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Ilustración: Luis Frutos


Los actores

Fernando Méndez-Leite





 
            Me ha costado mucho escribir estas líneas porque los actores forman parte de mi vida con tanta fuerza, tanta insistencia, tantos afectos y en tantos aspectos, que no encontraba la manera de hincarle el diente al tema. Ahora que lo he terminado (¿?), me doy cuenta de que debería escribir un libro sobre ellos en el que cupieran mis admiraciones, mis respetos y mis distancias, mis filias y mis fobias, mis amigos, mis novias y mis decepciones, los buenos y los malos, los de entonces y los que se asoman a mañana. Los actores me han dado más felicidad que ninguna otra profesión con que me haya cruzado, me han provocado inquietudes y zozobras en la preparación de las películas, en los ensayos de las funciones y en los rodajes en lucha contra el tiempo, me han hecho reír y alguno llorar, me han cargado a veces por pesados, gremialistas y presuntuosos. Y todo eso merecería un libro. Pero estén tranquilos. No lo escribiré. O si.
 
Ahora, aun antes de llegar a la adolescencia, muchos chicos quieren ser directores de cine, casi ninguno de teatro. Pero allá por los lejanos años 50, los de mi infancia, ni siquiera sabíamos que detrás de una película había un director. Y al teatro no íbamos. Creo recordar que, sin contar las representaciones colegiales, durante toda mi infancia tan sólo vi “La Tomasica y el mago”, “Los sobrinos del capitán Grant” y un espectáculo en el Calderón en el que Antoñita Moreno cantaba “El cordón de mi corpiño” y “Sortija de oro”. Al cine sí íbamos mucho, más o menos, dos veces por semana a programas dobles. Y naturalmente, a los que veíamos era a los actores. Una de Clark Gable, se decía. Me enamoré de Ann Blyth y Claudette Colbert - ¡qué gustos más peculiares!, un poco cursis, verdad -, claro es que Rita Hayworth, Silvana Mangano, Sofia Loren o Ava Gardner no eran toleradas para menores. Y admiraba a Gary Cooper, Alan Ladd – otra vez los recuerdos infamantes -, Gregory Peck y, sobre todos ellos, a Fernando Fernán-Gómez, que vivía cerca de mi casa y al que seguía por la calle a menudo intentando inútilmente llamar su atención. Yo quería ser cura – por Balarrasa– o tranviario –por Aldo Fabrizi–, pero de haber elegido entonces una profesión artística, sin duda hubiera sido la de actor de cine. Yo era un niño muy solitario, no tuve un amigo hasta los once años y me ejercitaba ya en la misantropía que, tras cincuenta años de pretendida ocultación, he asumido en este presente de agresión tecnológica y de acoso de sociabilidad. No mis amigos, pero sí mi mundo, estaba en las películas costumbristas españolas y si me sentía más cómodo con Antonio Riquelme, Julia Caba Alba, Pepe Isbert, Julia Lajos o el gran Félix Fernández, por poner sólo unos ejemplos de un universo que no tenía fin, era – sin que yo lo supiera – porque ellos eran los mejores actores del mundo. ¿Por qué me gustaba tanto ese cine español, que era tan malo, tan reaccionario – yo era un niño reaccionario, todo hay que decirlo y ahí está mi pasión por “La señora de Fátima” para corroborarlo -, con aquellos diálogos recitados para la posteridad por galanes y primeras damas casi siempre doblados y que inequívocamente miraban hacia el horizonte? Por los injustamente llamados actores secundarios. Y no sólo los españoles, sino los Arthur Kennedy, Dan Duryea, Charles Bickford, Thelma Ritter e tutti altri que engrandecían las estupendas películas americanas en las que está el origen de la pasión por el cine de toda una generación. O en las voces de aquellos estupendos actores de doblaje que les prestaban su voz. ¿Se han dado ustedes cuenta de que Rafael Luis Calvo hablaba mejor que el propio Clark Gable? ¿Qué Rafael Navarro otorgaba un señorío y una prestancia a los Ivanhoe y Lancelot du Lac –Lanzarote del Lago, en la traducción de entonces– que hubiera admirado al propio Robert Taylor? ¿Que Ramón Martori clavaba el timbre y la entonación de caballero de vuelta de todo que daba a sus personajes el gran Louis Calhern?
 
