Entrevistas

17-06-2019


Sergio Villanueva


“La carrera del actor es complicada si no estás cada día reinventándote”

 

Actor, director, guionista e incluso escritor de novela histórica: todo un referente en el panorama valenciano. Y no solo, porque le vimos como Chicho Ibáñez Serrador en ‘El Ministerio del Tiempo’ y tentará a Charo López para un proyecto suyo con José Luis García Sánchez


 

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA (@cpziriza)

Reportaje gráfico: María Carbonell (@maval69)

Acostumbrado desde hace más de dos décadas a meterse en cualquier clase de fregado que tenga que ver con la interpretación, Sergio Villanueva (Valencia, 1972) es la viva imagen del actor todoterreno. Recientemente apareció en la pequeña pantalla dando vida al añorado Chicho Ibáñez Serrador en El Ministerio del Tiempo, ha participado también en Acacias 38 y ha publicado la novela histórica El secreto de los nocturnos. Pero todo eso no es más que la punta del iceberg de una carrera en la que ha dirigido películas (Los comensales, Biznaga de Plata en el Festival de Málaga hace tres años), ha tramado obras teatrales (con Lavinia ganó el Premio del Corredor Latinoamericano) y aún tiene tiempo para anunciarnos un próximo texto sobre Yerma junto a Juan Diego Botto. Estamos sin duda ante un clásico tanto de la escena valenciana como estatal. 


¿Cómo se le ocurrió dar el salto a la novela histórica con El secreto de los nocturnos tras haber publicado otros libros previos muy diferentes?

- Me considero ante todo un contador de historias. Me he posicionado más como actor, pero no sé si uno nace con esa idea poliédrica en la cabeza o es el hecho de no tener siempre trabajo como actor lo que genera el interrogante de por dónde salir. La novela era un posible guion de cine. Nació de un hallazgo histórico que sucedió en 1589, con la industria del teatro en Valencia. Y entonces me di cuenta del filón para contar la historia de un grupo de gente que se reunía para trasvasar conocimientos e ideas, a escondidas de la Inquisición, para luego intentar mostrarlo mediante el subtexto del teatro. Le di a ese guion formato de novela. Siempre son temas que me tocan como actor, y cosas en las que participaría como actor.

 

Quizá por eso dirigió Los comensales, ganadora de la Biznaga de Plata en Málaga en 2016, donde contó con Juan Diego Botto, Silvia Abascal, Sergio Peris-Mencheta… No deja de ser una muestra de teatro dentro del cine: sus actores barajan la posibilidad de montar una obra teatral y acaban hablando sobre sus propias vidas.

- Sí, es un homenaje al oficio, una declaración de intenciones. Uno de los objetivos de mi vida era saber a qué me quería dedicar, que es algo que mucha gente no logra. Y supe que mi camino era ser actor y estar con actores. Compartir viajes con ellos. Es lo que más me ha gustado desde que tengo conciencia teatral. Porque no vengo de familia artística: estaba estudiando Económicas cuando me metí en un grupo de teatro al que llegué para probar y me quedé enganchado. Fue el veneno del teatro. En la época de Los comensales me di cuenta de que los intérpretes estábamos separados de los espectadores, en gran medida por culpa de las instituciones. Y eso es lo menos sano que puede ocurrir en una sociedad moderna y democrática. Los griegos combinaban la política con el teatro. Una sociedad no puede desvincularse de sus creadores. 

 



 

Habla de teatro y cine, pero le resulta familiar también la televisión. ¿Con cuál de ellos se queda?

- Últimamente lo que más me pone es entretener, al tiempo que dejamos una puerta abierta para que la gente se vaya a casa haciéndose preguntas. Y vibrar socialmente con la herramienta del teatro, del cine o de la televisión, porque este oficio es social. A veces toca trabajar en productos más comerciales, que también pueden apetecer mucho. Recientemente trabajé en Por delante y por detrás, una obra teatral que es vodevil y comedia de género. Y estuve durante una temporada, con lo que ello tiene de repetición, que es muy importante. De todos modos, por mi infancia, por mi biografía, creo que soy más de cine. Más de una vez me han dicho la cara de felicidad que se me pone cuando estoy en un rodaje. Hay algo especial. Es como estar en mi cielo. Lo que es imposible de sustituir en teatro es el proceso, la capacidad de equivocarnos, de probar cosas como si fuéramos científicos. El hecho de no tener muy claro hacia dónde se va es una escuela del ser humano. El cine es más inmediato y la tele es un “aquí te pillo, aquí te mato”. Juan Luis Galiardo decía que el teatro es el señorío del actor, el cine es el prestigio y la televisión es la popularidad. Yo he hecho mucha tele, pero circunstancial. En El Ministerio del Tiempo hice de Chicho Ibáñez Serrador, un ejemplo de cómo disfruté creativamente por el lugar, el equipo, la escenografía... Me sentía como si rodara cine en la más alta liga.

