Entrevistas

26-06-2019


Lola Marceli


“Los intérpretes tenemos un punto de inconsciencia que nos salva”

 

 Este 2019 cumple tres décadas de trayectoria. ‘El súper’ la convirtió en uno de los rostros más conocidos de la televisión y encadenó desde entonces series de éxito. Hace un lustro tuvo una crisis de vocación, pero hoy recibe cada trabajo con la ilusión de un regalo. Porque conoce la incertidumbre del oficio y miedo a caer en el olvido


JUAN FERNÁNDEZ

Reportaje gráfico: Asia Martín

Lola Marceli (Alicante, 1967) parece llevar alas en los zapatos. Llega después de una larga jornada de ensayos -la primera de Mercado central, la serie diaria que grabará este verano con Diagonal TV para las tardes de TVE-, pero no hay en su rostro señal alguna de cansancio. Solo muestras de entusiasmo. Está emocionada y no lo disimula, porque este trabajo la trae de nuevo a Madrid –lleva tres años residiendo en Barcelona– y le ha devuelto al paladar el sabor dulce y fresco de otro viaje que realizó desde Málaga en 1989, hace ahora 30 años, cuando llegó para hacer un curso de teatro y sacar a pasear los pájaros que tenía en la cabeza y acabó quedándose para volar junto a ellos. Aquella veinteañera intrépida y curiosa soñaba con ser actriz. La intérprete consagrada de hoy aspira a mantener viva la pasión con la profesión que eligió el día que su padre le dijo: “Dedícate a aquello que te haga feliz”.

 

– ¿Qué sensaciones tiene al verse de nuevo en el set de rodaje?

– Es curioso, pero en este oficio siempre te sientes una primeriza. Al menos, es como yo me veo. El otro día oí una frase atribuida a Oscar Wilde que dice: “No soy lo suficientemente joven como para saberlo todo”. Me parece genial porque coincide con una sensación que tengo: cuanto más tiempo pasa, sé menos de todo.

 

– ¿También de la profesión?

– Sobre todo, del oficio. Me fascina escuchar a compañeros que son capaces de verbalizar complejas teorías sobre la interpretación. A mí, conforme pasan los años, me cuesta cada vez más explicar en qué consiste el trabajo al que me dedico. Las certezas que creía tener, ya no las siento seguras.

 

– ¿A qué lo atribuye?

– No sé. Creo que tiene mucho que ver con la naturaleza propia de esta profesión, con el objeto de nuestro trabajo. Nos dedicamos a algo tan sutil y difícil de agarrar… Interpretar es como hacer castillos de naipes, todo lo que creas es efímero. Buscamos la magia, y a veces la encontramos, pero es tan fugaz, dura tan poco… Se te cae de las manos como puñados de arena. Este es un oficio muy dado a la inestabilidad. Yo no soy de las que se llevan el personaje a casa, pero es imposible que ciertos papeles no te cambien por dentro. Es normal que a veces te entren dudas y sientas inseguridad.

 

– ¿La siente ahora mismo?

– Inseguridades las he sentido siempre, todas las del mundo, y seguiré sintiéndolas. Son inherentes al oficio. Tu relación con tu profesión, contigo misma como herramienta de tu trabajo, va cambiando con el paso del tiempo. Y en ese recorrido pasas a veces por momentos en los que piensas que todo se ha roto. Recuerdo uno especialmente, cinco años atrás, que coincidió con un curso que hice con Claudio Tolcachir. Se lo dije así: “Noto que me falta pasión, que algo se ha estropeado”.



– ¿Y qué le recomendó él?

– Aquel curso fue revelador porque me enfrentó a experiencias que no había vivido desde los tiempos de la escuela de teatro. Fue como volver al hogar de tu infancia, probar ese dulce que tomabas de pequeña y comprobar que sigue sabiendo igual. En esta profesión pasas por muchas etapas muy diferentes y nada es como creías cuando empezabas. Este es un trabajo de resistencia, de picar piedra. Estos días en Madrid me he acordado mucho de otro viaje que hice hasta aquí hace 30 años.

 

– ¿Qué buscaba por entonces?

