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13-02-2014 Versión imprimir

 
 


Gemma Cuervo
 
“Hay que ser muy
fuerte para que
la vida no te doble”



Un año después del fallecimiento de Fernando Guillén, la actriz pone sobre la mesa su cuaderno de bitácora, un sugestivo álbum de imágenes e ideas


 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Las nuevas generaciones la conocen por el desternillante trío que formó con Emma Penella y Mariví Bilbao en Aquí no hay quien viva (2003-06), eternamente asomadas a una mirilla. Pero Gemma Cuervo (Barcelona, 1934) es una de las grandes figuras de nuestra escena. Dürrenmatt, Zorrilla, Shakespeare, Esquilo, Pirandello, Buero Vallejo, Lope, Sartre, Pinter... Este rutilante frontispicio corona la entrada a su currículum teatral en la década de 1960. En 2012 asentó el último jalón de su trayectoria: una lúbrica, elegante y renacentista Celestina, el primer gran personaje femenino del teatro moderno. “Nunca escogí mis trabajos y tampoco rechacé nada”, apunta ella restándole importancia.
 
– Es de suponer que la guerra condicionó su infancia.
– Totalmente. Y la posguerra.
 
– ¿De qué modo?
– [Carraspea ligeramente] Le diré que tengo una herida incurable de por vida, algo muy doloroso que me marcó a mí y a toda mi familia. Prefiero no entrar en ello porque estas cosas suelen percibirse como una anécdota, un simple episodio, y es algo más que eso. No quiero ser victimista; fue una época negra para casi todos.
 
– Dio sus primeros pasos como actriz en el Teatro Español Universitario. ¿Cómo llegó hasta allí?
– Estudiaba peritaje mercantil en la escuela de comercio, adjunta a la universidad, pero tenía una enorme afición al mundo del arte y de la ensoñación. El teatro era un medio propicio. Debuté en el TEU de Barcelona con Los amores de Don Perlimplín y Belisenda en su jardín, de Federico García Lorca. Fuimos a festivales de Italia y Alemania, y trabajé con gente como Julián Mateos o Mercedes Prendes.
 
 

 
 
 
   Esto ocurría en 1956. Su debut profesional llegó en 1959 en el Lara de Madrid con Harvey, de Mary Chase, dirigida por Adolfo Marsillach. Después José Tamayo la contrató para la compañía Lope de Vega y se trasladó definitivamente a Madrid.
 
– ¿Hubo nervios en aquel debut?
– Me sentí muy a gusto.
 
– Se la ve mujer con aplomo.
– Siempre me he sentido muy segura sobre las tablas.
 
– Volviendo a la compañía de Tamayo, ¿es allí donde usted y Fernando Guillén se hicieron novios?
– Sí. Tamayo era un gran gestor de sus recursos, muy imaginativo. Tenía un puzle montado con sus actores y los movía de aquí para allá. Me mandó en un avión a Barcelona a las cuatro de la tarde para hacer Un soñador para un pueblo a las seis.
 
– ¿Tuvo que aprenderse el papel en el avión?
– No, ese lo conocía, pero sí me estudié la Desdémona de Otelo en un viaje en la Carlota de Madrid a Castelldefels.
 
– ¿La Carlota?
– Disculpe, es un dato de la época. La Carlota era el autocar que tenía Tamayo para la compañía, un viejo vehículo lleno de goteras, donde algún compañero, por guasa, subía con paraguas. Era divertido, o tal vez el adjetivo más adecuado sea insólito. Al final de la obra me dio un latigazo en la columna, de los nervios que tenía. La hacía con Carlos Lemos, nada menos, y eso era una gran responsabilidad.
 
 

 
 
 
   La actriz ríe al recordar las ocurrencias de Tamayo. Poco después, al hablar de Fernando Guillén, se le hará un nudo en la garganta, el primero de varios en la conversación.
 
– Fernando Guillén también venía del TEU, pero de Madrid.
– En efecto. Aunque él era barcelonés, su familia se había trasladado enseguida a Madrid. Comenzó en el TEU con Agustín González y Jesús Puente, entre otros. Ese día y en aquel avión nos conocimos, el 8 de enero de 1960, trabajando ambos para la compañía Lope de Vega. En julio nos casamos.
 
 
Los 60 y los 600
– ¿Qué personaje le dio plena seguridad como actriz?
– Las carreras interpretativas son imprevisibles y muy personales. En 1977 estrené Los hijos de Kennedy, que ha repuesto José María Pou y que entonces dirigió Ángel García Moreno. Interpretaba a una actriz que quiere ser como Marilyn y tenía plena seguridad en mí con este personaje. Lo tenía perfectamente integrado en mi intelecto y en mi alma. Es el punto de referencia más hermoso. Se me tenía por una persona dura, pero debía ser frágil, vulnerable y sexy.
 
– ¿Se considera sexy?
– [Sonríe condescendiente] Hombre, a esta edad.
 
– Pero tenía ese atractivo sexual.
– Yo me mostraba, en general, como una persona que cuidaba su aspecto e iba siempre muy arreglada. Lo considero una cuestión de respeto a un colectivo. Pienso que el público debe tener una imagen digna de los actores, y que la actriz Gemma Cuervo se debe a ese principio. Jamás he tenido joyas ni pieles de verdad, pero siempre he procurado lucir bien. En ocasiones he sentido que esto se asociaba, erróneamente, con la frivolidad. Pero siempre he andado muy ocupada con mi trabajo y mi vida familiar para detenerme a corregir esta percepción.
 
– ¿Algún trabajo le ha hecho sentir mal?
– Hombre, algunos trabajos menores, no bien terminados. Eso se lleva con indignidad.
 
 

 
 
 
– Fernando Guillén nos contaba que se quedaba dormido en los semáforos yendo con su 600 del plató al teatro. ¿Cómo llevaba usted el pluriempleo?
– Bien, aunque el cansancio me ha perseguido toda mi vida. Era excesivo. Pero una tiene fuerzas porque, o se colocaba todo en su lugar o no había nada, ni profesional ni familiarmente. En ese sentido, yo era más fuerte que Fernando, le transmitía fortaleza vital, y él a mí, fuerza intelectual. Yo le daba fuerzas ante el riesgo y tiraba un poquito más del carro.
 
– Por ejemplo cuando la huelga de actores afectó tanto a su compañía.
– Sí, aquello era un dilema, porque era una huelga totalmente necesaria, pero significaba que la compañía podía irse al garete. Nos quedamos muy tocados. En ocasiones como esta yo tenía más fortaleza. Estaba decidida a que si era huelga, era huelga.
 
– La nómina de grandes textos en su currículum teatral es apabullante, ¿cuál fue el hueso más duro de roer?
– No recuerdo ninguno en particular. Pasaba de uno a otro y entretanto me llenaba de cultura y conocimiento. Eso es la interpretación. Mi memoria dejaba siempre paso a lo siguiente.
 
– Las generaciones más jóvenes la conocen por la comedia televisiva. ¿Echa de menos haber hecho más papeles cómicos en teatro?
– En el escenario hice muchos personajes épicos, muy de rompe y rasga, es cierto, pero nunca me planteé lo que me pregunta. Siempre me he sentido una todoterreno, capaz de girar 180 grados y hacer lo que fuera.
 
– ¿Cómo le llenó el teatro humana y profesionalmente?
A mí el teatro me ha subyugado física y cerebralmente. Mi bioquímica está determinada por el teatro. Llevo desde el año 56 hasta hoy entrando en cuatro personajes al año. No he parado nunca. No podíamos parar. Somos una familia muy corta, tanto por parte mía como de Fernando, y eso suponía que el apoyo externo era casi inexistente.
 
– Logísticamente, con tres críos, tendrían que hacer ustedes malabarismos. Con los horarios por ejemplo.
– Los hacíamos, y salimos adelante. Nos llevábamos a los niños a Valencia o a Zaragoza, y nos llevábamos hasta las bicicletas. Hay que ser muy fuerte para que la vida no te doble. Por eso el homenaje de mi hija Cayetana volviendo a montar la primera obra que representamos Fernando y yo como compañía en 1969 tiene mucho significado para mí. La madre de El malentendido, a la que Camus no puso nombre, repite en escena: “Estoy tan cansada, hija mía. Necesito dormir, dormir infinitamente”. Mis hijos han oído esto mucho de mi boca, porque jamás renuncié a tener mi espacio familiar, social y profesional, y al equilibrio entre todos ellos. Me importa mucho mi profesión y el reconocimiento debido al actor por su labor.
 
