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16-11-2016 Versión imprimir
Gorka Otxoa
 
 

 
“Si ahora hiciésemos ‘Vaya semanita’, acabaríamos
en la cárcel”


La comedia le abrazó tras curtirse artísticamente en el solemne aurresku. Sinónimo de carcajada para el público, ha probado otros registros en teatro, a la espera de su debut como tipo despreciable en el cine con ‘Ranas’



ANTONIO FRAGUAS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Llega caminando por el Madrid antiguo y es difícil evitar la sensación de estar presenciando un sketch de Vaya semanita. ¿O quizá quien se acerca sea Txema, el pobrecito Pagafantas? ¿O César, otro enamorado con el corazón roto, convencido de que Los miércoles no existen? Pero no es ninguno de ellos, sino Gorka Otxoa, uno de los grandes rostros del humor que irradia Euskadi al resto de España. Nacido en San Sebastián en 1979, es de los pocos intérpretes que ostenta un perfecto equilibrio entre el cine, la televisión y el teatro. Desde Pagafantas –por la que estuvo nominado al Goya en la categoría de actor revelación– a Lobos de Arga; con series de la talla de Doctor Mateo, Vive cantando y Velvet; además de obras teatrales como La ratonera, Continuidad de los parques o la reciente Bajo terapia. Trabajo no le ha faltado, y aun así, no termina de fiarse: “Si Fernán Gómez decía a los 70 años que se ponía nervioso por si no sonaba el teléfono, imagínate yo”. Su primer contacto con el público fue como bailarín de aurreskus en la infancia. Hoy su gran meta es seguir en escena, eligiendo papeles que le apetezcan de verdad.
 
 

 
 
 
¿Cuál es el secreto para bailar un buen aurresku?
– Pues meterle muchas horas, como hice yo desde pequeñito. Ya en la ikastola me apunté a un grupo de bailes vascos. Con ellos me pegué mis giras por Europa, con aurreskus para arriba y para abajo. Estuve en un grupo que se llama Kresala hasta hace 10 años, cuando me vine a vivir a Madrid.
 
– De chaval bailó para los actores del Festival de San Sebastián.
– Sí. Veíamos pelis y bailábamos para las estrellas antes y después. O para el Dalai Lama. Y les poníamos las espaditas para que pasaran.
 
– ¿Esas fueron sus primeras experiencias escénicas, los primeros nervios por exponerse al público?
– Sin duda. Los primeros aplausos de mis padres llegaron cuando me iban a ver bailar en la Semana Grande donostiarra. Nos cambiábamos en dos minutos, mientras bailaban las chicas. Y eran vestuarios con mil elementos de ropa. ¡Ahora en las citaciones nos dan hasta media hora para cambiarnos!
 
¿Y a usted le gustaba la danza?
– Mucho. Por suerte, mis padres nunca me apuntaron a algo que me disgustara. Aunque mi madre es psicóloga y viene de familia de psicólogos, también hizo sus pinitos bailando en el Victoria Eugenia, pero todo lo que hecho yo ha salido de mí. En casa me han dejado libertad y me han apoyado, así que les estoy muy agradecido.
 
 
 
 
Sin dejar el baile, con 14 años, se mete usted en el grupo de teatro del instituto. ¿Cuál fue su primer montaje?
– Hice de Demetrio en El sueño de una noche de verano, una obra que representé de nuevo este año con el mismo papel. Vino la profesora que tuve en el instituto y fue muy bonito, como cerrar un círculo: me di cuenta de que llevaba más de la mitad de mi vida currando de actor.
 
Y pese a eso, aún no se lo cree…
– No es falsa modestia. Muchos actores que han sido muy conocidos han desaparecido de pronto del mapa. De momento he tenido suerte y no he dejado de currar, pero no quiero bajar la guardia ni dar nada por sentado.        
 
