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14-04-2015 Versión imprimir

 

Gracia Querejeta


“Antes yo escribía y rodaba. Ahora escribo y no sé si rodaré”
 
 
Asegura sacudirse los fantasmas con cada película. Después de Felices 140 ya piensa en su octavo largometraje, que también tendrá alguna cifra en el título. En tiempos de incertidumbre profesional sacia la inquietud con la tele que, dice, le está “enseñando mucho”.
 
 
JAVIER OLIVARES LEÓN
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Nos espera un café a su salida del Centro Actúa (Fundación AISGE), cerca del Retiro madrileño, donde ha estado impartiendo el curso Interpretación: Cine vs Televisión. “Es un recinto supermoderno, con muchos cursos. ¡Hacen hasta tai chí!”, relata con entusiasmo. Estos días revisa con expectación –y con catarro primaveral– las audiencias de Felices 140, el séptimo largometraje de una carrera que arrancó en 1992 con Una estación de paso, producida por su padre, Elías Querejeta. “Esto ha cambiado mucho”, advierte. “A los 30 años podía escribir, dirigir, volver a escribir… con varias formas de financiación. Ahora, me lanzo y no sé si lograré alguna”. En el tránsito hasta hoy, incierto, nos ha regalado joyas largas como Cuando vuelvas a mi lado, Héctor o Siete mesas de brillar francés. A punto de cumplir los 53, Gracia Querejeta simultanea su vocación cinematográfica con incursiones en la tele.  
 
 
 

 
 
 
 
– Sus tres últimas películas tienen un número en el título.
– Pura casualidad… Y la siguiente (Dios nos ayude y la hagamos), también: 70 veces siete.
 
– Suele decir que en cada película se sacude algún miedo o fantasma. ¿Cuál era en Felices 140?
– Ninguno, creo. Es una reflexión en un momento de crisis tremenda, como cuando lo escribí, en 2012. Quería una película recogida, de actores. El tema del dinero, aunque es un clásico en tiempos de crisis, se vuelve algo que mueve más pasiones, la lucha por la supervivencia, por mantenerse. En este caso, no preocuparse por el tema de la pasta.
 
– ¿Diría que esta, a diferencia de otras, acaba bien?
– Hay una mínima esperanza: esta se fija en lo peor del ser humano. No hay final feliz, que digamos.
 
– ¿Siempre pensó en este reparto?
– Aparte de Maribel [Verdú], tenía claro que quería trabajar con Nora Navas, con Antonio de la Torre… A Alex O’Dogerthy se lo dije cuando estábamos escribiendo el guion… Sí, había ciertos actores que salieron desde el principio. Y, como ha pasado tanto tiempo entre el guion y la película, hemos tenido suerte.
 
– ¿Está contenta con el resultado?
– Sí, es distinta a las anteriores, tiene un giro completo a mitad de la película, pero he contado lo que quería contar. Habrá a quien le llegue más y a quien menos. Es de esas películas que invita a pensar qué haría uno en una situación similar.
 
 
 

 
 
 
– ¿Qué le aporta Maribel Verdú para que cuente tanto con ella últimamente?
– Solidez. Luminosidad. Tiene ese talento para ser creativa y dar al director lo que quiere. No es rebelde ni sumisa. Tiene el justo medio que pone su lado creativo. Es muy profesional y resulta muy divertido trabajar con ella. Somos amigas. Sinónimo de confianza, no me falla en ningún registro. Espero no equivocarme. En todo caso, el fallo sería del director, o del casting.
 
– Se dijo que El laberinto del fauno la recuperó para la causa, cuando entraba en una edad…
– Creo más bien que la recuperó Siete mesas de billar francés. En El Laberinto… tenía un papel pequeño. No es por echarme flores, pero en la mía era la protagonista absoluta, con Blanca Portillo. Le dieron el Goya, después de muchas nominaciones. Cuando empezamos a rodar Siete mesas…, El laberinto no se había ni estrenado, creo yo.
 
– ¿Como describiría el tiempo que transcurre entre el montaje y el estreno?
– La fase de montaje es muy divertida, menos intensa que el rodaje, que siempre tiene la presión del tiempo. Pero cuando la película está montada, hay una mezcla de sensaciones. Un día miedo, otro esperanza, otro ilusión… Es la mezcla clásica del que se examina. Pero hacerlo bien no es sinónimo de que vaya a gustar, de que haya espectadores suficientes. He hecho lo que quería, he puesto cuerpo y alma, pero hay incertidumbre, zozobra.
 
