twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Entrevistas
10-12-2014 Versión imprimir

 


Javier Sotorres


Un relato de las pequeñas victorias


El protagonista de una campaña sobre los derechos de los inmigrantes encarna, además, la historia de la precariedad en el gremio de la interpretación
 
 
 
 
 
FRANCISCO PASTOR
Fue un ejercicio voluntario. El actor Javier Sotorres quiso dar vida al farmacéutico que confiscaba y trituraba la tarjeta sanitaria de los usuarios del madrileño barrio de Lavapiés, en lo que resultaba ser una campaña en defensa de los derechos de los inmigrantes. Que contara la historia de los demás no le salva de encarnar a otro personaje del que también hemos oído hablar en numerosas ocasiones: el del actor que hace equilibrios y vive al día para no convertirse en otro más de los tres de cada cuatro intérpretes que no logra vivir de su trabajo. “Voy cumpliendo sueños poco a poco”, relata este alicantino de 35 años que ve cómo su labor junto a la organización solidaria Red Acoge vuela por las redes sociales mientras, sin embargo, su anonimato permanece intacto.
 
   “Estoy acostumbrado a lo fugaz de la publicidad, aunque estoy muy sorprendido. Esto no me había ocurrido con otros papeles”, reconoce el actor. El vídeo en el que provoca la indignación de la clientela de una farmacia va camino de las 100.000 visitas en Youtube y otras tantas difusiones por Facebook. No en vano, el único intérprete de una pieza en la que los personajes son reales ha pasado los últimos tres años de su vida aprendiendo teatro de improvisación. Formarse es parte de la cabezonería, del empeño en no renunciar a un horizonte que, aunque en otro tiempo tan natural, en ocasiones parece lejano: “Yo solo sueño con vivir tranquilo, con saber que el mes que viene tendré una nómina. Ya sé que hay quienes piensan que este oficio no es para eso, pero me pregunto cuándo algo así nos ha dejado de parecer razonable”. Por el camino, de hecho, ya ha visto quedarse a alguno que otro de los compañeros que estudiaron arte dramático con él.
 
 

 
 
 
   A su alrededor también empiezan a ser más y más quienes dejan de protagonizar sus vidas para pasarle el testigo a los más pequeños. “A día de hoy me parece incompatible con ser actor. Con mis condiciones de vida, no sé qué le podría ofrecer a un niño”, reflexiona el intérprete. Los fines de semana, sin embargo, actúa frente a cientos de ellos en el Teatro Maravillas dando vida al espantapájaros de El mago de Oz, a lo que llegó tras años de suplencias. “Pienso que soy actor cuando me veo allí, cuando vamos de gira y acabamos en el Kursaal, cuando entiendo que sí estoy donde antes no estaba”. Una vez más, deja la atracción por los vaivenes para quienes no conocen la precariedad: firmaría cualquier contrato que le garantizara un lugar en montajes como este hasta que tuviera edad de retirarse.
 
 
 

 
 
 
   Y aunque por el día se suba a las tablas frente a familias enteras, las noches son otra cosa. Una vez a la semana, el trabajo como actor tiene lugar entre las paredes de un antiguo prostíbulo; de nuevo, en ese célebre barrio de Lavapiés en el que también se encuentra, desde hace más de una década, su casa. Gracias a las estrecheces de la sala El Burdel a Escena, le toca participar en un trío amoroso, cargado de diálogos explícitos y picos de tensión sexual, a solo unos palmos de los bancos en los que se encuentran los espectadores. El aforo para esta experiencia solo permite 16 de ellos. De forma paralela a las dicotomías día/noche y público/picaresca, mientras vive de un trabajo se dedica a este otro, casi, por amor al arte: “Lo alternativo tiene un precio”. A lo que se suma la incertidumbre de si renovará la obra en cartel, o no, al mes siguiente.
 
   Con todo, aunque pequeñas propuestas como esta suelen estar abocadas a pasar sin pena ni gloria por las salas pequeñas, el contenido homosexual de esta pieza, Creep, le ha valido la atención de los medios de comunicación ubicados en la llamada cultura LGTB: “Deberíamos caminar hacia todo lo contrario, a quitarnos las etiquetas, pero reconozco que la obra habría muerto mucho antes en caso contrario”. De todos modos, y dado que los asistentes son de toda clase y condición, en la obra no reside solo una historia sobre las pasiones, sino que un alegato sobre la diversidad sexual permanece a la vista de aquellos a quienes venga bien escucharlo.
 
 

 
 
 
   Si de un día para otro lo que tocara fuera quedarse en casa, no sería el fin del mundo. Sotorres, como tantos otros intérpretes de su edad, está acostumbrado a despedirse de las buenas rachas: primero, intentaría retomar las breves incursiones en el mundo de la publicidad, en el que realizar carrera es complicado. “La gente recuerda los anuncios, y a veces incluso al personaje, pero nunca se quedan con el actor”, reflexiona el intérprete. Si no, quizá, volvería a los trabajos de animación, como los que le han llevado a asustar a los viandantes del Viejo Caserón, en el madrileño Parque de Atracciones. Y también está lo de servir mesas, “que muchas veces da más dinero que esto”, recuerda.
 
 

 
 
 
   Los sinsabores que pretendan provocar algún giro en la trama, en cualquier caso, pueden esperar sentados. El actor no imagina el día en que acabará desistiendo del arte dramático y emprendiendo una vida en cualquier otro gremio. Al igual que tampoco está dispuesto a que permanezca en la anécdota aquella mañana que pasó rodeado de cámaras ocultas y escuchando las quejas de los vecinos de Lavapiés que, durante unos minutos, vieron desvanecerse su derecho a la sanidad: y así reitera que, más allá de dar recorrido al vídeo, de lo que se trata es de firmar para apoyar la campaña. 
10-12-2014 Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio