosos Cadillacs en Argentina.
– Es parte de lo que Charly García [conocida figura del rock argentino] llama “mi obrita argentina”. Mi colaboración con músicos es una parte de esa obrita que es muy interesante. Recientemente dirigí Rimbaud, el último clip de Los Estelares, que lleva más de un millón de visitas en YouTube.
 
– Usted tiene media vida hecha allá, al menos media vida profesional.
– No, no solo profesional. Media vida en todos los sentidos. Podría escribir un libro que se prohibiría seguro. Fui a Argentina a lo bestia. Recalé allí por primera vez en 1993, huyendo de aquí por demonios y situaciones personales.
 
– Pero ya había estado antes en los ochenta, ¿no?
– Mi primera visita fue de tipo profesional, apenas dos semanas, en 1983 y coincidiendo con la asunción de Alfonsín; las calles llenas de gente. El país era una fiesta. Iba para contratar a Carlos Gandolfo, al que conocía de haber hecho Veraneantes, de Gorki, con José Luis Gómez en el Teatro Español de Madrid. Había ido tan bien y nos entendíamos tanto que fui a buscarlo para que me dirigiera en La gata sobre el tejado de zinc.
 
– Y en 1993 lo acogieron Cecilia Roth y Fito Páez.
– Pasé seis meses en su casa del barrio de Palermo. Entonces Fito era tan popular como Sylvie Vartan en la Francia de 1965. Estuve muy travieso.
 
– ¿Cuánto?
– ¡Uf! No le puedo explicar. Conocí a mucha gente, entre ellos a Osvaldo Soriano, el novelista, que entendía bien mi locura, de hecho escribió un artículo sobre ello antes de morir, pobrecito mío. En 1994 hicimos una película basada en su novela Una sombra ya pronto serás, con mucha gente conocida, como Miguel Ángel Solá, y dirección de Héctor Olivera. Las amistades de rodajes son atómicas.
 
 

 
 
 
– Esto es típico de los actores, tener relaciones explosivas y muy cortas por los rodajes. ¿Cómo le ha ido a usted en ese sentido?
– Para mí ese tipo de amistad es perfecto. Si no, hubiera tenido una familia.
 
– No le vemos con familia.
– Pues claro que no. Esos encontronazos son maravillosos, aunque puede ocurrir todo lo contrario: no entenderte en absoluto.
 
– Con quien sí se entendió fue con el actor Humberto Tortonese.
– Sí, cómo no. A Tortonese lo adoro. Es un genio. En 2011 preparamos una versión de ¿Qué fue de Baby Jane?...
 
   Lo recordarán. En Whatever happened to Baby Jane? (1962) tuvo lugar uno de los grandes duelos interpretativos de la historia del cine. La rivalidad real entre las superestrellas Joan Crawford y Bette Davis fue llevada a la pantalla por Robert Aldrich a través de una historia en la que las hermanas Blanche y Jane, ambas actrices, viven bajo el mismo techo, la primera (Crawford) confinada en una silla de ruedas por un misterioso accidente y la segunda (Davis) víctima del fracaso y sumida en su adicción al alcohol.

–...
pero la Warner nos negó los derechos; al parecer iban a hacer un musical con ella y, por otro lado, no podían consentir que la hicieran dos tíos. Me pasaron una lista de las cosas que no podía hacer en una versión, que eran todas. Así que en un mes escribí la obra con estas manitas. Y salió Las estrellas nunca mueren, una obra irreverente y surrealista. Humberto era la niña prodigio, Elvira, y yo hacía el papel de la ignorada en la infancia, Flor, que luego alcanza el estrellato pero queda inválida.
 
– Y estrenaron en Corrientes.
– Que está sobrevalorado, si me permite. Es poco más o menos como la Gran Vía madrileña, igual de pedorra y convencional, llena de revista y vodevil.
 
– Pero en las callejuelas...
– Sí, eso sí. El off de Corrientes es muy interesante, diría que más que el teatro alternativo aquí.
 
