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21-05-2015 Versión imprimir

 

Jesús Carroza


“Tras ganar el Goya trabajé en un taller, hice mudanzas, repartí publicidad…”



Su llegada al cine fue tan casual como brillante. Una década después regresa a la cima gracias a ‘El Niño’ y ‘La isla mínima’


HÉCTOR MARTÍN RODRIGO
Reportaje gráfico: Belén Vargas
Por un minuto se salvó la carroza, nunca mejor dicho, de transformarse en calabaza. Y es que en el cuento particular de Jesús Carroza (Sevilla, 1987) la angustia dejó paso a la gloria justo antes de que el reloj marcase la medianoche de aquel 29 de enero de 2006: Aitana Sánchez-Gijón y Álex de la Iglesia le entregaban entonces el Goya de actor revelación por 7 vírgenes. Le observaba en la butaca el director Alberto Rodríguez, su principal valedor hasta la fecha, dispuesto a llevarle de la mano a lo largo de toda su filmografía. Aunque no ha sido el único, pues ha brindado su talento a realizadores de la talla de Daniel Monzón, Imanol Uribe… e incluso a los mundialmente consagrados Steven Soderbergh o Michael Radford. Ahora le toca pasarse a la pequeña pantalla, pues le han confirmado su participación en una serie de un canal privado de ámbito estatal. La superstición, eso sí, le impide adelantarnos más detalles...
 
   Jesús Carroza cautiva a millones de espectadores cada vez que su rostro llena el encuadre, y sin embargo, nada tiene que ver con esa imagen de estrella rodeada por una aureola de flashes. El busto que da fe de su envidiable bautismo artístico, de hecho, descansa sobre el mueble bar de la casa de su abuela. Fuera de los focos resulta tan natural como sus personajes; siempre a medio camino entre la inocencia y la picardía, la fragilidad y la violencia, siempre capaces de robar una sonrisa en mitad de historias propicias para la lágrima. Lleva por bandera el periférico barrio de San Jerónimo, hasta el punto de citarnos inicialmente en un parque cercano, pero una de esas escasas tardes lluviosas en Sevilla traslada la charla bajo los techos del hotel Alfonso XIII.
 
 

 
 
 
 
− Aparecer en los dos largometrajes más aplaudidos de 2014, ¿ha incrementado su popularidad?
Percibo un poco más, aunque lo llevo bien, voy tranquilo por la calle. La gente se me acerca con respeto y educación. Este fenómeno es distinto al bombazo que supuso 7 vírgenes, quizá porque lo he encajado con mayor madurez: entonces me pilló todo de sopetón, no me planteaba ser actor, era un adolescente de lo más normal. Recuerdo que no podía pasear por el centro de Sevilla, y hoy he venido en autobús sin que nadie me aborde. He pasado de acosado a observado.
 
‘El Niño’ levantó pasiones entre el público joven también en redes sociales. ¿Le lleva mucho tiempo eso de la promoción virtual?
No me llevo muy bien con las nuevas tecnologías, no evoluciono al mismo ritmo, estoy algo descolgado. Me abrí perfiles por recomendación, pero solo los miro de vez en cuando, no soy un obseso. Ni siquiera sé cómo funcionan, una amiga me echa una mano mientras aprendo por mí mismo. Me entretengo con otras cosas: leyendo un libro, chateando por WhatsApp…
 
Una inesperada tabla de salvación
− ¿Creyó que haría historia nada más estrenarse en este gremio?
− Alguna esperanza albergaba, más que nada porque todo el equipo decía que el premio era mío, pero fui prudente. Por eso no daba crédito en el instante en que pronunciaron mi nombre, viví un tsunami emocional con el que concluía un proceso totalmente desconocido para mí: había salido del instituto a rodar la película, habíamos estado promocionándola alrededor del planeta… ¡La fiesta posterior fue gorda! [Risas]. Me lo pasé de puta madre con Óscar Jaenada, que ganó por Camarón. Salí tan aturdido que después me parecía que tenía amnesia, me costó digerir lo acontecido aquella noche.
 
