Entrevistas

10-01-2019

“Tengo tendencia a
encenderme como una llama”

 

Nació y creció en el teatro independiente entre Valencia y Barcelona. Más tarde se convirtió en actriz de confianza para los mejores directores escénicos del país y en rostro habitual de exitosas series



PEDRO PÉREZ HINOJOS

Pudo disfrutar de una apacible vida como profesora de francés, pero sus esfuerzos y el azar se conjuraron para proporcionarle una existencia algo más agitada pero fascinante como actriz. A Teresa Lozano (Valencia, 1944) le avala una trayectoria dramática de lo más completa, que despertó en casa con el ejemplo de sus progenitores. De su padre, un acreditado pintor, aprendió la exigencia de entregarse al arte. De su madre, un ama de casa de lo más “teatrera”, el gracejo y la agudeza. Un estreno universitario y dos estancias oportunísimas en Madrid y Barcelona, en la primera como espectadora y en la segunda como aprendiz, terminaron de cuajar su vocación. Con el Teatre Lliure acabó haciéndose un nombre y un hueco. Varias decenas de obras de teatro después, más un notable repertorio en televisión y cine, Lozano sigue muy activa, preparando una función con Salva Bolta para el mes de abril. Y va a continuar disponible para lo que surja y le interese, fiel a su marca de intérprete instintiva y en aprendizaje perpetuo.

 

Esto no se ha acabado, sigue usted trabajando. ¿En qué anda ahora?

Estoy jubilada, pero hago cosas. Las que me apetece hacer. Teatro es lo que menos hago porque no quiero enrolarme en más giras. Me cansan. Tampoco hago mucha tele porque lo último que me han ofrecido no me interesa. Y en cine hago más cosas. Ahí está Ola de crímenes, por ejemplo. Pero insisto en que hago lo que quiero. Viajar con mi marido y las nietas tienen prioridad.

Para no haber tenido raíces actorales, aunque sí un padre “artista pintor”, y haber despertado poco a poco la vocación, no ha estado nada mal su andadura. 

– Mi padre nos decía que, cuando nos preguntaran por su profesión, respondiéramos eso de “artista pintor” para no confundirlo con pintor de brocha gorda. Mi madre sí tenía vena de actriz. Poseía un sentido del humor muy ácido, muy agudo, siempre daba en el clavo. De mi padre heredé más la actitud, el compromiso con el hecho artístico. Él vivía por y para la pintura. Creo que heredé su entrega. Pero mi madre era la teatrera. Pienso que de ahí me viene más la afición.

 

Para su formación como actriz resultó decisivo estar en Madrid y Barcelona en los momentos justos. ¿Lo buscó o fue suerte?

– Pues sí, mucha suerte. Aquí en Madrid empecé como espectadora. Vi muchísimo teatro. Luego me trasladé a Barcelona, siguiendo a mi marido, que estudiaba allí. Caí en la escuela Estudis Nous de Teatre y conocí a Lluís Pasqual, Joan Font, Armengol… Boadella era profesor. Igual que Maria Aurèlia Capmany. Conecté con todos. Después estudié en el Centre d’Estudis Teatrals d’Horta con Pep Montanyès e hice mis primeras funciones cara al público. Aún de manera semiprofesional. Aunque volví a Valencia, donde empecé a hacer teatro, ya para siempre mantuve el vínculo con aquella gente.

 

¿Pero no tuvo un debut anterior, en la universidad?

– Sí, fue con la obra El oso, de Chéjov. La representé cuando estudiaba Filosofía y Letras en Valencia. Me dirigió Magüi Mira, que era compañera mía. Lo hicimos para el paso del ecuador de carrera. Fue una primera experiencia muy bonita.



¿Y en qué momento entendió que este era su oficio?

– Tal vez cuando empecé a hacer obras en Barcelona. Comencé en el teatro por la necesidad de expresarme. Siempre fui una chica timidísima. Y eso era como una terapia. Pero al empezar a ofrecerme trabajos del Teatre Lliure, con Lluís Pasqual, cambió mi manera de tomarme las cosas: comprendí que tenía que comprometerme con la profesión. Hasta entonces me consideraba simplemente una licenciada en Filología que daba clases de francés en un instituto para poder sostenerse.

 

¿Le costó mucho adaptarse a esa nueva vida?

– Para mí la interpretación siempre ha sido una cuestión de superación. Así me lo tome desde el primer momento. Debía aprender, trabajar, perfeccionar. Y mi marido me ayudó mucho. Él comprendió que aquello era mi vida, me apoyó al cien por cien, lo cual me permitió dedicarme de lleno.

 

¿Qué otras personas considera decisivas en su carrera?

– Lluís Pasqual ha sido mi maestro y mi compañero. Hoy sigo aprendiendo de él, porque en esta profesión nunca se deja de aprender. Lo último que hicimos juntos fue El rey Lear, al lado de Núria Espert. Fue extraordinario. Rosa Maria Sardà también ha sido muy importante para mí, he trabajado en muchas ocasiones con ella. Y me dirigió en una función. De ella he aprendido sobre todo la vulnerabilidad del actor. La Sardà es tremendamente grande y tremendamente vulnerable. Todos los actores llegan a un punto en que, después de pelear durante años para superar barreras y miedos, diciéndose “esto lo tengo que superar como sea, esto lo tengo que vencer”, simplemente dejan de insistir. Y lo aceptan. Eso puede ser hasta enriquecedor.

 

Antes hablaba de su timidez, un rasgo en el que se reconocen muchos de sus compañeros. ¿Cree que es una buena cualidad para la interpretación?

