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25-06-2014 Versión imprimir

 

Guillermo Ortega

 
“Nunca debes subestimar a tu personaje”


Él compara la vida del actor con una montaña rusa, aunque se siente afortunado. Defiende el derecho y el deber a protestar: sobre todo, cuando se trata de cuidar de los otros
 
 
FRANCISCO PASTOR
Guillermo Ortega asoma por la madrileña plaza de Santa Ana en bicicleta y, al sentarse, pide una botella de agua mineral. Cada año que pasa toca cuidarse un poco más. “Nuestro día a día se parece más al de un monje que al de un fiestero. ¡Solo hay que ver los cuerpos que hay por ahí!”. Y el desenfado con el que habla de los pequeños sacrificios recuerda que su vocación se remonta a cuando solo era un niño y acudía al teatro de la mano de su padre.
 
   La interpretación, con todo, no es el único de los empeños de un actor con dos décadas de carrera y altibajos –profesionales y existenciales– confesos. El activismo político recorre su perfil en las redes sociales, al igual que él sale a la calle para pedir un mundo más justo. Se manifiesta, si toca, mientras lleva el carrito de su segundo hijo, que comparte –al igual que el primero– con la también actriz Fátima Baeza. El último grito del intérprete, a favor de un referéndum sobre la jefatura del Estado, parece no haber conocido el final que él deseaba; permanecen, sin embargo, la sonrisa y el optimismo.
 
   A sus 41 años se le sigue recordando por su papel en la comedia Aquí no hay quien viva, así como por La que se avecina, el ejercicio de traslación que experimentó esta serie. Su público insiste en ubicarle en la comedia; algo que al madrileño no le importaría cambiar, pero eso es todo. Nunca forzaría un giro que le apartara del trabajo creíble y bien hecho. El galardón que le concediera la Unión de Actores no le ha hecho olvidar que su profesión, muchas veces, pide más de lo que da.
 
 

 
 
 
Es usted un tuitero, casi, casi, incendiario.
– ¿De veras? De hecho, a veces siento que soy más bien suave. Más que incendiario, me quedaría en comprometido. Eso sí; soy así desde siempre, desde que nos contaban en la escuela de arte dramático lo que había ocurrido en el franquismo. Nosotros lo observábamos con incredulidad y pensábamos que aquello no podía seguir existiendo, pero ahora que esas actitudes han vuelto veo que siempre han estado latentes.
 
– ¿Tienen derecho a quejarse los actores?
– Nosotros tenemos derecho a quejarnos porque quejarse es el derecho, y diría que el deber, de todo el mundo. Lo que pasa es que muchas veces los actores no nos quejamos por nosotros, sino por los otros, y eso en este país, por algún motivo, molesta mucho. Se entiende que un banquero pida que se bajen los impuestos y se preocupe de lo suyo, pero no que alguien que tiene un reconocimiento público se comprometa con una causa. Se nos tacha de hipócritas. Es muy curioso.
 
– Una crítica habitual es que se alza el puño desde una posición acomodada.
– Creo que fue Diego Peretti quien dijo que la interpretación es esa carrera que nos permite cenar con el presidente aunque, más tarde, lleguemos a casa y no podamos ni encender la luz. Los actores vivimos siempre en una montaña rusa, y lo que mucha gente no sabe es que los trajes o la joyería, la mayoría de las veces, son prestados. Podemos tener el brillo de una ceremonia como los Goya pero puede que nuestro nivel de vida no tenga nada que ver con la altura de la gala. Y aunque no fuera así, me parece muy positivo que quienes sí cuentan con cierto bienestar lancen un mensaje por aquellos que no lo tienen.  
 
–Suele contar que su padre le llevaba al teatro cada fin de semana. ¿Así empezó todo?
–Quizá. Mi padre nos llevaba a mí y a mis cuatro hermanos al teatro, arriba del todo, donde casi ni se veía. Con unos siete u ocho años asistí a Macbeth y, aunque no me enteraba de mucho, aquello me fascinaba. Siempre me quedaba mirando, como podía, a los laterales del escenario: pensaba que los actores seguían adelante con sus personajes y con la función aunque se hubieran metido entre bambalinas. Si mi curiosidad no empezó ahí, sí empezó, desde luego, con las funciones que mis hermanos y yo representábamos ante la familia.
 
 
 

 
 
 
– ¿Cómo se toma un actor que le toque el papel de bobalicón?
– Nunca puedes subestimar a tu personaje. Ellos siempre son, me decía un profesor, por lo menos tan inteligentes como nosotros. Otra cosa es que vean la vida de manera diferente o tengan otros valores u otras prioridades. Si me llaman y me dicen que me va a tocar hacer de tonto, es que hay alguien ahí que no ha entendido de qué va esto. Sobre Paco, de Aquí no hay quien viva, solo me contaron que era un tipo raro y que llevaba un videoclub. Que fuera más ingenuo fue surgiendo.
 
– El estilo de las ficciones contemporáneas no se parece en nada al de ‘Aquí no hay quien viva’. ¿Con qué se queda del viejo método y con qué del nuevo?
– De las series antiguas me llevo la espontaneidad. Aquella creatividad del momento, del aquí y ahora, me parece muy válida, aunque claro que no es lo mismo Aquí no hay quien viva que otros trabajos. De la nueva ficción me gusta el cuidado y con el mimo con el que se hacen las cosas. Ojalá pudiéramos combinar los dos estilos, porque saldrían productos fantásticos.
 
