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11-11-2014 Versión imprimir

 


EN EL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE 'GABO'


 
La increíble y (algo) triste historia de García Márquez y el cine


El genio de la literatura latinoamericana fue estudiante de Cinematografía y firmó guiones, pero ni su obra para la pantalla grande ni las adaptaciones de sus novelas triunfaron
 
 
JAVIER OCAÑA
“Escribí en ese momento un primer párrafo que es el mismo primer párrafo que hay en Cien años de soledad. Pero me di cuenta de que no podía con el paquete. Yo mismo no creía lo que estaba contando y me di cuenta también de que la dificultad era puramente técnica, es decir, que no disponía yo de los elementos técnicos y del lenguaje para que esto fuera creíble, para que fuera verosímil. Entonces lo fui dejando y trabajé cuatro libros mientras tanto”. Estas palabras de Gabriel García Márquez sobre la génesis de su mítica novela, iniciada en 1944 y finalmente publicada en 1984, quizá escondan más de una clave. 40 años y cuatro libros para encontrar un lenguaje que plasmara lo que tenía en la cabeza. Suena a delirio, suena a trabajo, suena a arte. Entonces, ¿si al propio escritor le costó horrores encontrar el quid de la cuestión, cómo iban a lograr los directores de cine su propio quid para trasladar a la gran pantalla lo conseguido por él con una mezcla del talento del artista y la repetición de pruebas del método científico?
 
   García Márquez y el cine. El cine y García Márquez. Una relación peligrosa, magnética, fallida en muchos aspectos y memorable en algún caso puntual. Una relación de múltiples vertientes. Gabo, estudiante de cine, columnista de cine, guionista, actor, espectador y hasta jurado. Y luego el cine de los otros, el cine sobre la obra de Gabo. Para colmo, don Gabriel, padre de guionista y director de cine de renombre: Rodrigo García. Mucho que contar. O quizá poco, según se mire.
 

 
 
 
   El hecho de que nadie se haya atrevido con Cien años de soledad puede que marque las relaciones entre la letra de las novelas del Premio Nobel de Literatura y el cine. Ni siquiera un iluso que hiciera aguas por todos lados. Respeto, admiración, cobardía, sensatez, falta de talento. Un poco de cada. Sí con muchas otras obras, unas con más acierto que otras, y una cima muy clara, en la que todos coincidimos: El coronel no tiene quien le escriba, dirigida por Arturo Ripstein en 1999, con escritura del propio Ripstein y de su habitual coguionista, Paz Alicia Garciadiego. Lo más importante, que ahí está Gabo, sí, pero aún más que ahí está Ripstein; y sin destruir a Gabo, complementándolo, fundiéndose ambos en una letra y en un espíritu. Las demás tentativas, entre la decepción y el fracaso, casi todas ellas, ya fueran comandadas por grandes nombres universales o por profesionales más o menos atrevidos. Entre los primeros, Francesco Rosi, grande del cine político-social italiano, con Crónica de una muerte anunciada (1987), y Mike Newell, director de Cuatro bodas y un funeral y Donnie Brasco, con El amor en los tiempos del cólera (2007), protagonizada por Javier Bardem. Entre los segundos, Miguel Littin con La viuda de Montiel (1979), basada en uno de los relatos incluidos en Los funerales de Mamá Grande, y Henning Carlsen con Memoria de mis putas tristes (2011). A todos ellos les sobraba una cosa clara y les faltaba otra: les sobraba fidelidad al original, y les faltaba identidad propia. No se trata de ser infiel, de hacer lo que te venga en gana con una obra mayor, sino de adaptarlas al lenguaje cinematográfico. No se trata de que las películas no puedan igualar a los grandes libros. Claro que lo pueden hacer, pero con lenguajes distintos. Los excesos de voces en off con párrafos demasiado largos de los libros y la incapacidad para trasladar el realismo mágico son sólo algunos de los problemas. Nada tiene que ver la prosa de García Márquez con la prosa de un director de cine, que es su cámara, dónde está colocada, el encuadre, el ritmo, cuánto dura cada plano, el tempo, el montaje, el color, la música, la de la banda sonora y la del entorno, la real, los sonidos, los ruidos y los silencios.
 
