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20-05-2013

 
El director de la Filmoteca reclama 
 el estatus de organismo autónomo

“Tenenos suficiente entidad”, argumenta José María Prado
 


HÉCTOR ÁLVAREZ JIMÉNEZ
Hoy ocupa el despacho de dirección, pero José María Prado se acerca ya a las cuatro décadas de servicios profesionales en la Filmoteca Nacional, una institución donde firmó su primer contrato en 1976. Fue a mediados de 1989 cuando recogió el testigo de Miguel Marías como máximo responsable, un cargo por el que ya habían pasado el historiador Carlos Fernández-Cuenca o el guionista Florentino Soria. Coincidiendo con el cumpleaños número 60 de esta cinemateca, una de las más importantes —por actividad, dimensiones y archivos documentales— del mundo, Prado nos concede esta pequeña entrevista en la que se dice ilusionado como el primer día y dispuesto a seguir fijándose, pese a las dificultades, nuevos retos. No en vano, 65 empleados le respaldan en la brega diaria y el volumen de trabajo le mueve a elevar una demanda a sus superiores en el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes: que la Filmoteca, relegada administrativamente a una subdirección, recupere su condición de organismo autónomo
 
– ¿Siempre ha estado vinculado al séptimo arte?
– Cursé Arquitectura de Interiores y los trabajos que hice desde muy joven me permitieron ganar dinero para visitar festivales a los que iba poca gente. Así empecé a redactar crónicas en Cinestudio, Cambio 16 o Imagen y Sonido. La Filmoteca llevaba tiempo siguiendo mi labor y en 1976 me contrató como responsable de su programación, a la que era asiduo desde que arrancaron las sesiones periódicas en la sala California. Gracias a ellas descubrí a cantidad de autores: Roberto Rossellini, Dennis Hopper, Carmelo Bene…
 
– ¿Cuál es el logro que más le enorgullece?
– El Centro de Conservación y Restauración. Es un proyecto con el que llevo décadas obsesionado y, aunque se ha retrasado por falta de fondos, por fin es una realidad. Ha requerido una inversión cercana a los 27 millones de euros. Ahora tenemos unos 700.000 rollos de película repartidos por tres lugares: el almacén de la Dehesa de la Villa, una nave en el municipio madrileño de Meco y la sede del No-Do, más el voltio que construimos en la Ciudad de la Imagen para preservar los materiales vulnerables. El mantenimiento de todos ellos genera unos gastos corrientes tan elevados que consumen buena parte del presupuesto. El nuevo edificio va a permitir, por tanto, centralizar todo el patrimonio fílmico y ahorrar dinero.
 
– ¿Ha notado el azote de la austeridad?
– El ICAA ha sufrido recortes muy fuertes, así que nuestra partida ha caído un 20 por ciento solo en el último año, hasta los cuatro millones de euros. La labor de restauración es la más relevante que acometemos y recibe unos 500.000 euros.
 
– ¿Tiene alguna asignatura pendiente?
– Sí. Fuimos un organismo autónomo entre 1982 y 1983, hasta que Pilar Miró creó el ICAA y pasamos a ser subdirección. En el futuro esperamos recuperar aquel rango, que sí disfrutan la Biblioteca Nacional o el Museo Reina Sofía, ya que tenemos suficiente entidad. Pero el actual discurso sobre la necesidad de adelgazar la Administración nos lo va a poner difícil.
 

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