– ¿Y no se resiente un personaje cuando le cambian de nombre y de espacio, como ocurrió con ‘La que se avecina’?
– Creo que todo aquello fue un poco irresponsable. Hablamos de una serie que funcionaba muy bien, como era Aquí no hay quien viva, así que pienso que maniobras como aquella no tuvieron mucho sentido.
 
– ¿Nunca ha pensado en hacer algún papel que rompa con todo lo anterior, hasta que nadie le asocie con el chico del videoclub?
– No pretendo vivir en función de lo que la gente espere o entienda de mí. Esas cosas ocurren, de repente nos recuerdan más por un trabajo que por otro. Pero cómo sale un papel no es algo que decidimos deliberadamente, porque el personaje nos hace a nosotros. En una obra de teatro me tocó el papel de asesino, que no era algo muy habitual para mí, y ese asesino salía de lo que le iba aportando aunque yo no quisiera. No se trata de sorprender al espectador, sino de que este se crea lo que está viendo. Se trata de hacer mi trabajo con honestidad.
 
– ¿En qué momento uno intuye que le va a tocar un tipo de personajes y no otro?
– Siempre sabemos que hay papeles para los que resultará más complicado que nos elijan. Creo que sería difícil que yo hiciera de caballero, por mi aspecto y por la energía que desprendo. Pero nunca se sabe, muchas veces me sorprendo. En teatro clásico me tocó de segundo galán, que es como llamamos al héroe romántico.
 
– ¿Le gustó, finalmente, escribir su propio cortometraje?
¿Y ahora qué? fue una experiencia muy interesante, también, porque lo dirigió Fátima. Me gustó y creo que salió bien, pero no sé si quedó lo suficientemente original como para moverlo por festivales. Tampoco era ese el objetivo, aunque ahora sí me planteo lanzarme a por un segundo cortometraje. Este partió de una experiencia real: me encontré un día un correo que, al principio, por el tono, creí que hablaba de política, pero resultó tratar sobre fútbol. Como ahora, con la Corona y el Mundial. ¡Qué coincidencia tan inesperada!  
 
– En confianza: ¿veremos la segunda temporada de ‘14 de abril. La República’, ahora que ya tenemos un nuevo rey?
– Es impresionante. Tremendo. Es un producto que está pagado, por lo que, en plena época de crisis, no sé cómo no intentan rentabilizarlo. Estoy seguro de que si su título no aludiera a la República y fuera, simplemente, La señora 2 no habría ningún problema, porque ni siquiera es una serie política. El contexto aparece, claro, pero la historia que cuenta es la de unos personajes enamorados.
 
– ¿Y la otra República, la veremos?
– Sin duda. Es inevitable. Tarde o temprano, la gente acabará perdiendo el miedo a una palabra que no tiene más significado que el que tiene: un régimen democrático que existe en muchos países, como en Francia, Portugal, Alemania, Estados Unidos y toda Latinoamérica. Tiene que ocurrir, sin traumas, con tranquilidad, y tendremos presidentes democráticos. Algunos nos gustarán y otros no nos gustarán, pero por lo menos los habremos elegido entre todos.
 
– La última obra con la que está girando, ‘Love room’, habla de la crisis de los cuarenta. Fuera de las tablas, ¿usted la ha notado?
No sé si la de los cuarenta, o es que la crisis de dentro me ha coincidido con la crisis que hay fuera. Sí que tuve un replanteamiento de la vida un poco antes: digamos, a los 38. Mi carrera está como la de muchos compañeros, con momentos más boyantes y menos. ¿Qué es la crisis? Basta una llamada para estar en la cresta de la ola. Y todo es relativo, porque en cuanto bajamos del pedestal muchas personas se nos descuelgan: a la mayoría de la gente se la ve venir, pero sigue sorprendiendo cuando ocurre. Ahora, sorprende para bien y para mal: también hay quienes aparecen justo cuando más se les necesita.
 
– Cuentan que es muy amable con quienes le piden una foto. ¿Lo lleva tan bien como parece?
– El problema de cuando llega la fama es que no sabemos cómo reaccionar. El 95 por ciento de la gente es encantadora, pero hay un 5 por ciento que no lo es. Al principio, no intuimos en cuál de los dos grupos estará la persona que se acerca, así que tuve que aprender a gestionarlo solo. En cualquier caso, si yo me siento afortunado no es tanto por esto, sino por poder dedicarme a una profesión que me encanta.
 
– ¿Diría que ha aprendido a hacer reír a la gente?
– Al contrario. Me he sorprendido al ver que el público se reía. En los ejercicios de clase, a puerta cerrada, las risas llegaban incluso cuando hacíamos a Sartre. Y aquello frustraba, porque no trataba de eso. Tuve que aprender a que la gente no se riera, ya que me quedó claro que tenía la llamada vis cómica. Cuando llego al escenario, el día del estreno, todavía no sé dónde irrumpirá la carcajada. Intento hacer un drama cuando es allí por donde me lleva el texto, pero ya estoy acostumbrado y anticipo el hecho de que, en algún punto concreto, voy a escuchar las risas.
 
 
 
 
Cualquier despedida
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25-06-2014 Versión imprimir
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