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20-11-2015 Versión imprimir

 

La Tailandia salvaje
de Héctor González


El actor de ‘Amores minúsculos’ pasó en octubre dos semanas de ‘mochilero’ en el otro extremo del planeta, entre caimanes playeros, monos fornidos y tarántulas demasiado cariñosas. Una aventura de contrastes y aprendizajes que ha querido rememorar ahora para AISGE
 


La segunda quincena de octubre recorrí el país de norte a sur con tres amigos que conservo en Barcelona. Me apetecía un viaje exótico y un buen día me propusieron ese destino. Accedí de inmediato porque unos conocidos ya me habían asegurado que volvería con otra visión de las cosas. Eso disparó mis expectativas, pero el resultado estuvo a la altura. He recibido una enseñanza impagable.
 
   Aunque la gente imagine esa Tailandia de parejas recién casadas que se quedan en resorts, también existe la de los mochileros que van de ruta. Nosotros nos lanzamos al plan intrépido, que sería impensable junto a desconocidos, pues las continuas decisiones exigen confianza. Me encanta la sensación de perderme en un viaje y no saber con certeza dónde estaré al día siguiente. Quizá ese planteamiento hizo que me asilvestrase demasiado. Prescindí de todas las comodidades que me sobraban y me di cuenta de que era feliz en lugares donde no necesitaba preguntar por el wifi. ¡Era evidente que no tenían! Una española que lleva seis años al frente de una escuela de buceo hablaba del pijerío de Occidente, de tantísimas tonterías en las que uno piensa cuando lo tiene todo. Me acostumbré a pasar el día únicamente con bañador y chanclas, como todo el mundo; allí no importa si vistes mejor o peor ropa. Lo único imprescindible era la mochila: si te la quitaban, lo perdías todo. No quisimos quedarnos en un simple simulacro de aventura, así que en los puntos del itinerario se mezclaba la belleza con el orgullo de llegar tras un titánico esfuerzo.
 
 

 
 
 
   Empezamos en Bangkok, que es un caos. La hora que tarda el taxi en cubrir el trayecto desde el aeropuerto hasta Khaosan Road, esa avenida con millones de hostales baratos que aparece en el filme La playa, es una locura de coches que se abalanzan. Vi camionetas con pasajeros que iban descansando en la parte trasera y que habrían salido volando por los aires al menor frenazo.  Recorrer 400 metros supone fácilmente unos 25 minutos. La contaminación te hace entender las mascarillas de los orientales, porque si te pones a caminar con ganas, al poco tiempo te cuesta respirar. Como no existe un servicio de limpieza adecuado para una urbe de tales dimensiones, las calles huelen mal: en el rincón más insospechado apesta a gato muerto.
 
   Los mercadillos callejeros resultan muy baratos para comer, pero te cansas de encontrar siempre lo mismo: pollo, cerdo, arroz… Solo se salva una curiosa fritanga de verduras con forma de croqueta a la que llaman no name [literalmente, “sin nombre”]. Uno de mis amigos probó insectos, pero no se mostró muy satisfecho. Tienen los bichos friéndose durante 20 minutos y acaban sabiendo a carbón. Más caro cuesta el transporte. El precio de una carrera de taxi no demasiado larga equivale al de dos noches de alojamiento. Por eso a menudo nos movíamos en moto. ¡Cómo conducen los tailandeses! Aparte de que nadie usa casco, nos cruzamos con familias de hasta cinco miembros sobre el mismo asiento. Si alquilas una bicicleta, tal vez tenga el manillar torcido, por no hablar de los barcos de equilibro inestable…  
 
   Abandonamos la capital en un tren nocturno con literas que se dirigía a la ciudad norteña de Chiang Mai. Era maravilloso, mejor que el Estrella que antes circulaba entre Madrid y Barcelona, incluso con posibilidad de fumar entre los vagones… si soportabas el ruido atronador. El extrarradio de Bangkok es tan extenso que invade el paisaje durante una hora y cuarto de traqueteo. En ese rato contemplamos solares embarrados donde montones de vecinos se arremolinaban alrededor de un mismo televisor y chabolas de dos alturas bajo los puentes de las grandes autopistas. La luz del amanecer me brindó unas vistas increíbles sobre la selva nada más despertarme.
 
 

 
 
 
¡Cuidado con la fauna!
Algunos días dormimos en cabañas frente al mar donde nos encontrábamos serpientes, enormes ciempiés, lagartos… El guía nos acompañaba al baño armado con un machete y tenía a mano antídotos contra el veneno. Recuerdo que en la paradisíaca Koh Tao, una isla en la que se practica submarinismo, tres tarántulas nos esperaban en la ducha. No se inmutaban ni echándoles chorros de agua, parecían dispuestas a compartir la habitación toda la noche. En ese momento tuve la impresión de que nos la jugábamos: te pica una a las cuatro de la madrugada y te quedas dormido de por vida. Sí se cebaron con nosotros los mosquitos. Como nos acribillaban en cualquier rinconcito que dejásemos sin rociar de repelente, pasamos de comprar más cuando se nos agotó.
 
   Los turistas creen que en Tailandia van a bañarse en aguas transparentes, pero en realidad hay zonas en las que la turbiedad impide ver el fondo. Me caí a un río mientras hacía rafting, y a pesar de que un hombre me perjuraba que no había pirañas, en aquellos 20 segundos recé a todos los budas [risas]. Sobre todo porque en otro sitio ya habíamos visto cocodrilos. El paraje más impactante fue Railay, en la costa occidental del país, donde los monos son un auténtico peligro. A mediodía aparecían hasta 30 en plena playa, y si te descuidabas, se subían tu mochila a un árbol. No dudé en jugar con uno que me habría destrozado la cara de un manotazo. Mis jornadas playeras las empañaba ese agobio de sudar por la insoportable humedad y tener que zambullirme en un mar caliente.
 
 

 
 
 
Retorno sin anestesia
Un actor trabaja con sus experiencias y conociéndose a sí mismo. Nunca se olvida de vivir. Y eso implica leer, viajar, relacionarse con gente. Lo que más le revienta a Al Pacino es no poder espiar a los demás por culpa de su fama. Tailandia me ha servido de mucho en ese sentido. Traté con personas fabulosas, pero el idioma era un obstáculo. Y es que la gente verdaderamente inmersa en la realidad local apenas sabe inglés, solo lo hablan quienes quieren sacar dinero a los extranjeros. Entre mis estampas imborrables figura la de una niña que nos seguía con sonrisa permanente pese a su miseria, evidenciada por la botella de lejía que su hermano iba lanzando al aire a modo de único entretenimiento.
 
La noche siguiente de aterrizar en Madrid me subí al escenario del Nuevo Apolo con Amores minúsculos. Tenía tantas ganas como falta de concentración, hasta el punto de que mi compañera Rebeca Plaza me dijo en un momento dado: “¡Estás aquí, ubícate ya!” [risas]. Llevar más de un año representando la obra no fue suficiente para disimular el jet lag y el amodorramiento de un día entero viendo películas en el avión y estirando las piernas por los pasillos.
 
 

Así se lo ha contado a Héctor Martín Rodrigo


 
Héctor González (Barcelona, 1986) es uno de los protagonistas de 'Amores minúsculos', el mayor fenómeno del circuito 'off' en los últimos años, que ha acabado desembarcando en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid. Con amplia experiencia en el teatro alternativo, protagonizó también el primer de Daniel Zarandieta, Encontrados en NYC. Puedes descubrir muchas más cosas sobre él si pinchas AQUÍ.
 
 
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