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08-11-2016 Versión imprimir

 
 
Gracia Olayo


 
“El poder se beneficia de nuestra dedicación”


Es una humorista abocada a la tragicomedia y una veterana que ama el trabajo en grupo. Al final, la vocación siempre se abre camino


FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
En una familia de 19 hermanos, los caprichos que pudo permitirse Gracia Olayo fueron pocos. Pero actuar, para ella, era vocación. Después de alrededor de 15 años trabajando fuera del gremio —11 de ellos como azafata de vuelo—, se presentó a una prueba. Y a juzgar por su trabajo (entre otros, para el director Álex de la Iglesia), parece evidente que acertó.
 
   Con 58 años, también los realizadores noveles reclaman a esta artista. Ocurrió en la lúgubre Musarañas (2014) y le sucede ahora con La llamada, la versión cinematográfica del musical en el que ha compartido reparto con Macarena García. Atrás quedan casi dos décadas de bolos junto a Las Veneno, el grupo de humoristas que fundó a finales de los ochenta, además de otras rendiciones en los festivales de Mérida y Almagro.
 
 

 
 
 
   A través de la pantalla, pudimos seguirla en series como Los protegidos o Con el culo al aire. Quienes prefieran verla de cerca pueden hacerlo en el Matadero de su Madrid natal, ahora que ha estrenado la pieza teatral Las Cervantas.
 
La llamada recorre el trecho del teatro al cine. Le buscan directores muy jóvenes.
— ¡También necesitan a los viejos! No me apetecía mucho hacer teatro, y menos de temporadas largas, pero me ofrecieron este precioso personaje en un musical divertidísimo. Tenemos una orquesta que actúa en vivo, ¡con lo caro que es! Y ahora ando conociendo aquello del efecto fan entre los jóvenes. Pero vaya: que a mí la fama me importa tres cojones.
 
¿Se la ha redescubierto, años después de Las Veneno?
— A los actores no se nos redescubre. No se nos verá, como mucho, pero no dejamos de hacer lo que nos gusta.
 
 

 
 
 
¿Cómo prepara la tragicomedia una habitual en los repartos de Álex de la Iglesia?
— Como trabaja cualquier papel. Buscamos los orígenes del personaje, su enjundia emocional y psíquica. Lo conservamos todo dentro: el amor, los celos, la envidia. Si los busco, los encuentro, aunque no vivan conmigo. Cuando empiezo a ensayar con el director, van apareciendo más cosas. Si me van a matar, me lo tengo que creer. Y además, la vida es tragicómica: lo vemos en los entierros y en situaciones similares. Basta con que seamos honestos con lo que estamos haciendo.
 
¿Hay una revancha de los secundarios, como decía aquel titular del diario El País?
— Sí, hoy los papeles de reparto están mejor considerados. Se les conceden unas tramas riquísimas y lo importante es que el personaje cuente con un recorrido, que no resulte plano, porque entonces no hay interpretación. Yo me considero una actriz secundaria; y de lujo, pues también. Siempre he creído en el equipo, en el teatro de grupo.
 
 

 
 
 
— Ahora las tablas le han llevado hasta Las Cervantas.  
—Me puse a investigar sobre las mujeres con las que vivía Cervantes: sus hermanas, su hija bastarda, su sobrina, su esposa. Y encontré que, ya en 1605, un juez y un alcalde corruptos quisieron incriminar, por un asesinato, a un hidalgo, vecino del escritor y su familia. ¿No es esto lo mismo que nos ocurre hoy? ¿Qué coño está pasando en España, que nos permitimos no tributar? Hablamos unos con otros a ver dónde escondemos el dinero. No tenemos conciencia, pero decimos que queremos un mundo mejor. Con Las Cervantas me doy cuenta de que seguimos siendo igual de chorizos que entonces.
 
¿Espera algo del nuevo gobierno?
— No, lo espero de mí: encuentro mucha mediocridad en los políticos. Quienes estamos trabajando nos tenemos que dar con un canto en los dientes, aunque cobremos menos de lo que lo hacíamos hace 15 años. Claro que son los políticos quienes deberían encontrar las fórmulas para cambiarlo: el mecenazgo, ventajas fiscales serias... Pero les interesa que no reflexionemos, y lo consiguen, porque no somos críticos. ¿Por qué el PP gana un millón de votos de unas elecciones a otras? Por incultura general.
 
 

 
 
 
¿Se reinventa lo suficiente la industria cultural?
— ¡La industria! ¿Qué industria? No lo llamaría industria, porque no la hay: esa la tienen los norteamericanos. Nosotros tenemos familias, como Trueba o De la Iglesia, que se la juegan cada vez que ruedan una película. Ahora, con las plataformas digitales, por fin los jóvenes están teniendo oportunidades de contar cosas. Los medios de comunicación, mientras tanto, se interesan por cosas muy banales y dan poco pábulo a lo nuevo. Quieren cosas que lleguen a toda la familia, que puedan ver la abuela con el niño. Pero a veces, para contar algo interesante, hay que renunciar a eso.  
 
¿Existe la brecha de género en el humor?
— Desgraciadamente aún impera el machismo: no es lo mismo un desnudo masculino que uno femenino, y he visto monólogos que las actrices no podríamos representar en un escenario. Las Veneno fuimos tres jóvenes, y encontramos que ellas eran más críticas con nosotras que ellos: los hombres se relajaban. Si las chicas que salían a escena eran guapas, más relajados aún. Ahora, ¿en cuántos grupos de cómicos hay mujeres?
 
Parte del feminismo también se opondría a esos desnudos.  
— Los radicales están en todos lados. Hicimos un monólogo tras aquella sentencia machista en Lleida [se absolvió a un directivo que acosaba a una empleada, a la que se culpó de provocarle con su ropa] y hubo quienes no lo vieron desde la parodia, no entendieron la vuelta de tuerca. Queríamos reírnos de los jueces, pero algunas asociaciones nos criticaron. Todos los radicales que encuentro son gente muy aburrida, con una falta de humor tremenda.
 
 

 
 
 
¿Qué le llevó a dejar de ser azafata?
— Siempre me atrajo el teatro, pero me puse a trabajar con 14 años para llevar dinero a la familia. Un día conocí al actor Ferrán Rañé, y salté del avión. Me fui hasta Valencia, a una prueba en el primer centro dramático que se abrió allí. Como éramos muchas hermanas, pensé que, si me iba mal, siempre tendría a quien pedirle un plato de lentejas. Después de cinco años de excedencia, vi que podría vivir de esto y creamos Las Veneno, toda una ruta jacobea por los cafés teatro. Y ya saltamos a los grandes escenarios.
 
¿Cómo ve Madrid, que hoy rebosa de microteatros como los de entonces?
— Veo lo que he visto siempre. Si hay gente con cosas que contar, buscará dónde llevarlo a cabo. Es verdad; esto no siempre da para vivir, hacemos miles de micros y luego toca poner copas en un bar. Pero el teatro y el cine nunca van a morir, porque están llenos de vocacionales que la liamos por dos de pipas. El poder se beneficia de nuestra dedicación, claro. Vamos aceptando según qué condiciones porque no nos queda más remedio.
 
¿Siente nostalgia de Las Veneno?
— No, no. Yo cierro etapas. He aprendido, por imposición, a desprenderme de las cosas. Es un ejercicio bueno. ¿Qué es eso de perder el tren, cuando quedan miles de trenes por pasar? Mira, la vida está llena de puertas y yo no soy ambiciosa. Me gusta trabajar con quien me entiendo y con quien me trata bien.
 
 

 
 
 
 
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