Su debut en la tele fue a los 16, pero con la mayoría de edad ficha por la gran serie vasca de los últimos tiempos: Goenkale. Estuvo en antena nada menos que 21 años…
– Es la segunda producción televisiva más longeva de toda Europa. Hubo matrimonios e hijos de miembros del equipo. A falta de una Escuela de Arte Dramático, teníamos Goenkale. Allí crecieron, por ejemplo, Bárbara Goenaga o Miren Ibarguren. Yo me había apuntado al Taller de Artes Escénicas, la escuela de teatro más importante de Donostia, al tiempo que me sacaba la carrera de Psicología y actuaba en la serie por las tardes…
 
 
 
 
¿Aquella carrera le ha servido en su andadura como actor?
– Mucho. De hecho, vi ejercicios calcados en la facultad y en las escuelas de teatro, pero Psicología me ha servido también para la vida. Aparte de que los pinchos de tortilla de la uni estaban buenísimos [risas].
 
¿Se necesita mucha preparación intelectual para hacer humor?
– Si no hay un buen guion, resulta muy difícil, aunque luego haya gente con vis cómica.
 
¿La vis cómica ya la tenía usted antes de convertirse en intérprete?
– ¡Es que no sé si la tengo! [risas]. Pero es verdad que a veces me dicen: “¡Solo con mirarte a la cara ya me parto!”.
 
 
 

 
 
Puede salir a la calle con relativa tranquilidad, sin que le estén acosando los fans. ¿Cambiaría esa tranquilidad por un papel de esos que dan fama planetaria?
– No me gustaría que me pasara como a Miguel Ángel Silvestre o Mario Casas, que no pueden ir a ningún lado. Aunque si fuese el papel de mi vida… De todas formas, por perfil, no creo que a mí me pase. De hecho, lo que menos me agrada de la profesión es que me conozcan. Me hace ilusión cuando me dicen algo bonito y es bueno para el ego, pero saber que te están mirando o que te pueden sacar una foto no es muy agradable.
 
Es usted un actor muy comprometido: su última cinta, Igelak (en castellano Ranas, de Patxo Telleria), aborda los desahucios. Cuando se hace una película sobre temas que a uno le cabrean o le tocan de cerca, ¿se afronta de manera distinta?
Igelak es una comedia, pero los temas serios entran mejor con humor. Mi personaje es un banquero y empieza siendo muy malo, no sé si va a caer bien. La verdad es que en teatro he encarnado personajes más serios, pero el de este filme es el primero en ese registro que puede llegar al gran público.
 
 
 
 
– Por lo general, sus personajes caen bien, ¿por qué?
– Porque engaño a la gente. O porque no me han dado papeles de megamalote. También me sentiría muy cómodo haciendo de hijo de puta, me parece muy divertido [risas].
 
¿El cine o el teatro mantienen la capacidad de cambiar conciencias?
– Quiero creer que sí. Siempre han estado ligados a la denuncia social, o al menos a hablar de la sociedad y de todos sus aspectos, también de sus problemas. Claro que no todas las películas tienen que ser así, debe haber de todo: comerciales, dramones, de acción… Pero a mi juicio, el elemento cultural más importante del celuloide es la denuncia social.
 
– Ha hecho humor en contextos muy serios, incluso de conflicto, como era el caso de Vaya semanita, con la amenaza de ETA de fondo.
– O Pagafantas mismo, realmente un dramón: un chaval totalmente enamorado de una persona a la que ni se le pasa por la cabeza corresponder ese amor. Se trata de desdramatizar, que no es relativizar ni quitar importancia a las cosas. La emoción de la risa es muy pura y permite que un problema entre mejor que si uno empieza con algo muy intenso, muy evidente o muy cargado. A mucha gente eso le puede alejar. La comedia es como un aceitito que hace más accesibles los temas serios. Lo importante es ‘reírse con’, no ‘reírse de’.
 
 Si siguiera existiendo la amenaza etarra, y teniendo en cuenta la presión que ejercen las redes sociales sobre los artistas y los creadores, ¿se podría hacer una serie como Vaya semanita?
– Hay un claro retroceso en las libertades. Viendo lo ocurrido con los titiriteros, si ahora estuviéramos haciendo Vaya semanita, seguramente acabaríamos casi todos en la cárcel.

 
 
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