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07-06-2016 Versión imprimir

 

“La profesión de actor es la única en la que no tienes que jubilarte nunca”


Fue perfumista, pero nunca ha dejado de ser lo que más ama: intérprete. Hoy, con 88 años, representa ‘Abans que pugi el teló’ como el decano de la profesión en Cataluña



JORGE BARRAZA
Reportaje gráfico: Pau Fabregat
Quizá muchos asocien el concepto “independiente” con aficionado o amateur. El teatro independiente es profesional en extremo. La diferencia, que la hay, es que se vive para él pero casi nunca de él. Es el teatro altruista. El de la pasión por este oficio.
 
   Jaume Pla Pladevall (Vilassar de Mar, Barcelona, 1928) es el actor más veterano de Cataluña y un ejemplo del reto que supone perseguir una vocación. Pasó décadas combinando su trabajo como perfumista, con el que pudo criar sin sobresaltos a sus cinco hijos, con los más grandes y pequeños escenarios. El perfumista se jubiló; el actor no lo hará jamás.
 
 

 
 
 
   Los 88 años los ha cumplido sobre un escenario que es capaz de llenar en solitario. Abans que pugi el teló (Antes de que suba el telón) es un monólogo de casi hora y media que Víctor Alexandre ha escrito pensando en él, pero basado en un matiz en el que no se reconoce al Jaume Pla real: la despedida. En la ficción, un anciano teme acabar decrépito su carrera y presenta la última obra de su vida. Pla no comparte su miedo.
 
   El elemento autobiográfico sí está presente en la función. Habla de la lucha contra la censura o la prohibición de la lengua, que Pla conoció de primera mano. Su llegada al teatro no puede desvincularse del contexto de represión de la posguerra. Para Pla tuvo incluso consecuencias personales: no fue fácil convencer a su futura suegra de que era un buen partido. Al fin y al cabo, la profesión de “cómico, actor, circo y variedades” estaba sujeta a la categoría menos amable de “vagos y maleantes”.
 
   “Decidí hacer teatro amateur muy joven, en Rubí. Cuando me casé nos fuimos a vivir a Barcelona y allí descubrí que el teatro catalán casi no existía”, recuerda. Pero también descubrió la Agrupació Dramàtica de Barcelona (ADB). Representaban obras en catalán traducidas de autores internacionales. Eran la resistencia.
 
 

 
 
 
   En aquellos años, los grupos independientes que conseguían sortear la censura podían representar un máximo de tres funciones. “La intelectualidad catalana nos cedía los teatros más grandes de Barcelona, como el Liceu”, rememora Pla. El gran reto era conseguir que los censores entendieran la obra. “Si no la entendían la acusaban de comunista”.
 
   “Estrenamos una obra de Bertolt Brecht. El día del estreno la función se suspendió con todo vendido. El público tenía derecho a reclamar su dinero, pero nadie lo hizo”. El director, Federico Roda, se fue a Madrid para convencer a la autoridad de que aquello no iba contra Franco. Lo consiguió. La obra llegó al Palau, pero la venganza de los censores locales de Cataluña se cobró luego un precio mayor: “No pudiendo suspender la obra suspendieron la compañía y precintaron su local. Éramos tan profesionales que cada obra que estrenábamos tenía su propio vestuario, y se pudrió allí dentro”.
 
   El director de la compañía desistió, pero Jaume Pla no. Así, como continuación de la ADB, nació el GTI (Grupo de Teatro Independiente). “Creamos el teatro off Barcelona. Un teatro joven, crítico. Por Las bodas de Fígaro recibimos incluso premios internacionales. La censura también lo prohibió porque la obra incluía un grito a la libertad”.
 