 

 
 
 
− ¿Es cierto eso de la maldición del Goya?
− Pensé que todo iba a ser un camino de rosas. Y nada más lejos de la realidad: pasé alrededor de dos años sin actuar. En ese tiempo me marché a Madrid porque allí se cuece todo, pero terminé currando en un taller. También hice de camarero, mozo de mudanzas, repartidor de publicidad… Volví con mi familia para retomar los estudios, dispuesto a continuar en esto si las cosas salían bien. Aquello me enseñó que el cine es duro, que solo despuntan dos o tres sobre otros muchos sin empleo pese a tener el mismo talento.
 
− ¿Qué cambió en la vida diaria de aquel joven de 18 años que jamás se había puesto ante la cámara y de pronto se veía con ganas de seguir actuando porque le avalaba la máxima distinción de nuestro cine?
− Cambió la actitud de la gente hacia mí más que yo mismo. Mi entorno siguió siendo igual, aunque tuve la suerte de dar con Alberto Rodríguez, a quien he visto desde entonces como un hermano mayor. Me insistió para que estudiase más y me tomase con calma este oficio, para que me forjase primero como persona y así luego pudiera aportar experiencias variadas a mis papeles. Una cotidianidad rica ayuda a ser mejor actor.
 
− ¿Cómo es su paisano Rodríguez cuando ejerce de jefe?
− Entusiasta y perfeccionista. Como intérprete no puedes estar en mejores manos: establece un período previo de ensayos para que juguemos y comentemos cualquier idea que se nos ocurra. La gente se fija en su gesto serio, que adopta más que nada por timidez, pero en realidad no es muy estricto. La mezcla de precisión y flexibilidad hace que te sientas seguro.
 
− ¿Tiene usted algún antecedente artístico?
Ninguno. En la familia hay mucho arte, pero en el sentido de ser bromistas. Soy el primero que se gana la vida de este modo, y gracias a que el cine vino a buscarme a mí, puesto que yo jamás me lo planteé. 
 
 

 
 
 
− Los estudios no eran lo suyo. Se estrenó tras dejar la ESO y prepararse para electricista. ¿Le salvó la interpretación de un futuro complicado?
− Puede ser. Estábamos en pleno boom inmobiliario y muchos jóvenes abandonaban las aulas para ganar dinero en la construcción. Era tentador ver que tu amigo se compraba un BMW porque trabajaba, pero ahora doy gracias por haber seguido formándome. Lo bueno y fácil no existe: si algo es bueno, nunca resulta sencillo. La oportunidad de 7 vírgenes constituyó un punto de inflexión en mi vida: pasé de ser un mal estudiante a poder conocer mundo a través de distintos festivales. Tanto trote me abrió la mente, a raíz de eso vi las cosas de otra forma.
 
− A pesar de que dio aquella vuelta al planeta de jovencito, no se ha marchado de las calles de San Jerónimo. ¿Por apego excesivo o por los escasos réditos de esta profesión?
− Los espectadores ven las películas terminadas, los premios, las alfombras rojas… Esa es la imagen con la que se queda la mayoría. Con un éxito de taquilla sí se gana dinero, pero no es garantía de estabilidad económica: encarnas un personaje y no sabes cuándo volverán a ofrecerte otro. Esa incertidumbre te obliga a administrarte bien, a ser como la hormiguita que va guardando para cuando llegue el invierno.
 
Un pescador detrás de la cámara
− Si todo fue tan repentino, ¿no le dio un ataque de responsabilidad tras el primer grito de “¡Acción!”?
¡La ignorancia es atrevida! [Risas]. En esa época no había adquirido ningún conocimiento sobre esto, simplemente me dejé llevar por todo el proceso. Excepto el primer día de rodaje: pese a que llevábamos tiempo ensayando, me puse tan nervioso entre tantos profesionales que me tomé tres tilas. Ahora siento más vértigo. Mientras estaba leyendo el guion de El Niño, donde iba a codearme con pesos pesados, temí no estar a la altura. No quería defraudar a quienes habían confiado en mí. A medida que forjas una carrera eres un poco más esclavo de tu trabajo, todo el mundo va esperando cada vez más de ti.
 
 

 
 
 
− Y su andadura se la debe en gran medida al olfato de esas directoras de casting llamadas Eva Leira y Yolanda Serrano…
− Destacan mi naturalidad. Si les llega un proyecto y ven que encajo en algún papel, tengo la suerte de que todavía se acuerden de mí y me llamen. Entonces hago una prueba, se la muestran al director, convocan asamblea… [Risas].
 
