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19-09-2012

Murcia, una mina de tesoros cinematográficos
 La Filmoteca Francisco Rabal alienta desde 2004 la arraigada pasión que el séptimo arte despierta en tierras huertanas
 
TITO ANTÓN
Ángel Cruz, uno de los trabajadores de la Filmoteca Paco Rabal, no daba crédito cuando el metraje de El doctor, un título en apariencia convencional, empezó a correr ante sus ojos. Aquellas imágenes casi pornográficas en las que un médico lograba que sus pacientes mostrasen su voluptuosa anatomía habían sido rodadas en la Murcia puritana de 1961. La osadía era obra de Julián Oñate, el autor más prolífico del cine amateur regional, cuyas 35 obras acaban de ser digitalizadas para rendirle homenaje. La filmoteca ya ha reunido prácticamente toda la ficción de aquella época dorada gracias a las donaciones de familiares de los cineastas, entre los que también sobresale Antonio Crespo, artífice de la valiosa Una aventura vulgar (1952).
 
Otras joyas como La Cruz de Mayo, documental ambientado en las fiestas de Caravaca de 1924, evidencian la raigambre del séptimo arte en la Comunidad. Y de solera puede alardear también La alegría de la huerta, de 1939, el último largometraje producido por la España republicana. Su restauración, que se prolongó durante dos años y precisó una inversión de 24.000 euros, deparaba una sorpresa: “Descubrimos el verdadero final de la historia, que fue mutilado por la censura franquista porque los dos protagonistas aparecían besándose”, comenta Ángel.
 
Le consta que las cámaras empezaron a grabar en esta tierra hacia 1923, con María del Carmen en los jardines de Murcia, cuya búsqueda constituye su principal reto. “En París se conservan fragmentos del metraje porque es una cinta francesa, pero ni siquiera la Filmoteca Española sabe si sobrevive algún rollo completo”, lamenta. Más sencillo ha sido localizar un cortometraje de 1925 sobre la pedanía industrial de El Palmar, que próximamente se sumará a las reliquias mimadas en el fondo fílmico.
 
Unos 40.000 metros de película reparados y la celebración del I Festival de Cine y Patrimonio en 2009 –el único del mundo que ha premiado los mejores trabajos de restauración– ponen de manifiesto el compromiso de esta entidad con el pasado cinematográfico. No menos relevante es su apoyo a quienes hoy siguen contando historias. “Somos el eje central del audiovisual murciano”, asegura este encargado, que describe el sector como “pequeño pero guerrero”. Junto a su compañero José Ramón criba cada día “infinidad de piezas” que los jóvenes directores envían para su exhibición, pues aquí hallan un escaparate prestigioso y gratuito. Además, las instalaciones de la Plaza de Fontes sirven como punto de reunión para los más de cien guionistas locales y las dos asociaciones de productores.
 
Tradición y vanguardia
La cinemateca mantiene intacto su presupuesto de 400.000 euros –pese al tijeretazo de 18 millones en la consejería de Cultura– y la sede se renovó íntegramente hace un año. Y es que el mítico Cine Salzillo, el único de la ciudad que ofreció cintas en versión original, se había quedado obsoleto. “Cortábamos la programación a principios de junio porque no tenía climatización y la gente se asfixiaba”, rememora Ángel.
 
Las innovaciones permiten ahora proyectar sobre la pantalla principal (la más grande de la región) imágenes en cualquier formato, desde el digital Blu-Ray al atípico 70 mm., que cayó en desuso rápidamente a mediados del siglo pasado. “Aunque ya no se distribuye ninguna obra en ese soporte”, narra José Ramón, “estamos arreglando un viejo aparato porque nuestros colegas de Londres nos prestarán los bobinas de Ben-Hur o La caída del Imperio Romano”. Su compañero presume, por su parte, de haber podido albergar un concierto de rock de Vetusta Morla gracias a la buena acústica de las instalaciones.
 
Por estas casi 500 butacas, repartidas en dos salas, han desfilado más de 18.000 espectadores en los últimos nueve meses. La filmoteca programa de miércoles a sábado dos pases diarios, que los martes ascienden a tres gracias al éxito de Panorama de actualidad, un ciclo que recoge títulos recientes ignorados por las salas comerciales. Y la agenda se completa durante el curso escolar con una sesión de cine infantil cada domingo.
 
“No nos limitamos a exhibir películas, sino que intentamos enmarcarlas en un contexto teórico que aporte un bagaje cultural al público”, afirma José Ramón. Un público exigente que no siempre acata la cartelera: “Algunos nos acusan de elaborar una programación conservadora, encabezada por Allen o Polanski, pero cuando ofrecemos ciclos alternativos sobre Resnais o Tarkovsky solo asisten cinco personas”. Iniciativas tan minoritarias son difíciles de mantener, pero la inquietud de estos empleados les empuja a seguir arriesgando con disciplinas nada masivas. La última, un ciclo de videoarte.
 
 
De submarinos y películas
Una oleada de autores amateur convirtió a Murcia, pese a su escasa población, en una de las regiones con mayor actividad fílmica durante los años cincuenta y sesenta. Testigo de esa enorme vocación fue la cátedra de cine impartida en la capital del Segura, la única, junto a la de Valladolid, que existía por entonces en el país. Incluso la delegación nacional de Metro-Goldwyn-Mayer tuvo aquí su sede hasta que las cuentas dejaron de cuadrar al otro lado del Atlántico. 

Rodar en 35 mm. exigía una inversión industrial, así que algunos aficionados autóctonos con cierta solvencia recurrieron al 16 mm., más asequible pero de menor calidad fotográfica. Y otros muchos que no podían costearse semejante lujo apostaron por formatos domésticos como el 8 mm. o el Súper 8, cuyas limitaciones se superaron pronto. “Las primeras copiadoras cinematográficas de paso estrecho se crearon aquí para no tener que importarlas desde Suiza”, señala Miguel, responsable de restauración de la entidad.

En su opinión, el influyente movimiento amateur murciano desencadenó “una revolución tecnológica de la que acabó beneficiándose la industria nacional”. ¿Cómo? “Cartagena acoge el único astillero de España que fabrica submarinos y sus expertos en óptica adaptaron su conocimiento al celuloide”, revela. Paradigmático fue el caso de Juan José de la Cierva, sobrino del inventor del autogiro, que en 1969 levantó el primer Oscar español por un hallazgo técnico, el dynalens. “Su trabajo en buques de guerra estadounidenses le permitió diseñar un estabilizador óptico para evitar que la vibración de la cámara perjudicase la imagen”.

El talento de aquellos directores no forjó, sin embargo, un sector audiovisual sólido. “Las autoridades”, explica Miguel, “financiaron proyectores de 70 mm. que nunca se usaron porque tirar copias en paso ancho era muy caro para las distribuidoras. Y desterraron de las salas esos soportes menores que, casualmente, aglutinaban el grueso de la producción local”. Con tal panorama, el cine no pudo concebirse como un negocio y todas las ficciones provinciales se afrontaban “por amor al arte”.

Más halagüeño es el presente. Aunque los nuevos cineastas independientes siguen grabando largometrajes –Cuarenta grados, El dildo sagrado, La interminable espera de Arturo Gros– que no gozan de una merecida repercusión, el número de productoras no deja de aumentar. Y algunas, como la cartagenera Digital Mind, apuntan alto: especializada en títulos divulgativos sobre la región, logró que su Cartagho Nova optase este año al Goya en la categoría de animación.

Ángel, Miguel y José Ramón, responsables de la Filmoteca de Murcia

Ángel, Miguel y José Ramón, responsables de la Filmoteca de Murcia

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