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Ferran Rañé 

 

“El humor es una conquista
de la civilización”


Pionero de la transgresión con Els Joglars, lo que le costó un doloroso exilio. Acicate de la risa desde Dagoll Dagom o a través de Las Veneno y ‘Maki Navaja’. Ejerce como profe, pero se le ve radiante como un chaval

 


FERNANDO NEIRA (@fneirad)

Reportaje gráfico: Pau Fabregat

Acude Ferran Rañé (Barcelona, 1950) a nuestra cita con un librito bajo el brazo, que acabará en manos del periodista, y unos folios cuidadosamente doblados que no permiten adivinar su contenido. El volumen es Joglars 77, Del escenario al trullo, relato pormenorizado de uno de los episodios más truculentos de la Transición, y por el que el protagonista de estas páginas acabaría penando en el amargo purgatorio del exilio. En ello nos detendremos más tarde, durante un buen trecho de la conversación, pero no conviene perder de vista la perspectiva histórica, aunque solo sea por aquello de evitar que se repitan errores recientes. Y los papelitos en cuestión resultaron ser una copia del currículo del interesado, que acumula una trayectoria tan rica y abultada que temía dejarse algún episodio de relieve en el tintero. Que nadie tema: Ferran es hombre generoso con el verbo y con el reloj, así que dio tiempo para hablar de todo lo habido y por haber…

 

El detalle del entrevistado con su CV a cuestas nos retrata a Rañé como el hombre minucioso que es, como el estudioso de la palabra y la interpretación que, no por casualidad, ha acabado desarrollando una intensa y admirada actividad docente. Es la evolución lógica de quien ya fue alumno aplicado, y puede que hasta predilecto, de un renombrado maestro en el teatro catalán: el siempre polifacético y polémico Albert Boadella. Ferran fue un pilar decisivo de Els Joglars durante los siete primeros montajes, pero luego llegó el peliagudo asunto de La Torna, la cárcel, el destierro… y un divorcio entre profesor y discípulo que hoy se barrunta irresoluble. Rañé cree –y lo dice con tristeza– que hoy no podría tomarse un café con Boadella. Pero en los que sí se tomó con nosotros le dio tiempo para recuperar un buen pedazo de la memoria del teatro catalán. Y a advertir de que, a sus casi 68 años, aún se nota en plena forma y con ganas de incrementar su presencia en la gran pantalla, donde aún muchos le recordamos (cosas de un albaceteño colosal y demente) en un papel de hombre-hortaliza…

 

 

– Tras casi medio siglo de andanzas, ¿cómo se mantiene la tensión interpretativa, el ansia?

– Nada sale por sí solo, y cuando te ofrecen un buen personaje todo se activa otra vez. Carrier me dijo: cuando estés a la mitad de una cosa, vuelve al principio sin perder nada de lo que ya has aprendido. Recuperar la ilusión y la alegría del primer día es la clave, con independencia de que la fórmula parezca casi budista. Carrier entrevistó al Dalai Lama, así que supongo que todo acaba guardando relación…

 

– ¿A usted resulta fácil ilusionarle?

– Cada vez menos. Me tomo las cosas con tranquilidad, me he vuelto comodón, no estoy en las redes sociales. Atravieso un momento vital muy relajado.

 

– ¿Cuándo un actor como usted pasó de ser alumno a maestro?

– ¡Uf! [Reflexiona] Lo notas en el respeto y el cariño, y eso he comprobado que los tengo. Y luego está mi condición literal de docente, puesto que imparto clases de gag y humor que me satisfacen. Porque el humor es una conquista de la civilización, un estallido durante el que le pasan muchas cosas al cerebro. El arte de la interpretación se basa en el tiempo, el ritmo y el espacio, y en el humor has de ser más preciso que nunca. De cómo utilices esas tres herramientas depende que seas maravilloso o mediocre.

 

– Buena falta hace que nos dé la risa…

– Porque el humor nos hace únicos como especie. El galanteo, la paternidad o la maternidad son comunes a todas. Sin embargo, no existe ningún animal que se coloque delante de un congénere con la única intención de que se parta de risa. El humor es una inversión de la normalidad. Y puede ser negro, blanco o ácido. Pero nunca zafio. El escarnio es deleznable.

 

 

– ¿Desde cuándo se supo gracioso?

– La vocación de intérprete me viene de pequeño, desde el bachillerato elemental en Sant Just Desvern. Mi padre, que era un planchista fantástico y construía las carrocerías de los Biscúter, ya montaba en casa unos shows importantes: era un cantante de orquesta, un golfante de números maravillosos. Yo pasaba por el típico gafitas tímido, pero descubrí que la interpretación permitía que me transformase. Comprendí que interpretar es conducir a los que te están observando; y cuando te pasa eso, ya estás envenenado de por vida…

 

– Ingresó en el Institut del Teatre en 1968. Es decir, bastante antes aún de la muerte del dictador.

