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29-07-2013 Versión imprimir

 
 
Hugo Silva


“Pasé tantos nervios con mi primera
función que no quería volver a actuar”



La tele le catapultó con ‘Al salir de clase’. Le han fichado Almodóvar y De la Iglesia. Pero él recuerda aquí al chico de barrio de ‘Agallas’: “fue un homenaje a alguien que ya no está”
 

SERGIO GARRIDO PIZARROSO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Parece que el barrio madrileño de La Latina es el rincón predilecto de nuestros actores. Y más concretamente uno de sus bares, El Viajero. No es la primera vez que acudimos a una cita allí y hoy hasta el camarero se interesa por la entrevista. Nuestro protagonista es un madrileño de San Blas, de brillantes ojos marrones y mirada limpia, que espera serenamente en la barra del local. Enfundado en sus gafas de sol y con el aspecto informal que le otorgan los vaqueros, se corroboran las sospechas de cualquiera: a Hugo Silva le sienta bien todo.

   Fue su madre, que hacía teatro amateur, la que le inyectó el veneno de la interpretación. “Es la crítica más dura, pero la necesito porque son mis pies en la tierra”, confiesa. Desde su personaje de Guillermo Sierra, un estudiante al que le sucedía de todo en el Siete Robles, el instituto de Al salir de clase, ha llovido bastante. Aquella ficción constituyó un trampolín para su carrera al que pronto se añadiría Lucas, aquel intrépido policía enamorado de Michelle Jenner en Los hombres de Paco.

   Pero Hugo hace ya mucho que dejó atrás el trampolín para mojarse en cuantas piscinas sean necesarias. Hoy cuenta con una más que asentada carrera cinematográfica gracias a personajes como Sebas (“un homenaje a una persona real y a mi barrio”), delincuente de poca monta que se medía a Carmelo Gómez en Agallas. Recientemente se ha convertido en chico Almodóvar (Los amantes pasajeros) y ha caminado vestido de mimo por toda la Puerta del Sol madrileña en lo nuevo de Álex de La Iglesia, Las brujas de Zugarramurdi. “Voy tan pintado durante gran parte de la película que luego… ¡necesitaba hora y media para volver a ser yo!”. Y así, sin maquillaje ni pintura, arranca la conversación con Silva.
 
 

 
 
 
– ¿El rodaje con Álex de la Iglesia ha sido casi una aventura?
– Es una obra muy personal en la que Álex se desnuda tanto en la historia como en la forma. He visto el primer montaje y no te deja respirar. Tiene un ritmo trepidante, como de huida, pero sin renunciar a todo su imaginario. Habla de los traumas que puedan tener los hombres, de la esperanza, de los principios, de la amistad. Toda una comedia salvaje.

– ¿Tan salvaje como el rodaje en la Puerta del Sol?
– Aún hoy día, cuando paso por allí, no puedo dejar de acordarme de ello. Me pasaba la jornada entera vestido de mimo, pero los transeúntes colaboraban y se portaban muy bien. Sol es tierra de nadie y, a la vez, tierra de todos.

– ¿ Qué primer recuerdo asocia con el oficio de actor?
– Tenía 14 años cuando la gente con la que mi madre hacía teatro montó Las amistades peligrosas. El tipo que hacía de Danceny no pudo interpretarlo y me cogieron a mí. Cuando terminé la función, me senté, me comí una napolitana y pensé que no quería ser actor. ¡Había pasado tantos nervios! Luego empecé a disfrutar de esa sensación de vivir más vidas. Cosas del destino: al final nunca sabes dónde vas a acabar…

– Una de sus primeras apariciones en televisión fue cantando en un grupo ‘heavy’. ¿Su madre guarda ese vídeo bajo llave?
– Fue todavía más humillante (ríe). Mi primera aparición en televisión fue en Tutti frutti haciendo un desfile de modelos. Pero sí, también hice un playback para Crónicas marcianas en la primera temporada. Resultó gracioso. ¡Por fortuna, era la época del VHS y ya se ha roto todo!
 
