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07-03-2018

En el Centro Actúa de la Fundación AISGE, el pasado 27 de diciembre (foto: Enrique Cidoncha)

En el Centro Actúa de la Fundación AISGE, el pasado 27 de diciembre (foto: Enrique Cidoncha)

 
Los ojos de Penélope
 
El César de Honor se convierte en el refrendo internacional definitivo para la actriz madrileña. Pero, por mucho que se empeñen los franceses o Hollywood, uno siempre pertenece al lugar en el que empezó a soñar
 
 
LUIS MARTÍNEZ
No hace mucho, quizá sólo una decena de años, Pedro Almodóvar relataba en lo que entonces era un blog (¿se acuerdan?) un mensaje de voz perdido en su teléfono. Era de Penélope y había sido grabado desde el rodaje del musical Nine, de Rob Marshall, en los estudios romanos de Cinecittá. “Me decía que a su lado tenía a Sofía Loren... ¡Penélope Cruz y Sofía Loren juntas! No soy mitómano, pero quiero verlas y hacerme una foto con ellas”. El manchego, con el que Cruz acababa de terminar Los abrazos rotos, es de alguna forma responsable de casi todo; de casi todo lo que tiene que ver con el cine español reciente. Y, en consecuencia, siempre que ha tenido ocasión, la actriz que mejor ha pasado, y pasa, por el cine español ha confesado que Pedro es Pedro, incluso ¡Pedroooo! Eso y que el director le provoca “tanto miedo como adicción”. Y Almodóvar, otra vez, le devuelve el cumplido como sólo él sabe hacerlo: citándose. “Cada vez que veo a Claudia Cardinale pienso en Penélope (en lo que sueño que debería ser su carrera)”, dice.
 
 

Recibiendo el César de manos de Pedro Almodóvar

Recibiendo el César de manos de Pedro Almodóvar

 
 
   A principios de este marzo, los Premios César de la Academia francesa con el patio de butacas en pie han querido rendir honores a la actriz. Quizá ahí se encuentre la clave de su universalidad. Ha trabajo en España, Italia y, por supuesto, Estados Unidos, pero muy poco, apenas nada, en el país vecino. Y, sin embargo, nada es digno de ser considerado relevante hasta que Francia no lo hace suyo; hasta que el país de la Palma de Oro decide que es el momento. Puede doler un poco, pero es así. Nuestros vecinos, al contrario que nosotros, quieren tanto lo que les pertenece que para que algo les apasione tiene que ser francés. O no ser. A nosotros, en cambio, sólo nos gusta algo si de, puro excelente, ni parece español. Pero eso es otra historia. O la misma, pero mucho más larga.
 
 

Descargar'>En la piel de Raimunda ('Volver', 2006)

En la piel de Raimunda ('Volver', 2006)

 
 
   La pregunta es cuándo Penélope dejó de ser sólo española para ser de todos. O, de otro modo, cuándo fue tan española que sólo podía ser universal. Si hubiera que poner una fecha, esa –se me ocurre– podría ser un día cualquiera de 2006, cuando dio vida a Raimunda en la almodovariana Volver. Su trabajo ahí mereció una nominación a los Oscar (la primera de tres), pero sobre todo nos colocó a todos, espectadores de un lado y otro del planeta, ante la medida exacta de un cuerpo menudo que ha hecho del movimiento su razón de ser. Penélope es mucho más Penélope cuando mueve los brazos. Por entonces, llevaba ya años dándose de bruces contra su acento demasiado madrileño para Hollywood y contra un buen número de papeles incapaces de dar con la justa medida de su instinto, de su talento, de su braceo, del fulgor irrefutable de sus ojos.
 
   “Llevo 16 años trabajando en Europa y seis en Estados Unidos, y los personajes de aquí [por Europa] tienen otra profundidad, te exigen más. Espero encontrar algún día eso en Hollywood”, declaró en su momento. Y ese día llegó gracias al más europeo de los cineastas de Hollywood y, qué cosas, en Barcelona. Sí, hablamos del ahora denostado Woody Allen. Contaba el director en un comentario que hoy mismo sería censurado que la primera vez que vio a Penélope lo tuvo claro: “Ella es arrebatadora y más sexual de lo que imaginaba. Durante la entrevista, mis pantalones se prendieron fuego”. Mejor, tal como están las cosas, olvidarlo. Aunque ahí queda.
 
