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08-04-2019


Jaime Blanch


“La interpretación debe ser cultura. Si no, se convierte en ‘Sálvame” 

 

A los 12 fue niño prodigio del cine: cuatro filmes en apenas un año. Pero tras un parón impuesto por sus padres, la gran pantalla perdió el protagonismo en su currículum en favor de la televisión y el teatro, verdadero pilar de su carrera


PEDRO PÉREZ HINOJOS

Ser un niño prodigio en el cine y poder contarlo como un actor decano y admirado es un privilegio al alcance de pocos. Jaime Blanch (Collado Villalba, Madrid, 1940) es uno de ellos. Con apenas 13 años se convirtió en un héroe juvenil de la pantalla grande con películas tan populares como Jeromín o La guerra de Dios. Ese éxito prematuro, más su pertenencia a una familia de actores, parecían augurarle una carrera imparable. Pero fueron precisamente sus padres los que la pararon, para enfado de Blanch, quien hasta muchos años después no advirtió “lo listos que fueron”. En el camino más largo y lento, pero más firme y fecundo, se ha labrado una abrumadora carrera teatral y una intensa andadura televisiva en la que llega a acumular medio centenar largo de trabajos en espacios como Estudio 1 o Novela. Pese a sus inicios en el cine, sus posteriores apariciones en él acabaron resultando mucho más intermitentes. “No estaba para mí”, afirma con esa socarronería que distingue a quien le bastó con ser una estrella cinematográfica en su juventud para buscar su destino de actor por derroteros menos fugaces.

 

Empezó en este oficio siendo un niño. ¿Qué le mantiene aún en la carretera?

– No me considero en retirada, aunque no cometeré la tremenda ordinariez de morirme en un escenario. Continuaré mientras el cuerpo me responda y me siga divirtiendo. Porque esto te tiene que divertir. Si no, es un horror. Con la fama y la popularidad no basta. Se hace demasiado duro. Y más aún con el ritmo que imponen en la actualidad los ensayos y los rodajes, que es brutal, y te ha de pillar fresco y en forma.

 

¿En ningún caso basta la fama para mantenerse en esta profesión?

– Claro que no. La experiencia te pone en tu sitio. A mí me preocupa la trayectoria de algunos jóvenes. A veces es lo que les ofrecen, más exposición que oficio. Y eso es un engaño. Lo mismo que las redes sociales, que tienen su aspecto positivo, son el invento del siglo por lo que tienen de facilidad de acceso a la información y la cultura. Pero también tienen mucha mentira detrás. 



Usted sabe bien lo que es la fama porque fue un actor precoz. Y conoce también los peligros que conlleva ese rápido reconocimiento. ¿Cómo logró esquivarlos y llegar hasta hoy actuando?

Porque tenía una familia lúcida y culta. Hice cuatro películas en poco más de un año. Apenas tenía 12 años. Cuando regresé al colegio era el héroe, todos querían ser como yo. Y en casa tenía los guiones de El lazarillo de Tormes y unas cuantas películas más. Pero mi padre me dijo: “No, tú al colegio”. Me fastidió muchísimo porque no quería volver a clase. Y cuando cumplí los 18 le pedí ir a la escuela de Arte Dramático. Duré año y medio. Me echaron. Y empecé a trabajar desde abajo.

 

¿Qué razón le dieron sus padres para congelar su carrera en pleno despegue?

– Querían que antes tuviera una carrera y una cultura. No querían que empezara tan pronto. No es lo normal, pero les estoy muy agradecido. Ahora lo pienso y veo que lo hicieron muy bien. Fueron tremendamente clarividentes. Sabían cómo era este mundo y eran conscientes de que la necesidad de parar en aquel momento. Era lo mejor.

 

¿Qué tal andaba de vocación?

– ¿Qué vocación? Yo no tenía vocación. Yo solo me lo pasaba bomba. Para Jeromín me prepararon durante tres meses: me enseñaron a montar a caballo, a saltar vallas, esgrima… Imagínate qué jolgorio. Y cuando mi padre me quitó el juguete me cabreé muchísimo.

 

¿Y cómo fue retomar desde abajo?