   Esas primeras sensaciones del cine de mi infancia me hicieron intuir algo que ahora defiendo con convicción. En el arte de la representación quien comunica con el espectador es el actor. En teatro esto es bastante evidente por muchas volteretas y ostentaciones de fuegos artificiales que se empeñen en desplegar esos pavos reales de la dirección de escena. Si en escena está Berta Riaza, Héctor Alterio, Jeanne Moreau, Norma Aleandro o Emilio Gutiérrez Caba, pongo por caso, ya pueden crear los directores y escenógrafos que no conseguirán ocultarlos. En el cine el asunto es algo más complejo porque el actor pierde autonomía y el director controla a través de la planificación y el montaje –incluso el doblaje– el trabajo de los intérpretes. Ello provoca a veces frustraciones en los actores y actrices que ven cómo la toma elegida no es la que ellos preferían o que ha desaparecido tal o cual escena que a ellos les parecía la culminación de su carrera. Pero también ofrece la ventaja –o la aberración, según se mire– de limar pequeños defectos, carraspeos inútiles, titubeos de inseguridad, que se han deslizado en el rodaje, utilizar actores que no saben hablar y doblarlos, algunas veces con resultados sorprendentes, e incluso doblar a un actor que habla estupendamente por otro que también. En esas películas, en general tremebundas, de los años 60 que tantas veces reponen en TVE es frecuente oír a la inimitable María Luisa Ponte doblada por otras compañera o a Félix Fernández con la voz de Yayo Calvo –¿recuerdan la voz española de Peter Sellers en “El guateque”?–, lo que provoca una sensación similar a la del paciente en el quirófano pendiente de que le cambien el hígado por el de otro señor. ¿Se transplantan los hígados?
 
   Recuerdo que en cierta ocasión Pepe Sacristán me contó que llevaba 15 días rodando una película y que todavía no había visto dónde estaba la cámara. El director, hoy ya fallecido, pero muy prestigioso por los años de la transición, se había especializado en colocar la cámara en los lugares mas inverosímiles sin la menor consideración para los pobres actores que se veían luego tapados por absurdos objetos de atrezzo o desfigurados por objetivos deformantes o angulaciones absurdas. Esa tendencia fue muy celebrada en los 70 y aun hoy es frecuente que los directores estén más atentos a la supuesta belleza del plano, a la iluminación esotérica o al menor detalle de sonido que al trabajo de los actores, a su comodidad, a las implicaciones de los menores detalles de su trabajo en el resultado final. Me he pasado 18 años en la ECAM repitiendo a los alumnos que lo único que contaba de verdad eran el guión y los actores y que los demás estábamos allí para no estorbar ni al texto ni a sus intérpretes.
 
   Aun aceptando que en el cine la autoría, para bien y para mal, corresponde al director, puesto que él es quien tiene la totalidad de la obra en la cabeza, quien toma cientos de decisiones que afectan directamente a su sentido y a su resultado, quien en definitiva se expresa, quien narra…, no cabe duda de que el campo de creación y de comunicación que les queda a los actores es inmenso. El porcentaje más sustancial de placer que me han proporcionado las películas a lo largo de mi vida me lo han dado los actores. Y claro, Hitchcock, Ford, Renoir, Hawks, Rohmer, Wilder, Erice, Berlanga, etcéra. Porque donde más claramente se aprecia esa importancia de los actores es en ciertas películas insustanciales o directamente espantosas en las que a veces quedamos enganchados imantados por el trabajo autónomo de sus intérpretes. Me ocurre casi a diario. Tengo la costumbre de ver – gracias al maravilloso DVD, que diría Boyero – películas antiguas y actuales, españolas, americanas, italianas…, qué sé yo, en ciclos que me programo con cierto rigor organizativo pero con nulas exigencias de calidad. Así puedo ver “Wagonmaster” de John Ford y a continuación “Limosna de Amores” de Lola Flores, “La pianista” de Haneke y la última de Apichatpong Weerasethakul, entre las que intercalo “Totó busca piso”. Puedo así quedar extasiado con la frágil sequedad de Henry Fonda en “Pasión de los fuertes”, el ritmo frenético de James Cagney en “Uno, dos, tres” o la riqueza de cada levísimo gesto del frecuentemente histriónico –pero siempre magnífico– Christopher Walken en “El último concierto”. Pero también con la manera en que Bette Davis se adueña de la película en la mediocre “Marked Woman”, Cary Grant despliega toda su sabiduría y su personalísima manera de descomponer cada gesto, cada movimiento, en “La mujer soñada”, una imposible comedia de Sidney Sheldon, o descubrir extasiado los muy distintos mecanismos que utiliza Félix Fernández para componer sus personajes un sagaz inspector de policía, un erudito pueblerino, un viejo paleto desdentado – en las perfectamente olvidables “Los culpables”, “¡Aquí hay petróleo! y “Hablemos de amor”. Olvidables…, si no fuera por Félix Fernández.
 