Volvamos por un momento al éxito arrollador que tuvo ‘Los gozos y las sombras’. Al hilo de aquella popularidad, alguna vez ha dicho que entiende la veneración pero abomina de la fama.
– No abomino, sencillamente soy alérgico a ella. Me encantaría disfrutarla, pero no puedo. Es superior a mis fuerzas. Ser famoso siempre me pareció un ladrillo en la cabeza, un castigo divino, algo insoportable. De lo que sí disfruté es de Gonzalo Torrente Ballester, porque entendí su mundo y se trataba de un mundo y de una persona brillantes. Lo que implicó hacer el papel de Carlos Deza, en términos de popularidad, fue un agobio. Quizá Charo [López] lo llevó mejor que yo. Si la gente te entra bien, vale, pero no siempre eso ocurre. Y yo puedo llegar a ser violento. Timidez y violencia son un cóctel explosivo.
 
– También hubo grandes proyectos que se desinflaron, como ‘El Dorado’, de Saura.
– Ya, pero yo es que me moría por ir a Costa Rica, qué quiere que le diga. Me tocó hacer otra vez el papel de homosexual, como en La ley del deseo, pero esta vez en la selva. La verdad es que eso no me hacía tanta gracia, por lo repetitivo. Pero quiero mucho a Carlos y fui adelante con el proyecto. Creo que en aquel rodaje se desaprovechó la atmósfera de locura a que llegamos los componentes del equipo artístico, en medio de aquel entorno selvático y que de algún modo cuadraba con la locura de la aventura de Aguirre. Quizá faltó improvisación y sobró rigor.
 
– ¿De qué armas se vale para sacar adelante proyectos en los que no ve futuro?
El oficio de actor me sigue apasionando y creo que estoy obligado a hacerlo bien, a entregarme y dar lo mejor que llevo dentro. Así debe ser y así debe funcionar toda la compañía.
 
 

 
 
 
A lo loco se vive mejor
Tras el éxito de Martín (Hache) en 1997 de la mano de Aristaráin, y con la entrada del nuevo siglo, Eusebio Poncela trabajó con directores jóvenes, como Juan Carlos Fresnadillo (Intacto, 2001), Álex de la Iglesia (800 balas, 2002) o Roger Gual (Remake, 2006). Vinieron tiempos duros y él miró de nuevo al sur, a Argentina. Poco a poco, ha regresado a España. Y con fuerza. Sus intervenciones como Malasangre en la serie Águila Roja y en el papel de Cisneros en Isabel y El ministerio del tiempo lo han vuelto a situar en primera línea.
 
– Hay toda una generación de jóvenes que empiezan a ver cine y televisión ahora, y que lo conocen solamente por ‘Águila Roja’ o ‘Isabel’.
– Esa generación no había nacido cuando hice todas aquellas películas. Tampoco Arrebato, Martín (Hache) o Intacto son películas de cine de barrio, con lo cual, entre eso y el tiempo que he pasado en Argentina, muchos me acaban de descubrir.
 
– ¿Cómo está viviendo este, llamémoslo, regreso?
– Apasionadamente. Disfruto del trabajo en Águila Roja porque me divierto, especialmente cuando me tocan escenas con Javi [Gutiérrez], que es un actor versátil y al que le gusta jugar. Yo ya voy un poco a lo loco, y él lo sabe y juega también. Hay gente que se asusta porque es todo muy intenso. El de Malasangre es un papel escrito para mí, pero soy un poco culo inquieto, así que ya estoy pensando en nuevas cosas.
 
– A este papel, que podría ser muy caricaturesco, le da un aire extremado pero no paródico.
– El verdadero trabajo del actor es a solas. Uno ensaya, va y viene, pero el trabajo real se hace a solas. En seis frases se le puede dar la vuelta a un personaje, como al de Malasangre, y dejar al personal pasmado, pero para eso hace falta oficio, y pasar tiempo a solas con él.
 
– En teatro ha sido Romeo...
– El Romeo fue en 1970 con María José Goyanes, en una adaptación horripilante de Neruda. Estuvimos todos mal, empezando por mí y acabando por Neruda. Yo venía de hacer Sabor a miel, que fue un gran éxito, y se me habían subido un poco los humos. Era muy jovencito, de modo que este fracaso me vino estupendamente. Me puso en mi sitio... Perdón, ¿cuál era su pregunta?
 
