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13-06-2012 Versión imprimir
 
Fernando Tejero
“Soy buen tipo, más de barrio
que un quiosco de pipas”
Desternillante y sensible. Sincero e inseguro. El cordobés barre en la comedia y arranca lágrimas
 

HÉCTOR ÁLVAREZ JIMÉNEZ
Concertar una cita con él en pleno centro de Madrid exige una buena dosis de paciencia. Fernando Tejero seduce a los turistas más que el Teatro Real y, como un imán, atrae también a parejas de enamorados, inmigrantes o fieles de una congregación que pugnan con el fotógrafo por una instantánea. Y quienes no están dispuestos a esperar su turno en los ratos de mayor afluencia fanática optan por dedicarle una mirada curiosa o un “¡Qué grande eres!”.

 Hace seis años que dejó de ser el portero más célebre de la tele, un trabajo que se le acabó antojando “monótono como el de un funcionario”, pero su fama permanece en cotas estratosféricas. Las cadenas se han rifado la tragicomedia con la que regresará a la televisión junto a José Mota. Tejero lo sacrificó todo a los 28 años para probar con la interpretación, la apuesta le salió bien y se entregará de por vida a un oficio que usa como terapia. “Me deprimo con facilidad porque no entiendo el mundo en el que vivo y actuar es lo que me levanta de la cama a menudo”, confiesa en un extraño paréntesis de seriedad.

 Aunque el grueso de su trayectoria haya transcurrido ante la cámara, el teatro le vio nacer como actor y espera retirarse con una compañía propia. Hasta entonces, su agenda no da tregua: en abril estrena En fuera de juego y, a partir de mayo, compaginará un nuevo rodaje para Roberto Santiago en Venezuela con ensayos a las órdenes de Juan Carlos Rubio.

