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01-02-2016 Versión imprimir

 
 
Inma Cuesta

 
En el arte, lo valiente y lo honesto es transgredir”


La actriz valenciana cierra una temporada de vértigo con su candidatura al Goya por ‘La novia’ después de haber rodado en Argentina con Darín y en España con Almodóvar
 
 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Si hubiera que definir con dos frases hechas la carrera de la actriz Inma Cuesta (Valencia, 1980), estas podrían ser “llegar y besar el santo” y “ascenso meteórico”. Con 25 años se estrenó profesionalmente sobre un escenario como coprotagonista de uno de los montajes más exitosos de las últimas décadas, el musical de Nacho Cano Hoy no me puedo levantar. Poco después debutó en la pequeña pantalla –también con papel protagónico– en el culebrón que disparó el resurgimiento de las telenovelas de producción nacional, Amar en tiempos revueltos.
 
   La candidatura al Goya a mejor actriz por su papel en La novia (Paula Ortiz, 2015) es la guinda al pastel de un año que ha tenido a la actriz de acá para allá en cuatro rodajes de mucho peso. Cuesta es una mujer de cuerpo menudo y esbelto, con una espesa mata de cabello oscuro y ojos de vocación incendiaria. Una primera impresión de fragilidad física se ve rotundamente desmentida por la fortaleza e independencia de su discurso, en el que hay pocos titubeos, bastantes certezas y mucho pragmatismo.
 
 
 

 
 
 
Una novia en miércoles
En el pasado trimestre se estrenaron sus dos últimos trabajos: ‘La novia’ y ‘Los miércoles no existen’. Empecemos por este último. ¿Es una comedia más o ha tenido algo de especial?
– Mientras que Tres bodas de más era una comedia disparatada, esta se halla más cerca del tono de Las ovejas no pierden el tren. En Los miércoles..., el humor es un vehículo para hacer un retrato generacional con el que yo parcialmente me identifico. Se tocan todos los temas que nos afectan: las relaciones de pareja, el matrimonio, el trabajo, la maternidad... Yo, por ejemplo, tengo 35 años. Estoy a la mitad de mi vida, más o menos, y siento que todos estos asuntos me tocan muy de cerca. Parece una tontería, pero no lo es; inevitablemente a cierta edad uno hace balance de dónde está, de dónde proviene y hacia dónde se dirige.
 
– ¿Y cuál es su balance?
Muchas de mis amigas se han casado, yo no, y no creo en el matrimonio; aún no tengo hijos ni sé si los tendré; en fin... Cuando te sales de la norma eres un poco bicho raro. Bueno, ya no tanto como antiguamente, claro. En cuanto al trabajo, estoy muy satisfecha y me considero afortunada. Mi caso es aislado, la excepción que confirma la regla, porque el noventa por ciento de mis compañeros de carrera se están matando para intentar trabajar. Volviendo a la película, el retrato que se hace en Los miércoles... tiene muchas de las cosas que a mí particularmente me rodean: amigas que son madres solteras, amigos de cierta edad que aún no saben por dónde tirar, etc.; pero también amigos que han formado una pareja estable con hijos, segundo coche y segunda residencia. Todo el abanico está tan vivo en esta comedia como en mi entorno.
 
– Peris Romano es nuevo en la dirección, pero también lo era en la versión teatral precedente. ¿En qué le ha sorprendido?
– Mi personaje es el de una escritora que, según él me aseguró, es algo así como su alter ego. Ser el otro yo del autor era una novedad para mí. Me gustó la estructura narrativa, aunque reconozco que puede llegar a ser algo confusa (yo tenía que tomar muchas notas para no perderme). Y me sorprendió muy gratamente el papel de la música y las canciones como hilo conductor de la película y como discurso interior de los personajes. Yo misma soy muy peliculera y me ha pasado ir por la calle escuchando una canción y que lo que ocurre a mi alrededor se convierta en una especie de videoclip; de esa misma manera la música en la película constituye otra dimensión. También me ha encantado la estética indie que tiene, con grafismos sobreimpresionados y otros elementos de estilo.
 
