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19-01-2016 Versión imprimir

 

TEATRO DENTRO DEL CINE


 
La verdad empieza
cuando se abre el telón



El actor Juan del Santo reflexiona en ‘Flow’, de David Martínez, sobre las bondades terapéuticas del arte dramático



FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Suele pensarse que el duelo camina por dentro: un dicho al que muchos actores responden que la excepción a la norma se encuentra sobre el escenario. Sobre ese pliegue versa Flow, el primer largometraje del realizador David Martínez, que vio la luz en nuestras salas el pasado noviembre. Antes, esta cinta protagonizada por Juan del Santo había recorrido el mundo, desde California hasta Rusia, pasando por Colombia o el Peloponeso, y amalgamando 11 premios en festivales independientes. Y 11 fueron, también, los cines españoles que quisieron contar la historia de un actor que, a punto de presentar un gran monólogo en un teatro de la capital, se ve inmerso en un inesperado viaje a las profundidades de la miseria.
 
   Porque la obra escrita y producida por estos dos madrileños trata sobre el intérprete: sobre sus absurdas contradicciones, sobre la concentración que este solo logra alcanzar cuando está sobre las tablas y sobre su incapacidad, casi crónica, para encontrar el silencio. Del Santo, curtido a las órdenes de José Luis Cuerda en La viuda del capitán Estrada (1991) y a las de Pilar Miró en El pájaro de la felicidad (1993), ideó una historia que se pudiera contar entre las cuatro paredes del Teatro Lara, donde se rodó durante dos jornadas. “La tarima es el lugar donde tiene sentido contar las cosas sin que a uno le tomen por un loco”, apunta este actor de 49 años. Según tomaron forma las conversaciones entre el director y el protagonista, ambos vieron que los giros de la trama a los que querían abocar a su personaje requerían de exteriores.
 
 
 

 
 
 
   A sus 48 años, a Martínez, que firma aquí su primer largometraje como realizador, le había llegado su momento. Quien fuera ayudante de Pedro Almodóvar, John Malkovich, Ken Loach o Mario Camus se sabía con experiencia. Demasiada, quizá: “Trabajar mano a mano con un intérprete, que desconoce el mundo de contratiempos que existe en la producción, me ayudó a soñar”. Uno y otro dibujaron el arco de un artista bebedor, alejado de su familia y arruinado por azar, que se recrea en la soledad más cruda como única redención. Aunque los actores, claro está, nunca se encuentran solos del todo. Del Santo, sobre cuyas espaldas reposa prácticamente todo el metraje, camina acompañado de sus personajes: los que recita en los recovecos del teatro, provenientes de películas como Los intocables (1987) o El hombre elefante (1980).
 
   El protagonista absoluto consuma su peripecia, también, rodeado de voces (Concha Velasco, Emilio Gutiérrez Caba o Lluís Homar, entre ellas). En algún corte de la narración puede intuirse, también, la presencia de Alejandra Lorente. Pero la cinta, “un filme de acción interior”, como reza el reclamo de su cartelería, acaba por desarmar al personaje. “Las dos caras, la del intérprete y el hombre, eran el punto de partida. Lo que queríamos, al final, era el silencio. Él baja a los infiernos, resurge, expulsa la ira, los demonios y reconcilia su esencia de actor con su naturalidad como persona”, revela Martínez. Se acabó lo de ser uno mismo solo sobre las tablas, y parte de ese viaje queda registrado en la fotografía montañosa de Huesca y Guadalajara.
 
 

 
 
 
El lobo como alegoría
Más allá de los homenajes a otras piezas de la historia del cine, las reflexiones sobre el trabajo del intérprete que recoge esta obra vienen de mano de textos originales e, incluso, improvisados. Son aquellos que recita ese alter ego con el que Del Santo, vestido de naranja, divaga sobre la tarima: una alegoría, según cuentan los dos socios, de ese wolf (lobo, en inglés), recogido a modo de anagrama en Flow. Al bajar del escenario, todo se da la vuelta. “Este no es un retrato del actor, sino del impulso creativo que le envuelve. No hablamos de su sociología, sino de su motivación artística, de esa fascinación por vivir otras vidas. A los intérpretes no nos ponen una pistola en el pecho para que nos dediquemos a esto”, anota el protagonista. 
 
   El personaje encarnado por Del Santo no comparte los problemas que imaginamos al pensar en un artista, sino los que, relacionados con un dinero sucio, atribuiríamos más a un político o a un empresario. “La obra busca la metáfora del teatro, que es el lugar que mejor expresa nuestras incoherencias como personas. El personaje no logra comunicarse con su mujer o con su hija, pero sí en el escenario. También los escritores nos amparamos en la ficción”, reitera Martínez, antiguo estudiante de arte dramático. Su obra, comenta el autor, es un elogio del trabajo del intérprete y de su papel en la sociedad. “Un actor es un portavoz de las ideas. No es lo mismo leer un escrito que atender a una persona de carne y hueso contándolo: él es el puente entre el autor y el público”, apunta Del Santo.
 
   Como menciona su director, la obra está pensada para todos los espectadores, si bien pretende guardar algún regalo para quienes estén más acostumbrados a descifrar el cine. Sobre todo, para los intérpretes. “Se reconocerán en ella quienes disfruten de su carrera y de los personajes que estén encarnando. Cuando trabajamos y nos recreamos en lo que hacemos, estamos viviendo”, opina el protagonista. En ese sentido camina el primer monólogo que escuchamos al arrancar la cinta: “Todo lo que tengo está aquí: este cuerpo, mi mente y mi imaginación son todo lo que tengo. Soy actor, soy todos los hombres. Cualquier cosa que pueda alcanzar con mi imaginación, puedo concebirla y expresarla con mi cuerpo”. Y a través de la ficción, reflexionan el autor y el intérprete, nuestras violencias interiores pueden convertirse en obras que no haga daño. Quizá sea arte, anotan los dos, lo que falte en el mundo.
 
 

 
 
 
Un largometraje sostenible
El plano de un lobo con el que Martínez había soñado, y que vestiría la obra según esta alcanzara sus últimos puntos de giro, requería dinero. Al menos, un viaje de ida y vuelta con un equipo de nueve personas hasta una reserva natural. Porque los 60.000 euros de presupuesto establecidos por los dos productores debían incluir, siempre, un salario digno para cada técnico por cada día de rodaje. “Que la gente trabaje sin cobrar es uno de los cánceres más tremendos de la industria española. Podríamos haber estirado la producción pidiendo favores, o podríamos haber prometido porcentajes, pero no nos hemos permitido jugar con el tiempo de los demás. Y es un compromiso creativo: acotamos la historia a aquello que supiéramos que podría ocurrir”, revela Martínez.

Acometido el rodaje y la postproducción, Del Santo y él se vieron, también, sin apenas presupuesto para la distribución: así las cosas, uno y otro están encantados del recorrido del largometraje. “Pensamos que se acabaría la película y se acabaría todo”, ríe el director. Por suerte, el corte del lobo había aparecido, en 20 minutos y a cambio de 60 dólares, en un archivo de Internet; y cuadraba perfectamente, en color y fotografía, con el resto del metraje.
 
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