 

 
 
 
Correa de transmisión
– ¿Para qué sirve un actor?
La función de entretener es tal vez la menos importante. El actor es el portador físico del intelecto y las ideas ajenas, el reflejo de la evolución de una sociedad. Los grandes autores lo son porque han descubierto áreas del alma humana, de la sociedad, de los sentimientos. La correa de transmisión de ese conocimiento es el actor, que cede todo su equilibrio biológico al autor para dar paso a sus pensamientos. De otro modo serían textos elitistas. El teatro ya lo es de por sí, por su condición de espectáculo costoso y limitado en cuanto al aforo. No es lo mismo que una novela o una película. A cambio, su memoria es imborrable.
 
– ¿Quién y cómo trazaba su trayectoria interpretativa? ¿Tuvo su esposo algo que ver?
– No había nadie detrás. Como le explicaba, yo no elegía nunca mis papeles, salvo cuando tuvimos compañía propia. Supongo que si me los ofrecían, por algo sería. Estoy agradecida a quienes creyeron en mí, como José María Morera, Alberto Closas, Ángel García Moreno, José Tamayo, Marsillach, Fernán Gómez... Ellos no han hecho mi carrera pero sí que han confiado en mí para papeles difíciles, como José Luis Gómez para el de Bodas de sangre, o el de Los hijos de Kennedy, que me dio Manuel Collado.
 
– En mitad de esa década prodigiosa, en 1965, rueda ‘El mundo sigue’, de Fernando Fernán Gómez. Parece que todo el mundo coincide en que es su mejor trabajo cinematográfico.
– Sin duda, es mi única película de verdad reseñable, el resto son obras menores. Fue una película con poca suerte. Se estrenó muy mal por un problema personal de Fernán Gómez y ahí se quedó mi carrera cinematográfica. No conozco los detalles del conflicto, pero creo que se debió a un problema político que al final afectó a su carrera cinematográfica, y a la nuestra.
 
 

 
 
 
– Fue también época de muchos dramáticos en TVE.
– Yo empecé en televisión en 1963, un poco más tarde que Fernando, que comenzó hacia 1958. Mi debut fue con Don Juan de Mañara, de los hermanos Quintero, todavía en directo. Posteriormente, todo lo que hice ya fue grabado. Al principio las grabaciones eran agotadoras porque se carecía de mesa de edición. Si a mitad de grabación se iba un foco o algo salía mal, había que volver a empezar desde el principio.
 
– Escoja uno.
– Hay auténticas joyas, como Las brujas de Salem, de 1965. Costó mucho grabarla, pero quedó inmensa. Por algún motivo, la grabación se retrasaba constantemente. Ignoro el motivo, pero todo el elenco estaba preparado para grabar y el permiso no llegaba. Recuerdo que estábamos todas agotadas: Irene Gutiérrez Caba, Nuria Carresi, Tina Sainz, Conchita Goyanes... De esta obra de Miller se hicieron dos versiones, la nuestra y una que vino después, que para mi gusto no alcanza a la primera. Hay un momento de la obra en que me salió un grito maravilloso, que dejó a todo el mundo petrificado.
 
– ¿De dónde le salió ese grito?
– En mi juventud estudié canto en Barcelona. El maestro Luis Canalda puso un anuncio en La Vanguardia en que buscaba una voz para dar clases gratis. Yo era una niña que me leía todo; cuando vi el anuncio, le dije a mi tata: “¡Vamos corriendo!”. Y allí pasé cinco años, por eso he tenido buenas facultades para el drama y la comedia, y para cantar o bailar cuando ha sido necesario. Jamás me he quedado afónica, gracias a Dios, porque tengo la voz educada. Esas clases me dieron mucha seguridad en el manejo de la voz, en la postura de las manos, en el porte con trajes de época...
 
– ¿Volvió a dar clases alguna vez?
– Sí, en 1982 en México con el maestro Guerrero para hacer la comedia Orinoco, de Emilio Carballido, que luego trajimos a España en 1993.
 