– Según la crítica, es una excelente comedia, pero fue devorada por otros estrenos. En cambio, en teatro va ya por su quinta temporada. Con lo que cuesta hacer una película, resulta cruel, ¿no?
– Evidentemente se hace todo lo que se puede para llegar al público, pero a veces no es suficiente la promoción. Es una lástima. Y sí, es cruel. El resurgimiento del teatro es un síntoma de su propia naturaleza: el teatro no se puede sustituir por nada.
 
 
 

 
 
 
   Inma Cuesta viajó incluso a Tallin, capital de Estonia, para asistir al estreno de La novia. Fue, asegura, la primera vez que viajaba para promocionar una de sus películas; “y no por falta de ganas”. Finge enfurruñarse cuando recuerda que no pudo ir a Panamá con La voz dormida. “No es justo. Yo quiero ir a todos los sitios, pero no puedo. El caso es que esta vez sí. Aunque he pasado un frío de espanto, la experiencia con el público estonio ha sido fantástica”.
 
– ¿Pueden entender los estonios un drama rural andaluz?
– La cuestión es que la adaptación que ha hecho Paula Ortiz no tiene nada que ver en absoluto con ese cliché, pero mantiene toda la universalidad de la tragedia lorquiana. La sala de Tallin estaba llena, y hubo un coloquio después de la proyección en el que muchos comentaban que habían tenido una experiencia “sensorial”. Lo más emocionante fue comprobar que el verso de Lorca traspasa fronteras y que sus historias no tienen nada de locales. La gente no nos daba la enhorabuena al salir; nos daba las gracias.
 
– ¿Ha tenido ensoñaciones sobre un eventual discurso de agradecimiento en los Goya?
– Prefiero no hacerme ilusión alguna. Yo ya no soy como cuando soñaba con llegar a actriz y recoger un Goya, ni veo las películas como cuando no había rodado ninguna. Cuando ya estás dentro, la cosa cambia y se pierde esa visión pura [entrecomilla el adjetivo con los dedos]. Con los premios es lo mismo. La primera vez que me nominaron tuve esa sensación de vértigo al principio, aunque sabía que no me lo iban a dar, pero después la sensación no se correspondió con las expectativas. Al fin y al cabo, a lo largo del año ves tantos trabajos portentosos de otras compañeras, trabajos que ni siquiera se mencionan, que al final lo relativizas todo bastante. Le engañaría si le dijera que no quiero ganar un Goya, por supuesto que quiero, pero pienso que a fin de cuentas no es más que una cuestión de ego: ser nominado es sencillamente un premio en sí mismo, y esto no es un lugar común. Solo faltaría que nos quejáramos por vivir de lo que nos gusta hacer y encima ser elegidos. No tenemos derecho.
 
 
 

 
 
 
Laberintos personales
– ¿Qué cree usted que ha aportado Paula Ortiz al muy versionado mito de Lorca?
– Paula ha tomado Bodas de sangre, la ha echado a volar y la ha convertido en La novia. El drama se cuenta a través del ojo de la novia. Paula es fiel al mundo onírico y surrealista de Lorca, a su imaginería, pero lo lleva más allá. La gente podría esperar Andalucía, el mundo rural, la novia con moño, etc.; pero el sentido visual y plástico de Paula lleva la historia a otro terreno, al de su propia estética. Ella, como Almodóvar y otros autores, tiene un sello estético propio muy identificable. En ese terreno está La novia. Lorca, que fue (y probablemente hoy seguiría siendo) un creador moderno y transgresor, estaría muy contento si pudiera ver la película. En el arte, lo valiente y arriesgado, lo honesto, es transgredir. Si yo tengo que hacer ¡Ay, Carmela!, [la hizo en teatro] no voy a pretender imitar a monstruos como Carmen Maura, tengo que dar mi versión de Carmela, con mis ojos y mi cuerpo, que son mi vehículo. Eso mismo ha hecho Paula.
 
