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20-06-2019


EN NUESTRO RECUERDO

 

 

Analía Gadé, ese

monumento de persona

 

Un adiós sentido a la argentina con la que llegó el color a las pantallas españolas y que nos dijo adiós el pasado 18 de mayo

 

 

FERNANDO MÉNDEZ-LEITE

Cuando en 1956 Analía Gadé llegó a España con 25 años, contratada por José Luis Dibildos, para protagonizar Viaje de novios, en el cine español entró una luz nueva, una ráfaga de modernidad. Y con Analía –ella me lo hizo ver en una inolvidable entrevista en Buenos Aires– llegó también el color. No ya aquel cinefotocolor de las películas de Lola Flores, ni el gevacolor de Carmen Sevilla y Luis Mariano, sino el modernísimo eastmancolor de Las muchachas de azul, aquellas bonitas dependientas de Galerías Preciados que tonteaban con Fernán-Gómez y Tony Leblanc en un Madrid de postal veraniega, piscinas, bañadores y coches deportivos en tiempos del desarrollo y de los Lópeces, ministros tristes de probada eficacia con las cuentas y las cuentas del rosario.


   Analía era alta, guapísima, rubia platino, una chica moderna y una profesional de valía –en La vida alrededor era ¡médico!–, y tenía un acento argentino, variante tonada cordobesa, que conservaba en sus personajes de chica española sin desdoro de su verosimilitud. Con aquellas películas de Dibildos que apuntalaron su carrera acá, quedaba claro que se había acabado el cine español de postguerra; hasta en una de ellas (La fiel infantería) se pretendía dar una visión conciliadora de la vieja guerra civil, sin dejar de ser una película de derechas. Analía dio en esas primeras películas en España la imagen de una señorita culta, de una ingenuidad un tanto impostada, de lágrima fácil que se seca rápidamente a voluntad y que inevitablemente atonta a los hombres. Atontar nada menos que a Fernando Fernán-Gómez: ahí es nada. 

Con Fernando Fernán Gómez, en 'La vida alrededor' y en 'Viaje de novios'


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   “Soy algo más que una mujer guapa”, repetía Analía frecuentemente. Pero era tan guapa…  “¡Jesús! ¡Cómo la miran a una!”, se lamentaba en La vida alrededor. “Si no te pusieras esos vestidos…”, le contestaba Fernando, orgulloso de llevarla a su lado empujando el cochecito de aquel bebé de ficción. Pero, se pusiera lo que se pusiera, a Analía la mirábamos todos. Confieso que en mis mocedades acudí varias veces a la claque del Reina Victoria imantado por las piernas de Analía. Las rodillas de Analía. “Creo que te voy a hipnotizar de vez en cuando”, le decía a Fernando en una de sus películas. Pero efectivamente había algo más. En su alegato feminista avanti la lettre,ella estaba armada de razones porque ciertamente era una mujer inteligente, seria, culta, muy simpática. Mi amigo el productor José Sámano piensa que Analía es la persona más buena que ha conocido. Y esa calidad humana, esa bondad que parecía contradecir una aparente altivez que le otorgaba gratuitamente su físico excepcional, y negada a su vez por su desarmante sonrisa, es también el recuerdo más firme que me ha quedado de mi trato con ella. 


   Analía Gadé había rodado 13 películas en Argentina (entre ellas, la excelente Ayer fue primavera, de Fernando Ayala) antes de afincarse en el cine español. Había nacido en Córdoba con el nombre de María Esther Gorostiza Rodríguez. Ya en la adolescencia se escapó del colegio de monjas para presentarse a concursos de belleza y pruebas cinematográficas. Y aunque en algún arrebato místico se le había pasado por la cabeza tomar los hábitos, las monjas acabaron por expulsarla del colegio: “Gorostiza”, le dijo la hermana Elena, “usted no puede seguir en este colegio porque ha caído en brazos de la hoguera”. El caso es que ya en ese camino de perdición y tras un proceso imaginativo muy complicado que ella relataba con mucha gracia, aquella adolescente cambió su nombre por el de Analía Gadé, dispuesta a entrar en el mundo del cinema por mucho que la hoguera quemara. Y con 17 años debutó en la película de Carlos Schlieper La serpiente de cascabel, que protagonizaba Juan Carlos Thorry, con quien se casó poco después.

