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05-02-2018

 
Goya de Honor
 
Marisa Paredes
 
La incontestable
reina del tiovivo
 
 
PEDRO PÉREZ HINOJOS (@pedrophinojos)
Tras levantar la vista hacia el público y exhalar un largo suspiro de emoción, Marisa Paredes (Madrid, 1946) acertó a confesar con voz quebrada: “La vida de una actriz es como un tiovivo, como la ruleta de la fortuna”. Pocos segundos antes le había espetado un seco “por fin nos vemos las caras” al cabezón que acababa de recibir, acompañado del cálido abrazo de su hija, María Isasi. Cuántas vueltas a la rueda debieron venir a su memoria en ese instante…
 
   Estarían seguramente las primeras, en la madrileña plaza de Santa Ana, donde se asentaba su humilde familia. La hija de la portera y del obrero de la fábrica de cervezas El Águila no pudo evitar en su barrio el embrujo del Teatro Español o el Reina Victoria. Entre giro y giro, un autógrafo de José Bódalo por aquí, y sus primeros pasos en compañías teatrales, con maestros de la talla de Fernán Gómez por allá, se vio completamente enrolada.
 
   Con 14 años debutó en el cine con la película Esta noche tampoco. Entre vueltas y más vueltas, sorteando altibajos y alguna penuria, fue construyendo un inalcanzable repertorio de casi un centenar de filmes. Despunta en él su ciclo almodovariano (Entre tinieblas, Tacones lejanos, La flor de mi secreto, Todo sobre mi madre, La piel que habito), además de su presencia en producciones internacionales o su apuesta por cineastas como Trueba, Martínez Lázaro o Villaronga cuando casi nadie les ponía cara. “He tenido la fortuna de que muchos directores confiaran en mí… y han tenido la suerte de que yo también confiara en ellos”, subrayó con una sonrisa para reivindicar el peso de los intérpretes en el celuloide.
 
   Al tiempo se convirtió en un rostro reclamado desde la pequeña pantalla, donde se fogueó a lo grande en esa factoría de incesante producción llamada Estudio 1. Y entre nuevas vueltas del tiovivo (con Ibsen, Shakespeare, Chéjov…) llegaron decenas de series y giras por los mejores escenarios del país. Así fue cómo se terminó de tallar su perfil de actriz de rompe y rasga.
 
   También se moldeó su carisma de mujer elegante y rabiosamente independiente. Ese temperamento lo trasladó a la presidencia de la Academia de Cine, cargo que asumió entre 2000 y 2003 y que coincidió con un periodo de tensiones con el Gobierno, cuyo clímax fue el rechazo a la guerra de Irak. “Dí premios, leí discursos... Algunos bien conflictivos, como aquel del 'No a la guerra', que hoy volverír a repetir", rememoró con orgullo ante la larga ovación de un auditorio que no esperaba menos de ella.
 
   Paredes, en cambio, sí esperaba más del oficio al que ha dedicado buena parte de sus 71 años de vida. Pero como sucede con las divas de verdad, los ha aguardado con discreción y en movimiento constante, amontonando sucesivos méritos con sus trabajos. Aunque los académicos solo decidieron hacerle justicia con el Goya de Honor después de dos lejanas nominaciones (por Cara de acelga en 1987 y La flor de mi secreto en 1995). Quizá por tan prolongado anhelo había anunciado a los medios que ese iba a ser el momento de mayor trascendencia de su carrera. 
 
   Con una conmovedora mezcla de profundo agradecimiento y serenidad, abrazó la estatuilla en la gran velada del cine español. No abandonó la tribuna sin que sonase un latigazo de ironía en su despedida, quejándose por lo mucho que pesaba el trofeo. “No le tengo cogida la medida. Estoy tan poco acostumbrada…”, exclamó con la prestancia de una señora de la interpretación. A la par que reina absoluta del tiovivo.

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