– No es la primera vez que se enfrenta a un personaje desgarrado y desgarrador. Ya pasó por ‘La voz dormida’ o ‘Blancanieves’. ¿Qué tiene este de nuevo? ¿Qué ración extra ha tenido que meter en este menú?
Esta novia es mi trabajo más visceral, más... animalBodas de sangre, Yerma Romeo y Julieta eran mis libros de cabecera cuando era jovencita. De ellos memorizaba parlamentos enteros. Desde que Paula quiso probarme para La novia, algo se revolucionó en mi interior. Al meterme en faena supe que iba a tener que entregar una parte de mí muy salvaje. Iba a tener que meterme en laberintos personales, per-so-na-les [silabea con énfasis], bastante farragosos. He pisado terrenos pantanosos, pero no había otro remedio. Para entender a esta mujer había que hacerlo así. En otra etapa de mi vida no la hubiera entendido. Ahora sí.
 
– Eso quiere decir que usted ya se ha visto en mitad de un triángulo amoroso.
– No en un triángulo, pero sí en un dilema, en la dualidad del lado seguro y el lado salvaje. Leonardo y el novio. Paula sabía que yo me estaba entregando. Hay personajes que te tocan de forma especial; este ha sido uno de ellos. Yo no suelo llevarme el trabajo a casa, ni me cuesta salirme del papel. Pero en esta ocasión, igual que en La voz dormida, sí que me ha costado. Y a la vez ha sido catártico. Mi trabajo me sirve mucho para analizarme.
 
 
 

 
 
 
– ¿En qué sentido fue dura ‘La voz dormida’?
– Yo soy una persona muy responsable, en general en mi vida y, claro está, en el trabajo. En aquella película yo representaba a muchas mujeres, así que me documenté mucho porque necesitaba llenar mi mochila de cosas que ignoraba. Conocí a mujeres que aún vivían y que habían pasado por las cárceles de Franco. Aquello fue doloroso; además sentía una gran responsabilidad por mi abuelo.
 
– ¿Su abuelo fue represaliado por el franquismo?
– Sí, mi abuelo paterno fue comandante de guerra en el bando republicano y tuvo una vida muy dura. Yo era muy pequeña cuando murió, casi no lo conocí, pero siento una conexión especial con él. En casa no se hablaba del asunto porque, según aseguraba mi padre, el abuelo no quería contar nada. Ni él era de los que insultaba o hablaba mal de otros. Sencillamente no quería hablar del tema.
 
Una azotea en Jaén
– Nació en Valencia y se crio en Arquillos (Jaén).
– Hubiéramos seguido en Valencia de no ser porque mi madre se puso muy malita y tuvimos que regresar a Arquillos cuando yo tenía seis o siete años.
 
– La vocación por cantar, bailar e interpretar ¿es algo heredado de la familia o patrimonio suyo?
– Mío. Mi madre dice que yo era la más bicho de los tres hermanos, la más revoltosa, y que desde los cuatro años aprovechaba cualquier momento para subirme a la mesa y recitar poemas o hacer estriptis.
 
– Vaya, vaya...
– Luego no he vuelto a hacerlo [se excusa entre risas].
 
 
 

 
 
 
– Háblenos de sus primeras experiencias en un escenario, antes de subirse a las tablas como profesional.
– Guardo hasta la foto. Veraneábamos en Valencia, y en la colonia de casas de mi tía Carmen se organizaban fiestas locales. Allí debuté una noche en un escenario con público, cantando y bailando Brasil, la famosa samba.
 
– Por cierto, hablábamos de Arquillos. Usted pertenece a esa parte de la población que tiene la suerte de tener pueblo. ¿Cuánto hace que no vuelve por allí?
– Hace quizá un par de meses que no voy. Intento escaparme a menudo.
 
