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06-06-2019


“La de Eusebio Poncela en 'Diario de invierno' es la mejor interpretación que yo he sacado de nadie” 


Han pasado más de 25 años desde su último éxito (‘Madregilda’), pero Paco Regueiro sigue creando a diario. Y lo hace en color (con pincel) o en negro sobre blanco (escribiendo). Cualquier día de estos encontrará respaldo para uno de sus guiones y emulará al admirado Clint Eastwood, casi de su quinta


JAVIER OLIVARES LEÓN

Fotografía: ENRIQUE CIDONCHA

En su casa madrileña, cerca del Santiago Bernabéu, Francisco Regueiro corre la banda de sus recuerdos. Fue un genial dibujante. Llegó a ser futbolista seudoprofesional. De todo eso pudo vivir y vivió este pucelano de 84 años. “Por encima de futbolista y cineasta soy pintor”, asegura. Y tan poliédrica biografía germinó en un episodio infantil en Valladolid. “Había un bar en el que te dejaban jugar al mus si consumías una pasta de 15 céntimos [de peseta]. Y de paso, leías el Marca, donde había un caricaturista extraordinario, Cronos. A mis 12 o 13 años me encantaba dibujar”. Y con 18 acabó siendo el ‘Cronos’ de El Norte de Castilla, con Miguel Delibes como director. El responsable de títulos reconocidos como MadregildaEl buen amor Padre nuestro sigue pintando. Y escribe cuando puede. Anda detrás de José Coronado para ofrecerle el guion de Oro, incesto y mirra, la historia de un profesor y novelista entrado en años que estuvo en la División Azul y descubre, en el Madrid del 23-F, a la hija que había tenido entonces con una pianista.

 

¿Ya no encuentra galanes a su medida? 

- Se me han ido todos. Fernando Rey, mi predilecto de varias películas; Paco Rabal; Juan Luis Galiardo… Y no hay otro con ese pedigrí, excepto Coronado. Tiene gancho erótico y no resulta espeso. Se me han muerto los guapos y los productores que creían en mí: Elías Querejeta, con el que hice dos películas; Alfredo Matas, también productor de Berlanga (dos películas, casi tres), José Frade (dos películas)… El cine español es terrible, casi como el país. Un desbarajuste.


Los de su quinta lo tienen difícil.

- Estamos fatal. Salvo que seas Clint Eastwood, que acaba de estrenar con 89 años. Coincidí con él en Cannes en 1963, por cierto. Los directores seleccionados teníamos un cóctel en la azotea. Estuvimos un rato hablando. El otro día volví a ver Gran Torino y me parece extraordinaria.


Cannes fue algo más que su puerta al cine.

- Junto a Carlos Saura y Pedro Almodóvar, soy el que más veces ha estado. La primera vez, con El buen amorVinieron a saludarme Max Aub y Georges Sadoul, el historiador más importante del cine mundial (autor de dos libros, el rojo el negro), el director de la filmoteca francesa... Parecían emocionados con la película.


¿Conoció a Buñuel?

- No. Pero hizo un manuscrito sobre El buen amor que salió al día siguiente en la revista del festival: dijo que hacía muchos años que no había visto una obra de esa pureza. Pero aquí los gerifaltes de Film ideal [revista de referencia en España sobre cine] no hicieron ni caso. Y con los años me siguieron pidiendo el manuscrito de Buñuel. En España me hostiaron por todos lados, y en Francia la película abrió en septiembre la filmoteca francesa, cuando aún eran coleguillas de Jean-Luc Godard.



¿Tenía usted menos de 30 años?

- Exacto, ¡28! Y con Matas surgió allí otra película, Amador.Tuve que reescribirla varias veces por los resquemores de la censura. Originariamente, el ladrón robaba algo más que el monedero que contaba la versión final. Ricardo Muñoz Suay, un personaje decisivo del cine español, me comentó luego que el productor, Matas, echaba en falta primeros planos. ¡Como si una película se hiciera al peso! Manda narices… Había un clima raro.


Y pese a todo, Amador también fue a Cannes.

- Sí. Y cuando ves la película se perciben unos baches raros: habían metido parches en off. Por ejemplo, la voz del escritor Juan Marsé, que había publicado Encerrados con un solo juguete y vivía lampando. Lo contrató directamente el productor y nadie me consultó nada. El mal ambiente venía del coproductor francés, que no veía Amador para su público. Según él, Louis Malle ya había cubierto el cupo de cine negro con Ascensor para el cadalso. Entonces, yo cogí a Maurice Ronet, el protagonista de Malle, para hacerle protagonista de Amador. Y estaba encantado.


