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14-01-2016 Versión imprimir

 
 
Isabel Ordaz
 
 
 
“La televisión es mecánica, el teatro es creativo”
 

La contemplan ocho años de militancia en ‘La que se avecina’ y muchos más sobre las tablas. Pero para denunciar la mercantilización de la cultura no hace distingos
 
 
 
TOÑO FRAGUAS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
“Le tengo más cariño que a nada”, dice mirando a Buda, un spaniel bretón muy zalamero que aguarda a la puerta del espacioso ático de Isabel Ordaz, actriz, poeta y escritora. Nacida en 1957 en el Rastro de Madrid – “un barrio de mucha sensualidad, donde viven gitanos, hay mucha música y verbenas”–, Isabel es hija de un soplador de vidrio y un ama de casa. “Provengo de la clase obrera”, resume. Su carrera tardaría en despegar; pero cuando en 1997 ganó el Goya como mejor actriz revelación por su papel en Chevrolet, de Javier Maqua, ya era un rostro conocido entre el público más joven y moderno, porque ella (que vivió la movida de primera mano) fue una habitual en programas clave de los ochenta: La bola de cristal, Los mundos de Yupi... Con una veintena de películas en su haber, entre otras El año de las luces, de Fernando Trueba (1986); Bajarse al moro, de Fernando Colomo (1989) o Yoyes, de Helena Taberna (2000), su gran salto a la fama llegó con la televisión, encadenando éxitos de audiencia: Pepa y Pepe (1995), Todos los hombres sois iguales (1996-1998), Aquí no hay quien viva (2004-2006) y La que se avecina, serie esta última en la que viene trabajando desde 2007.
 
 
 

 
 
 
   Ordaz ha logrado triunfar en televisión sin descuidar una inteligente carrera teatral, con montajes de la talla de La dama boba, Electra, El caso de la mujer asesinadita, La asamblea de mujeres o Luces de bohemia. Buda se sienta a los pies del entrevistador, esperando la primera pregunta. 
 
– En esta temporada de La que se avecina por fin es usted fija. ¿Quién podía pensar que hasta ahora no lo era?
– Es que me he escapado mucho, pero mandan las facturas… ¡y Hacienda! [risas]. Lo que pasa es que siempre he priorizado mucho el teatro. 
 
– ¿Figura entre quienes piensan que la televisión de ahora es peor que la de antes?
– Es una pregunta con muchas aristas y me produce un poco de pudor contestar con generalidades. Las cosas siempre suceden por una suma de factores. La cultura en general se ha deteriorado, no solo la televisión. El concepto de entretenimiento y mercantilismo se han impuesto por encima de todo: en la televisión, en el teatro y en la cultura en general. Manda la cuenta de resultados y creo que eso viene del mundo anglosajón. Sí que es verdad que antes había una educación más enfocada al aspecto cultural.  
 
 
 

 
 
 
– Incluso en los programas infantiles había cultura... 
– Sí, había un afán didáctico que no tiene por qué ser aburrido. Pero ese didactismo, en el buen sentido, ya no existe. Bueno, ¡me parece a mí! Tampoco quiero decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero todo ha cambiado mucho; aunque siga habiendo gente que se deja la piel y que es muy creativa. Sí que es verdad que hace diez años parece que las políticas y la cultura se avinieron y de ahí surgieron las redes de teatro. Fue un aggiornamento precioso entre lo público y lo privado… Pero, ¿ahora? ¿Quién hace a Beckett desde lo privado? Nadie. Se ha venido todo abajo.
 
– En una ocasión le oí decir que el teatro era físicamente muy exigente. ¿Más que la tele? 
– La televisión es mecánica. Te da mucho ritmo, sobre todo en el caso de la comedia; pero el teatro es creativo, la creación por antonomasia para un actor. Porque uno maneja… No hay primer plano: es un plano general, un estadio de narrativa en directo. Demanda el mayor esfuerzo, el mayor sacrificio. Es una guerra de nervios. Cada día afrontas una función nueva porque el público es nuevo. Mi idea del teatro pasa por coger al público de la mano y contarle, narrarle la historia. Que los espectadores realicen ese viaje contigo. 
 