– ¿Cuál es su rincón favorito?
– Mi lugar favorito es la parte de arriba de nuestra casa. Antes era una terraza, y cuando yo era adolescente me subía allí a escribir, dibujar y tocar la guitarra. Aún lo sigo haciendo. Desde allí se ve la torre del reloj, todos los tejados del pueblo y el pantano a lo lejos. Hay unos atardeceres preciosos. Era mi “palomar” particular. Poco a poco lo estamos reformando para convertirlo en una pequeña buhardilla.
 
– ¿Y su recuerdo infantil?
– Mi abuelo era capataz en una finca con olivar en el campo, donde tenía una pequeña vivienda, muy chiquitita. Los fines de semana nos íbamos allí. Mis primos, mis hermanos y yo jugábamos a revolcarnos en la hojarasca y el barro mientras mi abuela hacía migas en la lumbre. Éramos como animalillos silvestres.
 
– ¿Qué tal sentó en casa lo del arte dramático?
– Ya se lo olían y no fue ningún drama. Mi padre me sugirió que buscara algo con más salida, como Bellas Artes [con tono de incredulidad], que era lo que le hubiera gustado estudiar a él. Pero luego me acompañó a las pruebas de acceso a la escuela.
 
 
 

 
 
 
Frío polar en Ciudad Lineal
– La vida de estudiante en Córdoba, aburrida, ¿no?
– Maravillosa. La recuerdo como los mejores años de mi vida. Me comía el mundo y me moría por empezar. Comienzas a independizarte en una ciudad preciosa y estudiando lo que quieres en un edificio espectacular del casco antiguo, con unos patios que te caes de espaldas. No me interesaba venir a Madrid directamente. Siempre he preferido ir despacito.
 
– ¿Despacito? Recién llegada a Madrid, con la tinta del título de licenciada aún fresca, consigue colarse de protagonista, primero en uno de los musicales de más éxito en la historia reciente de nuestro teatro (‘Hoy no me puedo levantar’) y poco después en uno de los seriales pioneros de la nueva sobremesa televisiva española (‘Amar en tiempos revueltos’). Tampoco es que fuera muy despacito que digamos.
– Bueno, antes de venir a Madrid pasé un año en el CAT de Sevilla continuando mi formación. No tenía un duro, pero pedí una beca para formarme en interpretación musical. Hasta que me la concedieron estuve trabajando de camarera en un bar de Úbeda. Ahorré y con la beca me vine a Madrid, hace ahora unos diez años, precisamente por estas fechas. Mi amiga Elena ya tenía el piso, una caja de cerillas en Ciudad Lineal. Pasábamos un frío polar. Nos metíamos en la cama con el plumas, pero antes la calentábamos con el secador.
 
– ¿Y el despegue?
– Tardé unos nueve meses en conseguir el primer papel.
 
– Ya, pero menudo papel.
– Trabajaba en una tienda de ropa de Cortefiel. Me soplaron que Nacho Cano estaba probando intérpretes para un musical y mandé una maqueta. Las pruebas (un casting de 2000 personas) me pillaron en el pueblo con una gastroenteritis de caballo. Mi madre no quería dejarme ir estando tan mala, pero yo le respondí (¡qué lástima!): “Mamá, es mi última oportunidad”. [Se troncha de risa.] Fui pasando cribas con mi guitarrita a cuestas. Mis compañeros de Cortefiel no lo veían claro, que “cómo te van a coger a ti, niña”, que si “eso ya está dado”, etc. Cuando me contrataron, fíjese lo que le decía de la responsabilidad, le di los quince días de preaviso a Cortefiel.
 
– “Oye, que me voy a hacer un musical con Nacho Cano”, ¿no?
– Creo que pensaban que les estaba tomando el pelo.
 
