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14-01-2015 Versión imprimir
Raúl Tejón y Elena Corredera en la obra 'Casi 12', representada en Microteatro por Dinero (Madrid)
Raúl Tejón y Elena Corredera en la obra 'Casi 12', representada en Microteatro por Dinero (Madrid)
 
Interpretación
al desnudo

¿Exigencias del guion? ¿Reclamo publicitario? ¿Pudor u osadía? Los actores revelan sus sensaciones cuando se desprenden de la ropa  
 
ROBERTO PÉREZ TOLEDO
Director y guionista
El desnudo es intrínseco al arte. Pero… ¿todo desnudo es arte? He aquí la gran cuestión. O al menos una de las cuestiones esenciales a las que han tenido que enfrentarse actores y actrices desde que existe el oficio de interpretar. En el teatro, en el celuloide (en 1915, apenas 20 años después del invento del cinematógrafo, se registró el primer desnudo en una película no pornográfica) y más tarde también en la televisión. Hoy, aparentemente superada toda época de censura y destape, el desnudo actoral sigue siendo objeto de magnética atracción, habituales controversias y encendidas conversaciones. No pasa de moda.
 
   A punto está de estrenarse una de las cintas (previsiblemente) más taquilleras del año, Cincuenta sombras de Grey, adaptación de una exitosa trilogía de novelas con el sexo como principal reclamo. Pero es en la ficción televisiva donde el desnudo parece gozar de una época especialmente dorada, con series que además son referencia en prestigio y reconocimientos. En EEUU, cadenas de pago como HBO o Showtime no dudan a la hora de escatimar en el vestuario de sus actores para muchas secuencias. Es el pan de cada día de producciones como Juego de tronos, Girls, Masters of Sex, House of Cards, Looking
 
   No somos ajenos a esta tendencia en España, aunque con una pauta un poco más recatada, porque nuestra ficción propia aún se consume mayormente en los canales generalistas. Ahí están, no obstante, las sobredosis de piel en El Príncipe, Sin identidad, B&b, Velvet, Alatriste, algunas que ya se fueron y otras muchas que vendrán.    
 
   El eterno debate es inevitable: ¿Está justificado el desnudo? ¿Cuándo lo está y cuándo no? ¿Cuándo es gratuito y cuándo se considera que aporta algo a la historia? Actores y actrices se enfrentan a estas preguntas con la enorme subjetividad que conlleva, en la mayoría de los casos, intentar encontrar respuestas.
Alejandro Albarracín. Foto: Roberto Pérez Toledo
Alejandro Albarracín. Foto: Roberto Pérez Toledo
 
   La principal herramienta de un actor es su cuerpo. ¿Es el desnudo, por tanto, una parte más de su trabajo? ¿De la misma forma que hay que adelgazar unos kilos, teñirse el pelo de otro color o ponerse gafas para tal o cual personaje? Ahora es habitual que los intérpretes tengan que quitarse la camiseta en un casting antes de hacer la prueba con texto o que en un contrato para una serie aparezca una cláusula que obligue al contratado a desvestirse si el guion lo exige. El guion, el director, la productora o la cadena…
 
   Le ocurrió a Alejandro Albarracín cuando fue elegido para encarnar a Alfonso di Calabria en la coproducción europea Borgia: “El primer contrato que me propusieron incluía el requisito de desnudo integral. Hubo que negociar solo desnudos traseros y, aún así, insistieron en la posibilidad de que los hiciera integrales de perfil”.
 
   Antena 3 estrenó a principios de 2012  Toledo, cruce de destinos, que solo resistió 13 capítulos pese a sus intentos por atraer al espectador con abundantes momentos de destape. En ella participó Paula Cancio con el papel de Diana. “Descubrí la cantidad de desnudos que tenía que grabar a medida que leía los guiones”, explica. “Esas secuencias no son como cualquier otra. Aunque se me dio un trato exquisito, son incómodas por el hecho de aparecer sin ropa y porque el número de tomas es mayor, pues requieren un cuidado especial. El nivel de entendimiento con tu compañero y el director debe ser elevado para que todo fluya. Y además, y esto es tan importante o más que lo anterior, te enfrentas a un uso descontextualizado y a veces manipulado de ese material en páginas pornográficas de Internet. Sin ningún tipo de protección para tu imagen. Por eso les presto especial atención, y trato de evitarlas o cambiarlas en lo posible si las considero gratuitas”.
 
