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24-01-2013 Versión imprimir

 

“Irene Gutiérrez Caba
ha sido 
 la mejor actriz
que he visto nunca”

La charla con el director de ‘Mi querida señorita’ regala una clase magistral. De cine, de toros, de historia, de la vida. Jaime de Armiñán sabe un rato. Un rato largo.










JAVIER OLIVARES
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Dos veces candidato al Óscar. Goya de Honor, por fin ("yo creo que me lo merezco, ¿no?", pregunta entre tierno y pícaro). Padre de una de las series señeras de la televisión, Juncal. Escritor solvente desde la primera línea, hace muchos años. Salud y memoria de hierro. Aparte de la revisión oftalmológica que acaba de superar, pocas más muescas tiene la banda magnética de su tarjeta sanitaria, a los 86 inviernos. Y eso que, en los años treinta del siglo pasado, sus padres le retrataban como un niño enclenque, con dificultades físicas. “Yo no me recuerdo así”, asegura. “Pero cuando eres hijo único, tu padre, tu madre y, sobre todo, tus abuelas, te sobreprotegen. No me dejaban bañarme ni en el mar ni en la sierra de Guadarrama. Ni tomar huevo”. Habla Jaime de Armiñán, que fusiona con tiento la sapiencia del abuelo con la lucidez mnemotécnica del nieto.

– ¿Por qué se define como “un niño liberado por la guerra”?
– Porque cuando comienza la guerra, los mayores se ocupan de otra cosa. Ya no están obsesionados por ti, sino martirizados y criminalizados por otras cosas. Dejan a los niños y empieza una guerra de liberación, la de los seres pequeños. A mí no me permitían salir sin abrigo, ¡ni en mayo!

– Como hijo de Gobernador Civil, tuvo usted una infancia de lo más movidita.
– Lugo, Córdoba, Cádiz... En Córdoba estuve en el estudio de Julio Romero de Torres, con mi padre, y sus gitanas impresionaban a aquel niño de siete años. Me fascinó la arena de la playa de Riazor, en A Coruña… Y me gustaron Burgos, San Sebastián, Vitoria, que ya me pillaron un poco mayor.

– Hijo de periodista y actriz, lo raro sería contravenir a la vocación genética.
– Sobre todo por parte de madre, hija y nieta de actores, que fueron cómicos desde el XVII o el XVIII. Mi abuelo materno, Federico Oliver, hizo una obra preciosa, Los cómicos de la lengua, antes de que su hija les abandonara.

– ¿Frecuentó mucho el entorno de escritores, militares o juristas de su padre?
– Sí, a pesar de la guerra. Con Manuel Machado coincidí más de 15 años. Vivía en una pensión, en Burgos. Era un señor mayor, que salió de la cárcel y se salvó milagrosamente de la muerte. Republicano, pero fascista después. Lo conocimos gracias a un personaje curioso, Diego Martín Veloz, muy amigo de mi abuelo Luis [de Armiñán, político liberal]. Cubano, mestizo y rico, le sacó de la cárcel y lo dejó en esa pensión.

– ¿Estaba en vigilancia permanente?
– Claro. No podía pisar la calle, detenido. Salvó la vida cuando llegaron a la ciudad mi familia, los toreros Manuel y Pepe Bienvenida, Marcial Aranda y algún picador más.

– ¿La Historia trata mejor a Antonio que a Manuel por aquel ‘veleteo’?
– Creo que sí. Pero no tiene nada que envidiarle. Debió de tener un momento más difícil, con la guerra, por aquello de las etiquetas. Mi madre le llamaba “Manolo” Machado y él le pedía que recitara alguna de sus poesías. Lo tengo grabado, como el frío de Burgos.


 

 


– ¿Ya en Madrid, se matriculó convencido en Derecho?
– No. Mis padres se empeñaron. Tenían razón: “un chico, tras el bachillerato, debe pasar por la universidad”. Siempre deja un poso, malo, bueno o regular.

– ¿Y hubo poso de amistades?
– Ninguno. Imperaba una mediocridad total. Apenas los amigos del Colegio Estudio que siguieron conmigo; Juan García Hortelano, con el que coincidí en alguna tertulia… y Rafael Martínez Emperador, asesinado luego por ETA cuando era magistrado [1997].