 

 
 
 
– ¿Un actor narra o solo interpreta lo escrito por otro? 
– Los actores, a partir de un material dado, narramos todo el tiempo. Le sucede lo mismo a un artista plástico.  Los artistas nos narramos a nosotros mismos. Todo el mundo lo hace, en realidad. Ahora estoy demenciada con el lenguaje. Me he puesto a estudiar Lengua y Literatura en la UNED y ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Soy autodidacta y el mundo académico me está dando la estructura intelectual que yo ya intuía. Los autodidactas tendemos a pensar que todo comienza con nosotros. Estudiando me doy cuenta de la presencia del pasado y de su continuidad. 
 
– ¿Qué asignaturas tiene este año? 
– Pues he cogido cuatro. Por ejemplo, el Siglo de Oro.
 
– ¡Pero se lo sabrá usted de sobra! 
– No crea. Los actores somos muy pellejos. Tenemos un conocimiento físico y carnal de los personajes con los que nos tenemos que enfrentar. Conozco La dama boba, de Lope de Vega (he interpretado a la Nise, a la hermana lista). También he visto mil veces El alcalde de Zalamea, pero es un conocimiento anárquico y los actores lo tenemos demasiado cerca como para verlo en perspectiva.
 
¿A qué edad descubrió su vocación de actriz? 
– Hacia los 20 años. Y tuve una crisis porque vengo de clase muy humilde y la familia me había diseñado el futuro, el destino.
 
¿Y qué futuro era ese? 
– Hice bachiller y después secretariado: mecanografía, inglés… Y la idea era entrar en una empresa solvente, de esas de toda la vida. Y luego pescar algún cargo medio, embarazarte… Llegué a trabajar unos años de secretaria en Dragados y Construcciones. Pero tuve que decirles que yo conducía mi propio coche y que el camino me llevaba en otra dirección. 
 
 

 
 
 
– ¿Cuándo asumieron sus padres que usted iba a ser actriz? 
– Nunca. Mi padre murió al poco tiempo de que yo empezara a actuar y mi madre nunca lo aceptó. Creo que se sintió traicionada por mí. Ella quería una proyección de su propio sueño.  
 
– ¿Cómo ha conseguido usted ser muy popular pero sin convertirse en una víctima del papel couché? 
– Tengo muy claro que soy actriz y no un personaje público. Una actriz habla de su trabajo, no habla de nada más. No he tenido la necesidad de tener que sobreexponerme con mi vida privada. Ahora están las cosas muy confundidas y no solo es responsabilidad nuestra. También es de los periodistas. 
 
– A veces surgen actores jóvenes que luego no tienen mucho recorrido, a la manera de estrellas fugaces…
– Eso responde a las, digamos, “necesidades del mercado”. Ahí también tienen parte de responsabilidad las instituciones públicas. Verá. No digo que no haya habido gente que haya abusado de las subvenciones, porque los nepotismos existen en todos los ámbitos, pero eso no debía haber sido excusa para barrer con todo y entregárselo a las fieras de lo privado. A la cultura hay que mimarla. Quizá la televisión no lo necesite, pero sí hay cosas que cuidar, propiciando que haya profesionales que puedan vivir honestamente de su trabajo sin tener que prostituirse. Quitando los cuatro centros públicos que no se pueden abatir porque sería el gran escándalo, se ha venido abajo el teatro de calidad. Por ejemplo, el repertorio del siglo XIX ha desaparecido.  
 
 

 
 
 
– ¿Pero hay público para un teatro de calidad? 
– Creo que lo hay y, si no, hay que prepararlo. 
 
– Su compromiso con la escena viene de lejos. ¿Sigue creyendo que el teatro puede cambiar el mundo? 
– Claro que lo creo. El teatro –las palabras, en general– cambian el mundo. 
 
 
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