– El teatro en vida de Franco tenía algo de heroico, pero aquel mundo supuso mi mayor descubrimiento y aquella escuela, toda una iluminación. La resaca de mayo del 68 estaba ahí, los profesores se habían formado por media Europa y tenían ganas de darle una vuelta a todo. Decir que la experiencia resultó apasionante es poco. Hacíamos happeningsen plena calle y al bar lo llamábamos Aula B. Era un baile de vampiros: todos chupábamos el uno del otro.

 

 – ¿Cómo recuerda el encuentro con Albert Boadella, la primera vez? 

– Boadella era profesor de expresión corporal y me ofreció entrar en la compañía con aquel concepto suyo de negación de la palabra, que había perdido, o eso entendíamos entonces, su poder de emocionar. Y es curioso, porque yo también tenía una oferta del embrión del Lliure, donde abrazaban la línea totalmente contraria. Me decanté por Els Joglars para indagar en la creación colectiva, en el teatro que no partía de un texto previo, sino de unas ideas previas. Y viví seis espectáculos y una época de aprendizaje brutal. Cada 30 o 40 kilómetros había en Cataluña un casal o ateneo en algún pueblo, y aquella comunión y complicidad con el público se convirtió en la mejor escuela. Y, de paso, en una forma de supervivencia, puesto que el catalán no podía utilizarse en el teatro comercial.

 

 

– ¿Pero veía a Boadella como un seductor, un hombre carismático?

– A ver, él había estudiado en el extranjero, estaba muy convencido de sus teorías de evolución teatral e intentaba vivir de y para su creación. Y todo ello le convertía en un personaje muy atractivo. Era el máximo adalid y propagador de la creación colectiva y nos entendíamos muy bien. El momento en que abandonamos el estudio de la calle Aribau para afincarnos en la masía lo recuerdo como mágico.

 

– Hasta que la magia se torció…

– Nos metimos en un proyecto que por vez primera no avanzaba, y lo digo sin rencor. Éramos una cuadrilla de salvajes que funcionaba muy bien. Amanecías en la masía con una idea cojonuda y necesitabas la aprobación de la tribu; exponer tu hallazgo muy bien para que la tribu no lo rechazara o absorbiera. La Tornanació de ese espectáculo que se había atascado y de la figura de Heinz, el ajusticiado por el franquismo en 1974 el mismo día de Puig Antich. Estaban la tristeza y la frustración de no haber podido parar aquellas ejecuciones, estaban las manifestaciones de “Libertad, Amnistía, Estatut de autonomía”, Albert fue consciente de que estábamos manejando material sensible… Y en una de las 40 representaciones, el capitán general de la cuarta región decidió tomar cartas en el asunto: en pleno ruido de sables, con los militares soliviantados por la legalización del PCE y aún sin separación de poderes, el ejército podía promover un consejo de guerra a civiles. El resto es historia: cuatro compañeros pasaron más de un año en la cárcel y otros acabamos en el exilio; en mi caso, orquestando un comité de solidaridad internacional. Fue muy doloroso y traumático, pero me queda la satisfacción conmigo mismo y con todos los que tuvieron valor de batallar.

 

– Y entre ellos no estaba Boadella. ¿Hoy se tomaría un café con él?

– ¿Un café? [Piensa, entorna la mirada, se encoge de hombros] En un momento determinado lo pensé y le saludé, pero él cerró esa posibilidad. Ahora cuesta comprender por qué nos entendimos y piropeamos tanto. No, ahora no me tomaría un café con Boadella. Él ha optado por no hacer caso de la gente que estuvo en la cárcel. Tengo cosas que reprocharle, pero además Albert me produce pena por él. Se ha negado y traicionado a sí mismo. No me preocupa, porque ya no existe cariño. Pero me sabe mal.

 

 – Es curioso que de Els Joglars, paradigma de teatro intelectual, vitriólico y comprometido, diera usted un giro abrupto a Dagoll Dagom. ¡Puro teatro musical!

– Supongo que al propio Boadella le parecería mal, porque nunca le gustó que sus actores nos fuéramos a otros sitios. Pero a la gente del Dagom la conocía de tiempo atrás, de cuando coincidíamos preparando tortillas en la montaña, y la posibilidad de incorporarme en Glubs, también como parte del equipo de dirección, no me pareció ningún salto extraño. Ya había escuchado a mi padre cantando a Frank Sinatra o Bing Crosby en un inglés camelo, y enseguida descubrí que me movía bien en el territorio del musical.

 

 

– ¿Le cambió la vida, tres o cuatro años después, el gran éxito de El Mikado?