– ¿Obsesiona la taquilla?
– Un poquito, sí. Porque hay que llegar a unas cifras, un mínimo para devolver el crédito de producción… es un sistema que depende de los espectadores. La distribuidora tiene unas expectativas, como el equipo.
 
– ¿La palabra producción condiciona su trabajo por ser hija de Elías Querejeta?
– Nadie va a volver a producir como lo hacía Elías. Yo me llevo bien con Gerardo Herrero [el productor de Felices 140], pero sigue un sistema de producción distinto. Es otra forma de trabajar a la que me he tenido que acostumbrar.
 
– ¿Se ha tenido que amoldar a otros patrones?
– Sí, claro. Gerardo tiene su compañía y su forma de trabajar, como lo hace con otros directores. A estas alturas del partido, creo que tiene confianza en mí y le gusta lo que hago. Pero soy yo quien se ha amoldado, no al revés.
 
– ¿Le apetece tomar una caña con él para rebatir algo, según avanzan los rodajes?
– Hablamos en el día a día, pero no voy a cambiar su forma de producir. El modelo de Elías era el suyo, intransferible. Ciertos aspectos debían modificarse: las cosas –y los medios– han cambiado mucho.
 
– A solas, ¿habla usted con Elías?
– Muchas veces le pregunto cómo afrontaría algún asunto. Un día, rodando esta película, confesé a Maribel lo mucho que le echo de menos. Como padre. Porque, al fin y al cabo, durante el rodaje de la anterior [Quince años y un día], aún vivía. En asuntos profesionales, por supuesto que me tienta saber qué pensaría. Creo que Felices 140 le habría gustado.
 
– ¿Su madre ha quedado ensombrecida por él?
– Qué va. Somos muchos: mi tío fue ayudante de producción hasta que murió; mi madre [María del Carmen Marín], diseñadora de vestuarios, y tengo un primo jefe de sonido. Además, el círculo de mi padre en la productora era súper cercano a todos nosotros. Lo vivimos con mucha normalidad. Y ella lo ha llevado bien: como mucho me pide que firme Gracia Querejeta “Marín” [risas].
 
 
 

 
 
 
– “Por más que sufras durante el proceso, lo importante es lo que salga en pantalla”. Era una de las máximas de Elías. ¿Ha sufrido mucho en el último rodaje?
– Poco. Ha sido tranquilo. La casa del rodaje funcionó como un plató, lo que me ha permitido dar vueltas al guion y rodar dos finales, lo que a producción no le incomodaba nada. Hemos podido reflexionar y decidir. La película es densa, de personajes, pero esa ha sido toda la complejidad.
 
– ¿Un rodaje de cuatro semanas es la frontera del low cost?
– No lo sé... Esta ha durado seis semanas, con dos cámaras. Todo depende: en este bar, con dos personajes, se puede hacer en menos. Depende del guion y de los requerimientos. No puede generalizarse, pero cuatro semanas puede ser el límite.
 
– ¿Se está yendo la pasta a la tele?
– En la tele, para hacer 70 minutos de episodio se ruedan nueve días. Vengo de rodar Víctor Ros y Sin Identidad, y no hay más días, hay que correr. Me da miedo que se esté contagiando la tendencia, sería malísimo. Y me da pavor también que la tele se estanque en este formato, que para mí no tiene ningún sentido, ni como guionista ni como directora. Con ese formato de 70 minutos, que a las cadenas les interesa, es difícil mantener el interés. En el modelo anglosajón son 45 minutos o 25, algo mucho más llevadero.
 
– ¿Todo lo que hace en la tele le llena profesionalmente?
– Estoy agradecida, la tele me ha enseñado mucho. Me ha ayudado en transiciones que no habrían sido sencillas. Se gana en velocidad y destreza, en cintura. Se puede aprender, y me encantaría seguir simultaneándolo.
 
– ¿Hay más hueco para el “todo vale”? ¿Cuela cualquier escena por el hecho de cumplir los plazos?
– La comparación es gratuita y delicada. En el cine ruedas tres páginas al día y en la tele, diez u once. Se impone correr, es parte del juego, del formato. Si lo aceptas, bien; si no… resignación.
 
– ¿En todas las cadenas se ha impuesto este formato?
– No he trabajado para Mediaset, pero en Antena 3 y TVE es así. La única diferencia, en mi caso, ha sido Sin Identidad: 70 minutos, prime time, semanal, pero sin plató. ¡En nueve días! Eso ha sido una locura. Normalmente el formato requiere siete días en plató y dos de exteriores. Sin identidad, en ese sentido, es distinta. La han vendido a Francia y a Italia. Tiene esa cosa guay de que se ve que no hay plató. Nos ha complicado la vida.
 
