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03-08-2012 Versión imprimir
Isabel Coixet
 
 “Los creadores no podemos estar muy a gusto dentro de nuestra piel”
Es nieta de taquillera de cine y odia los personajes malos. “Mejor, con pliegues”. Ahora prepara una comedia romántica, 'The age of Adaline'
  
F. N. D.
Reportaje gráfico: Pau Fabregat
El artista en su guarida. La de Isabel Coixet cumple todas las expectativas de lugar maravillosamente caótico donde dar pista libre a la imaginación. La encantadora calle en el corazón de Gràcia que acoge las oficinas de Wasabi Films es un extraño remanso de paz en mitad del hervidero cotidiano (y nunca mejor dicho, ahora que aprieta la primavera) en que se ha convertido la Ciudad Condal. Pero en el interior de este bajo a dos alturas se desenvuelve, resuelta e hiperactiva, esta mujer felizmente incapaz de estarse quieta. Y a la que siempre parece faltarle tiempo para dar salida a todas las historias que bullen en su interior: relatos cotidianos de gente con la que, quizás, se cruzó en el vagón de metro o al doblar la calle; hombres y mujeres imperfectos, frágiles, contradictorios, ocasionalmente atormentados y casi nunca heroicos, pero dotados de una ternura y ausencia de malicia con las que nos sentimos cómplices. Como es difícil no serlo de esta tímida contumaz que acabará remontándose a escenas de su infancia para explicar la sintaxis de su filmografía, una de las más singulares e identificables en nuestro cine español.
A la inquieta Coixet se le acumulan las visitas, los correos electrónicos, las llamadas en espera, los billetes de avión. El próximo despegará con rumbo a Los Ángeles: Hollywood le ha propuesto filmar (y ella no ha logrado encontrar argumentos para oponerse) la historia de una mujer de 30 años que, tras sufrir la descarga de un rayo en el corazón, accede a la condición de inmortal. ¿Una comedia romántica y fantástica a cargo de la autora de La vida secreta de las palabras, Mapa de los sonidos de Tokyo o Mi vida sin mí? “Voy a luchar por coixetizarla”, nos tranquiliza con esa característica habilidad para burlarse de sí misma. Y seguro que The age of Adaline adquiere un enfoque nada convencional tras su paso por la maravillosamente caótica guarida de Miss Wasabi, compendio de abigarradas estanterías bibliófilas, carteles de películas en japonés, elepés descatalogadísimos, bolsas de la Fnac, recortes de prensa, reproductores de vídeo antediluvianos, bicicletas, ordenadores antediluvianos, bonsáis, montañas de revistas sin clasificar, radiocasetes antediluvianos. Y muy poco margen para la autocomplacencia: su más reciente cabezón, el Goya al mejor documental Escuchando al juez Garzón, pasa inadvertido en un extremo de la estancia.
– Usted hizo sus primeros pinitos en ‘Fotogramas’. ¿Isabel Coixet le parecería un hueso duro de roer para una entrevista?
– No, no lo creo. Me choca bastante el sonido de mi voz y procuro que mi discurso no se convierta en un magma confuso. Pero para entrevistas duras ya tuve yo una con Mel Gibson en los tiempos de Mad Max. Me pareció una persona francamente enferma. 
– Sospecho, en tal caso, que no le contempla para próximas películas…
– ¡No! Yo no puedo trabajar con un actor con el que no pueda compartir una cerveza. Me relaciono con intérpretes que son buena gente. No digo que santos, pero sí tipos de egos controlados, no desmedidos. Y en todas las profesiones encuentras gente con un ego alucinante; conozco yo algún médico y alguna cajera de supermercado que ni le cuento…
– Sobre los actores pesa el mito de la vulnerabilidad. ¿Cierto?
Sí, pero también comprensible. Son ellos quienes están ahí arriba, los que se muestran ante nuestros ojos, por muchos disfraces exteriores y del alma que adopten.
– Usted dijo alguna vez que se hizo directora para no tener que actuar. ¿Qué tipo de actriz habría sido?