− Ellas le echaron el ojo a sus 16 años y no solo le brindaron un empleo, sino una imborrable vivencia personal con Juan José Ballesta. ¿Aún mantienen el contacto?
Ya no hablamos tanto como cuando rodamos, ese contacto cotidiano va enfriándose con la distancia. Él está en Madrid, tiene su mujer y su hijo, hace su vida… Pero sabe de sobra que puede llamarme sin problema en caso de que necesite algo, como creo que yo podría contar con él para lo que fuese. Cualquier película deja un sabor agridulce: todo el equipo se vuelca para cumplir una meta colectiva y durante meses eres feliz por convivir con esa pequeña familia, hasta que se termina el proyecto y da lástima tener que despedirse.
 
− Tan bien se entendía con el de Parla que se lo llevaba de pesca en los ratos libres…
Nos montábamos en una barquita hinchable y él cogía peces grandes, pero yo no sacaba ni uno y acababa bañándome para matar el aburrimiento. Mi familia siempre ha estado vinculada al mundo de la pesca, aunque a mí nunca me ha vuelto loco. Un amigo de mi hermano le confesó hace poco: “¿Sabes qué es lo que más coraje me dio cuando vi El Niño? Encontrarme a Jesús al lado de un atún en la secuencia de la almadraba”. Ya ves, yo que no soy tan aficionado como ellos, al final me hice con un pez enorme [Risas]. ¡Qué bonitos son los atunes! Me impresionó esa piel tan plateada y brillante, con una intensa línea morada y picos amarillos en las aletas. Parecen pintados con acuarela. Con Jesús Castro también echaba el anzuelo entre toma y toma para ver si picoteaba algo… ¡y no había manera!
 
− ¿Hizo alguna vez por su cuenta el juego esotérico que practicaba aquel Richi de su debut?
En Sevilla existe mucha superstición, y esa realidad la tomaron Alberto Rodríguez y Rafael Cobos para la película. En mi barrio decían que era una tal Begoña la que se te aparecía si la invocabas ante el espejo. Aunque no me lo creía, me daba miedo, por eso jamás lo hice.
 
 

 
 
 
   Interrumpe la conversación para fumarse un pitillo y no tarda en venírsele a la cabeza un recuerdo lejano de un verano en el pueblo natal de su padre. “Tenían una cabra amarrada a un árbol y yo la toreaba. La cuerda se me liaba entre las piernas porque el animal se movía, claro, así que no había terminado de levantarme cuando ya estaba otra vez por los suelos”.   
 
− Después de ‘7 vírgenes’ se cruzó en su camino ‘Grupo 7’. ¿Hay algo de talismán?
− ¡Lo he pensado! De hecho, pregunté a Alberto Rodríguez y Rafael Cobos el porqué de los títulos y contestaron que les gustaba mucho ese número, como a mí. Nací un 7 de noviembre de 1987. 
 
− Los dos papeles más destacados de su carrera se han desarrollado a la sombra de Ballesta y Castro. ¿Anhela un protagonista absoluto?
Me lo he pasado muy bien con los tipos que me han confiado, pero claro que me gustaría probar de Don Quijote para poder tener un Sancho Panza de acompañante [Risas]. Entretanto voy haciéndome hueco: en una crítica de El Niño se referían a mí como el nuevo Walter Brennan del cine español… ¡Ese tío fue uno de los mejores secundarios de su época!
 
− Más allá de alabanzas como esa, algún aspecto de su labor habrán criticado…
La dicción. Llevo tiempo empeñado en mejorarla. En las clases consigo avanzar mucho, pero me olvido de las técnicas en cuanto trato con mi gente de Sevilla. Soy consciente de que sin un acento tan marcado optaría a más personajes, pero también sé que puedo pulirlo si me avisan de cualquier casting con suficiente antelación. Recientemente me presenté incluso a una prueba en inglés y árabe para una serie y salió bastante bien porque me había preparado a conciencia.
 
− Ya ha participado, de hecho, en títulos internacionales. ¿Cómo se las apañaba?
− Los idiomas siempre se me han atravesado. Michael Radford chapurreaba un poco de castellano en La mula, y al tratarse de una coproducción, también había equipo de España. ¡Menos mal! Recuerdo además que la script era una inglesa con acento gaditano. En Che: Guerrilla era Benicio del Toro quien hacía de traductor entre nosotros y Steven Soderberg.
 