– Se me abrían muchas puertas para pegarme un portazo después. Recuerdo que con 20 años me llamó un productor que estaba preparando una comedia juvenil, y cuando entré en su despacho me di cuenta por su mirada de que esperaba ver al niño Jaime Blanch, no al hombre en que ya me había convertido. Me dijo que me llamaría… y hasta hoy. O escuchar comentarios del tipo: “Es que tu nombre sigue sonando mucho a Jeromín”. No fue fácil. Lo mío ha sido una carrera de fondo en toda regla.



¿Qué recuerdos le quedan de aquel tiempo?

– Empecé haciendo funciones en la universidad; películas con Marisol y Pili y Mili. Luego, La gran familia… y poco a poco fui entrando. Pero lo que me ha llenado siempre y me ha dado cierta posición es el teatro. Es donde más a gusto me siento y lo que más echo de menos. Recientemente he dirigido la obra La alondra, de Jean Anouilh, con un grupo de teatro en Olot, el lugar donde vivo. Pero no es igual. Yo quiero subir a un escenario y hacer un personaje.

 

Es raro el actor o la actriz que no señala al teatro como la madre de esta profesión, aunque curiosamente no todos por los mismos motivos. ¿Cuáles son los suyos?

Quizá suene pedante, pero el teatro es la verdad de este oficio. Indudablemente tiene mérito sostener la mirada delante de una cámara, pero no olvidemos que eso también lo hicieron la mula Francis, Lassie, Schwarzenegger, Stallone [risas]… Fuera de bromas: el teatro es único, incomparable, una experiencia que exige un compromiso brutal. Y ojo, no está al alcance de todos los actores.

 

¿Cómo nació su compromiso?

– Tengo la inmensa suerte de venir de una familia de lectores. Y he heredado la afición. Por ejemplo, mi tía me daba a leer muchos textos de teatro. Y aquello fue un descubrimiento. Más tarde llegó el teatro de cámara, el universitario. Fui conociendo a gente, formándome una ideología, leyendo libros que estaban prohibidos… Poco a poco se fue creando esa inclinación, ese respeto a las reglas de este oficio tan exigente.

 

Repasar su historial sobre las tablas produce vértigo. Tanto por la cantidad de títulos que ha interpretado como por la variedad de géneros. ¿Tiene, no obstante, alguno favorito?

– La comedia me encanta. Es lo más difícil de hacer del mundo. Hace falta mucha verdad en ella. Y así surgen maravillas como la de grandes actores dando vida a textos de Shakespeare o Neil Simon.

 

También se fogueó en el teatro televisado de un espacio mítico como Estudio 1. Compañeros suyos que pasaron por él lo consideran, por encima de todo, una escuela. ¿Lo ve usted así?

– Por supuesto. Ten en cuenta que ahí siempre hacías de hijo de José Bódalo, de Fernando Delgado, de José María Rodero, de Jesús Puente… Eran maestros, gente humilde y respetuosa con todo el mundo. Y aprendías mucho. Y rápido. Al ritmo que se grababa, tenías que desarrollar una capacidad de memorización e improvisación increíble. Ahora es impensable ver secuencias de 15 folios como las que teníamos que grabar. Ha cambiado mucho el lenguaje televisivo, es más cercano al cine.

 

Les convertían en corredores de fondo.

– Ya lo creo. El entrenamiento era brutal. Eso no te lo quitaba nadie. Yo llegué a hacer dos programas de televisión al mismo tiempo: uno en Madrid y otro en Barcelona. Me pasaba más tiempo en los platós y en los aviones que en mi casa. Pero era joven. Y necesitaba trabajar.



¿Y qué le ha pasado con el celuloide? ¿Por qué ha sido tan discontinuo?

Mi relación con el cine es como la de ese tipo que entra en una discoteca, pasea la mirada por el local, se detiene en una chica guapísima que está en la barra… y sabe en ese preciso instante que jamás podrá bailar con ella. Y ella piensa exactamente lo mismo. A mí me gusta verlo, pero no hacerlo. Es el arte de esperar, como decía Luis Prendes. Un rodaje es algo interminable. Y es donde más expuesto estás a los rigores de la técnica, no controlas nada. Si tengo que elegir, me quedo con el teatro y la televisión antes que con el cine, desde luego. Y que conste que hay directores maravillosos. Pero llevo 10 años sin hacer cine y no lo he echado de menos.

 

¿Cómo se ve usted como actor?