   Este montaje de la obra del dramaturgo veracruzano le valió a Cuervo el reconocimiento del público y la crítica mexicanos, que la premiaron con el galardón a la mejor actriz de la temporada 1982-83. La tesis de Orinoco es la misma que la de Thelma y Louise, solo que se escribió muchos años antes. Dos artistas de cabaret, dos mujeres maduras y arrinconadas por la vida, descienden río abajo a bordo de un barco a la deriva y hacia una muerte segura.
 
– Es una obra hondamente femenina y feminista. ¿Cómo vivió usted la opresión de la mujer en la España de Franco?
– Nosotras nos poníamos un pantalón y nos insultaban por la calle. Hoy es difícil de concebir, pero es lo que hemos vivido. No teníamos mayoría de edad hasta los 25 años, después la bajaron a los 21. A Fernando y a mí no nos dejaban entrar en los hoteles sin el libro de familia. Y en las piscinas se segregaba a los hombres de las mujeres. Yo me hice cargo como empresaria de un montaje de Coward, Diseño para mi vida, mientras Fernando trabajaba en Barcelona. Acudí a una entidad bancaria que estaba especialmente pensada para la mujer. Lo primero que me pidieron fue la firma de mi marido. No podíamos hacer nada sin el permiso del cónyuge. Las ganas de ruptura eran enormes, porque por otro lado éramos mujeres muy independientes, yo al menos. Salvo en lo sentimental. En ese aspecto sí soy dependiente.
 
 

 
 
 
   Cuervo traga de nuevo saliva.
 
–... Creo que no me he emocionado más en mi vida que en una ocasión en México, mientras Fernando trabajaba en otro sitio, cuando acudí a una exposición y me eché a llorar ante un Monet que se llama Unidos hasta la eternidad. Así ha sido: unidos hasta la eternidad.
 
– Sin embargo usted proyecta, como decía antes, una imagen de dureza.
– Ciertamente, pero es un espejismo. La vida va marcando el carácter y la apariencia de cada uno. Soy una persona afectiva y sociable, aunque no lo parezca. Aprovecho para decir a todos mis compañeros, a través de AISGE, que tienen todo mi amor y respeto, y que llevo sus sueños y sus anhelos en el corazón. Yo no he sabido comunicarme bien con ellos, no con la cercanía que debiera. Siempre he vivido apartada, pero mi cariño y consideración hacia los actores son absolutos.
 
– ¿Es una espina que tiene clavada?
– No. Es que me da tanta alegría encontrarme con ellos que me he dado cuenta de que he estado demasiado alejada. He sentido necesidad de ellos. Es un colectivo fuerte y lleno de ilusiones.
 
 
Sobrevolando el nido del cuco
– Ustedes dos, con su compañía, hicieron mucho por dignificar los repertorios teatrales de la España tardofranquista. ¿Qué montaje de la época le enorgullece más haber llevado a las tablas?
– Aparte de El malentendido de Camus, destacaría Los secuestrados de Altona de Sartre [1972], que era una obra muy difícil de hacer en la época, tres horas y media de texto muy duro. El personaje principal, demoledor, lo hacía Fernando. Había que tener las estufas secando sus uniformes porque empapaba dos por función. Fernando Fernán Gómez estaba programado en el Teatro Beatriz y nos permitió estar una semana más, que le correspondía a él, por el retraso del permiso de la censura. Y del propio Sartre, que a su vez no se fiaba de la censura franquista. Y tengo un gran recuerdo de Todo en el jardín, de Edward Albee [1970]. Fue muy premiada y nos proporcionó descanso económico.
 
 

 
 
 
– La compañía terminó dándoles muchos disgustos. Fernando salió del agujero en parte gracias a ‘La saga de los Rius’. ¿Qué la salvó a usted?
Con la huelga hubo que disolver la compañía y trabajar mucho para pagar lo que se debía. Pero las huelgas son así, y se ganó para el colectivo. A mí me salvaron el teatro y la televisión, aunque a mediados de los setenta también se acercaba el final de los dramáticos, tal y como se concebían. Uno de los últimos Estudio 1 que hice en aquella época fue Operación Shakespeare [1973], de Dale Wasserman. A este autor, que escribió El hombre de la Mancha, lo conocí en Marbella. Nos recomendó a mí y a Ana Diosdado que fuéramos a ver el montaje parisino de Alguien voló sobre el nido del cuco. Y fuimos, la vimos y optamos por no hacerla, por el parecido de la enfermera con la de Todo en el jardín. Fíjese.
 
