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24-05-2018


Gustavo Salmerón


“Durante 14 años he podido compatibilizar el rodaje de 'Muchos hijos...' con mis trabajos como actor”


Protagonista o gregaria, la presencia de Gustavo Salmerón como intérprete llena las salas de cine, teatro y sofá de los últimos 25 años. Pero, curiosamente, las enciclopedias le han reservado dos salvapáginas como director: tiene ya dos Goyas. El último, a un intimísimo seguimiento a su madre durante casi tres lustros


JAVIER OLIVARES LEÓN

FOTOGRAFÍA: ENRIQUE CIDONCHA

Grabar a tu propia madre a lo largo de 14 años requiere curiosidad, tesón y, sobre todo, química. Gustavo Salmerón, actor en una veintena larga de películas (Mensaka, Asfalto, Todo es mentira, La ardilla roja, Fuera del cuerpo…), decidió hacer un documental casero, voyeur, con doña Julita Salmerón y el resto de la familia (padre y cinco hermanos) como protagonistas. Muchos hijos, un mono y un castillo resume los tres anhelos de la matriarca del clan, una dicharachera exprofesora conquense que debió ser un encanto para sus alumnos y sus hijos incluso regañando. Gracias a Julita y al talento de Gustavo, madrileño de 47 años, la película se ha paseado esta primavera por decenas de festivales. Acaba de volver de México, donde ha ganado un premio Platino y ha participado en el Festival Ambulante, el certamen de documentales más importante de Latinoamérica. “Y le quedan otros 30, al menos”, resopla el cineasta. Ni el jet lag le borra la sonrisa.

 

– ¿Se entienden por ahí las bromas y el léxico de su madre?

– Sí, independientemente del idioma. La película le evoca a todo el mundo la figura de su madre o su abuela. Y se tocan temas muy universales, como la muerte o los recuerdos, aunque el sentido del humor sea muy particular. Se ríen, sobre todo, en Estados Unidos, aunque no haya hispanos en la sala. Subtitulada funciona muy bien.

– ¿Cuándo se dio cuenta de que Julita era un filón?

– El primer día que la grabé. Siempre tuvo mucha personalidad, es muy particular con sus gustos, en su forma de mirar al mundo. Se metía en historias simpáticas. Pero de niño no te das cuenta. Cuando grabé y vi el material, amigos míos directores y actores me decían que hiciera algo con él.

– Renunció incluso a trabajos, como el exitazo El truco del manco (Santiago A. Zannou).

– Aquello fue algo puntual: estaba metido en mi película y no fui a la prueba. Por suerte, he podido compatibilizar el rodaje con mis trabajos como actor. Cuando pones la energía en algo, sucede una cosa curiosa: aunque la gente no sepa en qué andas, se percibe que no estás disponible. Pero este oficio tiene mucho que ver con hacer papeles que no te llenan. Esos “trabajos alimenticios” que decía Fernando Fernán Gómez, en apariencia menos interesantes, dan paso a otras películas u obras de teatro que sí resultan sugerentes. Todo está encadenado.



– ¿Cambió su relación con la familia en esos años?

– No. Es una mirada personal, pero son muy generosos y saben reírse de sí mismos, algo que hemos heredado de mi madre. Es una fortuna ver la parte positiva incluso del infortunio. Toda expresión artística es buena, sanadora, catártica para la familia.

– La artista es muy buena, la verdad.

Hay muchas madres con mucho valor. Las manchegas tienen mucho interés. Las hay en toda España. Andaluzas, extremeñas… pero la manchega tiene la particularidad de que es fuerte, luchadora, al mismo tiempo que campechana en su forma de hablar. Las habrá más graciosas, con mejor voz, pero hay que saber buscarla y tener la paciencia de rodar durante 14 años.

– ¿Qué referencias tuvo al construirla?

Grey Gardens, como gran película documental americana [Albert y David Maysles, 1975]. Y, por supuesto, El desencanto, obra maestra del documental familiar en España [Jaime Chávarri, 1976]. Me gustaba mucho Queridísimos verdugos, de Basilio Martín Patino, una crónica de la oscura historia de España. De los miles y miles de documentales que se producen en el mundo, al menos cien son muy buenos. Hay mejores documentales que ficción. Los veo en festivales, en HBO, Netflix… Así te enteras de los más premiados.

