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29-03-2017 Versión imprimir

 

Fernando Chinarro

“Me temo que el actor es una especie en extinción”
 
 
Con cientos de papeles en teatro, televisión y cine, Fernando Chinarro, el mítico señor Chinarro de ‘El gran circo de TVE’, lamenta la degradación que sufre el gremio


PEDRO PÉREZ HINOJOS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Con su barba plateada y ese aire bonancible que le rodea, Fernando Chinarro (Madrid, 1933) pasa inadvertido entre la gente. Aunque algunos viandantes con los que se cruza no pueden evitar darse la vuelta, convencidos de que ese abuelo con la sonrisa a punto de dispararse es el auténtico señor Chinarro, el sufrido y entrañable cascarrabias al que mortificaban con sus bromas disparatadas Gabi, Fofó, Miliki y Fofito en El gran circo de TVE. “Hace unos años no podríamos estar tomando aquí un café tan tranquilos. Sería un número”, exclama divertido en una mesa de una atestada cafetería madrileña, mientras narra entre un sinfín de anécdotas las vicisitudes de una larga carrera como actor de teatro, cine, televisión y doblaje, inevitablemente marcada por la enorme popularidad que le proporcionó su larga temporada con los payasos. Hasta el punto de que un músico indie, el sevillano Antonio Luque, hizo llamar a su banda Sr. Chinarro, y Paco España le dedicó un documental. O sea: un ilustre de pies a cabeza.
 
– La vena de actor no le vino de familia y sus comienzos, además, están vinculados a la radio. ¿Cómo fue aquello?
– Mi padre hacía teatro aficionado. Le llegaron incluso a ofrecer trabajo en una compañía, pero tenía que estar seis meses sin cobrar y no se lo podía permitir. A mí siempre me gustó la radio y cuando estaba terminando en la Escuela de Arte Dramático, a finales de los cincuenta, entré en Radio Intercontinental para hacer teatro. Luego pasé a Radio Nacional y empecé a compaginarlo con el doblaje. Ese ha sido el trabajo más estable que he tenido. Desde los 60 hasta el 2000. He doblado de todo, hasta personajes de Los Simpsons.
 
 

 
 
 
– ¿Y cómo llegó a la televisión?
– A raíz de estar trabajando en RNE empezaron a surgirme pequeños papeles dramáticos para Televisión Española, en los tiempos en los que aún estaba en el Paseo de la Habana. Recuerdo, por ejemplo, una serie que se titulaba Con el código en la mano y en la que se escenificaban algunos artículos del código de circulación. A partir de ahí me llamaron para hacer papeles en Estudio 1 y me fui enganchando hasta hacer decenas de encargos también en Noche de teatro o Teatro de siempre. Ni yo mismo sé la cantidad de trabajos que he hecho. En aquel tiempo, antes de terminar un Estudio 1 o una novela, ya tenías uno o dos programas esperando para hacer. Más tarde, cuando en 1972 empecé con los payasos, todo se paró bastante.
 
– ¿Tan absorbente era el trabajo con ellos?
– Era una mañana lo que me llevaba grabar la aventura, esa parte del programa en la que yo participaba. Hacíamos un ensayo, Gabi nunca se sabía nada [risas] y luego grabábamos. Pero era un compromiso semanal para un trabajo muy estable al que no podía fallar.
 
– ¿Y cómo entró en el circo?
– El realizador Manolo Ripoll fue quien me lo ofreció. Me dijo que había una familia de payasos, los Aragón, que después de trabajar muchos años en América iban a empezar un programa para niños y necesitaban a un actor para una parte de su programa. Les gustó el tipo que di, el de señor serio y enfadado, y me preguntaron Fofó y Miliki: “¿te gustaría hacer algunos programas más con nosotros?”. Dije que sí y me quedé 12 años...
 
 

 
 
 
– Tanto les gustó que ni siquiera se molestaron en cambiarle el nombre para las aventuras…
– Ellos tenían muy claro lo que querían hacer, porque ya habían hecho mucha televisión en América y lo habían probado todo. Pero ese personaje de señor protestón, al que lían y relían, lo fuimos moldeando poco a poco. Y lo del nombre es curioso, sí: mucha gente aún cree que no es el mío de verdad.
 
Aunque el doblaje y el circo le ofrecieron fama y continuidad, Chinarro logró participar en decenas de películas y series de televisión, desde que Borau le dio su primera oportunidad en el cine allá por 1963. En los últimos años ha intervenido en títulos como Buñuel y la mesa del Rey Salomón, Peor imposible , Isi & Disi o Balada triste de trompeta, y ha dado vida a personajes para espacios y series inolvidables como La bola de cristal, Farmacia de guardia o Querido maestro.
 
