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08-09-2014 Versión imprimir

 
 
Héctor Alterio


“Recién llegado acá, abría la boca y salían bandoneones”


El actor porteño ha regresado a los escenarios con Lola Herrera para dar nuevo lustre a la comedia ‘En el estanque dorado’
 

EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Cuando en la década de 1950 el Off-Broadway neoyorquino daba sus primeros pasos para distanciarse de su engolado hermano mayor, hacía ya unos cuantos años que el teatro en castellano tenía su propio espacio alternativo en el centro de Buenos Aires, en las inmediaciones de la Avenida Corrientes, la calle que nunca duerme. Hoy son centenares de salas, entonces eran un puñado de teatritos donde actores y directores llenos de inquietud ofrecían algo más que revistas, vodeviles y dramones al uso. Hoy lo llaman Off-Corrientes, entonces era sencillamente el Nuevo Teatro.
 
   Héctor Alterio (Buenos Aires, 1929) nació y se crio en Chacarita, el extremo menos glamuroso de la kilométrica Corrientes, el más alejado de Luna Park y San Nicolás. En un barecito frente al madrileño Teatro Bellas Artes, ochenta y cinco años después, el actor revuelve despacio su café cortado, mientras reflexiona sobre el éxito de En el estanque dorado, que lleva llenando teatros de toda España desde el pasado octubre. “Tenemos funciones hasta marzo de 2015”. Nos hemos acostumbrado a ver a Alterio entre nosotros casi desde que nos alcanza el recuerdo, pero el camino ha sido largo. Y accidentado.
 
– El precedente fílmico de Henry Fonda y Katharine Hepburn, ¿supuso un lastre o un aliciente para este montaje?
– A priori podía ser un hándicap por la memoria colectiva de esos dos grandes actores. Comenzamos con dudas que pronto se diluyeron, ya que nuestra puesta en escena tiene todos los ingredientes para agradar: humor, ternura, ironía, lágrimas, sonrisas. Por añadidura, hemos llegado con las localidades vendidas a todas las plazas. Las expectativas y el boca a boca han hecho casi todo el trabajo.
 
 

 
 
 
– ¿Qué aporta con respecto al film?
– La propuesta de Magüi Mira y Emilio Hernández recupera la mordiente de la función de teatro original de Ernest Thompson. La película estaba un poco “lavada”, sin el humor negro y el dramatismo que por momentos tiene la obra, pequeños disparos puntuales que el público agradece.
 
– Con Lola Herrera solo había coincidido en la película ‘Arriba Hazaña’ (1978). ¿Ha habido mucho que construir?
– Hay un trabajo ad hoc, porque no teníamos una relación ni profesional ni personal previa. Iniciar una aventura como esta requiere cuidar los mimbres. Sucedió que nos entendimos muy bien y nos convertimos en un matrimonio feliz [sonríe con picardía].
 
– Su personaje vive obsesionado por el paso del tiempo, y usted en septiembre cumplirá 85 años. ¿Cómo lleva el paso del tiempo un actor?
– Jamás he tenido problemas por la edad, mis papeles siempre han sido más o menos acordes con mis años. Hoy generalmente son secundarios. Ya no puedo ser Hamlet, claro, pero sí el abuelo de Hamlet. Vivo de la oferta y la demanda, y no tengo la vanidad de esperar que me lleguen protagonistas, aunque cuando llega alguno, como en este caso, es bienvenido.
 
 

 
 
 
Aquel chico solitario
– Héctor, retrocedamos en el tiempo...
– ¿Dónde me va a llevar?
 
– A la Argentina de los años treinta y cuarenta.
– Mire, que de eso hace mucho tiempo y yo tenía edad escolar.
 
– ¿Cómo empezó todo?
– Tengo una imagen grabada en la memoria. El ser humano selecciona imágenes; esta lleva en mi archivo desde los siete u ocho años. Es casi fílmica, en un picado veo a unos cuantos compañeros míos, y en un contrapicado ellos, a su vez, me observan contentos y muertos de risa. Yo soy feliz porque les cuento historias, los entretengo y les hago reír. Soy el protagonista y me siento importante. Es un recuerdo feliz.
 
– Actor por naturaleza.
– No sé [dubitativo]. Tuve una infancia bastante particular. Yo era un niño feo, enfermizo, retraído, solitario... Después fui cubriendo todo eso con disfraces. Cuando llegaban los carnavales me volvía atrevido, simpático, buen mozo, conquistador. Avasallador, incluso. Al acabar, me volvía al umbral de mi casa, de nuevo asustado y melancólico. A los once años, mis imitaciones y disfraces llamaron la atención de uno de mis profesores, que tenía un grupo de teatro. Me incorporé a ese grupo y jamás volví a mirar atrás.
 