– ¿Qué tal expediente tuvo usted?
– Normalito. En primer curso habría… 900 alumnos. De ellos, 50 chicas, máximo. ¡Y eran las más estudiosas! Aprendí más en París, antes de la carrera, donde mi padre era corresponsal de ABC. Tuve la suerte de acabar bachillerato con buena nota, y pasé allí todo un verano. Vi cosas distintas.

– ¿Por ejemplo?
– Aquí yo iba al cine con las chicas, que miraban a Gary Cooper, en vez de a mí. Pero en París, vi por primera vez a una pareja besarse en la calle; vi una bandera roja con la hoz y el martillo; fui al Folies Bergere o al Casino, con las chicas semidesnudas, a pesar de la censura de De Gaulle. En el público, soldados norteamericanos, canadienses…

– Y en el cine, ¿qué vio?
– Películas americanas subtituladas. Me entusiasmó Les enfants du paradis. Y Veronica Lake en Me casé con una bruja. Aparecía rodeada de humo cuando se iba a desnudar. “Esto es la censura”, pensé. Cuál sería mi decepción al ver que en la versión de aquí había el mismo humo. Lo habían rodado así [risas].

– Esa fascinación por la mujer se refleja en todas sus películas.
– Se refleja desde que nací [risas]. Siempre me ha gustado más, no solo por fotogenia. Me gustan más las hembras.

– ¿En sus equipos también?
– Ha habido muchas… pero me refiero a la vida en general. Mi madre, mi abuela… Cuando empecé a dirigir, en televisión, tenía más actrices. Quizá por eso he admirado a George Cukor, que además era homosexual.

– ¿Quiénes eran sus referencias?
– Carol Lombard y Ginger Rogers. Sin duda.

– ¿Y por aquí?
– Irene y julia Gutiérrez Caba. Irene ha sido la mejor que he visto nunca: sensibilidad, gracia y talento. Es una familia perfecta de actrices con excepciones como Emilio. Por cierto, los tres trabajaron en un programa mío en la tele, cuando Emilio tenía 14 años. Y, cómo no, Amparo Rivelles, una de las personas más hermosas que he visto, gran actriz y buena amiga de mi madre.

– No era fácil que triunfaran las guapas…
– Es que se exigía que fueran bellezas… y fantásticas. Apenas despuntaban las excepciones. Como Pepita Serrador, la madre de Chicho [Ibáñez Serrador], argentina, una belleza y payasa: hablaba, pero sabía llorar, como las italianas. Las españolas eran, en cambio, o guapas o dramáticas.

– Isabel Pantoja, ¿en qué categoría está? Siempre figurará vinculada a usted, guionista de sus dos películas.
– ¡En ninguna! [Risas]. Con ella no he trabajado, solo he estado implicado. Destrozaron uno de esos guiones [El día que nací yo]. Me salí a los diez minutos del cine. Era una historia de gitanos, que los primeros minutos hablaban en caló subtitulado. Pero al quitarlo, mutilaron la gracia. Lo convirtieron en una novela rosa, con Arturo Fernández de protagonista.

– Nada que ver con el éxito de Mi querida señorita, que vieron casi dos millones de espectadores.
– Fíjate que ahora hay una versión teatral, por cierto, que ha hecho Bernardo Fernández, preciosa.

– ¿Quién haría hoy el personaje de Adela?
– ¡Eso quisiera yo saber! [risas]. No veo a ninguno. José Luis López Vázquez fue un hallazgo. Y eso que no quería hacerla…

– ¿Por qué?
– Era una época delicada para aquel tema. Y, en el rodaje, pedía cosas absurdas, como que, cuando tocaba el piano, se vieran las manos de una mujer. ¡Si él sabía tocarlo! Hay una escena en la que se le acerca Ferrándiz y él-ella sale corriendo por la playa. “Yo no corro como ellas”, dijo. Y tuvimos que buscar una doble en Playa América, en la ría de Vigo, donde rodábamos. Pero él no quedaba conforme.

– Pues no quedaría tan mal, cuando la película les llevó a Hollywood…
– Yo ni me enteré de que había llegado tan lejos. Hasta que recibí un telegrama. Sabía que había un Óscar para Greta Garbo, Gary Cooper o Carol Lombard, pero ignoraba que podría haber para los pobres europeos. Me llamó Borau, mi buen amigo y coguionista. Y allá que fuimos Elena Santonja [pareja de Armiñán], Borau, López Vázquez y una compañera que tenía entonces, madre de alguno de sus hijos.