– Sin duda, porque aquel fue mi lanzamiento personal después de toda una trayectoria de trabajo colectivo. Yo había propuesto una versión de La verbena de la Paloma, que es una partitura fabulosa que luego Peter Brooks terminaría montando para la Expo, pero en Dagoll alucinaron conmigo: aquello era algo castizo, me advirtieron, y nos habríamos quedado sin una sola subvención. Y la solución fue El Mikado y ese papel de Koko, un verdugo cómico, que me ofreció Joan Vives. Gilbert y Sullivan eran los precedentes de los grandes musicales; algunos salían de gira con sus obras haciendo de galanes y regresaban ya de maduritos. Me lo pasé bomba. Me sugirieron que pensara en Groucho Marx, que había hecho de verdugo, pero yo preferí dejarme llevar con un trabajo del todo nuevo.

 

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– ¿Le paran desde entonces por la calle?

– Sí. Koko cambió la concepción de mis trabajos, porque tuve claro que la etapa colectiva había acabado ya. Me propuse que desde entonces la gente se preguntara: “Oye, ¿y el Rañé en qué andará metido?”. Noto el cariño de la gente, en el mercado de la Boquería o entre esos jóvenes que, un poco subiditos, te palmean la espalda un viernes por la noche, y lo llevo muy bien. No te puedes mosquear: trabajas para que te vean.

 

– ¿Cómo se sintió un catalán de pro ejerciendo de malasañero en los años de Las Veneno?

– Jajaja. En aquel momento mi pareja era Gracia Olayo, que venía de trabajar como azafata de vuelo. Pero claro, estábamos juntos todo el día, ella se impregnó del gusto por la interpretación… y la liamos. Las Veneno eran una exploración en ese lenguaje fulgurante de los gags. Y sí, me sirvieron para descubrir aquel Madrid de Malasaña y los cafés-teatro. 

 

– Sincérese. ¿Qué pensó el día que le llegó el guion de Amanece, que no es poco?

– Que era una locura, pero que yo quería estar allí. José Luis Cuerda estaba sembrado, y nunca mejor dicho: que mi personaje brotara del suelo y viviera aquel amor vegetal con Pastora Vega… Me limité a decirle a mi representante: “¿Dónde hay que firmar?”. Aquello era alucinante, divertidísimo, esperpento surrealista. El mismo rodaje era tan surrealista como la propia película. ¿Qué pensar de un pueblo que coloca a la entrada un cartel anunciador de “Ha llegado usted a Aina, la Suiza manchega?”. ¡Ni Berlanga!

 

 

– Y, sin embargo, en cine se ha prodigado usted comparativamente poco…

– Es verdad, me habría gustado tener más huevos en la cesta del cine español. Fíjese que con Makinavajavenía de un gran éxito teatral: le había pillado el alma a ese personaje grotesco e incluso le transfundí una parte de la mía. Pero eligieron un protagonista… [Rañé no menciona el nombre de Andrés Pajares, pero tampoco disimula un gesto de disconformidad]. Aquel día comprendí que en cine lo tendría siempre complicado, porque son familias diferentes.

 

– La televisión, en cambio, sí que le ha sido mucho más propicia. Viene de formar parte de Merlí, la última gran conquista de TV3.

‑ Es que esa serie parte de que cada capítulo fuera un tratado de filosofía: una idea ingeniosa, magistral. Y todos hemos sido muy respetuosos con el trabajo de los chavales, porque los éxitos televisivos demasiado rápidos entre gente joven solo son garantía de juguetes rotos. La popularidad te vuelve siempre un poco tonto, y de jovencito hace daño, te puede romper. Por fortuna, los alumnos y alumnas de Merlí eran los primeros en hacer bromas sobre ellos mismos. A cada rato se decían: “Tranquilos, en un par de años nadie se acordará de nosotros…”.

 

– Ha cumplido 67 años. ¿Sopesa la posibilidad de la jubilación?

– No, no, no, no. En absoluto. Todavía me queda por delante un largo recorrido, creo. Y está pendiente el reto del audiovisual, recuerde. Tengo ganas de seguir trabajando y hay papeles para todas las edades: desde bebé… ¡hasta Matusalén!

 

ASUNTOS DE FAMILIA

Uno de los proyectos más singulares que ha afrontado Rañé en su kilométrica trayectoria consistió, un par de años atrás, en subirse a los escenarios junto a su hija Joana para hilvanar Abans de l’estrena, un recorrido esencialmente autobiográfico por sus evocaciones conjuntas de infancia. Él no lo vivió como un ejercicio para vencer el pudor, sino como “una catarsis tremenda”. “Los recuerdos entre un padre y una hija pueden conectarte con las vivencias de muchos espectadores”, argumenta. “Nosotros introdujimos un elemento dramático, que mi personaje muriera de un infarto en un baile final, y el público acababa llorando de la emoción…”. Lo curioso es que todos los hijos de Ferran han acabado abrazando el mundo del arte de una u otra manera. Joana ejerce como bailarina profesional, Paula es regidora de escena e Iker, que de crío formó parte del elenco de Cacao, se ha consolidado como técnico de sonido. “Todas mis ex, con las que me llevo muy bien, son actrices, y supongo que eso también contribuye. Ahora solo falta que la familia al completo nos echemos a la carretera y montemos una escenografía…”, se sonríe el padre de las criaturas.






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