 

 
 
 
– Se cumplen 40 años de su debut como actriz, con el Las palabras de Max, de Emilio Martínez Lázaro.
– Bueno, tenía 13 para 14... Me aburrí como una mona, se me quitaron las ganas de ser actriz para siempre. Pero me salieron cosas, hice algún corto. Para mí era un juego, por edad y por situación. Me aprendía mi texto y lo interpretaba de papagayo. Me parecía todo cansino. Pero gracias a esa película ahora voy a poder entrar en AISGE: ¡soy protagonista de una película!
 
– ¿Qué aprendió con Carlos Saura?
– No fui exactamente su ayudante [en 1982 formó parte del equipo de la película Dulces horas]. Era una auxiliar, una persona más. Traté poco con él, hay que ganarse su confianza. Se pasó las primeras dos semanas preguntándome: “¿Tú a qué vienes aquí?”. Pero yo era meritoria, y luego, auxiliar. Iba con mi tío, ayudante de dirección, que se puso enfermo, y eso obligó a reestructurar algunas cosas. Pero tenía apenas 17 años.
 
– A esa edad es normal equivocarse…
– Yo estudié Filosofía y luego hice Historia Antigua. Tengo un hijo en Ciencias Políticas, y me sorprende que siga interesado. Le insisto en que tiene que complementarlo con otra carrera, no sé si Derecho o Económicas.
 
– ¿Es ese otro de sus miedos? Plasmará en una película la maternidad/paternidad que ejerce desde los dos años de su hijo?
– Es imposible no tener precauciones o estar preocupado por el futuro de nuestros hijos. Por un lado, a los 55 años, parece que te has quedado en el camino, y por otro lado hay una infantería de jóvenes que no ven luz. Lo decían los protagonistas de mi anterior película [Quince años y un día]. “Qué quieres ser de mayor”. “Nada”. “Y tú”. “Nada”. El panorama no es alentador. Tengo la suerte de llevarme bien con él.
 
 

 
 
 
– ¿Tiene muchas cosas escritas?
– Antonio Santos Mercero [su colega guionista en las últimas películas] y yo no paramos de escribir. Siempre tenemos claro lo que queremos hacer. Ahora te compran el proyecto y luego lo desarrollas. No paramos de inventar y escribir. Pero no es tan fácil: antes yo escribía y rodaba. Ahora escribo y no sé si rodaré, ruedo y no sé cuándo volveré a hacerlo. Ahora no sabes si podrá hacerse lo que escribes.
 
– ¿Se parecerá en algo 70 veces siete a Felices 140?
– Será más comedia romántica, la primera incursión en ese mundo diferente al habitual. Es una historia familiar, también. Con un trasfondo sobre la culpa y el perdón, pero en un tono muy luminoso. Maribel [Verdú] tendrá un papel más pequeñito. Y, del resto, ya os enteraréis.  
 
 
 

 
 
 
Hija de productor… y de futbolista
El padre de Gracia, huelga recordarlo, fue el productor con mayúsculas. Pero en casa de Elías Querejeta, en los primeros años de vida de la niña, el olor a celuloide competía aún con el poso del linimento: fue jugador profesional de la Real Sociedad de San Sebastián. Dejó el fútbol de élite a los 23 años, cuatro antes de nacer Gracia, pero ya había entrado en la historia por meter un gol al Madrid de Di Stéfano, en 1955. Por si fuera poco, un tío suyo fue portero del Éibar, hoy en Primera. “¡Como para no mamarlo!”, exclama la cineasta. Asidua al estadio de Anoeta, uno de los trabajos que más le han llenado fue precisamente su documental sobre Alfredo Di Stéfano para Canal Plus. “No jugué con ventaja por ser hija de futbolista, sino con desventaja: tenía que poner la pica en Flandes”, recuerda entre risas.
 
De vez en cuando sigue tirando de esa veta. Firmó el documental De Brasil a Brasil, antes del Mundial de 2014, que la doctoró definitivamente en balompié. La tertulia podría extenderse horas y horas con Gracia: “Prohibiría que el dinero se impusiese tanto en el juego. No hay derecho a que los clubes pequeños –como mi Real– necesiten vender a los grandes para igualar cuentas. A Carlos Vela [estrella de ese equipo] le quedan dos telediarios”. Palabra de futbolera.
 
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