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12-07-2017 Versión imprimir

 
Hovik Keuchkerian

“El sueño de Hollywood
me da una pereza tremenda”
 
 
Duro por fuera, poeta por dentro. Espiritual desprovisto de credos. A este boxeador e intérprete le preocupa más el presente que el futuro
 
 
FRANCISCO PASTOR
Hasta 11 veces ha visto Hovik Keuchkerian las seis temporadas de Breaking bad. A fin de cuentas, asegura, nada como la ficción extranjera para perfilar correctamente el inglés. En la música, el artista prefiere las letras en castellano, sobre todo las de Fito y Fitipaldis. Aunque nació en Beirut hace 44 años, este actor llegó a España junto a sus padres cuando era un niño. Huían de la guerra civil del Líbano.
   
   La primera vez que Keuchkerian se subió a las tablas lo hizo desde la risa: el monólogo Cocretas le trajo de un día para otro el reconocimiento en el gremio del humor. Su voz grave, que cualquiera adjudicaría a un rapero, cuajaba con esa comedia que él había disfrutado gracias a Eugenio, Ozores, Pajares y Esteso. Atrás quedaban décadas de dedicación al boxeo, deporte en el que fue campeón de España de pesos pesados en dos ocasiones.
   
   Antes de traspasar el gimnasio que dirigió durante dos décadas, el actor ya había pasado por la serie Hispania y la película Alacrán enamorado (2013), precisamente sobre el mundo del cuadrilátero. Papeles de guardaespaldas o soldado asoman por una carrera que el año pasado llevó al artista hasta Assasin’s creed, donde coincidió con Michael Fassbender y Marion Cotillard. En nuestra geografía trabajó en 2014 junto a Álex Angulo en Justi&Cía.
 
   Ahora Keuchkerian solo piensa en Un obús en el corazón, el monólogo del también libanés Wajdi Mouawad, que interpreta en los Teatros de Luchana. Aunque allí recita el texto de otro, hasta cuatro libros, en prosa y verso, componen la obra escrita de este artista. Como el poema a Santa Quiteria, la patrona de Alpedrete, el pueblo madrileño donde ha pasado casi toda su vida y en cuyas fiestas acaba de ejercer como pregonero.
 
¿Cómo es la fama en un municipio de 15.000 habitantes?
— Imagino que igual que en una ciudad de tres millones. Lo decía el actor Santi Rodríguez: la fama no hace a los gilipollas, sino que los descubre. Pero yo no me siento famoso ni me exhibo en estrenos ni en berenjenales, a no ser que me toquen por motivos de promoción. Así que solo me conocen quienes admiran mi trabajo. En el pueblo estoy muy tranquilo, y cualquier vecino hablaría de mí como de un tal Hovik, sin más.
 

 
 
—  Además de actor y deportista es poeta. ¿Qué lleva dentro para tener tanto que sacar?
— No tengo la necesidad de contar, pero sí carezco del miedo a hacerlo. Desconozco la vergüenza en ese sentido. La vida hay que narrarla y escupirla. Yo no tapo mi sensibilidad: la llevo con orgullo y como bandera. Mi poesía sale de mi entraña, de mi dolor. Me ocurren cosas o me veo en etapas de mi vida más complicadas... y lo suelto. De aquello del tipo duro, nada: me han tocado papeles de toda suerte, o al menos eso quiero pensar, pero tengo el físico que tengo. 1.91 de alto, esta cara que Dios me ha dado, esta voz.
 
¿Se puede boxear y seguir conservando esa sensibilidad?
— El boxeo es pelea y combate. Salgo a hacer lo que tengo que hacer. Es duro, claro, pero me apasiona. Ahí, como en las tablas, los espectadores son mi rival. Y yo salgo al escenario, que es mi casa y mi hábitat, a follarme al público. Voy a pelear. Cuando he terminado ya estoy en paz, y los que se encuentran en la butaca y yo somos de nuevo amigos y nos damos un abrazo.  
 