 


– ¿Le impactó Los Ángeles?
– Mucho. No me gustan nada los aviones. La llegada a la ciudad, esa inmensa luciérnaga. Luces, luces… 300 kilómetros de luces hasta que llegas al aeropuerto.

– ¿Quién pagaba el viaje?
– Parte Borau, que era productor, y parte la Warner. Llegamos a las cinco de la mañana, después de no sé cuántas horas. Sonó el teléfono. “Soy Ricardo Montalbán, su edecán”: él, encantador, nos llevaría la mañana siguiente la rueda de prensa que presidía George Cukor.

– ¿Cómo recuerda la sala?
– Llena de gente que sabía mucho. Estábamos todos los directores menos Buñuel, que iba a ganar el Oscar de habla no inglesa por El discreto encanto de la burguesía. Se lo debían porque Viridiana no lo había ganado el año anterior dada su procedencia de la España franquista. Los periodistas preguntaron al menos durante veinte minutos sobre Mi querida señorita, y fue el propio Cukor, presidente del jurado, quien tuvo que cambiar el ritmo de preguntas.

– ¿Conoció a alguien más?
– A Billy Wilder, que me regaló un libro y fotos de la tienda que regentaba. Y a George Stevens. Borau no me ha perdonado nunca que Cukor solo invitara a cenar al director. El solo era productor y guionista [risas].

– Alguna mujer ficharía
– Conocí a la hermana de Loretta Young y a Joan Fontaine, algo estropeada ya. Y a Groucho Marx, cuando íbamos a entrar a la entrega de premios. Al ver a aquel tipo con gabardina husmeando, sin intención de entrar, me reí. Lo pasamos todos bien. Incluso López Vázquez [carcajadas].

– ¿Vio de cerca el Oscar?
– Físicamente sí, metafóricamente lo tuve más cerca con El nido

– Por cierto, ese Alejandro de El nido al que le gustan los pájaros, ¿tiene algo de autobiográfico?
– No… Le gustan mucho a mi hijo Álvaro [también cineasta]. Insisto, pudimos haberlo ganado. Se aplazó la nominación por el atentado contra Ronald Reagan [marzo de 1981]. De las candidatas, junto a El último metro, de Truffaut, y Kagemusha, de Kurosawa, sonaba la mía. Pero se la dieron a Moscú no cree en las lágrimas, una película asquerosa.

– ¿Por qué?
– Les venía bien políticamente dar ese premio para montar una exposición sobre cine soviético que, además, se frustró. En la ceremonia yo me senté junto al agregado cultural de la URSS, porque al director [Vladimir Menshov] no le habían dado el pasaporte, no le habían dejado ir. Cuando el agregado salió a recoger el Oscar, le puse la zancadilla. Salió tropezando [ríe con ganas].
 
Armiñán, que hace dos horas era remiso a la charla, ha cogido carrerilla. Habla de sus escarceos con la publicidad: firmó un anuncio de Coca Cola y otro de Nescafé. “No los hice yo solo, pero pagaban bien. Y hacer un guion para los 20 segundos de un spot no es fácil”. Y habla con halagos de Fernando Guillén. Trabajó con él en 14, Fabian Road (2008), “esa película innombrable, maldita, la última”, apostilla. Es momento de evocar.
 
– Se le han ido muchos compadres: Guillén, Marsillach, Rabal, López Vázquez…
– Ojo, etimológicamente compadres son solo los del bautizo. Como Adolfo Marsillach, padrino de mi hijo Álvaro, y José María Forqué. Paco Rabal ha sido mi hermano, como Antonio Bienvenida o Ángel Luis Bienvenida.

– También está ‘pocho’ Narciso Ibáñez Serrador, con el que hizo aquella ‘Historia de la censura’,
que encantó al mismísimo Adolfo Suárez.
– Él era director de programas en TVE. Le enganchó y le advertimos que no lo pasaría la censura. Se basaba en unos Juegos Olímpicos en los que Tip aparecía en el estadio como Felipe II y ¡ganaban EE UU y la URSS! Los españoles eran los últimos de la fila… Lo prohibieron inmediatamente.