¿Renegaba del filme al ver cómo quedó?

- Lo dije tal cual en una de mis entrevistas. Y eso me costó no hacer más películas con Alfredo Matas. Había hecho una obra pura… Por supuesto, en esta época me tragaría cualquier sapo. Pero, entonces, hacer una película cada dos años era un parto. Y yo hice dos, algo que no había hecho ni [José Luis] Borau, que no rodó ninguna en ese tiempo. Y [Basilio Martín] Patino, una. Manolo Summers y yo hicimos una cada dos años. No era fácil hacer ni la primera.

 

   En total, Regueiro ha firmado 10 películas, con las que recibió “todas las presiones del mundo”. Elías Querejeta le produjo Si volvemos a vernos (1967) y Carta de amor de un asesino (1972). En medio rodó Me enveneno de azules (1971). Más tarde llegarían la punzante sátira contra la burguesía Duerme, duerme, mi amor (1974) y Las bodas de Blanca (1975), sobre la España del desarrollo, con una estupenda Concha Velasco. Fue en esa última cinta, rodada en Burgos, cuando hizo migas con el crítico Ángel Fernández-Santos, coautor con Víctor Erice del guion de El espíritu de la colmena y coguionista junto a Regueiro de sus filmes desde entonces: Padre nuestro (1985), Diario de invierno (1988) y Madregilda (1993).

 

¿Cómo hacía Querejeta para estar en todas partes?

- Víctor Erice y yo no éramos tan afines a Elías como Saura: eran uña y carne. Digamos que esa convivencia y coincidencia no son fáciles. Yo solo la tuve con Eduardo Ucay, que había trabajado con Buñuel, con quien hice Padre nuestro. Nos entendíamos bien. Cuando Víctor termina el copión [copia sin editar con todo el material de una película] de El espíritu de la colmena, Querejeta dice que no termina de entenderla.“¿Qué es esto? No va a funcionar. Y yo no pago más”, exclamó, enfadado. Conozco la historia porque yo estaba haciendo con él Carta de amor de un asesino.


Pero luego El espíritu… cuajó, y tuvo mucho éxito.

- Gracias a que terció el operador Luis Cuadrado, que no era precisamente cinéfilo. En Exa, donde se montaban las películas, se encontró en la moviola a Víctor Erice, el pobre, al que le habían cortado un tercio de la suya. Era el tercio que no entendía Querejeta. Salió la película porque Cuadrado le dijo a Elías: “¿Qué dices, hombre? Es una gran película”. Al cabo de tres meses se estrenó por todo lo que le machacaron y machacamos para que cambiara de idea.



Más arriba, ¿era implacable la censura?

- Mucho. El guion de Jimena sigue bloqueado, por ejemplo. Lo escribimos Mario Camus, Joaquín Jordá y yo con Miguel Picazo, el director. A ocho manos. El mito de El Cid Campeador, a la derecha de Dios y de Di Stéfano [risas], era intocable. Y la película iba en contra de lo sagrado. Comenzaba con la menstruación de Jimena, algo demasiado transgresor. Pero el cine de Picazo es así, un melodrama constante, como La tía TulaYa en El buen amor la protagonista tenía la menstruación.


¿Por qué esa obsesión?

- No creo que fuera nada autobiográfico, aunque yo tenía tres hermanas y un hermano. Conviví con la regla desde pequeño, pero había mucho mito y tabú con ella en España. No recuerdo por qué, pero cuando las chicas estaban malas se tapaban los tobillos. En la calle Mayor de Valladolid los adolescentes cuchicheábamos a la vista de los tobillos. Sin llegar a ser los gamberros de la película más entrañable que se ha hecho en España, Calle Mayor, de [Juan Antonio] Bardem.


¿Hay muchas cintas geniales como esa, de autor?

- Yo creo que sí. Berlanga ha hecho dos o tres. Y Buñuel, cuatro o cinco. Pero todos los demás, una. A Buñuel le costó mucho por su biografía.


¿Influyó mucho en su cine el hecho de nacer en Valladolid?