Creo que salió arrasado de su carrera en el boxeo.  
— Acabé quemado, contaminado. Carecía de ilusión y ganas. Pero el boxeo fue mi maestro durante nueve años de mi vida. Y reitero que una disciplina y otra se parecen: las dos me piden que enfoque bien mi atención, que dirija toda mi energía hacia un mismo punto, requieren un estado de ánimo muy concreto. Me toca estar relajado y alerta al mismo tiempo. Lo peor de dejar el cuadrilátero fue el día de después: verme sin sueños. Aquello de "¿Ahora qué cojones hago?".


 
En la interpretación, ¿tiene algún un sueño?
— Toda mi vocación es disfrutar el presente y concentrarme en él. Hoy estoy aquí, al igual que ahora estoy en esta entrevista. Y así será mañana por la noche, cuando me suba al escenario. Por ahora solo quiero ver el crecimiento de Un obús en el corazón, un texto al que auguro mucho recorrido y para el que aún no veo un horizonte. No sé hasta dónde me llevará, pero me siento un privilegiado por interpretarlo.
 
—  Esa obra está ambientada en la misma guerra de la que escapó con su familia. ¿Qué relación guarda hoy con el Líbano? 
— Primero salimos de allí mi madre, que es española, mi hermano y yo. Cuando mi padre solucionó todo lo que dejábamos pendiente, vino él. Llegamos a Madrid y nos alojamos en la calle de San Bernardo gracias a mi familia. Al poco tiempo nos mudamos a Alpedrete, donde crecí. No he vuelto al Líbano, es un viaje que tengo pendiente. También a Armenia, de donde es mi padre. Aunque no soy de viajar. Sé que queda feo decirlo, pero me encanta quedarme en mi puta casa, tranquilo y con mi gente. Me gusta mi rutina. Pero si es por trabajo, voy encantado.
 
— En uno de esos viajes por trabajo actuó para la industria norteamericana. ¿Hay tantos motivos como dicen para enamorarse de ella?
— A mí no me llama la atención. Me llegan propuestas desde fuera de España y me pagan estupendamente. Pues las hago. Pero no me levanto por las mañanas pensando en meterme en esa rueda: el sueño de Hollywood me da una pereza tremenda, yo estoy a gusto en mi pueblo. Quizá sea porque llegué tarde a esto y descubrí mi nueva vocación al cumplir los 39 años. Quién sabe. Si hubiera empezado más joven, a lo mejor andaba soñando con otra cosa. Pero me flipa el teatro, allí estoy encantado. Vivo tranquilo y no me vuelvo loco.

 
— Su primera vez sobre el escenario fue en clave de comedia. ¿Corren malos tiempos para el humor cuando hay cómicos imputados por un chiste?
— Siempre es buen tiempo para el humor. Y claro que hay chistes que me hacen daño, pero me jodo, como debería hacer el resto del mundo. Yo no voy a decirle a nadie sobre qué puede bromear y sobre qué no. Hoy hay que pensar muchísimo qué vamos a decir, y creo que acabaremos tocándonos la polla con papel de fumar. ¡Que imputen a un cómico por una broma, con la cantidad de hijos de puta que hay sueltos en este país! ¡Esa piara de ladrones, que se lo están llevando muerto, a la que no van a imputar nunca! Que se vayan a la mierda.
 
¿Le indigna la política española?
— No veo la televisión y no escucho a los políticos, aunque haya quien pretenda que los artistas, como figuras públicas, nos posicionemos. ¿Quién es nadie para pedirme algo así? Que nos coloquemos aquí o allá. Y no es que carezca de interés. Al contrario: creo que toda la vida es política. Aquel se compra tres coches Audi y cuatro casas y la peña se queda sin hospital. Y lo reitero: si me posiciono, será porque y cuando quiera.
 
Está lleno de cicatrices. Ya contó en la radio la historia de una de ellas. ¿Y las demás?
— Expliqué la herida que me hice a mí mismo cuando Álex Angulo murió en un accidente de tráfico. Pero no pretendo comentar todas mis cicatrices. La suya sí, porque sé que cuando hablo de Álex, él se sonríe. No soy religioso practicante, pero tengo mi idea de la divinidad. Y cada vez que voy a pisar la tabla, hago un rezo y le pido fuerzas al jefe o a lo que haya allá arriba. También hablo con mi difunto padre. Y con el maestro Álex Angulo. Salgo protegido. Actúo para ellos tres, y luego para el público. Tengo seis heridas, y alguna me quedará por delante.
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