– También ha sido Macbeth y Edipo. Tres grandes clásicos. ¿Qué es más fácil o interesante: un enamorado perdido, un asesino ambicioso o un atormentado por la mala conciencia?
– El tercero. Edipo es muy complejo. Es jefe y es masoquista, y todo lo encaja. Lo que me gusta de él es su nobleza y su resistencia, a pesar de las adversidades. Me identifico mucho con él, más allá del personaje.
 
– ¿Se considera, entonces, un superviviente?
– Edipo tiene algo más que la entereza del superviviente. Hay algo poético e inhumano en él, hay un vuelo que coincide con mi parte más loca, que la tengo de un modo rebosante. Por eso para mí este personaje es fácil de sentir. También me encantó hacer Macbeth, pero me obligaba a sacar una parte de espectáculo que tiene el personaje. Macbeth es un showman y Edipo no. Shakespeare siempre te enseña y siempre es difícil. Por eso me motiva. Ya se lo dije antes: entre lo jodido y lo difícil. Pero con Shakespeare hay que tener cuidado porque te deja en vinagre [pone gesto catatónico], como papel secante. Lo sé por otros actores, ingleses y de otras partes.
 
– Más allá del aroma mítico del apellido, ¿qué tuvo de especial trabajar con John Strassberg en ‘Una luna para desdichados’?
– Pues, no sé. A Strassberg lo conocía de antiguo. Habíamos hecho juntos una obra de Sam Shephard hacía años, que no salió del todo bien. Fue en la época de Matador. En esta ocasión era O’Neill, que a mí, francamente, me parece un coñazo. Si entras a fondo en este autor, encuentras una barrila importante, una nube negra llena de alcoholismo. No es el tipo de dificultad que me guste, la verdad, y lo encuentro repetitivo. John hizo un buen trabajo y yo creo que no estuve mal, pero no quisiera volver a representar a O’Neill.
 
– ¿Y con Almodóvar tampoco repetiría?
– No se trata de eso. Con Pedro coincidí en una época de gran creatividad, que creo que ya pasó. Nunca llegamos a entendernos del todo bien, de todos modos.
 
– Parecía todo lo contrario.
– Tal vez, pero no era así. Trabajamos juntos y lo que hicimos funcionó, tanto Matador como La ley del deseo. Punto. En todo caso, no soy persona de repetir mucho con directores, ni con Aristaráin, por ponerle un ejemplo de alguien que es casi como un hermano. Prefiero mirar a ver quién me espera a la vuelta de la esquina... Bueno, ya le he contado un montón de cosas, ¿no?
 
– Solo un par de preguntas más. ¿Va a volver a dirigir a Poncela?
– En la obra sobre gemelos de la que le hablaba. ¿ Y quién sería mi gemelo perfecto?
 
– ¿Marisa Paredes?
– Bingo. Mucha gente piensa que somos la misma persona.
 
– Hasta da la impresión de que se parecen físicamente.
– En la ceremonia de los Goya alguien lo comentaba. Entregamos un premio juntos y, como siempre, cuando nos reencontramos es como si no hubiera pasado el tiempo. No me gusta trabajar con presión y quiero hacerlo bien, de modo que le calculo un año de trabajo para que el texto esté listo.
 
– No hemos hablado casi de su método de trabajo.
– Depende del momento y el proyecto. El actor debe ser dúctil y saber adaptarse a cada compañía, a cada equipo; debe saber qué va a sacar de cada elemento de su medio, cual piraña amazónica. La metodología depende de la química que se genere en el grupo, principalmente de la que genera el director. El trabajo en solitario es muy importante, como le decía. Cuenta mucho la curiosidad que tengas. Yo la tengo enloquecida. Y las nuevas tecnologías no han hecho nada para apaciguarla, todo lo contrario. Puedo irme muy lejos, pero siempre vuelvo y engancho con el personaje. Es muy divertido.
 
– Ha rodado y estrenado ‘La corona partida’, de nuevo en el personaje de Cisneros.
– Sí, esa ya ha echado a volar, creo que con soltura. Por otro lado tengo una road movie para junio de este año en la que nos pasa de todo en un trayecto entre Barcelona y Almería. Se trata de un guion fantástico. Sigo con la escritura, como le he contado, y con la pintura. Espero exponer pronto en Madrid. Tengo una vitalidad que se me sale por los poros. Átense los machos, que voy. Estoy dispuesto a todo.
 
 
 
 
19-04-2016 Versión imprimir
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