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22-06-2016 Versión imprimir

 
 
Huesca, la ciudad que olía a palomitas
 
 
La capital altoaragonesa recupera el cetro entre los amantes del cortometraje. Ahora falta motivar al escurridizo público joven. Nos lo cuenta su nueva directora, Azucena Garanto
 
 
FERNANDO NEIRA
(Texto y fotos de la ciudad. Fotos de la directora: Jorge Dueso)
La oscense Azucena Garanto es, a sus 32 años, mucho más joven que el certamen que dirige, ese Festival Internacional de Cine de Huesca que transita en estos primeros compases veraniegos (implacables, también, en tierras altoaragonesas) por su edición número 44. Pero la aventura de ponerse al frente, desde principios de 2015, de una cita que vuelve a ser referencial después de bordear el abismo de la desaparición tiene mucho de reto para una mujer que se crió al calor de las proyecciones en la pantalla grande. Garanto acumula en su despacho, con vistas privilegiadas a la preciosa Plaza de Navarra, carpetas y dossieres con docenas de cifras que no necesita consultar, porque ya gozan de asidero firme en su memoria. Pero su discurso de gestora cultural concienzuda y apasionada no se relaja del todo hasta que recuerda a aquella chavalita de 14 o 15 años que se colaba en las matinales del cine Avenida, tal vez dándole esquinazo a algún profesor del instituto, para meterse una decena de cortos entre pecho y espalda. “No seríamos más de cinco o seis en la sala en aquellas proyecciones”, rememora, “y de ellos tres tomaban notas con sus linternitas, así que serían los jurados…”. Pero ella exprimía todo el jugo, al mediodía y en las sesiones golfas, de aquellas acreditaciones que le conseguía una amiga.
 
 

 
 
 
   El cine Avenida, que caía cerca de la casa de Azucena, hoy no existe. Cerró, como tantos otros, con la aniquilación de las grandes salas y hace un par de años lo redujo a escombros la inapelable piqueta. Pero a la directora del Festival Internacional no se le ha olvidado que aquella calle de Huesca olía literalmente a palomitas y está dispuesta a que la cinefilia siga formando insólita parte integral de esta capital de provincia con apenas 52.000 habitantes. Anda para ello diversificando discursos, decidida como está a que no se le escape nadie: el público funcionario, los mayores, las redes sociales, los consumidores on line. Y no se siente, en el trance de su segunda edición como General Manager (así reza su tarjeta), inmersa en ninguna reválida. Esa palabra solo surgirá en la conversación mucho más tarde, cuando analiza cómo su condición femenina, rara avis en la dirección de eventos cinematográficos, se traduce en constantes escrutinios durante su quehacer cotidiano. “Ser mujer sigue siendo muy complicado en este país”, resume sin ambages.
 
Garanto, junto a Koldo Serra, director de 'Gernika'
Garanto, junto a Koldo Serra, director de 'Gernika'
 
 
 
– ¿Cómo perfeccionar, y más en tiempos de crisis, una cita cultural consolidada a lo largo de más de cuatro décadas?
– Profundizando en las oportunidades, detectando aquellos aspectos con margen de mejora y rodeándote de gente mejor que tú. Somos un equipo de entre 12 y 15 personas y nos complementamos muy bien, porque las visiones únicas son peligrosas. Jorge Puértolas, por ejemplo, el codirector artístico, es más palomitero a la hora de seleccionar cine y yo, menos. Estamos en una capital muy pequeña de provincia y este no es un festival de autor.
 
– 190.000 euros de presupuesto, ¿es mucho o poco dinero?
– Muy justo para lo que hacemos, poco para todo lo que queremos hacer y mucho en comparación con otras cosas. En épocas de bonanza esta cita llegó a disponer de 700.000 euros anuales, pero yo no quisiera disponer ahora de una cifra así: este país tiene unas necesidades sociales mucho más prioritarias que atender. Eso sí, un festival de cine ha de formar parte de la estrategia de turismo, industria y educación del municipio, no solo de la cultural. Este no puede ser un mero empeño de un grupo de amigos, sino un proyecto troncal de la ciudad. Es una inversión en una ciudadanía mejor educada y más reflexiva.
 