 

'La vil seducción'

 

Una pareja estelar

Todavía en letras pequeñitas figuró en los repartos de tres o cuatro películas que protagonizaban Mirtha Legrand, Zully Moreno, Fernando Lamas o Arturo de Córdoba, hasta que con Juan Carlos Thorry formó la pareja estelar de la comedia Especialista en señoras (1951). Juntos protagonizaron varias películas y algunas comedias teatrales antes de viajar a España, animados por Luis Prendes, que aseguraba que Analía tendría un éxito enorme. Llegó con un contrato del empresario Arturo Serrano para debutar en el Infanta Isabel, y allí fue a buscarla el joven productor José Luis Dibildos, dispuesto a firmarle un contrato por siete películas en tres años: Viaje de noviosLas muchachas de azulLa frontera del miedo,  Ana dice sí,  Luna de verano,  La fiel infantería Solo para hombres). 


    “¿Qué hace un hombre tan inteligente y brillante como Fernán Gómez con una guapa? ¿Qué hace una mujer tan despampanante como Analía Gadé con un feo?”. En esas preguntas del vulgo cifraba Analía el éxito popular de la pareja que formó en tantas películas con El Pelirrojo. El caso es que ella se encontró a gusto en España y además se enamoró. “Estas dos patrias nuestras”, repetía Analía frecuentemente, convencida de haberse convertido de la noche a la mañana en una actriz española, una personalidad imprescindible para ese cine español en colores que entonces empezaba.


   Fernán-Gómez y Analía miraban a cámara en el díptico La vida por delante y La vida alrededor, mucho antes de que Woody Allen patentara esa figura de estilo, para dar testimonio de las dificultades de supervivencia de una pareja de jóvenes licenciados en el Madrid de los cincuenta. En Una muchachita de Valladolid, a Analía le dobló la estupenda María del Puy por aquello de que en la severa ciudad castellana no colaba su encantador ceceo cordobés. Fue la única vez que Analía consintió –y sugirió– que la doblaran. En las muchas películas que siguieron nadie protestó por ello. Ni siquiera cuando ella y Laura Valenzuela pasaron por francesas políglotas en Luna de verano con auténtico desparpajo.


   En los años 60 y 70, Analía Gadé alcanzó su plenitud en películas de Isasi (La mentira tiene cabellos rojos), Forqué (La vil seducciónEl monumento) y Rafael Gil (Nada menos que todo un hombreLa dudaEl mejor alcalde, el rey). Trabajó también con cineastas de la nueva generación: Mi profesora particular, emparejada con Joan Manuel Serrat, y Las largas vacaciones del 36, una de las más interesantes películas sobre la Guerra Civil, ambas de Jaime Camino; o Cartas de amor de una monja, de Jorge Grau. Estupenda actriz de comedia, Analía brilló igualmente en papeles dramáticos, ya fuera de gran señora o de dama enigmática en películas de misteriosgialli de segunda división, y bordó sus papeles de prostituta en Mayores con reparos o de actriz casquivana en La vil seducción. En el teatro triunfó en La viudita naviera, de Pemán: La idiota, de Marcel Achard, Las mujeres sabias, de Molière, o Dulce pájaro de juventud,de Tennessee Williams, entre otras muchas obras.


   Hoy, en tiempos de corrección política, no se usa ya la acepción machista del piropo que dio título a la película de Forqué El monumento. Permítaseme este pecadillo y déjenme decirles que Analía Gadé era un monumento de señora.

 

Fernando Méndez-Leite (Madrid, 1944) es director de cine y teatro, y ejerce la crítica cinematográfica desde 1966. Ha sido director general de INAEM y fue el primer director de la ECAM, desde 1994 a 2011


           

           


       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

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