MARISA PAREDES
GRAN DAMA INDISCUTIBLE
“Soy muy maleducada: nunca contesto las cartas de mis admiradores”
La musa almodovariana confiesa su deuda con el teatro:
“Me sirvió para escapar del horror de la dictadura”
JUAN LUIS MARTÍN
Es viernes y, aunque en la calle parece primavera, el calendario anuncia que nos encontramos en octubre y en la cartelera del Teatro Bellas Artes de Madrid luce Sonata de Otoño de Ingmar Bergman, con Marisa Paredes como protagonista. La actriz baja con paso tranquilo las escaleras hacia los camerinos. Viste una cazadora de cuero, unos pantalones rojos algo ceñidos y unas zapatillas deportivas. Llega exactamente a la hora fijada para la cita: “muy puntual”, garabateamos en la libreta. También es amable, porque prepara café para los dos antes de ofrecer asiento a su lado, mientras se espabila la cara frente al espejo toqueteándosela con los dedos. Con la primera pregunta suelta una bonita carcajada; “es simpática y está de buen humor”, consignamos justo debajo de lo de la puntualidad. Hace pocos días le han entregado la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, que concede cada año el Ministerio de Cultura.
– Comencemos parafraseando a su personaje de La flor de mi secreto, si me lo permite. Ya sé que yo no soy Imanol Arias, pero ¿hay alguna posibilidad, por pequeña que sea, de que en esta entrevista diga cosas que jamás ha contado?
– Lo tenemos difícil, porque a lo mejor algunas de las cosas que no he dicho directamente no las quiero contar. A uno siempre le gusta mantener ciertos secretos. Además, pienso –y puede que me equivoque– que después de tantas entrevistas ya he contestado muchas veces las cosas que han sido importantes en mi vida.
– ¿Y si me sugiere alguna pregunta que nunca le hayan hecho?
– A lo mejor en algún momento he dicho: “¿Pero por qué no me preguntan esto?”, pero ahora no sabría decirle el qué. Alguien a quien quiero y admiro, Bernardo Bertolucci, me dijo que como en los encuentros con los periodistas nunca se sabe por dónde van a salir, lo mejor es que tú los conduzcas y digan lo que quieres que digan...
– De acuerdo, asumamos que usted es quien manda… ¿Recuerda la primera frase que dijo en un escenario y a qué edad?
– Dios mío, no, la he sabido durante mucho tiempo pero ya se me ha olvidado. Sé que tenía quince años, me llamaba Pilar y era una doncella pánfila. Yo era la criada de Monserrat Salvador. Lo curioso es que un día, paseando por la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, encontré los pequeños ejemplares de una colección de teatro y (oh, sorpresa) ahí estaba Esta noche tampoco, de José López Rubio, que es la obra con la que debuté. Lo tengo en uno de esos cajones donde se acumula mi vida, pero como hace tanto tiempo ya no sé dónde encontrarlo.
– ¿Qué hacía antes de ser actriz?
– Era aprendiza en una casa de modas en Madrid. Me tocaba entregar los trajes viajando en el metro con unas cajas enormes y me humillaba mucho, pero era la forma de ganar un poco de dinero para llevar a casa.
– ¿Pensaba que algún día el teatro la rescataría de esa humillación?
– Sabía que eso tenía que cambiar y mi vocación era la de ser actriz. Además sucedía algo curioso: como yo tenía un buen tipo, era alta y delgada como mi madre, a veces el maestro, el señor Tormo, me decía que me pusiera el traje y pasara al probador, que era una habitación llena de espejos para que la clienta pudiera ver a la modelo por todos los lados. Aquello me daba un poquito de marcha porque decía “mira tú, aquí estoy como si fuera una modelo, siendo como soy una aprendiza”. De eso puede que salga esa elegancia que todo el mundo me asigna.
– ¿Era el teatro en aquella época, recién estrenados los sesenta, una vía de escape?
– Para mí lo fue, y supongo que para muchísima gente también. Era una forma de huir de la mediocridad, de lo gris y oscuro que era España. Había un miedo tremendo en la calle, no se hablaba, todo estaba aprisionado. Si tienes un poco de sentido de la libertad, como es mi caso, el teatro era una manera clarísima de escapar del horror de la dictadura.
– Cuando empezó, ¿la fama era tan importante como ahora?
– No, seguro que no. Eso tiene que ver con la velocidad en la que estamos inmersos. Cuando empecé este oficio era cuestión de tiempo, no como ahora que te pasan dos hojas de guión y las tienes que estudiar para el día siguiente. Y claro, eso inmediatamente te puede llevar a la fama. Me dedico a esto porque me gusta y está por encima de todas las cosas, no porque me importe ser famosa.
– Tiene una hija actriz, María Isasi, fruto de…
– Es estupenda y no lo digo yo sola: se lo he oído a muchos actores que conozco. No se parece en nada a mí, ni físicamente ni como actriz, porque tiene una vis cómica que a mí no me han sacado y reúne un temperamento y una fuerza que le pueden proporcionar un resultado excelente.
– ¿Qué es lo que no falta nunca en su camerino?
– Cuando estoy en Madrid, un retrato de mi madre. Si voy de gira no lo llevo porque no quiero que se rompa. También tengo el perfume del personaje, miel, la obra que represento para consultar cualquier duda y, bueno, aunque sea presumir, siempre hay cartas de seguidores... Reconozco que soy muy maleducada porque nunca las contesto y a veces pienso en la ilusión que me haría a mí si fuera una niña y me escribiese alguien a quien admirase. Nunca encuentro tiempo para hacerlo, no tengo perdón de Dios.
– ¿Quién sería el primero en la lista de los directores de cine que han sido importantes en su carrera?
– Pedro Almodóvar es el que me ha dado más oportunidades de expresarme, pero después siempre recuerdo a Agustí Villalonga, que con su primera película, Tras el cristal, me convenció de que podía llevarme bien con el cine.
– ¿Por quién lo dejaría todo si le llama?
– Si tú me dices ven… [tararea el arranque del bolero antes de proferir una carcajada]. Me lo pone difícil, pero elijo a directores ligados por sus orígenes al mundo mediterráneo: Bertolucci, Coppola y Scorsese. También me gustaría volver a trabajar con Villalonga.
De cerca
Una buena manera de empezar el día: Con flores
Una superstición: Un gato negro
Una ciudad fuera de España: París y Nueva York
Una persona conocida que no quiere conocer: ¡Uy, habría muchísimas!
Un buen invento contemporáneo: El avión, me parece increíble cambiar de lugar en tan poco tiempo
Una prenda que se repite en su armario: Un traje sastre de corte masculino
Un recuerdo de la infancia: La casa de mi abuela
Una canción para levantar el ánimo: Cualquiera de salsa
Una palabra mágica: Libertad
Un libro para ir de viaje: Alguno de Donna León. Me gusta la novela negra escrita por mujeres.
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