 
 

 
 
 
– Es usted el colmo de la responsabilidad. Fueron cuatro temporadas sin parar. ¿Qué ocurría entretanto en su vida? ¿Le daba tiempo a algo?
– Estuve tres años y medio en Hoy no me puedo levantar. Aquello fue mi segunda escuela. Hasta entonces jamás decía que era actriz, me daba pudor; yo era estudiante de interpretación. Cuando me cogió Nacho Cano, me entró un pánico horrible. Pasé de las actuaciones en la escuela de Córdoba a protagonizar un musical con apenas 25 años.
 
– Imagino que no tenía representante.
– A través de un profesor de Sevilla había contactado con una representante que me dijo que estaba mayor para mi edad, que se buscaban “chicas jóvenes”. “Jolín, ¿qué me he perdido de esta película?”, pensé yo. Mi amiga Sara y yo le dejamos el currículum. A la semana me llamó para un casting para la serie Los Serrano. Fui pasando pruebas y me quedé a las puertas, pero un mes más tarde salió lo del musical.
 
– Y luego ‘Amar en tiempos revueltos’.
– Madre mía. Me vieron en el teatro y me contrataron. Compaginaba las dos cosas. Me levantaba a las seis de la mañana para la serie, que era de emisión diaria, y me acostaba a la una después de la función. Estuve meses haciendo doblete y sin un día de descanso. Llegaba al teatro como a las cuatro y media de la tarde después de hacer un protagonista en la serie. Me metía los guiones en vena, como la protagonista de Mi novia es una extraterrestre. No sé cómo pude aguantarlo; fue muy duro. También le digo que después de aquello ya me pueden echar lo que me echen, que no me asusto.
 
 
 

 
 
 
– En el teatro se trabaja más que en el cine y se cobra menos, pero es lo que todo actor que se precie está deseando hacer. ¿Esto le pasa a usted o es un tópico que se acaba de inventar el entrevistador?
– No creo que se trabaje más. ¿Se cobra menos? Tal vez, pero depende de con qué profesión se compare. Cuando he hecho teatro, siempre he sentido que me sería imposible hacer cine a la vez. Para mí el teatro requiere una concentración y una implicación especiales. Siempre intento que mis herramientas de trabajo estén al cien por cien, el cuerpo y la voz. También para disfrutarlo.
 
– A lo tonto fue pasando el tiempo y en 2009 le llegó uno de los papeles de su vida: la Margarita Hernando de ‘Águila Roja’. ¿Tuvo que pasar prueba o le pusieron alfombra roja?
– Fue un año increíble en el que más o menos coincidieron Primos, La voz dormida Águila Roja. Luis San Narciso me había llamado para hacer algún capitular en alguna serie, pero no había salido adelante ninguno de los intentos. Finalmente un día quedamos. “Ven con la cara lavada”, me dijo. Me presenté en vaqueros y sin maquillar; conectamos muy bien y me propuso el papel de Margarita. Águila Roja me ha dado mucho. De todos modos, el tiempo juega en contra cuando llevas tanto tiempo en una serie. A veces se agota la inspiración. Yo necesito sentir que estoy aprendiendo; si no, me pongo nerviosa.
 
– ¿Ha llegado ese momento en la serie?
– Esta temporada he hecho menos capítulos, pero he seguido; y en la siguiente también. No sé cuándo se acabará, pero llegará el día.
 
– Parece que por fin contrae matrimonio con el maestro de la villa, el Águila Roja. ¿Tuvieron que aguantar muchas bromas en el plató usted y David Janer?
– Bueno, ahí estamos. Tiene que llegar el momento boda porque si no me suicido. Llevamos años para casarnos. Al niño ya lo tenemos criado [guasona]. Me hacen muchas bromas con este tema en el rodaje y en la calle.
 
 
 
Con Asier Etxeandia en 'La novia'
Con Asier Etxeandia en 'La novia'
 
 
 
– ¿Cómo lleva la falta de anonimato?
– En general, bien. Las nuevas tecnologías han complicado bastante las cosas, pero no tengo problema.
 