- Claramente. Viví hasta mis 20 años en un triángulo entre conventos de clausura e iglesias parroquiales y dos o tres cuarteles. Al amanecer sonaban todas las campanas de los conventos. A la media hora, la corneta de infantería del cuartel de San Quintín, a cien metros de casa. Todo muy castrense y religioso.


Y los niños de los años cuarenta, ¿cómo vivían?

- Pues en la calle. Hemos jugado siempre en la calle, sentados en las cristalerías Casariego, con un bordillo de privilegio para ver pasar la vida. Era un barrio detrás de la Plaza Mayor, con cierto nivel económico, pero también con orfanatos y niños pobres, conflictivos. De posguerra dura. Escuchábamos con interés a los mayores, de 16 a 18 años. Ahí conocimos las casas de putas.


¿Cómo? 

- Los mayores, a la hora de la siesta, cuando España se paraliza en verano, te dejaban acompañarles hasta la puerta. Yo era rubito, no tenía ni 14 años… y las chicas me sentaban en sus muslos: “Qué guapito eres. A ver si te haces mayor y nos lo pasamos bien”. Y entonces bajaba la escalera el de 17 años. Antolín, por ejemplo. Y todos: “¿Qué tal ha ido?”.


¿Y qué ha sido de Antolín?

- Ni idea. Pero supe de otro, el hijo del picador de la plaza de toros. Un día me lo encontré cuando yo rodaba un documental sobre toros en una de las plazas de Carabanchel. No nos veíamos desde entonces. “Coño, fulanito”.


¿Cómo fue su puesta de largo? ¿Es confesable?

- La madre de un amigo tenía un estanco. Distraíamos algunas monedas de la caja. Un día usamos ese dinero para ir al cine y ligarnos a una chica del gallinero. Iba rapada, como todas las que habían pasado por la cárcel. Nos la llevamos a Las Moreras, a una zona oscura cerca de las Piscinas Samoa. Los muchachos entonces dejábamos de ser vírgenes a base de humillar a las mujeres. Por eso la homenajeé hace tres años, cuando en la Seminci me dieron la Espiga de Honor. Ya era hora.


Con el río Pisuerga por testigo, ¿no?

- Sí. Otro escenario vital. Una vez hice nueve anchos nadando, un récord del barrio, con 15 años. Y eso sí que fue un hito, porque mi madre era recelosa del agua: se le había ahogado un hermano en Tordehumos, en el río Seco. Total, que yo escondía el bañador en un rincón de la entrada de casa. Como yo había tenido pulmonía y reúma, después de sudar jugando al frontón, si me miraba a la cara y me veía el labio morado, me curraba con la zapatilla. Todos los fantasmas, los muertos, los personajes de la infancia, El guerrero del antifaz, obispos, curas, putas… están en Oro, incesto y mirra. Sueño, realidad, recuerdos. Viene a ser mi Ocho y medio [película de Federico Fellini de 1963].



¿Y todo aquello influye en su Padre nuestro y en Sor Angélica, virgen, su práctica de fin de carrera en la Escuela Oficial de Cine?

- Claro, todo eso es lo que tenía en la cabeza. Tiras de un hilo y sale ese imaginario.


Un tono que también se percibe en Madregilda.

- Yo creo que sí. Un tono incluso visual. Le pedí al operador una luz dorada, maravillosa. No quería una iluminación cursi, sino entrañable, cálida. Así era mi recuerdo. Juan García Hortelano dijo que en la guerra él y sus amigos lo pasaban de p. m.porque la mayoría de los días no había clase: iban a ver la bomba que acababa de caer. La guerra en Valladolid no era tan divertida.


¿Recuerda usted los sonidos de la contienda?

- Sobre todo, los de los aviones. Yo fui un niño enfermito, ya digo, y mi madre me ponía en una galería de la casa a tomar el sol. “Y no te muevas, ¿eh?”. Ella bajaba a la compra y mis hermanos mayores ya estaban en clase. Recuerdo ese sonido inquietante de los aviones, y yo solo en aquella galería. En mi casa, en General Almirante, 10, hubo un refugio antiaéreo, por lo que estábamos al tanto de los sonidos. El más listo del segundo piso tenía en la posguerra una tienda de comestibles, y aprovechó el refugio como almacén de estraperlo. Creo que ya puedo contarlo… [risas].


¿En esa época surge también su pasión por el fútbol?

