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20-06-2013 Versión imprimir

 
El retorno del coreógrafo cuentacuentos

Goyo Montero volvió a Madrid para estrenar en el Real su ‘Romeo y Julieta’ con la Compañía Nacional de Danza
 

BEATRIZ PORTINARI
A media tarde, cuando los bailarines de la Compañía Nacional de Danza (CND) salen con calambres y los pelos revueltos después de un duro día de trabajo, el coreógrafo y Premio Nacional de Danza 2011 Goyo Montero (Madrid, 1975) resiste unas horas más recitando a Shakespeare. Por un momento no queda claro si la sala de ensayo pertenece a una compañía de teatro o de danza. El primer bailarín de la CND, Allan Falieri, suda tinta en la clase de texto con Montero. Descalzo, interpreta a un Mercutio solo en mitad de la sala, con su mítico monólogo en inglés: “Oh, then, I see Queen Mab hath been with you. / She is the fairies’ midwife, and she comes / In shape no bigger than an agate-stone”.

   El coreógrafo recita en voz baja las mismas palabras de memoria, pendiente de la dicción, el ritmo y el tono del bailarín para que encaje perfectamente con lo que está buscando. “Yo le daría un tono más misterioso… Crea expectación y cuando hables con rabia hazlo despacio. Cuando estamos de mala hostia no hablamos deprisa, sino muy despacio, marcando las palabras. Mercutio habla del sometimiento de las mujeres por su sexualidad reprimida porque en cierto modo se ve reflejado por su propia homosexualidad”, explica Montero. “Vuelve a intentarlo, por favor”. Varios versos más tarde, Shakespeare empalidecería al ver a su Mercutio mitad actor, mitad bailarín, encarnando ese conmovedor monólogo.

   Este Romeo y Julieta de Serguei Prokófiev servía en abril para la puesta de largo de la Compañía Nacional de Danza en el Teatro Real, por decisión personal del director José Carlos Martínez. Fue la primera vez en que pudo verse el resultado de la combinación entre danza contemporánea y clásica..

   Para este reto se convocó a uno de los coreógrafos exiliados españoles con más éxito internacional, que lleva cerca de veinte años forjando su trayectoria lejos de casa. “No me siento desarraigado ni exiliado, pero cada vez tengo más claro que mi futuro profesional está en Europa. Entristece un poco no tener el respaldo de tu propio país, salvo excepciones como esta gran oportunidad que me brinda la CND. Llevo cerca de cinco años intentando que los programadores y teatros se atrevan a presentar las coreografías de mi compañía, el Ballet Staatstheater de Nuremberg, pero nadie responde”, explica con cierta amargura. “Voy a seguir trabajando duro para representar aquí, porque de 22 bailarines tengo a siete u ocho españoles, todos ellos de gran nivel, que están deseando poder actuar en su país. Y si hay algo que me define es la perseverancia…”.

   Este estreno en el Teatro Real ha constituido una inmejorable ocasión para recordar de lo que es capaz este director y bailarín, curtido en el Ballet Nacional Cubano y el Real Conservatorio Profesional de Danza de Madrid, multipremiado (Grand Prix Nivel Profesional en la Competición Internacional de Danza de Lausanne y el Gran Premio y la Medalla de Oro en la Competición Internacional de Danza de Luxemburgo) y convertido en estrella internacional como primer bailarín en compañías como la Deutsche Oper Berlín, la Opera de Leipzig, Staatstheater Wiesbaden y el Real Ballet de Flandes. Su trayectoria como coreógrafo está avalada por piezas como Vasos comunicantes (2003), Desde Otello, con el Ballet de Carmen Roche (2006) o El día de la creación, para el Ballet Nacional de Cuba.
 

 
 
Deteniendo corazones
Tras su espinoso nombramiento como director del Ballet Staatstheater de Nuremberg, en 2009 sorprendió al público y crítica con esta misma versión de Romeo que ahora ha presentado en Madrid. Los expertos alemanes la describieron como “una danza poética y enérgica que detiene el corazón del espectador”. Responsable también del vestuario, escenografía e iluminación, Montero crea para la historia de Shakespeare un universo casi cinematográfico con acrobacias, juegos de máscaras, geometrías lumínicas y cautivadores pasos a dos que reflejan un amor tan adictivo como inmortal.  

   “Hay muchas versiones del Romeo de Prokófiev, que además ya escribió una partitura perfecta, a la que solo hay que dar cuerpo. Suelo ponerme en el lugar del espectador y pensar: ¿qué quiero ver y qué puedo aportar para que sea algo diferente? Mi aportación personal en este caso es el desarrollo de la reina Mab, que aparece en el monólogo de Mercutio: la reina de las Hadas, o Destino o Muerte, que en esta ocasión es la narradora de la historia. Me interesa el trasfondo psicológico de los personajes, y tanto el cuerpo de baile como los protagonistas aportan parte de su propia magia para transformarse y hacer suyo el drama”, describe el coreógrafo.

   Como ya mostrara en su versión de La Bella Durmiente (2006) para Ballet de Teatres de la Generalitat de Valencia, a Montero no le interesa de las fábulas la historia conocida, sino el cuento que hay dentro del cuento original, como una estructura de matrioska rusa. “Suelo documentarme mucho y leer todas las versiones que existen de los cuentos para poder ofrecer la máxima información a los bailarines y que trabajen con eso. He comprobado que las historias se van edulcorando siempre a lo largo de los siglos y no cuentan la versión original, que suele ser más salvaje. Lo importante es adaptar esas metáforas y hacerlas contemporáneas. Y que el público pueda verlas…, si se atreven a programarlas”, sonríe el director.

   El guante está lanzado y su propuesta para actuar en España sigue sobre la mesa. Veremos si tras su estreno en Madrid, con la Compañía Nacional de Danza en el Teatro Real, los programadores se atreven a apostar por su joven compañía de Nüremberg.
 
 

 
TÉCNICA Y DRAMATISMO
La revolución en Nüremberg
Cuando Goyo Montero fue nombrado director artístico del Ballet Staatstheater de Nüremberg, los círculos del baile alemán observaron con reticencias su trayectoria. Formado en el Ballet Nacional de Cuba, nadie dudaba de su tendencia al neoclasicismo, muy diferente a su predecesora en la ciudad alemana, la coreógrafa Daniela Kurz. “Cuando me nombraron director de la compañía tuve un problema grande porque todos esperaban que hiciera ballet con tutús”, bromea Montero. “La compañía venía de trabajar con Kurz, una coreógrafa germana con una gran trayectoria que había propuesto sobre todo danza-teatro, muy conceptual y con poco movimiento físico. Con la primera coreografía les convencí de que la técnica clásica es la base de mi trabajo, pero no por eso somos menos contemporáneos. Al contrario: apuesto por la carga dramática, la puesta en escena e incluso las acrobacias. Creo que la danza es el arte más completo en el que se incluyen todas las disciplinas. Por eso me gusta introducir literatura: en el Fausto que hemos estrenado tenemos casi cuarenta minutos de texto. Y creo que mis coreografías seguirán por ahí”.
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