 

 
 
 
– ¿Le recuerdan aún por aquel Guillermo Sierra de ‘Al salir de clase’?
– ¡Claro! Aquello fue mi toma de contacto con el rodaje televisivo: nos juntamos gente que rondábamos la misma edad y eso nos ayudaba a hacer piña. Sacábamos adelante cualquier trama, por surrealista que fuera. ¡Si es que por menos de nada en esa serie te secuestraba alguien! [risas].

– También era emblemático Lucas, aquel chico duro de ‘Los hombres de Paco’…
– De repente te toca un personaje con el que estás conectado, aunque no se parezca a ti en nada. Y resulta que cala. Aquellos policías eran, en verdad, unos antihéroes a medio camino entre la comedia y el drama. Hoy en día sigo trabajando en parte gracias a Lucas.

– En cambio, ‘Paco y Veva’, aquel musical junto a Elena Ballesteros, pasó más inadvertido.
– Me lo pasé muy bien, aunque quizás ahora me hubiese destrozado con tanto baile. Nos imponían un ritmo bestial: rodábamos en dos sets distintos todos los días y ensayábamos las coreografías en los momentos libres. Las canciones solo las podíamos grabar los fines de semana, así que me tiré bastante tiempo sin librar un día.
 
 

 
 
 
– ¿En cuál de los medios se siente más cómodo?
– Ahora mismo en el cine. En la televisión me he criado y puedo llegar a ser más rápido y resolutivo, pero el viaje del cine, ese proceso para llegar al personaje y a cada espectador, me gusta bastante. Y eso pese a que en teatro he llegado a sitios que no he alcanzado en cine. Notar lo que tú provocas en el público es una sensación salvaje.

– ¿Es cierto que algunos personajes dejan huella en quien los interpreta?
– Sin duda. Claudio, en Hamlet, me hizo entrar en un sitio dentro de mí muy particular, oscuro y bastante animal. Puede que me hiciera hasta daño, pero me permitió ganar en fortaleza personal y seguridad como actor. Y luego está Sebast, el de Agallas, que es un homenaje a una persona que existió en mi vida y que, por desgracia, ya no está.

– Ahora, además, también puede decir eso de “Ya soy chico Almodóvar”.
– Para mí, como para cualquier actor del mundo, el sueño es que te llame Almodóvar. Cuando te llama no te lo crees y cuando vas a verle te parece todo casi surrealista. Pero una vez que te relajas es fácil, porque Pedro aúna sentido común y un talento extraordinario. No deja de crear ni un solo momento. En esas circunstancias, solo queda que confiar en él y disfrutar del viaje.
 
 

 
 
 
– ¿Hay algún personaje ante el que haya dicho: “Esto no lo puedo hacer”?
– Me traigo uno entre manos y estoy cagao. Es de otra raza y habla un idioma que no domino. Y encima, he dicho que sí sin pensarlo. Rodamos en septiembre y tengo que irme a su país para prepararlo. ¡Y no puedo adelantar más!

– Seguro que no es la única sorpresa que se trae entre manos…
– No. También acabo de rodar un piloto con Daniel Sánchez-Arévalo en un proyecto que se titula Lo nuestro, que tiene ese tono de humor inteligente y de psicoanálisis que tanto le gusta a él. Y hay más cosas, pero… todavía son eso, proyectos.

– ¿La pertinaz crisis ha agudizado su sensibilidad frente a las injusticias?
– Un actor debe hacer lo que sienta su corazón. Me he comprometido con causas como la del Sáhara, porque es algo que clama al cielo. Y cuando ocurre algo salgo a la calle como un ciudadano más. No creo que por ser actor tenga que darle ninguna lección a nadie. En mi familia nadie la es, todos trabajan como obreros. Y no creo que yo sea más que ellos por salir en la televisión. Politizar una profesión no creo que nos favorezca.
 
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