 

 
 
 
− Su currículum incluye en el otro extremo varios filmes de escaso presupuesto y algún cortometraje. ¿Cómo afecta al artista el hecho de contar con menor despliegue de medios?
Yo no he notado diferencias más allá del catering [Risas]. Y a veces ni eso. En Celda 211 la comida fue espantosa pese a tratarse de una gran producción. ¡Medio equipo tuvo gastroenteritis!
 
− ¿Cuál es su papel soñado?
− Muchos de Al Pacino y Robert de Niro me encantan. O el de Ray Liotta en Uno de los nuestros. Pero esos personajes son suyos, cambiarían radicalmente interpretados por mí, ya no tendrían esos matices por los cuales yo los venero.
 
Un rodaje movidito
− ¿Qué primera impresión se llevó de Jesús Castro al conocerle?
− ¡Que era muy guapo! Al leer el guion ya intuí que íbamos a encabezar un filme muy potente. Por eso le advertí que le avasallarían por la calle, porque a mí ya me había sucedido con mi debut pese a haber sido un proyecto más modesto. Y con ese físico tan llamativo que tiene, algo grande se le avecinaba…
 
− Era novato. ¿Le escogió a usted como consejero?
− La situación resultaba curiosa porque nos unían bastantes casualidades. Él jamás había barajado este oficio, también venía de una selección de Yolanda Serrano y Eva Leira en su instituto, los dos compartimos las iniciales JCR… En ningún momento le di lecciones de cómo interpretar, solo le animaba a disfrutar de cada momento. Esa actitud la adopté gracias a Antonio Dechent, que en una ocasión me dijo: “Pásatelo bien. Nos pagan por jugar. Búscate otro trabajo en el momento en que no disfrutes”.
 
− ¿No sufrió a bordo de esa lancha con el gaditano, que no tenía ni carné de coche?
− Era fácil asustarse si tenías delante a un piloto inexperto y veías encima el helicóptero. Una vez se acercó tanto a la zódiac que arrancó los tornillos de la mampara que nos protegía del agua y el viento. Desde abajo notábamos incluso el calor del motor, nos deslumbraba el foco, el ruido nos ensordecía… Yo además necesitaba exprimir esa sensación de miedo para meterme mejor en la piel de un chaval que estaba acojonado. Fue una experiencia única, la repetiría sin duda.
 
− Eso lo dice porque la cosa salió bien. ¿Y si se hubieran producido percances?
Hubo sustos gordos. La fueraborda era el único punto de referencia que tenía el piloto del helicóptero para saber hasta dónde bajar, ya que por la noche resulta casi imposible distinguir el cielo del mar. Una vez nos perdió de vista y nosotros mirábamos con temor cómo descendía sin parar. Más tarde nos contaron que había dado con la panza sobre el agua y remontado el vuelo rápidamente al darse cuenta. Si llega a meter la cola, se forma allí una… Fue una aventura dura, sobre todo en las jornadas de oleaje, cuando se sucedían los porrazos. Por no hablar de los mareos y los vómitos. ¡Hizo falta mucha Biodramina! 
 
 
 

 
 
 
− Y eso que usted llegó curtido ya en secuencias desagradables…
− Ya lo había pasado mal cuando Luis Tosar me hizo comer cáscaras de gamba en Celda 211. No sé si soy alérgico porque nunca me he hecho las pruebas, pero la cara se me llenó de ronchas rojas tras filmar la segunda toma. Y eso que habían cocido las gambas en varias ocasiones para que estuvieran blandas y les habían cortado los salientes para que no me pinchasen. Luego en El Niño tuve que bañarme en pelotas en una cueva sombría del islote de Perejil. El agua estaba helada y de repente se plagó de medusas. ¿Cuál era la única solución para no dar tiritones? Entrar en calor nadando con todas mis fuerzas. Temía que aquellos bichos me acribillaran, así que cerré los ojos para no ver nada… y al final sentí un latigazo en la espalda. ¡La marca me duró una semana entera!
 
