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18-05-2016 Versión imprimir

 

Inma Cuevas



 “Confío en mí, pero igual acabo vendiendo magdalenas”



 
TOÑO FRAGUAS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Por mucho que lo diga Wikipedia, Inma Cuevas no nació en Logroño en 1978, sino que vino al mundo un año antes en Madrid. “De todas formas, no van mal encaminados… Estoy vinculada a Logroño por amor y por amistad”, afirma mientras clava su mirada en una botella de agua con gas que ninguno de los dos ha pedido. Cae la tarde en una cafetería junto a la Gran Vía. La actriz acaba de terminar una clase de canto. Al principio uno piensa que tiene enfrente a la retorcida Anabel de la serie Vis a vis (Antena 3). Pero a ese personaje no le pega cantar. Sin embargo, Cuevas ha cantado incluso copla en Londres, en inglés. Es solo una de las muchas sorpresas que encierra su dilatada carrera, que sigue ascendiendo respaldada por una buena cantidad de premios (varios de la Unión de Actores). La hemos visto en una veintena de series (Hospital Central, La señora, Gran Hotel o Galerías Velvet) y decenas de obras (Los cuernos de Don Friolera, Los últimos días de Judas Iscariote, Burundanga, Cerda o Constelaciones).
 
   Teatrera desde cuando imitaba junto a su hermana los anuncios de la tele, se formó en la compañía Réplika tras ser rechazada en la Resad. Aunque su madre era enfermera y su padre se dedicaba a diseñar joyas, las raíces por parte materna se hunden en un legendario linaje de payasos del que no quiere dar detalles. Créanme que hubiera sido muy fácil para ella tirar de pedigrí. No le hace falta, quizá porque se toma la interpretación casi con una disciplina propia de un samurai. Practica esgrima oriental y es fundadora de una productora de inspiración japonesa llamada Kendosan. Lo suyo no es relajarse: “Quiero subir un escalón muy grande”.
 
 
 

 
 
 
Es usted tenaz. No entró en la Resad, pero aquí está. ¿Qué se le pasó por la cabeza cuando no la admitieron?
Se me acabó el mundo. Había encontrado la clave para ser feliz en la vida. La actuación lo era todo para mí y a los 18 piensas que no eres nadie o  si no entras en la Resad no eres nadie o no vas a poder formarte.
 
¿Y antes de intentar lo de la Resad?
− Estaba metida en el grupo de teatro del colegio y estábamos integrados en una red de teatro amateur de la Comunidad de Madrid. Recuerdo que ganamos un concurso y que el premio era actuar en la sala Pradillo. Hasta los 22 años, en el segundo curso de Réplika, no empecé a trabajar de manera estable. Antes había hecho cuentacuentos para adultos en bares. No era gran cosa, pero me ponía en contacto directo con el público.
 
 
 

 
 
 
¿Lo de cantar copla en inglés cómo se hace?
− Estoy muy ligada a Londres y aquella fue una experiencia increíble. Solo éramos dos españoles en la función. El resto eran compañeros japoneses, ingleses, griegos. Es alucinante ver a un inglés cantando copla.
 
Canta usted mucho y bien.
− ¡Qué va! Me falta mucho por conocer de mi aparato fonador. Es verdad que en No son maneras de tratar a una dama, un musical tipo Off Broadway dirigido por Pablo Muñoz-Chápuli, me enfrenté a cantantes como David Ordinas, que fue la bestia de La Bella y la Bestia. Y estuve con Verónica Polo, Laura Castrillón… Me encantaría hacer un musical o grabar con una big band. Ahora le estoy pegando fuerte al jazz, a Sinatra, a Michael Bublé…
 
¿Y grabar un disco?
− Algunos temas sí he grabado con David Ordinas.
 
¿Y le han quedado bien?
− Dice David que voy por buen camino.
 
 
 

 
 
 
¿Siempre es así de estricta consigo misma?
− Aunque no lo parezca, creo en lo que está pasando, confío en mí y en mi trabajo. A lo mejor me equivoco y al final acabo vendiendo magdalenas [risas]. Pero no me puedo quejar: nunca he dejado de trabajar, he compaginado el teatro con el cine y la televisión… Ahora estoy tranquila y contenta por lo que me da Vis a vis, pero no siento ansiedad si no hay una tercera temporada. Tener el teatro me tranquiliza. Y estoy en un momento en el que, si no salen encargos por cuenta ajena, me los puedo gestionar yo.
 
Es verdad. El año pasado ganó el premio de la Unión de Actores con un montaje, Constelaciones, que produjo usted misma.
− Compré el texto en el National Theather de Londres para leerlo en inglés… y ese texto me eligió a mí. Mi pareja y yo adquirimos los derechos del propio autor, Nick Payne, y creamos Kendosan Producciones para su representación. Constelaciones me conmovió, me rompió el corazón, me suscitó preguntas que han quedado sin responder. Ahora estamos buscando nuevos proyectos.
 
 
 

 
 
 
Su interpretación de Anabel en Vis a vis es muy impactante.
− Me siento muy orgullosa de ese papel porque es muy distinto a todo lo que he hecho. Lo estoy disfrutando mucho y me ha tocado vivirlo en un momento en el que me siento plena y quiero subir un escalón muy grande. Por eso estoy adentrándome más en el canto, el francés, los instrumentos musicales… No digo que haya bordado a Anabel porque todavía está en construcción.
 
¿Se parece en algo a ella? ¡Dígame que no!
De carácter es muy distinta a mí. Aunque yo también soy muy pausada, no tengo esa malicia, pero también tengo mi lado oscuro…
 
 

 
 
 
¿Cuál de sus trabajos le ha dejado más huella?
− ¡Uf! Es difícil, pero diría que Los últimos días de Judas Iscariote. Esa obra me marcó a nivel profesional. Con ese equipo aprendí un código de trabajo que pretendo llevar hasta la muerte. Estuvimos dos años representándolo a las órdenes de Adam Black en un local de 20 metros cuadrados. Yo hacía de María Magdalena, de ángel y de la madre Teresa de Calcuta. Luego nos contrataron en el Matadero y me colgaron de un columpio en una sala enorme.
 
¿Actualmente se puede vivir solo del teatro?
− Es muy complicado. Yo me he recorrido el país entero con el teatro, pero hay que hacer más cosas. Abrir campo dentro de la propia profesión. En España parece que, si eres actor, solo puedes actuar, cuando en la escuela vas aprendiendo de todo: canto, interpretación, instrumentos… ¿Por qué limitarse?
 
¿Toca algún instrumento?
− Tengo un grupo de amigos en el que lo tradicional es que nos regalemos e intercambiemos instrumentos. Así que ahí estoy, con una flauta travesera, el cajón, la guitarra y el hang.
 
¿El hang?
− Sí, es un instrumento de percusión que hace unos sonidos muy acuosos, alucinantes.
 
 
 

 
 
 
¿Con sus compañeros de oficio también es exigente?
− Me da mucha rabia ver a actores en el escenario que no están comprometidos con el público. Hablo de un compromiso físico y espiritual; el de contarle la historia de forma libre y honesta. Muchas veces he escuchado entre cajas eso de “rapidito y matizando”. Para eso es mejor que el actor se quede en casa. Hombre, ¿quién no ha hecho una función con un problema gordo o con un dolor? Pero a mí en el escenario se me pasa todo. Entro y se me olvida. Es algo terapéutico, mágico, pero por encima hay una responsabilidad: 200 personas que han pagado una entrada. No sé hasta qué extremo hay que llevar lo de “el espectáculo debe continuar”, pero creo que es así: “The show must go on”.
 
 
 
 
 
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