– Vine de Málaga a hacer un curso de William Layton y recuerdo que alguien me dijo: “Tú ya no vuelves a casa”. Coincidió con una situación complicada, ya que mi padre enfermó y fue un momento duro en lo personal, pero al final aquella persona acertó: después solo volví a Málaga a recoger cosas. Los siguientes años fueron de búsqueda continua. Estudiaba, tenía varios trabajos para sobrevivir y andaba todo el rato preguntando qué había que hacer para poder ser actriz. Tenía 22 años y me sentía muy adulta. Ahora me recuerdo como una cría.

 

– En 1989 también hizo su primer papel en una serie, Brigada Central. Es decir: cumple ahora 30 años de carrera.

– En realidad llevo más tiempo porque antes hice otra cosa. En mi primer año en la Escuela de Arte Dramático de Málaga apareció por allí gente de Alemania que iba a rodar la película Locas vacaciones. Buscaban figurantes. Fue mi primer trabajo, y me pagaron, aunque la experiencia no resultó muy estimulante. El rodaje era en inglés y yo hacía de secretaria. De repente, el actor que me daba la réplica farfulló algo ininteligible. Le miré asustada y me soltó, muy sobrado: “Tranquila, esto luego lo doblan”. Yo no entendía nada.

 

– Pero la decisión de hacerse actriz la tenía clara.

– Desde que era una niña. En aquella época lo normal era que, si una cría de nueve años decía que quería ser actriz, sus padres le soltaran: “Mejor haces una carrera en serio”. Pero mi padre me respondió: “Si es lo que te gusta, adelante”. Él siempre decía que debíamos dedicarnos a aquello que nos hiciera felices. De pronto, me encontré con que me apoyaban en casa. Ahí establecí un compromiso con la ilusión de hacerme actriz. No había marcha atrás.

 

– ¿En su familia había referencias interpretativas?

– Ninguna. Mi padre era perito industrial y mi madre era ama de casa al cargo de cuatro hijos. Los dos cantaban muy bien flamenco, pero ninguno era artista profesional, aunque mi padre era muy cinéfilo y en casa veíamos muchas películas y obras teatro. Sesión de tarde, Sesión de noche, Estudio 1 y la película de La Clave eran sagrados. Me recuerdo viendo Doce hombres sin piedad en Estudio 1, con apenas 10 años. 



– Pero luego estudió Filología.

– Yo era una adolescente empollona que iba al instituto femenino de Málaga. Llegué en segundo de BUP hablando con la ese porque me había criado en Alicante, aunque mi familia era malagueña. Las compañeras me llamaban ‘la fisna’. Engañada por lo fácil que me había resultado COU, empecé Filología mientras hacía el Preparatorio para Arte Dramático. Intenté compaginarlo, pero en tercero dejé la universidad porque todo el tiempo y la atención los dedicaba a la Escuela. Me arrepiento de no haber terminado la carrera.

 

– ¿Cómo entró en el ámbito profesional?

– En el primer año del curso de Layton fui a un casting y me encontré a un jefe de dirección que había conocido en Brigada Central. De esa prueba me pasaron a una de esas series enormes que se hacían entonces, solo que esta se terminó quedándose en proyecto. Álvaro del Amo me llamó para hacer teatro en el Olimpia con Javier Hinojosa y Lola Mateo, y poco a poco empecé a meter la cabeza en televisión. Tuve la suerte de pillar la eclosión de las cadenas privadas, que hacían muchas series. Hasta que un buen día me llamaron para hacer El súper.

 

– Y ahí cambió su historia.

– Aquello fue una sorpresa. Ninguno de los que estábamos en la serie pensábamos que iba a tener tan buena acogida. Se convirtió en un auténtico fenómeno. Fue la primera vez que me dije: entiendo a los Rolling Stones. Yo no había vivido antes eso de entrar a un sitio y que la gente me mirara o viniera a pedirme autógrafos. Allí estuve tres años. Luego, también por sorpresa, me cogieron para La spagnola, que fue un exitazo, y tras volver a la tele para hacer Hospital Central, empecé a enlazar series.