   Y a eso iba. En el cine menos respetable hay a veces fragmentos magistrales gracias al trabajo de actores capaces de crear por su propia cuenta un pequeño remanso de gran cine. Ahí los actores anulan por unos instantes las incapacidades de escritores y directores. Hagan la prueba con cualquier comedia española de los 50, incluso arriésguense a soportar una de Martínez Soria y descubran a Somoza en acción, a la Ponte, a Mary Carmen Prendes o a la genial Guadita Muñoz Sampedro. Superen las convenciones a las que se ven forzados los heroicos guionistas de esas series que se alargan varias temporadas y que escriben sin saber adónde tienen que llegar. En ellas, algunos actores hacen auténticas creaciones: ¿cómo se puede llegar a matizar con tanta precisión un personaje en principio de una pieza, un malo total, como el bodeguero que interpreta Emilio G. Caba en “Gran reserva”? Hace falta una inteligencia, una experiencia y un talento natural, reservado exclusivamente a los grandes del oficio. Como su hermana Julia en aquella secuencia de cierre de “Nunca pasa nada”, cogida del brazo del marido insulsamente infiel, saludando a las vecinas por los soportales de la ciudad provinciana. Tanto con tan poco. Como ya hiciera su antecesora Betsy Blair – mi recordada amiga – en otra ciudad parecida en “Calle Mayor”.
 
   En estas series observo otro fenómeno que para mí es nuevo y muy positivo: el crecimiento, capítulo a capítulo, de jóvenes intérpretes – o no tan jóvenes, como las estupendas Ana Risueño o Marta Larralde -, que van adquiriendo solera, seguridad, contornos. Alejandra Lorente, Belén Fabra y Mariona Tena son buenos ejemplos. Y disfruto comprobando cómo se asientan actores que hace nada veíamos empezar en una madurez que casi le pilla a uno a traición: Ginés García Millán, Tristán Ulloa, Pedro Casablanc, Eloy Azorín, Francesc Garrido, Ramón Madaula. La extensión de sus personajes, probablemente la autoridad que frente a la sucesión de directores les da su continuidad, su relación cotidiana con los personajes asignados, las incoherencias de guión que inevitablemente ellos se ven forzados a corregir, les permite una profundización, una riqueza, que difícilmente tienen en el corto espacio de tiempo en que se rueda un largometraje tradicional.
 
   También es cierto que hay actores que pueden destruir una película bien escrita y correctamente dirigida. He pasado por esa experiencia alguna vez y, créanme, no hay nada que hacer. Pero casi siempre eso se debe al intrusismo: sencillamente no son actores, sino gente de la calle que por circunstancias muy diversas han escalado distintos escalones de la profesión en la que pueden instalarse durante años sin que nadie se percate de que no debían estar allí. Gente que no sabe decir una frase con sentido, que no tiene mirada, sin gracia conocida, que carecen de la mínima flexibilidad de movimientos. Inexpresivos, torpes, nerviosos de distintas especies. Posibles magníficos funcionarios de Hacienda, minuciosos relojeros o intrépidos bomberos y sutiles manicuras. Recuerdo un rodaje en el que daba “motor” y “acción” y me volvía de espaldas para no ver lo que estaba rodando. Y no es broma. De todas formas, si me dais ocasión, escribiré sobre mis experiencias con los actores en mis facetas de director, de crítico, de espectador y en la no menos importante relación personal.
 
   Una cuestión mucho más subjetiva es la de los actores y actrices a los que uno le gusta ver siempre, hagan lo que hagan, y aquellos otros con los que uno prefiere no encontrarse en la pantalla porque le caen mal, porque sencillamente no los soporta. En mi caso, eso ha variado notablemente desde los tiempos en que me aficioné al cine. Cuando era niño no tenía manías tan acentuadas como ahora. Recuerdo que no me caía bien Stanley Baker, probablemente porque era el perverso Mordred de “Los caballeros del Rey Arturo”, me cargaba un poco Miguel Ligero y no aguantaba el impertinente flequillo de Jane Wyman. Pero poco más. A medida que fui creciendo mis alergias aumentaron: Louis de Funès – acabo de descubrir sorprendido en las memorias de Anne Wiazemsky que Godard le adoraba -, John Gavin, tan soso, tan sin sustancia, el torvo Lee van Cleef, y muchos otros. Hoy en día, mis rencores están centrados en el pobre Nicolas Cage, pero dejando un huequito para Ben Stiller y toda la estirpe de cómicos de la nueva comedia americana. Si uno nunca se tomaría una caña con alguien que te cae mal o simplemente que te provoca un cierto rechazo físico, ¿por qué ha de ir a ver una película con Tom Hanks? Pero, claro, confieso que esto es una idiotez porque es la mejor manera de perderse “Camino de la perdición”.


Fernando Méndez-Leite es realizador y exdirector de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid (ECAM)
 
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