   Recientemente un tuit de Inma Cuesta causó mucho revuelo al reprochar a El Periódico la publicación de unas fotos suyas en las que la actriz no se reconocía debido a los retoques digitales.
 
– ¿En qué quedó la controversia por las fotos?
– Ay, madre. Todo el mundo me pregunta lo mismo. Yo estoy sorprendida con la repercusión que ha tenido. Al fin y al cabo no es más que mi opinión. Me molesta que se tergiversen las cosas o que se divague sobre el asunto. Mi mensaje era bastante claro, abría una puerta a la reflexión sobre el uso del Photoshop y los retoques fotográficos. Debe hacerse con sentido común y coherencia, nunca para alterar las proporciones del ser humano ni nuestra personalidad. La mujer real somos todas: la alta, la baja, la que tiene mucho pecho, la que tiene poco, etc. Yo defiendo la individualidad y no quiero entrar en ese juego ya más. ¿Que me ha pasado antes? Evidentemente sí, me ha pasado, pero ya no puedo más. Hay amigas que me han llegado a llamar para preguntarme si estaba bien, que se me veía muy delgada. No quiero que se haga de mí algo que no soy.
 
– Hablando de fotografía, ¿a usted le gustaría dirigir?
– Me gusta mucho escribir y me encantaría dirigir, pero tengo que sentirme preparada y segura. O tal vez buscaría a alguien como Paula [Ortiz], por ejemplo, alguien con quien compartir una historia y a quien confiarle la dirección.
 
– ¿Y prevé volver pronto al teatro?
– Lo hecho de menos, pero no me llega un proyecto que realmente me interese. Tengo ganas de hacer algo más que musicales. ¡Ay, Carmela! no era un musical al uso, pero sí quisiera hacer teatro de texto.
 
 
 
Junto a Álex García
Junto a Álex García
 
 
 
Una chica mañosa
– Nos tiene que contar, antes de que acabemos, qué tal ha sido la experiencia de rodar con Pedro Almodóvar. ¿Qué diferencias ha sentido con respecto a anteriores trabajos y anteriores formas de trabajar?
– Esta pregunta podría hacerse de cualquier director, porque todos tienen sus peculiaridades. Yo tengo la capacidad de comportarme como soy ante cualquiera, no me tiemblan las piernas, pero es verdad que en los primeros momentos la idea de trabajar con un icono del cine haciendo una prueba en una sala rodeada de premios Óscar impone un poco. Pero eso duró nada y menos. Enseguida toqué tierra y sentí que conectábamos muy bien. Su sentido del humor te hace reír y disfrutar. Lo que más me llamó la atención es que tiene en la cabeza toda la secuencia, que es como una partitura, estéticamente tiene que sonarle bien, y no para hasta que lo consigue. Ha sido muy fácil trabajar con él, si bien es verdad que, al no ser protagonista, vas más relajada. Me vino bien después de La novia.
 
– El director manchego vuelve al drama. ¿Puede contarnos cómo es el papel que le ha tocado en la película?
– Esa es otra. Hago de artista, de escultora, y yo tengo vocación artística desde pequeña. Estuve dando clases de escultura para la película, lo cual me encantó. El escultor me decía que tengo manos de persona que hace cosas con las manos. A ver, con razón: me gusta dibujar, coser, cocinar, hacer piezas de artesanía o bisutería... [Se mira las manos, de dedos largos y estilizados]. Soy mañosa, y eso lo notó. He disfrutado hasta del cambio de look.
 
– ¿Cómo sale?
– Rubia y con el pelo corto.
 