– No suena a infancia idílica.
– Piense que vengo de una familia de inmigrantes napolitanos de clase media baja. Mi padre murió pronto, así que había que trabajar. Fui mandadero en una farmacia, trabajé en el mercado, etc. Quizá me hubiera gustado ser músico u otra cosa, pero no tuve opción.
 
– ¿Y así hasta cuándo?
– Hasta los veinte años, en que me oriento definitivamente hacia la interpretación, pero con un basamento estético e ideológico más firme. Yo era una piedra por labrar, un analfabeto, pero también una esponja con todo lo que me rodeaba: actores, autores, directores, profesores... Emprendí un proceso de aprendizaje que duró otros veinte años.
 
 

 
 
 
– Háblenos de ese contexto artístico.
– La figura de Perón surgió en 1943. En el año 50, en pleno auge del peronismo, entré en lo que se conocía como Nuevo Teatro, un movimiento de teatro alternativo, independiente del profesional y comercial. Hablamos de veinticinco teatros funcionando cada uno con sus posiciones ideológicas y estéticas, y sus autores de cabecera. Este movimiento cada vez reclutaba más público, por supuesto no peronista. Pensábamos que podíamos hacer mella en el peronismo, pero lo cierto es que no podíamos hacerle ni cosquillas. De hecho nos dejaban hacer lo que quisiéramos. Por ejemplo, Gorki estaba prohibido para el teatro comercial porque figuraba en el Índex, pero nosotros montamos a Gorki. En fin, aquello fue creciendo y todavía hoy coletea en el país. En Buenos Aires hay una manera de ver y entender el teatro que es única en el mundo.
 
– Lo más remoto que documentamos de su carrera es en 1948, en el elenco de ‘Prohibido suicidarse en primavera’, de Alejandro Casona.
– Sí, pero eso fue antes de incorporarme al teatro independiente. Desde los quince años participaba en la compañía de un club de inmigrantes, algo muy típico en la Argentina. Nuestro club se llamaba Dopo Lavoro y se realizaban funciones una vez al mes. Hice esta obra y otras; fui saltando de club en club hasta acabar en el Nuevo Teatro.
 
 

 
 
 
– ¿En qué ha cambiado la forma de actuar desde entonces ahora?
– Todo es exactamente igual. Las formas de trabajo están condicionadas por las situaciones sociopolíticas. Nosotros, en plena dictadura militar, respondíamos con lo único que sabíamos hacer: teatro. Creamos una agrupación llamada Teatro Abierto para hacer frente a la dictadura, a las constantes amenazas y a la quema de teatros. Yo ya vivía aquí, pero iba de seguido.
 
Otra vida
Nos hemos trasladado del bar a las dependencias del Bellas Artes, donde trajinan limpiadoras que saludan a Alterio como si fuera de la familia. El actor sonríe y saluda con afabilidad.
 
– Media vida en Argentina y otra media en España. En 1974 decidió quedarse a este lado del charco. A la fuerza. Walter Vidarte rememoraba un encuentro con usted en el Hotel Wellington de Madrid.
– Lo recuerdo bien. Me dijo que si yo me quedaba, él también, y con más razón. Traía el pasaporte lleno de sellos de países de la órbita soviética, donde había estado de gira. “Si me ven el pasaporte, me llevan de las pestañas”, me dijo. [Ríe recordando al desaparecido actor uruguayo].
 
– Ustedes ya eran intérpretes consagrados en su país.
– Ya lo creo. Y Walter especialmente. Un ídolo. Lo sacaban en volandas de los cines, en la época en que el cine era una fiesta colectiva. En la calle Lavalle se formaban grandes tumultos en los estrenos, unos gentíos inmensos.
 
 

 
 
 
– Y aquí a volver a empezar. ¿Le queda resquemor?
– [Con mirada resignada y cierto titubeo]. No, lo único que siento es que todo haya pasado tan rápido. Me consuela saber que los implicados en situaciones que me afectaron lo están pagando. Pero no me produce satisfacción, yo sigo caminando sin mirar atrás.
 
– ¿Cuánto costó recuperar ese estatus?
– Todo mi afán era trabajar. En los momentos más álgidos e impactantes de la vida de cualquier ser humano es cuando uno descubre quién es quién. A mí me ayudaron enormemente españoles que no tenían historia alguna conmigo. Me refiero, por ejemplo, a ayudarme a pagar la pensión en que vivía. Cosas tan conmovedoras te impulsan a querer y no olvidar. No me olvido de ellos, ni de sus actos ni de sus palabras. Es mi tesoro.
 