- Cerca de los meandros del Pisuerga que cerraban ese triángulo vital había un campo de fútbol, en Las Moreras, donde se ponía el ferial del ganado o el de las fiestas de septiembre. Era un campo de arena magnífico, mullido por las hojas en otoño. Y si jugabas bien al fútbol… eras respetado. Destrocé todo tipo de zapatillas, zapatos, jerséis, pantalones. Me puso bien mi madre con la zapatilla…


¿Y cómo es esa evolución hasta jugar en serio en los cincuenta?

- A los siete años juegas en la calle. A los 10 pasas a jugar en la plazuela de Los Arces. Luego, en la plaza de San Miguel, antes de Las Moreras. El que destacaba… Además, en los concursos cutres de atletismo, siempre ganaba en los cien metros. Tenía mucha velocidad. Era extremo izquierdo, un puesto mítico, el de Gaínza. Aún hoy, mi pierna izquierda pesa más que la derecha. “Regueiro promete”, se escuchaba. “¿Has visto a ese chaval rubio?”.


Y llegó al mismísimo Valladolid.

- Sí. Jugué con el filial en Tercera División, pero llegué a debutar en el viejo estadio José Zorrilla, con césped del bueno. Todavía hoy, cuando huelo un césped cuidadito, me imagino corriendo y chutando. Yo remataba bien de cabeza y corría mucho. Falsificaron mi ficha porque no tenía los 17 años requeridos. El entrenador era un exportero, Busquet, que velaba por mi descanso. Miraba si estaba en la cama a mi hora. De mi quinta llegó a la élite un tal Rodríguez, que jugó en el Valladolid ‘grande’A mí llegó a entrenarme el mítico Helenio Herrera. Jugué en el primer equipo un par de partidos.



¿Y el cine? ¿Cómo entra en su vida?

- Me hice de Acción Católica, que organizaba torneos de fútbol por parroquias. Y tenían sitios para jugar al billar. Y los josefinos, los jesuitas, tenían también cineclub. En el largo invierno de Valladolid eso se agradece. Ahí era muy fan del cine. Ya antes, en clase, en la Escuela de Comercio, donde estuve de los 11 a los 18 años, tuve la suerte de sentarme entre las dos hijas del director de la Fábrica de Armas de Valladolid, entre el Puente Colgante y Juan de Austria. Era como una miniciudad, con su cine, su teatro… Todos los domingos iba con las dos hermanas al cine.


Como una sala particular…

- Exacto. Mientras Deanna Durbin [actriz y cantante de gran fama como adolescente] se ponía a cantar, nosotros estábamos jugando entre los palcos al pillapilla o a policías y ladrones. Y la película de fondo. “¡Que salen los hermanos Marx!”, nos gritaban. Pues parábamos y mirábamos un rato. Fascinante. Mucho musical. Era una proyección privada para el padre, las hijas… y yo. Las cosas de ser superjefe.


¿Supo algo de esas chicas después?

- A una me la encontré cerca de una productora de Madrid, a los treintaitantos, hace ya 50 años. En otra ocasión nos juntamos gente de aquella época: fue duro y patético. Habían oído hablar de mí. La envidia castellana hace que, aunque no hayan visto tus películas, te admiren. Pero te rechazan. En Valladolid somos mala gente. En el Teatro Calderón se fundó la Falange, por esas cosas nos dicen fachadolid.


Pero allí pudo tener todos sus empleos: pintor, cineasta, caricaturista, futbolista…

- …y empleado de banca, como mi padre y mi hermano. Gané la plaza por oposición, por desgracia. Pero dejé el fútbol, las caricaturas y el banco. Dije a mis padres que me iba a un instituto secular, para ser santo, de los que no se casaban. Y había un instituto que no era muy del Opus Dei. Gente estupenda, lo recuerdo con mucho cariño. Qué valor le eché al irme. Lloraban mis padres y mis hermanos.


¿Qué diferencia había entre ser santo y cura?

- Ser cura tenía cierto prestigio, pero ser santo era algo nuevo. Lo había inventado el profesor Avelino: por eso nos llamaban ‘los avelinos’.Y ciertos personajes de ese instituto secular eran personas íntegras, como un cuñado que tengo en Cataluña que conoció a otro ingeniero en Madrid que era un ejemplar enorme. ‘Avelinos’, como yo. Acabé en una residencia de estudiantes en Moncloa, en Madrid.