 

– ¿Recuerda el momento en que pensó que ya era una artista consagrada?

Esa sensación no la he tenido nunca. Ni siquiera ahora. No sé si otras actrices la tienen, pero me atrevo a afirmar que en esta profesión todos sufrimos el miedo atávico a que se olviden de ti, por muy bien que te vaya en un momento dado. Quizá porque sabemos lo que son las crisis y que pasen los meses sin que suene el teléfono.



– ¿Se acostumbra una a esa incertidumbre?

Te acostumbras a la mala sensación que conlleva la incertidumbre. No es agradable, pero es intrínseca al oficio. Si no, seríamos funcionarios, que saben que tienen un puesto fijo hasta la jubilación. Los actores lo soportamos porque tenemos un punto de inconsciencia que nos salva. Por otro lado, esa inseguridad te mantiene joven, te obliga a moverte, estudiar, hacer cursos… Aquí no puedes apoltronarte ni aburguesarte.

 

– ¿Usted qué suele hacer?

– Me pongo disciplinas de estudio que me ayudan a ordenarme la cabeza. Teatro, piano, catalán… lo que sea. La empollona que llevo dentro necesita la estructura mental que aporta el estudio. En Barcelona he descubierto otras formas de acercarme al trabajo. Es curioso, pero allí la gente se lo curra mucho por su cuenta, es raro encontrar a un actor que no tenga su grupo de teatro al margen del circuito oficial. He adoptado esa forma de ver el oficio. Junto a mis amigos australianos, en los últimos tiempos he andado detrás de la producción de la película Siempre he querido dirigir, donde he hecho de todo, desde interpretar a buscar localizaciones o traducir textos. Ha sido una experiencia rejuvenecedora.

 

– Ahora empieza a grabar una serie diaria. ¿Con qué espíritu afronta el reto?

– Con el mejor, porque la tele te obliga a tener el motor caliente. Es como la masa madre, que crece a diario. Has de tener la cabeza siempre a punto y la maquinaria engrasada, y eso es un ejercicio muy sano. Lo sé por experiencia, porque fui muy feliz haciendo series diarias como Amar en tiempos revueltos o Bandolera. Te permiten desarrollar un trabajo constante, probar cosas y profundizar. Es oficio puro y duro.


– Ha aparecido más en la televisión que en el cine. ¿Lo eligió usted o el destino?

– Nunca he tenido la sensación de dirigir mi carrera, ha sido un trabajo el que me llevaba al siguiente. Todos querríamos tener la trayectoria de Nicole Kidman, que hace películas buenísimas, luego una obra increíble en Broadway y después una serie estupenda en HBO, pero la realidad de una carrera es la que es. El actor siempre tiende a culparse a sí mismo. Si vas a un casting y no te cogen es inevitable señalarte, pero hay factores externos, como el encaje de tu perfil en el reparto, que influyen en que no hagas ciertos papeles. No se trata de tu falta de talento.

 

– ¿Su físico ha influido mucho en su trayectoria?

– Sin duda. A mí y a todos. Soy consciente de que tengo una presencia física determinada y que a la gente le cuesta imaginarme en otros registros. Acabo de hacer el corto Bajo la palmera, ambientado en el Níjar de Bodas de sangre, donde salgo como Terele Pávez en Los santos inocentes: sin maquillar, de luto, con el pelo grasiento. Me ha encantado. No porque te afeen lo haces mejor. Se trata, simplemente, de probar que tienes otros perfiles.

 

– A estas alturas de su andadura, ¿cree que acertó cuando su padre le dijo que eligiera la profesión que la hiciera feliz?

– Sí, aunque a veces me he preguntado si metí la pata y solo me dediqué a seguir una flipada que me dio. Conozco a gente que ha dejado la profesión y es feliz, que no echa de menos subir a un escenario. Me merecen mucho respeto, no es fácil vivir ese proceso, porque este oficio tiene algo de religión. Yo sí conservo las ganas de seguir, y empezar una serie diaria lo considero un regalo. En mi caso, la novedad es que a estas alturas de mi vida estoy aprendiendo a aceptar los regalos. 

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