 

 
 
 
– ¿Ha calado después de tantos años el amor hacia el cine como una característica de la población oscense?
– Ese es un aspecto que estamos puliendo. Los vecinos sabían que había un festival, claro, pero no de qué iba. Se quedaban con la visita de algún rostro conocido, pero existía un cierto desconocimiento sobre la esencia de las cosas. Hemos optado por reforzar nuestra condición de festival de cortos como lo primordial, puesto que es ahí donde nos avalan muchos años de trabajo y prestigio. Por aquí han desfilado con sus primeros cortometrajes todos los directores españoles que ahora están haciendo películas, desde Daniel Sánchez Arévalo a Koldo Serra o Borja Cobeaga. Y entre las tres secciones (Iberoamericana, Internacional y Documental) este año han llegado 1.700 obras de las que solo 70 han llegado a la fase final. El mero hecho de estar seleccionado por el Festival de Huesca ya es un aval muy grande para nuestros nuevos realizadores.
 
– ¿Existen grandes pautas, nexos o elementos comunes en esos 79 trabajos que han gozado de la aprobación del jurado?
– Existen problemáticas universales, como los problemas de pareja. O diría mejor las rupturas con casi todo: vivimos muy deprisa, nos da tiempo a vivir varias veces de tan convulsa como es nuestra existencia. Existen otros grandes temas recurrentes, caso de la soledad o de la violencia, entendida como una actitud vital, como un reflejo de lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Los cortos reflejan el latir del mundo. Los creadores tienen necesidad de contar historias y conflictos que les pasan a ellos mismos o les incumben. De lo contrario, no le dedicarías dos o tres años de tu vida a un rodaje. Y, al final, los conflictos se reescriben de una generación a otra.
 
 

 
 
 
– Disponemos de argumentos universales y un elevado nivel artístico. ¿Cómo conseguimos ahora que los jóvenes acudan a las salas?
– Queremos involucrar al público joven y eso todavía no se ha conseguido ni se conseguirá en breve. Nos lo planteamos como una labor a largo plazo que no dará fruto hasta dentro de seis o siete años, si todo va bien. Hemos invitado a 150 chavales de institutos a un programa de cortos del festival y estamos fortaleciendo nuestros recorridos por los centros de enseñanza. Yo misma, que no soy una persona mayor ni distante, les cuenta qué es el festival, en qué consiste un corto y de qué van el par de cortometrajes que les vayamos a proyectar. Intentamos que sientan el cortometraje como un hábitat cercano, como los mejores vídeos cortos del mundo, ellos que tanto de eso consumen [a través de YouTube]. Y les insisto en que el formato breve tiene la ventaja de que entre corto y corto puedes aprovechar y guasapearte con tu novio o tu novia.
 
 

 
 
 
– ¿Intenta inculcarles de alguna manera eso que podríamos llamar “la magia del cine”?
– ¡Claro! El cine es una manera de viajar sin moverte, la puerta que abre la mente a otras culturas. Y potencia nuestra capacidad empática: nos permite colocarnos en el lugar de otros personajes, comprenderlos, hacernos mejores personas. El cine es un antídoto contra la atrofia mental. Y cuando nos atrofiamos, sucede lo que sucede: la incomprensión hacia el prójimo.
 
– Terminemos hablando, precisamente, del prójimo. Usted es, junto a su homóloga de La Almunia, la única mujer al frente de un festival cinematográfico. ¿Advierte todavía algún tipo de sorpresa entre sus interlocutores?
– No es sorpresa como tal, pero sí notas que has de repetir las cosas más veces, ganarte la credibilidad de continuo, someterte a una permanente reválida de todo. Sucede aquí y en todos los sectores, ojo. Las reacciones ajenas no son tan evidentes como antes, no te dicen ninguna desconsideración descarada, pero esos micromachismos de los que nadie tiene la culpa siguen ahí. Ser mujer es duro: los discursos oficiales van por otro lado y la discriminación es una cosa invisible, pero… está. Y es duro, insisto. Para la próxima vida, yo me pido ser hombre.
 
 
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