Satisfacción profesional y conciencia social
− Su entrañable chaval de ‘7 vírgenes’ esperaba ante el espejo que le hablase su reflejo. ¿Qué piensa hoy de usted al tenerse enfrente?
− ¡Que me va a hablar un oso verde! [en alusión jocosa a esa cinta]. Estoy satisfecho con la trayectoria que voy trazando, y aunque ahora también curso Historia poco a poco, me preocupa el hecho de no saber a qué me dedicaría más allá del séptimo arte. Ser actor y plantearte la alternativa de historiador es como ir de Guatemala a Guatepeor. Pero así aprovecho el tiempo, que ya lo decía mi abuelo: “Hombre parado, malos pensamientos”.
 
− Como estudiante de Historia, ¿a qué época le gustaría trasladarse en este instante?
¡Todavía estoy en primer curso! [Risas]. Me atrae la Sevilla del Siglo de Oro, que por entonces se erigió en capital mundial, como lo es hoy Nueva York. Suena alucinante todo lo que se movió aquí, aunque con la Inquisición yo habría durado bien poco. Solo retrocedería si tuviese una máquina que me permitiese volver al presente. Antes no se vivía tan bien como ahora, ningún tiempo pasado fue mejor.
 
− Eso le quedó claro con ‘La mula’, donde su soldado republicano moría en el desenlace de la guerra. O con ‘Miel de naranjas’, que le acercó a la represión franquista en la piel de un prisionero que realizaba trabajos forzados. ¿Sus allegados padecieron tanto aquellos años como sus personajes?
Sé que la familia de mi abuela materna no pasó demasiada hambre. Me contaba que sus padres tenían un horno, pero no trigo, así que se quedaban con parte del pan de los más pudientes a cambio de cocérselo. Una beata les hacía encargos, y como no les daba nada en agradecimiento, ya se lo cobraban ellos solitos: guardaban de extranjis algunas hogazas [Risas]. Conozco algo del contrabando gracias a mi abuelo, que se traía café de Portugal a Badajoz.
 
 

 
 
 
− En la ficción tampoco aparece muy conforme con el sistema actual. Su Esteban de ‘Un mundo cuadrado’ cometía ingeniosas tropelías para atajar el poder absoluto y las injusticias de unos guardas en un remoto pueblo de Doñana. ¿En su condición de ciudadano está indignado?    
Me cabrea la mala fe de aprovecharse del más débil. Los gobernantes hacen la ley, pero también la trampa para beneficiarse a sí mismos. ¡Qué hipocresía! Y los empresarios explotan al obrero amparados por ellos. El servilismo se perpetúa así de forma disimulada. No podemos permitir que nos opriman más, con sus engaños ya han logrado que perdamos la esperanza en el futuro. Debemos rebelarnos si no queremos que nos tomen el pelo, pero de forma pacífica, pues con la violencia solo les damos excusas para que nos ataquen.
 
− Le hemos visto por última vez en ‘La isla mínima’, donde pone cara a un guardia civil que a ratos resta dramatismo a esa atmósfera tan turbia…
− ¡Fue cómico hasta detrás de la cámara! Un día me puse el uniforme y fui a un bar de Coria del Río para comprar tabaco mientras esperaba a mi escena. Salió a atenderme un chavalito que, después de mirarme de arriba abajo, me juró y perjuró que allí no vendían. ¡Creía que el disfraz era de verdad! [Risas]. En cuanto le expliqué que estaba trabajando en una película me ofreció todas las marcas habidas y por haber.
 
− A todo esto… ¿Para cuándo el teatro?
− Muchos compañeros me lo recomiendan para coger tablas. Siento respeto porque soy tímido, aunque también tengo curiosidad porque no imagino mi reacción ante un público en directo. Ya estuve ensayando una obra, pero como las funciones coincidieron con la semana de exámenes de selectividad, no me compensó perder un año entero de estudio para tan poco tiempo de trabajo. Algún día lo probaré, es una asignatura pendiente.
 
Antes de despedirse nos regala otra anécdota de la infancia: “Jugaba al fútbol bajo los palos porque los demás puestos se me daban mal. Corría mucho, tenía fondo y velocidad, pero era torpe con la pelota. Me quedaba solo frente a la portería y mandaba el balón al córner” [Risas]. Aquel niño que soñaba con ser guardameta del Betis ahora echa pachanguitas cada lunes en compañía de Alberto Rodríguez. “¡Y luego nos tomamos nuestras cervecitas!”, concluye.
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