Vaya choque.

- Pues sí. En mi carrera de Perito Mercantil no se estudiaba Literatura, por lo que estuve un año de oyente en Periodismo. Ahí se hablaba mucho de letras, y yo andaba verde, verde. Pero mi pureza de santo se quebró a los 27 días. Desde entonces fui de mal en peor. Tenía informes que me recomendaban seguir jugando al fútbol en Madrid, en el Rayo Vallecano, pero me resultaba imposible por el enorme tamaño de la ciudad. En la primera entrevista que hice para la revista de Acción Católica, a Gino Cervi, un actor gordito italiano que vivía en Madrid, tardé un montón en el transporte.


Ser santo y estudiar Periodismo no suena compatible…

- El siguiente curso ya estaba fuera de esta historia. El fútbol pasó a ser amateur.Jugaba partidos con otros aspirantes a directores en la Escuela Oficial de Cine, como Mario Camus, Elías Querejeta… Elías y yo éramos los mejores. Él jugaba de interior izquierdo (fue profesional en la Real Sociedad) y yo, de extremo. Jugábamos en la calle Padre Damián, en los Agustinos, con muchos colegas: José Luis Coll, vecino mío; Carlos Saura; el montador Pablo del Amo y Manolo Summers. Aún tengo en esta rodilla [la derecha] una patada de Summers. Fue realmente duro el año de residencia en Hilarión Eslava. Coincidí con el famoso Coque, futbolista que fue conocido por su amor con Lola Flores.



-¿Qué proyectos tiene?

-Aparte de Oro, incesto y mirra, está muy perfilado Rascayú, un guion sobre Miguel Gila, pero topé con otro productor. “No puedo pasar de la página 20, no soy el productor adecuado”, dijo. En la página 30 había un fusilamiento, cierto, que será el que se le quedó grabado. Hubo muchos en la posguerra, más muertos que en la guerra. Todos hemos tenido un familiar en la guerra o en un bando. Me da terror hablar con la hija de Gila, ahora que se han cumplido cien años de su nacimiento. Le puse el nombre de Rascayúuna canción prohibida en aquel entonces, porque me había inventado una historia apasionante a partir de aquel fusilamiento del que Gila resucitó: que el jefe de ese pelotón de fusilamiento no tiró a dar. Eran los años cuarenta, cuando este país estaba destruido, con personas desaparecidas o cambiadas de ciudad. Se inspira en los monólogos de Gila, compañero mío en La Codorniz, donde también dibujé .Yo era más joven, pero el director de la revista, Álvaro de la Iglesia, nos citaba a comer “para pensar”. La vida de los humoristas (Chumy Chúmez, Gila…) merecía algo así. Me sorprende aún que el productor no tuviera ni curiosidad por la historia y le diera terror.


-¿Y alguno de tema más contemporáneo?

- Somos el país con menor natalidad de Europa. Nanas a Luzbel se centra en esa terrible responsabilidad universal de ser padre. Buscamos financiación con González Macho, como hice con El hermano de Venus, una historia maravillosa a partir de la Venus del espejo de Velázquez. Teníamos reparto y faltaba el dinero. Lo de siempre.


¿Guarda buen recuerdo de sus actores?

- Todos han ganado al menos la Concha de Plata de San Sebastián. La de Eusebio Poncela en Diario de invierno es la mejor interpretación que yo he sacado de nadie. Y Fernando Rey siempre hacía de Fernando Rey. Era tan educado, tan entrañable, tan cinéfilo, que transmitía dulzura. En Madregilda Juan Luis Galiardo está también genial. Es una interpretación redonda. Y Juan Echanove, con quien tengo buena relación, vive por aquí.


¿Y qué me dice del reparto femenino?

- Concha Velasco me encanta en Las bodas de BlancaY eso que Ángel Fernández Santos y Víctor Erice discrepaban de Frade: a él le gustaba que fueran nombres conocidos. Y ellos preferían más anónimos. Pero está estupenda en esa película. Ella quiere tener un hijo, y cuando se dispone a ello, se le ha pasado el arroz. Algo terrible para una mujer. Lo borda. Y trabajando es fantástica: colabora, me quiere, la quiero. Así somos los castellanos.


¿Por qué no pudo contar para Padre nuestro con Ángela Molina?

- Por presupuesto, acabamos con Victoria Abril. Y en el fondo, me alegro. Mario Camus dice que cuando vio la escena en la que Victoria regresa al pueblo y entra al cementerio se le encogió el ánimo. El perro sigue allí acompañando al cadáver. Conmovedora.


¿Guarda buen recuerdo de su paso por TVE?

- Sin duda. Era una etapa en la que querían abrirse. Sería porque no todo el mundo tenía el UHF… Hice un documental sobre los toros en la literatura y la serie Los pintores del Prado [1973]. A la gente le gustó mucho el capítulo de Murillo [La virgen niña]. Que entrara TVE en la catedral de Sevilla a rodar sus murillosfue un acontecimiento. Y el que hicimos sobre Zurbarán me encantó. [Regueiro firmó también un capítulo de la serie Las pícaras en 1983].


¿Le dejaron expresarse libremente?

- Hombre… Por debajo del director del UHF había varios jefes de equipo. Y como Murillo vendía mucho, decidimos que una de las criadas llevara unos huevos en el regazo, en el mismísimo c…ño. Hubo polémica, pero al menos hacíamos cosas. 



“Yo entrevisté a Ava Gardner”

Fue en septiembre de 1955, durante una de las célebres escapadas de la actriz. Aquella vez viajó a la estela de los hermanos Girón, dos toreros venezolanos bien parecidos que se habían alojado en el hotel vallisoletano Conde Ansúrez. “Ya había coincidido con Ava Gardner y con Frank Sinatra en Torremolinos, preparando Amador. Contaron que por entonces estaba allí el cantante… buscándola”. Regueiro, caricaturista del diario El Norte de Castilla, tenía una sección, Tres minutoscon entrevista y retrato, que cerraba el diario. “Como me conocía bien los entresijos del hotel, atestado de periodistas italianos, franceses, norteamericanos… me pasé por allí, a ver qué cazaba. Podía haber hasta tiros si llega a aparecer Sinatra. Tenía yo 20 años y un rubio platino precioso. De pronto, ella movió el dedo índice señalándome… ¡y me eligió a mí, tío! Supongo que quería dar en el morro a los extranjeros… o a los adultos”.

 

   Regueiro nunca podrá olvidar a aquella mujer. “Era de una belleza sublime. En el cine era tremenda, pero en persona irradiaba”, reflexiona. Cuando ya en la redacción se puso ante la máquina de escribir, el joven redactor no sabía cómo arrancar. “No tuve más remedio que pasar al despacho del director, Miguel Delibes. Había sido profesor mío de Derecho Comercial y no sé qué más en la Escuela de Comercio. Un mito vivo. ‘¡No me jodas, Ava Gardner!’, exclamó. ‘Bajo tu responsabilidad…’, me advirtió. Y se remangó y lo redactó con mis notas”.



El arte de un cineasta

En las paredes de su domicilio tiene colgadas varias obras de su personal estilo, muy geométrico. “Pinto acrílico, quizá por temperamento”, asegura. “El óleo no seca, y te obliga a hacer mezclas mágicas”. Proliferan en el salón pinturas de la serie de mujeres desnudas, con poéticas imágenes en la entrepierna. De ella dijo José Luis Borau que era “la obra que más le había perturbado en años”, recuerda Regueiro.

 

   Durante décadas expuso en galerías señeras, como la Orfila. “Pero para la pintura se necesita un lado artesanal diario. No lo puedes dejar”, lamenta. Entre Diario de invierno Madregilda no hizo ninguna exposición, abandonando transitoriamente la pintura. “Luego habré hecho unas 20 obras. Pero hoy no cuelgas si no vendes. No hay mecenas. Ahora te cobran 2.500 euros por exponer, y los que lo hacen son artistas de provincias, que pagan por ello. Sobrevivir de la pintura es difícil. Te entra una murria…”. En Burgos, en el rodaje de Las bodas de Blanca, colgó su muestra en una galería en la que coincidió con el pintor Luis Sanz. “Muchos miembros del equipo me compraban obra: Concha Velasco, Paco Rabal… Otro día venía Fernando Rey, y ese tirón le aseguraba al dueño de la galería un dinero”. Regueiro simultaneaba la pintura con la escritura, “hasta que me quedé viudo de Ángel Fernández Santos [fallecido en 2004], que sabía más gramática que yo. Me cuesta el doble escribir sin él”.

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