 
 

 
 
 
   Pero no solo los demás no han logrado acercarse en cine (incidimos, salvo Ripstein) a la maestría de Gabo en literatura. Ni siquiera él mismo. "Al principio quise ser director y lo único que realmente he estudiado es cine [en 1955 se matriculó en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma]", llegó a decir en una de sus entrevistas. De hecho, nuestro protagonista se convirtió en uno de los columnistas de cine más reputados de Colombia antes de que sus novelas pasaran al primer plano de la acción. Y también intervino como guionista o coguionista en algunas de las adaptaciones de sus novelas y cuentos, y hasta llegó a escribir guiones originales. En el primer grupo, por ejemplo, María de mi corazón (1979), de Jaime Humberto Hermosillo; En este pueblo no hay ladrones (1965), de Alberto Isaac, basada en un cuento propio, o la fidelísima versión de sí mismo en Eréndira, dirigida por Ruy Guerra, basada, claro, en La increíble y cierta historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada. Y en el segundo grupo, por ejemplo, Fábula de la bella palomera (1988), también de Ruy Guerra. O, abundando aún más, ejerciendo de adaptador de otros, como cuando escribió El año de la peste (1979), de Felipe Cazals, con toques de ciencia-ficción, inspirándose en Daniel Defoe, y El gallo de oro (1964) junto a nada menos que Carlos Fuentes, Premio Cervantes 1987, trasladando al cine a otro grande, Juan Rulfo; una película dirigida por Roberto Gavaldón que, alerta curiosos, se puede ver en youtube (al igual que María de mi corazón, El año de la peste y alguna más, aunque con copias muy deterioradas). Casi todas ellas, por desgracia, con mucho empeño en contar demasiado, sin el arte de la elipsis y con poco que reseñar más allá del nombre propio que nos ocupa.
 
 

 
 
 
   Ninguna de ellas, por tanto, ha quedado para la historia más allá de su enorme singularidad, como su participación como actor ocasional en En este pueblo no hay ladrones, Patsy, mi amor y El año de la peste. Un aspecto meramente testimonial que desaparece con otro de sus grandes acercamientos al cine, como fundador, en 1986, de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba, institución en la que llegó a poner dinero de su propio bolsillo. Una actividad sin freno durante décadas que le llevó también a ser, en 1982, parte del jurado del Festival de Cine de Cannes, en el que también estaban, entre otros, Sidney Lumet, Geraldine Chaplin, Mrinal Sen y Jean-Jacques Annaud, y que otorgó la Palma de Oro a Desaparecido, de Costa-Gavras, y el premio al mejor director a Werner Herzog, por Fitzcarraldo.
 
   El amor de García Márquez es tan evidente que incluso se heredó. Así, su hijo Rodrigo se convirtió en director, guionista y realizador de televisión, y ha legado películas tan interesantes como Cosas que diría con sólo mirarla, Nueve vidas, Madres e hijas y Albert Nobbs, además de dirigir capítulos de series tan importantes como Los Soprano, Carnivàle y A dos metros bajo tierra, y de crear una serie propia también notable: En terapia. Películas quizá más literarias que visuales, pero en modo alguno letras filmadas.
 
 

 
 
 
   Se ha dicho con reiteración que uno de las grandes razones para que las novelas de García Márquez, con Cien años de soledad a la cabeza, no hayan sido llevadas al cine o lo hayan hecho sin la fortuna que merecían descansaba en que se trata de textos con demasiados personajes y demasiadas tramas, con roles que viene y van, entran y salen del discurso narrativo de un modo poco convencional. Y ahora, pensemos: ¿qué son las grandes series actuales sino eso? Grandes novelas del siglo XXI sobre estirpes indomables, que se alargan en el espacio y en el tiempo desarrollando constantes flujos narrativos. Así son Los Soprano, Mad Men y The Wire. Y así podrían ser las grandes adaptaciones sobre las novelas de García Márquez. ¿Alguien se atreverá? ¿Alguien las financiará? Tiempo al tiempo. 
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