 

Descargar'>El papel de 'Vicky Cristina Barcelona' por el que conquistó el Óscar

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   Pero antes del gran salto al sol de Los Ángeles y al calor de la fama planetaria, hubo otro brinco, quizá diminuto, que lo determinó todo. Incluido este texto. No queda claro cuándo la chica nacida en 1974 en el municipio madrileño de Alcobendas decidió ser estrella. Quizá fue mientras estudiaba ballet clásico o, como confesó tiempo atrás, el día que fue a ver ¡Átame! (siempre el mismo). Entonces, desde la altura de los 13 años, no contaba con la edad reglamentaria que una película como esa y una moral como la nuestra exigían. Se hizo pasar por mayor de lo que era y quedó deslumbrada. Ya nada tuvo remedio. O quizá puede ser que todo empezara mientras hacía sus pinitos en el videoclip La fuerza del destino, de Mecano, o cuando se fajaba entre la muchachada junto a Jesús Vázquez en el programa La quinta marcha. Quién sabe, tal vez el verdadero principio de todo se encuentre incluso antes: la primera vez que movió los brazos o, más sencillo, el momento exacto en el que abrió los ojos.
 
   Sea como sea, cuando se presentó por primera vez delante de Bigas Luna para su papel de Silvia en Jamón, jamón al lado de Javier Bardem, ya estaba todo decidido. “La recuerdo”, comentó un día perdido el director que más la quería, “como la auténtica Perla de Monegrillo [por la región aragonesa de los Monegros en la que discurría la cinta]. Llamaba la atención el arrojo, la determinación. Daba la impresión de que nada ni nadie la podía parar. Y así ha sido. Hay que tener cuidado de lo que se desea... puede acabar por jugarte una mala pasada”. Y Bigas se reía: “Coincidí con Tom Cruise en Hollywood y me dijo yamón, yamón a gritos. Él también se había dado cuenta”. El tiempo ha querido que los dos jóvenes actores que se conocieron en el corazón más árido de una España fundamentalmente árida acaben por estar juntos, con dos hijos y convertidos en las personalidades más conocidas y admiradas en el ancho mundo –empezando por Francia– que ha dado esa misma y eterna España árida.
 
   Por el camino que aún continúa quedan dos premios Goya; papeles memorables como el de La niña de tus ojos, de Trueba; un David de Donatello italiano por su desgarrado papel en No te mueves, de Sergio Castellito, o el lejano recuerdo del desparpajo generacional en Todo es mentira. Y, cómo olvidarlo, unos cuantos desastres con parada obligada en eso que se llamó Sahara. Y en Manolete, por qué no. Toda estrella para serlo de verdad tiene antes que ser muy consciente de lo duro que es el suelo. Pero, por encima de todo, quedan la ambición, los ojos y, en efecto, el movimiento.
 
 

Su triunfo en Hollywood

Su triunfo en Hollywood

 
 
   Cuando recogió el Óscar se declaró de Alcobendas. No somos pocos lo que en más de una ocasión nos hemos visto intentando explicar a un foráneo el significado de esa declaración. ¿Qué significa ser de Alcobendas? Probablemente lo mismo que haber nacido en Campo de Criptana o crecido en el pueblo napolitano de Pozzuoli. No en balde, como le gustaba recordar a Bigas, un hilo invisible cose las carreras de Sara Montiel y Penélope. Y otro, como prefiere Almodóvar, une las de Sofía Loren y Penélope. Tal vez lo que hizo sobre el más célebre de los escenarios fue simplemente reconocerse, pese a todo, española. Con todas y cada una de sus contradicciones y heridas. Por mucho que se empeñen los franceses y Hollywood, uno siempre pertenece al lugar en el que empezó a soñar. O, en el caso, de Penélope, al sitio exacto en el que abrió los ojos por primera vez. Y para siempre.
 
 
Luis Martínez es periodista y crítico de ‘El Mundo’

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