– ‘Juncal’, un mito de la historia de la televisión, marcó su carrera.
– Ya habíamos hecho un Juncal que formaba parte de la serie Cuentos imposibles. El niño Luis Miguel Calvo, que hacía de hijo de Juncal, era un novillero de la escuela taurina, muy guapo. Los toreros hacen mejor de torero que los actores: están acostumbrados al espectáculo. Martín Vázquez, Maravillas, Domingo Ortega, Antonio Bienvenida.... Como había gustado mucho, Pilar Miró, directora del ente, propuso hacer un Juncalindependiente.

– ¿Podría afrontarse un remake hoy? 
– No, sería económicamente insostenible. Tardamos un año, 1988, en hacer los siete episodios. ¡A mes y medio por capítulo!

– El argot de la serie, ¿estaba inspirado en el personaje malagueño en el que se basó?
– No. Expresiones como “tomo nota”, “tunanta”, “qué sabe la gente”… eran todas invención mía.
 


 
 
 
DE MARISOL A PEPA
Testigo de un mito del cine
 
En la biografía laboral de Jaime de Armiñán hay un hito subrayado: haber dirigido a Pepa Flores, Marisol, enCarola de día, Carola de noche, su debut como director. “Ni siquiera la conocía. Hice la sinopsis de un guion y todo fue rodado. Era una tontería, traté de hacer algo distinto para ella, pero no hubo forma”, recuerda.
 
“La tenían secuestrada. La chica dormía en hoteles aparte en los rodajes”. Con el tiempo, el mito devoró a la niña prodigio. “Pero consiguió escaparse. Huyó porque cambió España en ese momento. Su suegro [el productor Manuel Goyanes, su descubridor] estaba enamorado de ella, y la quería proteger de todo, entre otras cosas, de mí. Hasta [la actriz] Isabelita Garcés opinaba”. Puestos a rescatar algo de Carola…, Armiñán se queda con la rotunda actuación de Lili Murati, aquella actriz húngara que triunfó en el musical y la comedia en el Madrid de mitad de siglo. Cuarenta años después, apenas ha vuelto a ver a Pepa Flores, con la que coincidió en un aeropuerto: “Fue un encuentro fugaz y cordial”.  
 


 
 
"BIENVENIDA, MI HERMANO"
Un doctor en La Fiesta
 
Los toros le imantaban ya antes de conocer al diestro Antonio Bienvenida, al que se refiere como “mi hermano”: su padre fue amigo del suyo, Manolo Bienvenida, el mítico Papa Negro. “Después de la guerra, me crié, empujé el carretón y toreé en Príncipe de Vergara 3, su casa. Una casa que, por cierto, ¡han tirado! Esa Carmelita, la madre, era maravillosa”.

– ¿Dónde le pilló la muerte de Antonio en aquella capea fatídica?
– En Madrid. Fue un otoño [de 1975]. Con los 50 cumplidos, se discutía sobre si regresaría a los ruedos o no.

– ¿Aprendió mucho de tauromaquia?
– Mucho. Hablé mucho con Antonio [y sus hermanos] Ángel Luis, Juan y Manolo. Manolo me brindó un toro en Sevilla a mis cinco o seis años.

– ¿Se extingue La Fiesta?
– Sí. Seguro. No hay los toreros de entonces, y no hay, sobre todo, toros.

– ¿La prohibición en Cataluña ha hecho daño?
– No tanto. La gente sigue viendo boxeo en la tele, si quiere. Es subjetivo. Joselito el Gallo siempre dijo que no sabía si era peor para un torero “obtener una oreja en Barcelona o una bronca en Sevilla”. Genial.

– ¿El más grande que ha visto?
– Antonio Bienvenida. Y Manolete. Fui a ver a Manolete con mi padre y el tenor Pedro Terol, su amigo. Yo era un niño muy pequeño. “De culo sumío”, que decía Joselito. Recuerdo el cartel como si fuera hoy: El Estudiante, Belmonte y Manolete, que iba siempre en medio. Triunfó con un sobrero. No lo olvidaré.

– ¿De Paula o Curro?
– Nada que ver. Paula era un chico con arte, genial. Pero cuando Curro decía “aquí estoy yo”… le vi en un mano a mano con Bienvenida, y cortó cuatro orejas.

– ¿José Tomás?
– No quiero verlo. No me interesa un torero que sale a morir.

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