– Creo que soy generoso. Me encanta el trabajo con compañeros jóvenes, me entiendo bien con ellos. Me divierto mucho y aprendo un montón. Y luego este oficio tiene un aspecto que los anglosajones, que saben mucho de esto, lo ven clarísimo. Ellos utilizan el verbo play, jugar, para la acción de interpretar un personaje. Y actuar es eso: disfrutar. Si no, esta profesión es insoportable, incluso cruel, porque eres muy vulnerable, te expones mucho. Hay partes tediosas, como la de memorizar un papel. Aunque la tengas entrenadísima, como me pasa a mí. Pero lo bueno empieza después, al empezar a construir tu personaje e ir poniéndole capas a la cebolla, en vez de quitárselas. Eso es impagable.

 

¿Qué es para usted la interpretación?

– La interpretación debe ser cultura. Si no, es distracción pura y dura, y entonces le salen grietas y por ahí se cuela la mediocridad, la horterada y lo zafio. Si haces un espectáculo sin poso, sin hondura, sin mensaje, acabas haciendo Sálvame.

 

Hablaba de los jóvenes. ¿Qué percepción tiene de las nuevas hornadas de intérpretes?

– Hay demasiados que van exclusivamente a por la fama. Y muchos tremendamente preparados y profesionales a los que desgraciadamente se les dan menos oportunidades. Porque aquí, salvo excepciones, se arriesga poco.

 

Cuenta usted que, cuando ya de mayor decidió dedicarse a esto, su padre le entregó una carta y le pidió que la abriera justo antes de subir al escenario. Y cuando lo hizo, solo encontró un folio en blanco con una palabra escrita: “Gilipollas”. ¿Tenía razón su padre?

– Me temo que sí.

 

¿Por qué?

– Yo le había dicho que quería ser actor porque no quería estudiar. Y al pedirle explicaciones por aquel mensaje, me respondió: “Eres gilipollas porque has elegido la carrera en la que más se estudia. Y con diferencia”. Tenía toda la razón del mundo.

 

¿Le dejaría un mensaje igual a un principiante?

– Procuraría no ser tan duro. Cuando algún chico o chica me pide consejo yo siempre digo que esta profesión no es tan maravillosa ni tan terrible como la pintan. Esto es una inversión a fondo perdido. Hay algo masoquista en todo esto. Yo siempre digo que trabajo para vivir, pero si trabajando no vivo, no me interesa. Desgraciadamente, la gente joven ni siquiera tiene oportunidades para demostrar su valía. En mi generación, tengo la certeza de que si Juan Diego, Emilio Gutiérrez Caba, Luis Varela o Manuel Galiana están ocupados, me van a llamar a mí. Pero los chicos y chicas de hoy tienen 6.000 delante.



‘El Ministerio del Tiempo’, la retranca y la boca de Hugo Silva

 

Las aventuras de El Ministerio del Tiempo conquistaron a la audiencia en las tres temporadas que se emitieron en TVE entre 2015 y 2017. Incluso llegó a surgir una corriente de seguidores, los ‘ministéricos’, atrapados por las tribulaciones de aquellos agentes que se encargaban de evitar mediante operaciones ultrasecretas que saboteadores del pasado aprovecharan las puertas del tiempo para alterar la historia. Rodolfo Sancho, Cayetana Guillén Cuervo, Nacho Fresneda, Aura Garrido, Juan Gea, Macarena García o Hugo Silva conformaron el reparto de la serie, cuya cuarta temporada quedó en el aire. “Ojalá pueda hacerse, sería el triunfo de la coherencia”, dice Jaime Blanch, el subsecretario Salvador Martí en la pantalla, un tipo enérgico y mordaz por exigencias del guion. “Javier Olivares [uno de los guionistas] me propuso que le metiéramos humor al personaje. Y me pareció genial”, apunta Blanch, que ponía comicidad hasta con la claqueta señalando el final de la secuencia. Como aquella vez con Silva en un tenso cara a cara. “Hugo, que es un actorazo, estaba recién llegado a la serie y un poco nervioso. Acabamos el diálogo, nos quedamos frente a frente… y yo le solté: “Deja de mirarme si no quieres que te coma la boca”. El pobre se puso rojo, no entendía nada, y luego estallamos todos en una carcajada”.

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