 

 
 
 
Sueldos idénticos en el Lliure
De la mano de Fabià Puigserver, entre otros, nació en Gràcia el mítico Teatre Lliure. Y allí estaba también Jaume Pla. Se fundó como una cooperativa. “Era teatro nuevo, independiente pero profesional”. Y aquí se acentúa la doble vida de Pla: “Era una buena salida para un bohemio, pero no para mí. Los primeros años, desde la chica que barría la sala hasta el director cobraban lo mismo. Yo tenía que financiarme y no seguí, pero sí alternaba con ellos”. Tuvo que rechazar grandes obras porque no podía permitirse ir a Madrid o hacer bolos por toda Cataluña, así que se centró en las pequeñas funciones locales.
 
   El Pla perfumista sostenía a su familia y el Pla actor era sostenido por su familia. “Mis hijos no me veían”, se queja. “O estaba en el trabajo o ensayando”. Pero su suegra ya había quedado reconfortada. Jaume Pla llegó a ser un reconocido perfumista. Y Laura, su mujer, entendió que su vida era el teatro y le ayudó a seguir luchando por él.
 
   “Me he jubilado, ahora ya podré volver a hacer teatro”. Así se presentó Pla ante decenas de directores y productores cuando por fin dejó de lado las fragancias de almizcle o algalia y decidió encarar su carrera artística. “La profesión de actor es la única en la que no tienes que jubilarte nunca. Los árboles mueren de pie”.
 
 

 
 
 
Y llegó la tele
La iniciativa no fue exitosa, pero la suerte cambió pronto. El teatro no sirve para hacerte popular, admite Jaume, pero sí la televisión. Durante un año, Pla invadió El cor de la ciutat, la exitosa serie de TV3. Interpretaba a un hombre que regresaba de América para recuperar un amor de juventud. “El personaje era un ejemplo para la gente mayor. Era un señor que, como yo, no se resigna a estar en casa y dejar pasar la vida, sino que aún se podía enamorar y estar activo”.
 
   Cuando su paso por la pequeña pantalla terminó, le preguntaron por sus proyectos de futuro. Y Pla respondió sin complejos: “Si estuviera en Madrid te diría que tengo sobre la mesa diferentes guiones, que estoy haciendo una selección de los que pueden ser interesantes para mí; pero en realidad estoy en mi casa en Sant Cugat y no tengo nada”.
 
   El Jaume Pla de Abans que pugi el teló interpreta a los grandes dramaturgos que le han marcado. Por encima de todos, Chéjov. “Es el gran autor internacional, el Mozart del teatro”. La Agrupació Dramàtica de Barcelona fue la primera en traer sus guiones a España, y él conserva esa admiración junto a una firme ortodoxia que reivindica como forma de respeto a los autores y la realidad sobre la que escribieron: “Un Shakespeare tiene que hacerse como Shakespeare, no en tejanos y con un móvil”. Lo que no echa de menos es la forma de declamar del pasado, la sobreactuación. “Ahora el teatro funciona. Ha ganado en cultura, formación y estilo”.
 
 

 
 
 
   Cuando vuelva a bajar el telón, Jaume Pla seguirá esperando un nuevo papel. Así lo razona: “Siempre habrá un personaje mayor que tenga que ser interpretado por un actor mayor”. Su sueño es convertirse en una versión masculina de Jessica Tandy, la actriz protagonista de Tomates verdes fritos, una mujer que alcanzó el reconocimiento al final de su vida.
 
   A él, a pesar de las dificultades, ya le ha llegado en forma de Creu de Sant Jordi, de funciones de homenaje, del cariño de sus amigos (muchos, con apellidos que imponen) y, sobre todo, de un gran aplauso del público. Ese que, según dice, es lo que “hace que cada función sea diferente”.
 
   Como maestro decano de los actores catalanes deja un duro consejo para el más joven, sea quien sea: “Que tenga vocación, voluntad y otra carrera preparada, otro oficio”. Y para los directores, una petición: quiere protagonizar El jardín de los cerezos. De Chéjov, claro. A todos, una advertencia: “El teatro es cultura, hace pensar y hay que defenderlo”. Y una sentencia final, por si alguien con poder aún lo duda: “El teatro no morirá nunca. Se hará diferente pero será teatro. Será eterno”. 
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