– ¿Algún trabajo por el que sienta un cariño especial?
– Guardo muy buen recuerdo de Lorca, la muerte de un poeta, a las órdenes de mi buen amigo Juan Antonio Bardem, donde hacía del padre de Federico. A nivel profesional, lo que da más satisfacciones es el teatro, y he tenido la suerte de hacer mucho. Aún podría hacerlo, pero le tengo tanto respeto que prefiero decir que no antes de no estar a la altura. Hace poco Juan Diego, casi un hermano para mí, me llamó para hacer un Shakespeare, pero lo rechacé. “¿Pero estás loco?”, me decía. Quiero estar bien y no fallar a los compañeros.
 
 

 
 
 
– Y después del teatro, ¿televisión o cine?
– Tendría que ser pelota y decantarme por la televisión, pero prefiero el cine. Al fin y al cabo, la tele es incoherente y se limita a imitar el cine. Técnicamente ahora ha cambiado mucho y a mejor, claro. Ahora se puede retocar todo y repetir lo que haga falta. Antes, si te equivocabas dos veces, no volvías [risas].
 
– ¿Qué compañero le ha impresionado más?
– Yo siempre tuve debilidad por José Bódalo. Me encantaba su naturalidad. Solo con su mirada ya lo decía todo. Él odiaba el método; poseía una fuerza innata, un verdadero don para este oficio. Recuerdo que en el ensayo de una obra que hicimos con William Layton, un defensor del método Stanislavski, le dijo: “Pepe, tú ahora te das la vuelta en silencio, te paras y miras por la ventana como si vieras pasar toda la tragedia de tu vida, tu infancia, tus padres muertos…”. Y entonces Pepe le interrumpió: “O sea, William, lo que tú quieres es que haga una pausa, ¿no?” [risas]. Hay actores que necesitan referencias, orientaciones, y en eso los directores pueden ayudar. A Pepe nunca le hicieron falta.
 
   Clavado en la memoria infantil de muchos cineastas, Chinarro se ha convertido en un actor muy solicitado en decenas de óperas primas y cortos. Y entre estos encargos y su férreo compromiso con la defensa gremial de los actores, ahora como miembro de la junta directiva de la Academia de Cine, conoce al detalle la situación de la profesión. Una sombría realidad que le borra la sonrisa entre la blanca barba.
 
 

 
 
 
– ¿Confía en que cambie el panorama?
– La situación es demoledora. En las últimas décadas se habían dado muchos pasos importantes en los derechos laborales y sociales de los actores, pero ahora la profesión está cambiando a mal. No hay más que ver el informe que publicó AISGE hace poco. Dan ganas de llorar. Me temo que la figura del actor tal y como la hemos conocido hasta ahora, con dedicación exclusiva y sin necesidad de ganarse el sustento con otros trabajos, se está acabando. Somos una especie en extinción.
 
– ¿Se siente un privilegiado?
– Pues sí. Mi futuro ya no es futuro. Es algo muy corto. Pero me queda el grato recuerdo de lo pasado, de lo vivido, de lo cual no cambiaría apenas nada. Podría haber intentado otras cosas o aprovechar mejor algunas ocasiones, pero no me arrepiento. He tenido el privilegio de hacer lo que he querido y de formar parte de una profesión hermosísima.
 
– ¿Se da ya por retirado entonces?
– Pues mire, no rechazaría un papel de cine. Pero el problema es que apenas hay papeles para gente mayor, todo son conflictos y problemas de gente joven. Yo, que he hecho de cualquier personaje, ahora estoy limitado a hacer de abuelo, jubilado o vecino del quinto.
 
 

 
 
 
Fofó y la lengua mordida
Fernando Chinarro atesora innumerables vivencias únicas con los payasos de la televisión, de los que aún admira el talento que derrochaban. De Fofó, por ejemplo, destaca su virtuosismo para arrancar sonrisas usando su mirada. “Te desarmaba con solo mirarte a los ojos, era impresionante”, apunta Chinarro, y lo ilustra con una anécdota. “Un día, antes de grabar, me dijo que me iba a fastidiar la aventura, que me iba a hacer reír. Se apostó conmigo un café. Yo hacia de un portero en un campo de fútbol y él empezó a hacerme preguntas absurdas, a pincharme, y a mirarme con esos ojos que te mataban. Y yo, actor viejo ya, me mordí la lengua y aguanté la risa hasta el final. “Qué cabrón, no te has reído”, me dijo. Y yo le respondí: “Sí, he ganado, pero mira cómo tengo la lengua…”.
 
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