– Un cambio radical. Por otro lado en ‘Kóblic’ de nuevo encontramos a los argentinos repasando las atrocidades de su historia reciente en forma de ficción. ¿Cuál es su papel en esta película?
– Ricardo Darín es un aviador militar que durante la dictadura argentina deserta tras negarse a participar en los vuelos de la muerte. Huye a un pueblecito donde se encuentra con mi personaje, que también huye. Había soñado con irme fuera a rodar con alguien grande, a Argentina por ejemplo. Y un mes después de tener la ensoñación salió la oferta. Soy un poco bruja. ¡Y con Darín!
 
– ¿Ha tenido que impostar el acento argentino?
– Sí, claro. He tenido que trabajar el acento. Es algo que se me da bien en general, pero esta vez ha sido tremendamente complicado, porque era un acento de una zona muy concreta, no el deje porteño. La actriz Carolina Román me ayudó mucho. Antes de empezar los ensayos en la mesa italiana, Sebastián Borensztein, el director, estaba muy nervioso. No las tenía todas consigo. Una vez que nos sentamos y me oyeron, tanto Darín como él se quedaron de piedra. Sebastián me abrazó y todos nos relajamos.
 
 
 
Junto a William Miller, en 'Los miércoles no existen'
Junto a William Miller, en 'Los miércoles no existen'
 
 
 
– ¿Qué se pasa por la cabeza el día antes de meterse en un set a trabajar con un grande como Ricardo Darín?
– Ricardo es uno de los compañeros más especiales que he conocido trabajando. Es muy gamberro y payaso. Y yo soy otro tanto. Hemos reído y hablado mucho. Me encantaría que volviéramos a trabajar juntos. Yo llegué al rodaje en Argentina abierta en canal por la pena de haber perdido a un ser muy querido. No conocía a nadie y estaba sola en Buenos Aires. Luego el rodaje fue en un pueblito remoto, San Antonio de Areco. Hubo lluvias torrenciales y unas inundaciones terribles. En fin, todo bastante tétrico. Y él ha sido mi tabla de salvación.
 
– ¿Qué proyecto tiene en cartera?
Reencontrarme conmigo misma y descansar un poco. Ha sido un año de mucho trabajo, gracias a Dios, y ahora me apetece que me llegue algo que me traspase y que tenga muy claro. O sencillamente disfrutar de apoyar a La novia. ¡Ah, y sacarme el carné de conducir!
 
 
 
 
 
COMPAÑEROS CON MOTE

– Con rapidez y sin pensarlo mucho, diga la primera frase o palabra que se le ocurra para este reparto por orden de aparición en su vida artística:
Miquel Fernández es mi primer compañero de baile.
David Janer es mi eterno novio (tensión sexual no resuelta).
Javier Gutiérrez es un animal escénico.
Quim Gutiérrez es mi compañero de juegos. Su mote es Quim Bassinger, porque es un supermodelo.
Mario Casas es carismático. Soy muy de poner motes y a él lo llamé Whitney, por El guardaespaldas, y a su guardaespaldas lo llamaba Kevin, claro. Es mi apodo más conseguido.
Alberto Ammán es metódico y aritmético, cerebral, aunque a veces se deja llevar.
Martiño Rivas es maravilloso, muy trabajador. Su mote es Bradpitiño, porque no se puede ser más guapo, no me diga que no.
Eduardo Noriega se quedó sin mote, pero es el eterno galán, el seductor.
Raúl Arévalo es arte puro. Lo mismo te canta por Manolo Escobar que te dirige una peli.
Álex García es tierra y magia.
Asier Etxeandia es salvaje, un niño grande. Yo lo llamo el Marajá.
Ricardo Darín es un regalo. Lo llamaba Mari Carmen (y sus muñecos). ¿Por qué? No sé, soy así.
 
– Oiga, le han faltado mujeres. 
– La idea era con chicos, pero adelante.
María León es mi hermana; es familia. La quiero a morir.
Ana Labordeta es compañera de viaje, amiga del alma. 
Ángela Molina no podía tener otro nombre porque es luz, un ser muy especial. 
Nuria Gago es un duendecillo indispensable.
 
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