– ¿De qué manera comenzó su relación con el cine español?
– Tuve la suerte de recalar en San Sebastián con La tregua. Con una generosidad conmovedora, se dieron pases privados para darme a conocer. Lentamente fui trabajando de nuevo. Hice trabajos infames, algunos con vedettes de la época. Hasta que caí en las manos mágicas de Elías Querejeta, que me llamó para Cría cuervos. Tenía que hacer de muerto. ¿Quién no sabe hacer de muerto? [recogiendo las puntas de los dedos al modo italiano]. Pues hasta eso me costaba. Me temblaban los párpados. Saura tuvo que repetir la toma más de veinte veces. Teo Escamilla se dio cuenta de que me salía bien si no escuchaba “¡motor!”. Él y Saura se confabularon para grabarme sin que me diera cuenta. Tal era mi shock en aquella época: abría la boca y me salían bandoneones. Elías era un hombre maravilloso y entrañable. Se le notaba el futbolista que había sido, en el mejor sentido. Repartía juego a todo el mundo. Distribuía y posibilitaba.
 
 

 
 
 
– ‘La historia oficial’ ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 1986. ¿Lo esperaban?
– Se rodó apenas acabada la dictadura. Fue un trabajo hecho a ciegas, con mucha violencia aún latente y sin saber cómo acabaríamos. Para mí fue un deber ciudadano, más que un trabajo de actor.
 
Alterio quizá sea el actor hispanohablante con más intervenciones en películas que han optado a la estatuilla. Aparte de La historia oficial, participó en La tregua (S. Renán, 1974); El nido (J. de Armiñán, 1980); Camila (M. L. Bemberg, 1984) y El hijo de la novia (J. J. Campanella, 2001). Para él no pasa de ser una mera casualidad con la que bromear. “Je, je. A más de un director le he dicho que si me contrataba tenía garantizada una nominación”.
 
– ¿Cuál es su película más redonda?
– [Resopla escéptico]. Qué difícil. Mire, yo no me soporto en cine, un medio que tiene el agravante de que lo hecho ya no hay quien lo remedie.
 
– Con su última película, ‘Kamikaze’ (Álex Pina, 2014), ¿está garantizado el Óscar?
– Ja, ja, ja. Veo que ha entendido la mecánica. No tengo mucha influencia porque es un papel pequeñito, pero sí me enorgullece haber cantado en la película.
 
– ¿Un tango?
– Sííí. Qué bueno. ¿No le dije que soy un cantante de tangos frustrado? Pues aquí me marco un tangazo.
 
– ¿Y se gustó?
– Esta vez sí, creo que no desentono.
 
 

 
 
 
– Eso ya dice mucho. Entre un concierto de Astor Piazzola y un River-Boca, ¿con qué se queda?
– No soy de River ni de Boca, así que Piazzola, por supuesto. Soy del Chacarita Juniors, que es el equipo de mi barrio. El único de mis tíos paternos que nació en Buenos Aires (los demás eran napolitanos) fue un conocido portero del Chacarita. Así que toda la familia somos seguidores.
 
– Hablemos de los hijos, esa bendición. ¿No hubo forma de convencer a los suyos de que se dedicaran a otra cosa?
– No hubo manera. Y mire que lo intenté por todos los medios. Yo no pude estudiar y siempre quise que ellos tuvieran esa apoyatura que a mí me faltó, que no todo fuera la interpretación, el arte de vender humo. [Finge atrapar algo con las manos en el aire.] Pero no lo logré. Ellos tomaron sus propias decisiones y, por suerte, les fue bien.
 
– ¿Qué le gusta hacer en su tiempo libre?
– Vagabundear un poco. Me gusta dormir hasta tarde, descansar... Como decimos en mi tierra, fiacar  [‘vaguear, holgazanear’]. De todos modos no tengo mucho tiempo libre.
 
– Héctor, se estrenó su última película y sigue de gira con la obra. De retirarse ni hablamos.
– A veces salgo del teatro y oigo que me dicen: “¿Para cuándo te retiras?”. No sé, yo pienso: “¿A quién estoy jodiendo yo?” [entre risas]. Igual me lo dicen con buena intención, pero lo encajo mal. A ver, en mi casa hay que seguir pagando las facturas, la comida, las deudas, etc. Mientras no me fallen ni mi cabeza ni mis piernas y no le quite el pan a nadie... Yo sigo disfrutando, divirtiendo y aprendiendo.
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