– Un poco Gracita Morales. ¡O María Luisa Ponte! [risas]. Pero vamos, el mundo no ha perdido una gran actriz conmigo. Ni actriz, ni horticultora, ni campeona de taekwondo.
– ¿Se ha sentido en ocasiones demasiado expuesta? A veces parece que todo el mundo tiene una opinión sobre usted.
– Sí, ¡normalmente una opinión nefasta! Sospecho que la gente funciona con ideas preconcebidas sobre lo que es un director de cine y lo que es una mujer. Y los dos conceptos no casan. Si además te equivocas, balbuceas o no cuentas con un discurso hilvanado, piensan que tu mentalidad es confusa. Añadamos que a todas las mujeres con gafas nos toman por friquis, que no voy peinada como una señora del PP… En fin, se hacen una idea de mí que tiende al menosprecio.
– ¿Y cómo convive con ello?
– Me he sentido muchas veces como la niña a la que hacían de lado en el patio del colegio, pero ya no me tomo a pecho casi nada. Debe ser una de las cosas buenas de la madurez. Me siguen importando las opiniones de los demás, pero no las opiniones estúpidas.
– Acaba de cumplir, además, una edad emblemática… 
– ¡Sí! Hubo party, party, casi de las de quemar la ciudad [risas]. Al principio ves el 5 como una cifra grande, pero luego no notas mayor diferencia.
– ¿Los 50 le han servido para estar a gusto consigo misma?
– Has de querer tu piel, pero aceptando un cierto grado de disconformidad. Un creador no puede estar muy a gusto dentro de su piel, el confort no resulta deseable para la creación. Uno termina negociando consigo mismo desde la primera vez que se ve en el espejo, a los seis años o así.
– Esos debieron ser los tiempos en que usted se aficionó al cine porque su abuela era taquillera en una vieja sala de la ciudad.
– Es que eso de la abuela marca, ¿eh? Me llevaban a ver películas infantiles, claro, pero ya entonces me mostraba disconforme. Por ejemplo, no entendía que Blancanieves no se enamorase de ningún enanito. Disney la pintaba como una nenaza, cuando yo me la imaginaba con más carácter. El colmo de mis traumas infantiles fue cuando a Pinocho se lo traga una ballena. Lloré tanto que me tuvieron que sacar de la sala. Entonces comprendí que Disney no era lo mío…
– Y eso que no hay un solo malo, malísimo en sus películas. Usted dibuja criaturas dubitativas, pero nunca pérfidas.
– Es porque me resultaría difícil interesarme por un personaje malo, malo, malo. Puedo escribir sobre una atmósfera malsana, pero no sobre maldad. Y, sinceramente, para un actor es mucho más fácil hacer de malo. Procuro que mis personajes tengan pliegues, que no sean de una pieza. Javier Bardem construye a su protagonista de No es país para viejos con una película, una actitud, un rollo físico, pero el espectador no se pregunta por qué hace lo que hace, qué le ha llevado hasta ahí. Y eso me interesa menos.
– Hablando de cosas malas, ¿sigue encontrando a diario fuerzas para leer la prensa, con la que está cayendo?
– Me confieso superada por la realidad actual de este paí, y eso que soy consciente de que todavía no hemos visto nada. Me encantaría desarrollar una historia que sintetizara lo que está ocurriendo, pero confieso mi total incapacidad”.
– ¿Pero ha intentado escribir un guion sobre la España actual?
– Sí. Y nada.
– Después de haber ganado un Goya al mejor documental por ‘Escuchando al juez Garzón’, ¿qué género cree que merecería la historia del presidente de los jueces, Carlos Dívar?
– Un sainete trágico. Acaba de mencionar a mi bestia negra, un hombre con el que la palabra “indignación” se queda corta. Dívar es solo la punta del iceberg de unos estamentos sociales y jurídicos que piden a gritos una regeneración moral. Necesitamos honestidad, verdad, explicaciones y justicia.
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