   ¿Hablamos entonces de un simple reclamo que no garantiza necesariamente el éxito de un producto? “Como espectador, me gusta ver una escena de desnudos cuando está bien hecha, igual que me agrada un paisaje espectacular. Pueden ser muy atractivos visualmente, y las historias también avanzan si la gente se encuentra en momentos íntimos”, argumenta Albarracín, que también enseñó mucha piel en Gavilanes o Tierra de Lobos. “Mi personaje en ese western de Telecinco se presentaba a la audiencia prácticamente con un desnudo trasero. La serie tenía una estética bonita y no me importó. Eso sí, te dicen que va a ser un plano de dos segundos y resulta que luego dura 15”, recuerda.
Pedro Casablanc, en plena representación del montaje 'Hacia la alegría'
Pedro Casablanc, en plena representación del montaje 'Hacia la alegría'
 
Al natural en el escenario
“El desnudo se asocia a algo sexual, por eso tiene ese componente tabú, pero en el arte todo puede estar justificado o no en función de quién lo contemple y juzgue”. Así lo ve Pedro Casablanc, que en los últimos años ha representado José K. Torturado y Hacia la alegría, dos obras donde su desnudez jugaba un papel importante. “No tengo problema”, asegura, “soy asiduo a playas nudistas. La ausencia de vestuario convierte la experiencia actoral en algo honesto y limpio, aporta sinceridad a lo que se está haciendo porque no hay máscara tras la que esconderse, y en algunas ocasiones la indumentaria es una máscara”. Casablanc explica sobre José K. Torturado que “estar desnudo intensificaba la vulnerabilidad de mi personaje, torturado delante de su madre”. El actor lo tiene claro: “En realidad nunca sé cuándo un desnudo está injustificado, todo depende de la propuesta. Me gustaría ver La casa de Bernarda Alba con todas sus protagonistas desnudas. ¿Por qué no?”.  
 
   No va desencaminado, pues ya hay propuestas así. Es el caso de Desnudando a los clásicos, una función concebida por Santi Senso en la que se escenifican pasajes de Romeo y Julieta o Don Juan con actores completamente desvestidos. El propio Senso se sube a las tablas junto a Vicente Navarro y con el acompañamiento de una violonchelista. “La desnudez hace atemporales estos textos, ya que no hay un vestuario que remita al público a ninguna época. Se trata de actuar sin nada en lo que refugiarse y conseguir que a los cinco minutos el espectador se olvide de que no llevamos ropa”, detalla Navarro. “La sensación más básica es que tengo frío”, dice al recordar la función, que en Madrid ha pasado por Nave 73 antes de llegar a Biribó Teatro. Según él, el pudor responde a nuestra forma de ser, a una carga familiar, educacional o cultural. “Tengo amigos actores que son nudistas y esto no les causa ningún quebradero de cabeza. Desde luego, este montaje me ha quitado cualquier reparo”, añade.
 
   Raúl Tejón vivió una experiencia similar en un espacio aún más reducido con Casi 12, un texto interpretado por él y Elena Corredera en Microteatro por Dinero. Los dos totalmente desnudos. Lo recuerda así: “Estar en un lugar tan pequeño es difícil, hagas lo que hagas. Pero tenía más problema el público a la hora de entrar en nuestra intimidad que nosotros al mostrarla. Por suerte, se trataba de una comedia, con lo cual la risa ayudaba a liberar cualquier tensión. Sucedió de todo. Se levantaron algunos diciendo que aquello era una vergüenza, y también hubo mucho curioso que venía para vernos desnudos y luego se enganchaba a la historia. Cuando no hay nada sucio por nuestra parte, el desnudo pierde interés enseguida, la gente se centra únicamente en lo que le cuentan”.
Fotograma de 'El artista y la modelo', dirigida por Fernando Trueba
Fotograma de 'El artista y la modelo', dirigida por Fernando Trueba
 
Todo al descubierto ante la cámara
El desnudo actoral en teatro queda en la memoria de quienes acuden a ver una función concreta. Sin embargo, el cine o la televisión tienen un efecto mucho más imperecedero, sobre todo si ciertos planos acaban circulando por la Red.
 