– ¿Cuántas veces se tiró después de los pelos?
– No crea. Igual el éxito que tuvo más tarde la adaptación cinematográfica con Jack Nicholson no se habría visto refrendado en teatro. Nunca se sabe.
 
   El regreso a televisión de Gemma Cuervo se ha traducido, en las dos últimas décadas, en tres grandes telecomedias: Médico de familia (1995-99), Aquí no hay quien viva (2003-06) y La que se avecina (2007-11).
 
– ¿Era tan divertido como parecía grabar estas telecomedias?
– Diferenciemos: son muy divertidos los textos de los guionistas, especialmente los de los vecindarios, donde la libertad creativa brilla con luz propia. Laura y Alberto Caballero dirigen y escriben con una pericia colosal. Yo hace ya un tiempo que no estoy en el equipo, pero no se me borra la gran dirección de Laura.
 
– ¿Por qué?
– Trabaja con un respeto infinito por los actores. Siempre conduce a tu personaje sin voces y en privado. Nunca grita nada desde el asiento, sino en persona y con unas formas exquisitas. Y por otro lado, lleva dentro el tempo de la comedia. El oficio de director se aprende, pero hay cosas que se llevan en la sangre.
 
 

 
 
 
– En todo caso, no me diga que no lo pasaba bien con Emma y Mariví. Parecían ustedes el Trío Calaveras.
– Por supuesto. Las ingenuidades de las tres mirando por la mirilla son inolvidables. Lo que pasa es que las sesiones de televisión son agotadoras, larguísimas.
 
– ¿Volverá Vicenta Benito o Mari Tere Valverde al vecindario?
– Yo no sé nada. Nadie se ha puesto en contacto conmigo.
 
– Su última aparición en teatro fue con el primer gran personaje femenino del teatro moderno: la Celestina. ¿Cómo fue?
– Yo ya había grabado para televisión esta obra en 1981 en el papel de Elicia, una de las meretrices de Celestina. En cuanto a la producción más reciente, ha tenido sus dificultades. Costó cuajar el montaje, pero estoy muy satisfecha del resultado final. Le hemos dado una interpretación distinta. Es una mujer más del Renacimiento que de la Edad Media, no es la vieja harapienta sino la alcahueta elegante que entra por la puerta principal en los grandes palacios. El aspecto y la composición del personaje se adecuan a esta premisa. También hay una cierta obscenidad, especialmente en las escenas con Areúsa, la joya de su casa, pero también “su chica”.
 
– Usted valora mucho la trascendencia del trabajo.
– Sin duda. En la medida de lo posible, no hay que desperdiciar el tiempo, ni la energía, ni los anhelos. Estoy convencida, aunque no lo haya podido ver, de que hay mucho talento escondido en las pequeñas salas de teatro alternativo.
 
– ¿Usted deseaba que sus hijos se dedicaran a esto?
– Ni lo deseaba ni dejaba de desearlo. Siempre respeté las decisiones de mis hijos. Dos de ellos se dedicaron a esto y estoy orgullosa de ello. Nunca tuve miedo de que optaran por esta profesión. Un gran despacho con buenas alfombras no garantiza la felicidad.
 
 

 
 
 
Con Cayetana en camino
 
En una esquina del salón, envuelto en la esforzada luz del sol de invierno, descansa un viejo cartel enmarcado. Es el original del montaje de El malentendido, de Albert Camus, en el Poliorama de Barcelona, temporada 1969-70. Gemma Cuervo y Fernando Guillén ponían sobre las tablas un controvertido texto del autor francés tras meses de esfuerzo. Hoy, Cayetana Guillén Cuervo ha querido homenajearlos interpretando el papel que hiciera su madre hace casi 45 años “embarazada de ella”, aclara Gemma. La actriz posa muy arreglada junto al cartel. Su característico moño suelto y alzado a modo de peineta es ya parte suya, como la rúbrica de su firma. Ni el dolor por las ausencias ni el padecimiento por algún achaque han podido con la generosidad de su risa, que hace que sus ojos se entornen y que la edad, súbitamente, retroceda.
 
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