– Para muchos sigue siendo el Emilio de ‘Aquí no hay quien viva’. ¿Temió el encasillamiento?
– Sí, pero prefiero encasillarme trabajando que estar encasillado en el paro. En este país, cuando funcionas con un papel, te dan más de lo mismo. Había aparecido en textos dramáticos con Animalario y en películas como Los lunes al sol o Volando voy, pero, tras Emilio, me costó mucho tener un protagonista atormentado como el de Cinco metros cuadrados. Mi representante me acaba de proponer para una serie de TVE donde han dudado de mi valía para el drama. ¡Y eso que en 2011 me llevé la Biznaga en Málaga por ese género!
– Su estreno en el celuloide con ‘Sobreviviré’ fue un tanto atípico…
– Había tres frases y una masturbación a repartir entre los cuatro figurantes que aparecíamos en un flashback. Me quedé con la paja porque los diálogos no tenían ningún interés y pensaba que el público los olvidaría al momento.
– Y no se cortó a la hora de lucir anatomía en ‘Torremolinos 73’.
– Creía que con este cuerpo haría pocos desnudos, pero en ese filme me tocó uno integral el primer día de rodaje. Aunque no les tocaba grabar, Javier Cámara y Candela Peña aparecieron en el plató y se quedaron en bolas para serenarme, así que antes de la secuencia me pasee sin calzones ante los técnicos diciendo: ‘Esto es lo que hay, no hay más’. Luego hice otra escena en la playa, y, con el agua helada de Málaga en enero, ¡aquello se me quedó como un pistacho! Pero descubrí que me resulta más difícil llorar, desnudar el alma, que quitarme la ropa.
– Tampoco le fue fácil declararle a este oficio un amor que venía de lejos.
– La casa de Bernarda Alba fue la primera obra que leí y me atrapó tanto que la memoricé para representarla en casa. Luego fui consciente de que esto era lo mío viendo cintas de la generación de Fernán-Gómez, Manuel Alexandre o Gracita Morales. Cuando conquisté el Goya y José Luis López Vázquez me dijo que era uno de los suyos, un actor del hambre y la intuición, supe que no me había equivocado.
– ¿Cómo encajaron en casa su vocación? 
– Mi padre es conservador, intentó ser torero y quería que sus hijos comieran de la tauromaquia. Cuando le dije que iba a estudiar interpretación, me puso a despachar en la pescadería. Pero mi deseo no desapareció y fue un verso de Sabina el que me empujó a decidirme: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.
– ¿No le dio vértigo abandonar su ciudad al borde de la treintena?
– Cualquier cosa me atraía más que quedarme en Córdoba: mi vida era muy aburrida e iba a cometer errores como casarme o regentar un negocio. El cambio fue duro. Acompañaba de madrugada a mi padre al mercado y luego cogía el bus de las ocho a Madrid para llegar a clase a las doce. Tengo varices de tantas horas de carretera, ¡y benditas sean! Esas se quitan, pero todo lo que he conseguido no me lo puede arrebatar nadie. Cristina Rota hoy me pone como ejemplo por mi esfuerzo, aunque sarna con gusto no pica.
– En ‘Crimen ferpecto’ encarnaba a un dependiente adulador. ¿En el espectáculo también hay que ser pelota para sobresalir? 
– Esta profesión tiene una trastienda más falsa que muchos de nuestros papeles. Hay tanta envidia y competitividad que nos pisaríamos la cabeza si pudiéramos, pero también es cierto que mis mejores amigos son intérpretes. Soy buen tío, más de barrio que un quiosco de pipas, y tengo la conciencia tranquila porque nunca antepondría este trabajo a las personas ni a mis valores.
– ¿Incluso abandonaría la cámara y el telón por amor?
– Me encantaría plasmar en imágenes una de mis historias. Salía con una persona dedicada también a esta profesión, un director de cine se empeñó en tener sexo con ella, logró que me dejase y yo me fui directo al hospital para no morirme. Ese año me dieron todos los premios del mundo y tenía la mesa llena de ofertas, pero mientras, sentimentalmente, estaba para tirarme por el balcón.
– Tanto galardón no le ha ayudado tampoco a superar su inseguridad.
– Con cada proyecto siento lo mismo que al enamorarme: temo hacerlo mal porque los personajes, como las parejas, solo se disfrutan una vez. Pero ese miedo se traduce en empeño. Las dudas son síntoma de compromiso: el día que se enciendan los focos y no sienta nervios en el estómago, habré dejado de ser actor.
– Con dos amigas monjas, ¿no ha deseado recluirse alguna vez?
– ¡Yo no soy fraile por los pelos! Íbamos a un colegio religioso a hacer teatro y a muchos les lavaron el cerebro. Nunca me enclaustraría porque no va con mis creencias, pero a veces he pensado en irme al campo con mis perros y mandarlo todo a la mierda. La popularidad se soporta a ratos: hay días que salgo por la puerta a comerme el mundo y otros en los que, con mi madre ingresada, he tenido que mantener la sonrisa o hacerme fotos.
– Al menos, ligará más que cuando nadie le conocía…
No tengo queja, pero liarse con tanta gente es aburrido para los clásicos que buscamos pareja y queremos tener hijos. De momento, si la única forma de que me abracen un poco es a cambio de echar un polvo, ¡bienvenido sea! [risas].
 
 
Un hombre concienciado
Los bancos y la careta de Miliki
El rostro de Fernando Tejero terminó siendo habitual en el campamento de Sol, cuando las movilizaciones del 15-M. Dejó de acudir cuando algunos le recriminaron que fuera “rico”. Hoy aún se asombra: “Yo, que nunca he ganado un puto duro y hoy puedo permitirme una casa bonita, ¿debo acaso escupir a quien no la tenga? Pues no, seguiré luchando contra problemas que me afectan como a los demás”. Dice que la mitad de sus posesiones “aún son del banco” y, cuando le preguntamos por estrategias para obtener dinero rápido, se troncha: “Primero tiraría de mí, sin joder la vida a nadie, aunque lo tengo difícil para prostituirme. Y si tuviera que robar para comer, no dudaría en ponerme una careta de Miliki y montar el pollo en cualquier sucursal bancaria”.
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