   “La primera vez que Fernando Trueba me habló del proyecto, me contó el argumento, pero no me dijo que saldría desnuda. Fue preparándome poco a poco, y antes de leerme el guion ya era más consciente, aunque al leerlo me sorprendí por la cantidad de secuencias sin ropa”. Así relata Aida Folch la gestación de El artista y la modelo, filme por el que recibió una nominación al Goya hace dos años y uno de los ejemplos recientes más claros a la hora de hablar sobre desnudo justificado. “A pesar de que me dio muchísimo miedo, confié en Fernando, sabía que no sería vulgar. No había otra forma de contar esa historia, así que me preparé para poder estar cómoda durante el rodaje”, añade.
Elena de Frutos posa sobre una escultura en Madrid. Foto: Roberto Pérez Toledo
Elena de Frutos posa sobre una escultura en Madrid. Foto: Roberto Pérez Toledo
 
   “Me garantizaron que no iba a ser obsceno. Por eso acepté. Me gusta ponerme retos y enfrentarme a las cosas que me cuestan, y eso que siempre he sido muy pudorosa en casa”, narra Elena de Frutos. Engrosó el joven reparto de Mentiras y gordas, dirigido por Alfonso Albacete y David Menkes, el exitazo (recaudó más de cuatro millones de euros) del celuloide español en 2009. Ante la cámara formó parte de un trío sexual con Mario Casas y Yon González. “Hicimos un ensayo grabado con ropa, después se redujo el equipo en el set e intentamos tomárnoslo con humor. Yon me advirtió: “Oye, perdóname si me excito”. Le dije que no se preocupara, pero que intentara no hacerlo”, rememora la actriz entre risas. Y continúa: “Aunque me ponga poética, es como si enseñaras tu esencia. Todas tus intimidades quedan expuestas al público. Vi la película en el estreno y luego otro día con mis amigos. ¡Me dio muchísima vergüenza! Llegué a casa diciendo: “Por favor, no la veáis”. Mi madre acabó viéndola, mientras que mi padre prefirió no hacerlo”.
 
   Otro hito de esta cuestión apareció en 2010 con el cortometraje 9, donde Candela Peña dirigió a un reparto de lujo: Laia Marull, Aitor Merino, Elena Anaya, Francisco Boira, Pilar Castro, Secun de la Rosa y Mònica van Campen. Todos en el salón de una casa como vinieron al mundo. “Resultó un rodaje muy placentero, con Pilar a punto de parir, preciosa en su embarazo. Tuve mucha complicidad con Laia, lo pasamos muy bien. Nos desnudamos al llegar y ya no nos vestíamos ni en el almuerzo. ¡Aquello era un festival nudista!”, describe de la Rosa. Además, da en la diana con una reflexión: “A veces es más intimo exteriorizar emociones amorosas que enseñar el trasero”.
Vicente Navarro. Foto: Roberto Pérez Toledo
Vicente Navarro. Foto: Roberto Pérez Toledo
 
El momento de hacerlo
Muchos coinciden en que la comodidad mientras se rueda una secuencia delicada depende en buena medida del ambiente creado. “En general, son bastante respetuosos y conscientes de la situación”, aclara Vicente Navarro. “Creo que las chicas lo pasan peor, puesto que son más evaluadas, se les critica más. A eso se suma que los equipos técnicos suelen ser más masculinos que femeninos”.

   “Me habría sentido incómoda si hubiera notado miradas poco sanas alrededor. Afortunadamente no fue así. La primera vez que tuve que quitarme la ropa deseaba hacer la secuencia cuanto antes para olvidar esa presión. Me quité el albornoz y todo el mundo giró la cara, les dio más vergüenza a ellos que a mí”, subraya Aida Folch acerca del rodaje de El artista y la modelo, donde dice haberse sentido más vulnerable, aunque también más abierta a mostrarse tal y como es. “Al final me ponía incluso a bailar reggaeton en pelotas delante de todos, y esa naturalidad hizo especial la peli”, concluye.
 
