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03-09-2013 Versión imprimir

 
 
Guillermo Montesinos


“Estoy preparado para cualquier papel: maduro, anciano, gay de culito respingón...”


Con ocho años ya logró que el público llorase de la risa. El taxi de Almodóvar le hizo internacional. Hoy denuncia el poco respeto en España por el oficio de actor
 

BEATRIZ PORTINARI
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
El primer sueldo del actor Guillermo Montesinos (Castellón de la Plana, 1948) fue un billete de 25 pesetas que ganó con su primera actuación, cuando aún no había cumplido los ocho años y la compañía Zarzuela buscaba niños para sus funciones castellonenses. Sus padres –con amistades en el mundo del teatro, al que acudían asiduamente– le subieron al escenario. Montesinos ganó aquellas 25 pesetas con las carcajadas que le arrancó al público y desde ese preciso instante se enganchó a la adrenalina de salir a escena. De todo esto han transcurrido casi 60 años, 54 películas, 40 obras de teatro, 29 trabajos de televisión, cinco premios y nominaciones de cine y tres galardones de teatro. Y no se cansa. Bebe su café acompañado de un cigarro en una terraza de Madrid y reflexiona sobre su trayectoria, el trabajo, la crisis y el difícil momento que viven los actores de su generación.

– ¿Cómo fue aquel viaje de Castellón a Madrid después de hacer la mili?
– ¡Pues en AutoRes! [Risas] Bueno, en serio: fue una decisión muy meditada y contaba con el apoyo de mi familia y los contactos del ambiente del teatro independiente de Castellón, en el que yo participaba desde el instituto. Hablamos del año 1968 o 1969, así que desembarqué en Madrid en un momento de grandes movimientos culturales y sociales. Ningún recién llegado se sentía entonces un extraño.

– ¿También fue también a través del teatro independiente su primer contacto con el mundo teatral de Madrid?
– Sí, gracias a Ramón Ballesteros, que me puso en contacto con más directores y productores. En el desaparecido Club Pueblo se hacía teatro leído, casi dramatizado, y allí empecé. Tuve suerte. Poco después me pusieron en contacto con Estudio 1, lo que me permitió entrar en televisión: estaban Alfredo Landa y José Manuel Cervino, que se convirtió en mi padre putativo. Y desde entonces, en aquellos años 70, no dejé de hacer teatro, televisión, cine... Aquella época de televisión con Fernán Gómez, José Luis López Vázquez, Manuel Alexandre supuso toda una escuela. No solo por actuar con ellos, sino por desayunar y comer con ellos, por debatir en tertulias sociales y políticas. ¡Eran historia viva! 

 


– Ha trabajado también con Pedro Almodóvar, Luis García Berlanga, José Luis Cuerda, Vicente Aranda...¿Era más fácil encontrar proyectos entonces que ahora?
– Era distinto. Si un director o ayudante de dirección te quería para un papel, te llamaba y lo hacías. Para interpretar un buen papel tienes que hacer un trabajo de caracterización, no buscar personajes con alguna peculiaridad pero sin formación, como se hace ahora, porque les resulta más rápido y más barato. Además, de la gente de mi época, mis mayores, muchos de ellos ya no están. Y yo no conozco a muchos directores noveles o ellos no me conocen a mí. En cine y televisión ahora eligen los directores de casting, a los que tampoco conozco todavía.

– ¿Cree que el apoyo institucional al cine y teatro es insuficiente en tiempos de crisis?
– No: es inexistente. Creo que España es uno de los países donde menos se respeta este oficio, y los políticos y los medios de comunicación han contribuido a esto. Gracias a ellos se ha llegado a un punto en el que los actores nos sentimos como unos frívolos que no mereciéramos vivir de nuestra profesión. Esto ya sucedió en Estados Unidos, a finales de la Segunda Guerra Mundial, y como resultado lograron la sociedad analfabeta y desinformada que tienen hoy. En España existe un buen material humano, pero mucha frustración y paro. Personalmente, sospecho que soy el actor español que está en más proyectos que se retrasan o en proyectos que se recortan y después ya no estoy [sonrisa irónica].

 


– Recientemente ha subido a las tablas la obra ‘Ceniza’, con Antonio Campos, que tuvo gran éxito de crítica y público. Pero están pendientes dos obras que ha adaptado con Marta Fenollar, ‘El extraño viaje’ y ‘Jalea real’. ¿Qué sucedió con ellas?
El extraño viaje, nuestra adaptación a partir de la película de Fernando Fernán Gómez, llegó a estrenarse fuera de Madrid, pero caí en manos del productor Eduardo Galán, que a su vez me puso a los pies de los caballos del productor Gabriel Olivares. Y este quiso quitarme la obra, meter cambios que me parecían una falta de respeto por creerse mejor que Fernán Gómez y me negué. Así que él detuvo la gira, impidió nuestro estreno en el Teatro Bellas Artes de Madrid y la compañía se disolvió.

– ¿Y no se pudo volver a poner en escena?
– Estamos pendientes de que salga adelante con otro equipo de producción. Igual que Jalea real, de Carles Mira, una reflexión sobre la monarquía española que fue muy polémica y tuvo problemas con la Casa Real ya en su estreno en los años ochenta. A juzgar por el contexto que vivimos, creo que ahora mismo sería un éxito tremendo si encontrásemos un productor que se atreviera a apostar por ella. Es una comedia agria, puesto que los hechos que relata, contrastados y comprobados, son fuertes. 

 


– ¿El autoempleo a través de la adaptación de obras que después protagoniza es una forma de salvar la crisis y la falta de proyectos?
– La adaptación permite que los proyectos sean más familiares, con pocas personas, más asequibles. Pero ahora mismo estoy preparado para hacer cualquier papel que me pidan: de maduro joven, de anciano, de gay que está de moda. ¡Sigo teniendo el culito respingón! [Risas]. Me gustaría aclarar una cosa: no por ser actores de reparto significa que el nuestro sea un trabajo inferior. ¿O podríamos definir a Marlon Brandon como un actor secundario en Apocalypse Now?

– Difícilmente. Lo mismo que aquel taxista del ‘mambo taxi’ en ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’…
– Es un personaje al que tengo mucho cariño, porque fue el de mayor repercusión internacional. Incluso en el tráiler americano escogieron imágenes de aquellas escenas en el taxi para la promoción, me nombraron Taxista de Honor, he firmado las reivindicaciones del gremio del taxi... Es un papel al que debo mucho.

– ¿Cuál escogería como la película de la que se siente más orgulloso?
– Tengo dos en mente. A La Vaquilla, aquella comedia sobre la Guerra Civil, le conservo mucho cariño. García Berlanga, con el que tuve la suerte de trabajar en varias películas, me dio la oportunidad de un papel protagonista y para mí fue una experiencia inolvidable. Y por otra parte destacaría El crimen de Cuenca, de Pilar Miró, por lo que significaba sacar a la luz aquellos acontecimientos, las torturas por un crimen que no se cometió y que acomplejaba a los habitantes del pueblo. La película resultó tan polémica que estuvo secuestrada dos años. Mi papel era el del supuesto asesinado que entraba en el pueblo gritando: “¡Estoy vivo!”. Unas ancianas del lugar que vivieron los hechos se me acercaron y me dijeron que era como si hubieran visto entrar al verdadero protagonista. Eso es un buen trabajo de interpretación y un honor. 
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