– ¿La palabra documental es prejuiciosa?

– Sin duda. Tiene un estigma, se asocia a televisión, a naturaleza, a animales. Como pieza cinematográfica o artística… hay muchos a los que la mirada del director les da ese toque especial, como los de Werner Herzog y otros grandes documentalistas. 



– En su faceta de cineasta ha alumbrado un corto de éxito, un musical, dos documentales… ¿Semejante variedad de recursos alimenta la ambición, que no el ego?

– Uno cuenta las historias por la necesidad de contarlas. El ego nunca viene bien, hay que aparcarlo. Si tengo necesidad de contar una historia, lo voy a hacer. Hay directores que hacen películas por rutina. Firman 12, y quizá les habría ido mejor con cuatro buenas. Yo prefiero hacer menos y poder cuidarlas más. O al menos, no hacer algo por hacer, sino por esa necesidad profunda.

– ¿Cómo imagina su vida en otros 14 años?

– Me gustaría simultanear el trabajo de actor y el de director. La de actor es una profesión maravillosa que te hace feliz en caso de que tengas un buen proyecto. Pero dirigir te roba demasiado tiempo, varios años. Involucrarte en escribir, preproducir, rodar, posproducir, promocionar… Es una labor enorme.

– ¿Se acuesta uno con menos fantasmas cuando actúa o cuando rueda?

– Cuando diriges tienes más responsabilidades. Mucha gente depende de tus decisiones. Pero trabajo bien bajo presión. Te vienen obsesiones por repetir secuencias. Y las repites. Eso es bueno. No se repite más porque no hay presupuesto. Numerosas películas españolas y no españolas debieron repetir muchas secuencias, pero los productores decidieron que no se hiciera.

– ¿Es cierto que fue usted a terapia psicológica por sugerencia de su familia?

– Llevaba muchos años con ella. Hice psicoanálisis, conductismo… y todo te proporciona ideas para rodar. De hecho, grabé las terapias con dos cámaras y las monté. Solo yo con el terapeuta, Pedro de Casso, que me autorizó a grabarlo. Aparece siempre conmigo. Y hablo de la propia película.

– ¿Verá ese material y las otras 400 horas grabadas cuando falten sus padres?

– No creo. Me costará incluso ver la película. O lo haré cada ciertos años. Hay una parte de ella con mucha verdad y mucho sufrimiento por momentos.

– ¿Sus siguientes proyectos son tan frikis, con perdón?

– Todo lo que hago tiene un punto inusual o raro. Quizá no son historias convencionales. En el corto [Desaliñada, Goya al mejor corto en 2002] los productores con los que hablé creían que debía hacerse con animación, no con actores reales. Y en Muchos hijos…, pocos se imaginaban que se pudiera hacer un documental de comedia o repasar la historia de España en clave de una familia. Me salen historias algo disparatadas o rocambolescas.



Aquella noche de Halloween

El hilo conductor de Muchos hijos, un mono y un castillo es la búsqueda de una vértebra de la bisabuela del director, fallecida en la guerra. Y encontrar una cajita con un hueso de 3x3 centímetros no es coser y cantar cuando tu madre se dedica a atesorar recuerdos. “Lo más fuerte de los 14 años de rodaje es algo que nunca he contado: la vértebra la encontré la noche de Halloween, justo a las 12 de la noche”, rememora Salmerón. La realidad, una vez más, apabulla a la ficción. El actor-director se iba de fiesta con un amigo. Uno iba disfrazado de enterrador. El otro, de predicador. Les faltaba una biblia. “La estábamos buscando en casa de mis padres, y en la caja de metal donde ponía ‘Libros antiguos’ había una cajita pequeña que contenía la vértebra. Eso me dio fuerza para continuar con el proyecto. Halloween fue una señal que llegó pasado el ecuador del rodaje”. Es decir, después de seis años mirando por el visor.


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