   Mención aparte merecen los trucos para evitar que la situación no resulte demasiado violenta entre compañeros. Albarracín recuerda su experiencia en Borgia con gracia: “Me ponían en la entrepierna una especie de triangulito de color carne con un pegamento para la piel. Después de unas cuantas horas, cuando te lo tienes que quitar, te quieres morir”. Sin olvidar el famoso calcetín como medida más rudimentaria e infalible. Habla de ello Elena de Frutos: “Yon y Mario se pusieron un calcetín cada uno. Encima eran feos, antiguos, de esos con rayas de colores. Fue bastante gracioso y ayudó a que nos relajásemos justo antes de rodar”.
Raúl Tejón, en otra instantánea de la obra 'Casi 12'. Microteatro por Dinero (Madrid)
Raúl Tejón, en otra instantánea de la obra 'Casi 12'. Microteatro por Dinero (Madrid)
 
El culto al cuerpo
¿Se exige a actores y actrices estar en forma y preparados para quitarse la ropa? “Visto lo visto, a veces parece preferible pasar mas tiempo en el gimnasio que formándote. Es un negocio. Se vende belleza. Hasta cuando se busca a alguien feo, se busca a un feo fotogénico”, sostiene Raúl Tejón. Y añade: “Cualquier elenco debería reunir a quienes mejor puedan contar la historia, no a los que queden mejor en las páginas de una revista. La estética es importante y no hay que descuidarla, pero no lo es todo”.
 
   “Cuando veo un cuerpo bello en la pantalla no puedo evitar mirarlo. Lo bonito llama la atención. Suma puntos estar en buena forma física, por supuesto”, sentencia Vicente Navarro. Secun de la Rosa percibe que “los intérpretes jóvenes de este país cultivan más el físico” y agradece que ya no exista “esa división entre buenos actores feos y guaperas nefastos”. En la pregunta que formula acto seguido no oculta su admiración: “Ahora hay grandiosos profesionales, y encima con físicos de impresión. ¿Cómo lo harán?”.
 
   Aida Folch apunta lo complejo del asunto: “No me gusta que se sexualice a las personas, pero es muy complicado ser consecuente hoy en día. Yo también he jugado a eso, a hacer sesiones de fotos sexys para vender un largometraje. En cine, televisión o publicidad estamos construyendo un mundo de cuerpazos que no existe, cuando lo que deberíamos hacer es mostrar a gente de este planeta. Siempre debería primar el talento frente a la imagen”.
El desnudo como táctica de atracción
El desnudo responde en muchos casos a una estrategia: la de atraer la mirada de un espectador apelando a instintos tan básicos como el deseo. “La pequeña pantalla se basa en otros códigos, tiene una visión más mercantilista. Está claro que el desnudo vende, por eso cada vez más se exigen cláusulas al respecto en los contratos”, asegura Pedro Casablanc.
 
   ¿A quién corresponde dotar de sentido a esta estrategia? ¿A los guionistas? ¿A los directores? ¿A los actores? “Estamos acostumbrados a ver sangre en la pantalla y nos escandalizamos cuando hay piel. Considero que el desnudo no tiene mayor importancia, pero necesito que tenga un sentido. Y es que, como espectadora, lo gratuito me expulsa de la historia que me están contando”, recalca Aida Folch.
 
   ¿Es posible que un desnudo bien elegido ayude a impulsar la carrera de un artista? Sin menoscabar su descomunal talento: ¿Cuánto le debe Michael Fassbender a su desnudo en Shame, que se comentó más que la propia película y logró que numerosos espectadores memorizaran rápidamente su nombre?
 
   O puede que la clave la tenga la abuela de Alejandro Albarracín. “Mi madre estaba muy preocupada por lo que pensaría mi abuela cuando empecé a hacer escenas de desnudo. Y resulta que le encantó y le pareció muy gracioso”. A lo mejor es que este debate es simplemente gracioso.
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