– Es posible. También te digo que igual que soy tímida, sobre un escenario puedo ser de lo más impúdica. Y al nivel más vulgar que puedas imaginarte [risas]. Pienso que en el teatro no hay límites. Te lanzas y no ves al final. Al menos yo, que no soy una actriz formada en el método, lo entiendo así. Hay que correr riesgos, porque para pararte ya está el director. No tengo miedo a arriesgarme y sacar el máximo de un personaje.

 

Ha trabajado para Narros, Strasberg, Portaceli, Vera… ¿Le han puesto muchos límites?

La verdad es que me han tenido que rebajar. Tengo tendencia a escaparme. Me inflamo, me enciendo como una llama… y me tienen que parar. Me muevo más por instinto que por método.

 

¿Y ante cualquier género?

Siempre me han solicitado más para comedias. No creo que todos sirvamos para todo, y yo no me veo haciendo tragedia. Sí he hecho alguna, y también papeles dramáticos. Pero creo que lo mío es la comedia. Aunque a estas alturas de partido estoy perdiendo la vis cómica [risas]. Supongo que con la mochila que se lleva a estas edades, el humor se hace más ácido, más oscuro. Cuando eres joven todo te sale más fresco, más luminoso, todo es más lúdico.



Además de permanecer en el teatro, en los últimos tiempos ha intervenido en series populares, desde Los Serrano a Amar es para siempre pasando por El internado o El tiempo entre costuras. ¿Hay algún trabajo del que guarde un recuerdo especial?

– He tenido la fortuna de poder pasar por series muy importantes. Le guardo mucho cariño a Mujeres, de Dunia Ayaso y Félix Sabroso, pues fue un trabajo increíble. Cuando terminé la serie pensé: “No me importa no hacer más televisión después de haber hecho esto”. Fue muy especial grabar durante siete meses 13 capítulos con aquellos directores tan extraordinarios, complementarios y con ese peculiar sentido del humor.

 

En cine, en cambio, no se ha prodigado tanto. ¿Lo ve como una deuda pendiente?

– Se ha dado así y nada más. Siempre he aprendido con el cine. En la última de Gracia Querejeta [Ola de crímenes] lo he pasado genial y he aprendido una barbaridad.

 

¿Se prepara igual para todos los papeles, sea en teatro, televisión o cine?

– Estudio mucho. El salto al vacío en el teatro lo tengo muy asumido. En televisión, curiosamente, tengo miedo a equivocarme, a tener que repetir. Por eso lo llevo siempre bien aprendido. Que por mí no sea… [risas]. Estoy aprendiendo ahora que hay diferencias, que hay otro tipo de intensidad, de meterte en el papel y desarrollarlo. Pero no me relajo nada.

 

¿Qué desgasta más?

– En el teatro desgasta el día a día, el permanente intento de no mecanizar. Buscas siempre estar atenta, escuchar, mirar… Los actores tenemos mucho miedo a la mecanización. Es verdad que quizá pierdes en frescura, pero también ganas a la hora de aportar nuevos matices. Profundizas. Es un toma y daca con el que lidias. Y hay que aceptarlo. Pero es muy cansado. El día de la función solo te tranquilizas cuando sales del escenario y te vas a cenar. Te descargas, te liberas. Y al día siguiente vuelves a cargar con la mochila y la tensión.



¿Cómo se lleva con la gente joven?

– Aprendo muchísimo de su actitud, de su valentía, de su talento. Me quedo boquiabierta viendo a algunos chicos y chicas. Me asombra la preparación y la profesionalidad que tienen pese a su juventud. Quizá en mi generación tuvimos más oportunidades y ahora cuesta más vivir de este trabajo, que se ha de compatibilizar con otros para salir adelante. Hay muchas cosas que mejorar en materia de gestión cultural. Pero a mi alrededor veo mucha vitalidad, muchas ganas.

 

Dice Silvia Marsó que en este oficio hay que entrar sin expectativas pero trabajando con todo el entusiasmo y la energía de mundo.

– No puedo estar más de acuerdo. En esta profesión hay que estar preparado para todo. No es justa, no te devuelve todo lo que tú le entregas. Es una inversión a fondo perdido. Hace poco hice un corto. Yo solo ponía la voz, pero y veía a los chicos y a las chicas rodando… y no salía de mi asombro. Qué trabajadores son, qué calidad tienen. Hablaba con ellos y me contaban: sé que lo tienen muy difícil. Pero solo el hecho de ofrecerte, de dar tu arte en una función o en un rodaje, ya es una gratificación inmensa.

 

¿Qué le queda por hacer?

– A veces siento envidia de esos montajes donde se innova, donde se introducen novedades artísticas o un director crea cosas originales. Me encanta la vanguardia, tal vez porque mi cuna fue el teatro independiente. Todo lo hecho, hecho está, pero me gustaría probar cosas nuevas. Me veo con fuerzas todavía.

 

 

Berlanga y la periodista incisiva

Reconoce Teresa Lozano que “llegó tarde” al cine y que ha hecho menos películas de las que le hubiera gustado. Pero puede presumir de haber trabajado junto a algunos de nuestros mejores cineastas, entre ellos su paisano Luis García Berlanga. A sus órdenes rodó Todos a la cárcel, típica comedia tumultuosa del maestro valenciano en la que ella encarnaba a una “periodista incisiva, tipo Mercedes Milá”. La experiencia resultó inolvidable. “Aquellos planos secuencia con tanta gente eran un verdadero lío porque ya no sabías a quién correspondía cada marca pintada en el suelo”, rememora Lozano. Semejante panorama le recodaba al teatro porque solo “daba tiempo a entrar en situación y a interactuar. Era divertidísimo, había que repetir muchas veces. Una vez le dije a Luis: ‘Cuando yo repito tanto llega un momento en que me puedo equivocar’. Y él me respondió: ‘Hombre, Teresa, no me jodas”.


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