 

Encarnar al entrañable Ibáñez Serrador, un creador tan significativo para quienes sobrepasamos los 45, le generaría una ilusión especial… 

- Para mí era como un pico de gloria, como un homenaje a mis abuelos, con quienes veía el Un, dos, tres...Recuerdo esa voz que aparecía cuando había un conflicto en el programa o este iniciaba una nueva temporada, una voz que se me ha quedado grabada para toda la vida. Me recuerda cómo eran los viernes en la casa de mis abuelos en el barrio de Orriols. Es un personaje que conecta con mis raíces. Y le dediqué lo mejor. Fue un honor porque adoraba a Chicho como creador: veía toda la tele de la época cuando era un niño. Y me impactó mucho La residencia [1969], por ejemplo. 

 



 

Mencionaba antes a Juan Luis Galiardo, sobre quien escribió el libro Quiero decirte, basado en conversaciones con él. Cuéntenos algo sobre él y sobre cómo valora su singular trayectoria.

- Es una de las carreras más fascinantes para analizar del cine español. Habría que cuidar ese vínculo con la memoria que tienen los actores. Es algo que nos vincula con nuestra historia. Pero nosotros estamos en la cultura del no acordarnos. A Juan Luis Galiardo le quise mucho, trabajé mucho con él, es uno de mis padres espirituales. Cuando su papel de galán entró en declive viajó a EEUU y México, donde llegó a recibir consejos de Sophia Loren y Charlton Heston. Tuvo una depresión mientras rodaba con Heston La selva blanca [1972], y a partir de ahí empezó a reencontrarse. Había vivido para el éxito de los otros, no para el suyo. Su salvación llega cuando Rafael Azcona y José Luis García Sánchez le van llevando al lugar del histrión que se ríe de sí mismo. Azcona le aconsejó que se convirtiera en nuestro Sordi o Gassman. Y ahí vio la luz. Desde las siete de la mañana manejaba muchas cosas, no paraba nunca. Tengo el honor de haber participado en Adiós con el corazón (2000), de García Sánchez, y cuando la vi tuve claro que se merecía el Goya. Y se lo dieron porque estaba glorioso. La carrera del actor es complicada si no estás cada día reinventándote. Antes era cada cinco o 10 años. Ahora es cada año. 

 

 

Ha actuado para directores como García Sánchez, Bigas Luna, Achero Mañas o Gerardo Vera. ¿De quién guarda mejor recuerdo?

- Yo estaría siempre rodando con José Luis García Sánchez. Ahora estoy metido con él en un guion que entregaremos a Charo López. Estamos esperando a ver dónde nos lleva. Sobre Achero Mañas, el último con quien he trabajado, puedo decir que no he visto en muchísimo tiempo tanto respeto a la libertad actoral como el suyo. Porque es actor e hijo de actores.

 

Esa consideración no es lo más común...

-No. Nuestra industria audiovisual es de las más maleducadas que hay. Tiene integrada en su normalidad la no respuesta. Y la callada es un insulto.

 

No es ciudad para actores


Sergio Villanueva está más que habituado a vivir entre Madrid y Valencia, y asume que la segunda siempre ha sido una ciudad más complicada para abrirse paso en la profesión. “Valencia es una trampa hermosísima para un mediterráneo, porque soy muy feliz aquí, pero a nivel creativo nadie se puede desarrollar: la burguesía consumidora de cultura no existe, son solo casos aislados. Y eso es un conflicto eterno porque el arte y la cultura se nutren de la venta y compra de entradas”, afirma. Lamenta que “aquí la gente no conoce a sus actores, al contrario que en otros territorios”. Y no culpa de ello solo a las instituciones, sino “a la desidia”. La misma que ha provocado que “en 20 años no haya habido una película valenciana con repercusión en el circuito nacional”. Pese a ello, prefiere ser optimista, ya que “ahora el mundo está globalizado y se puede rodar para Netflix desde Uruguay para que te vean en Japón”.


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