twitter instagram facebook
Versión imprimir

Jon Arias en Londres:
de lo iniciático a lo melómano


Habré estado cinco o seis veces. Al estudiar en un colegio británico, desde pequeño tuve conexión con esa cultura. Seguí el currículum de allí e hice la Selectividad como extranjero: mis exámenes los corregían en Inglaterra y los devolvían a España. Fui por primera vez con 14 años. Un amigo se marchaba a Oxford en verano para mejorar su inglés, y pese a que yo no me había apuntado al curso, me animé a acompañarle. ¡Y me admitieron con ellos! Hablaba bien el idioma, con acento español, pero me lo quité después de aquel intenso mes con clases de conversación.

   Los mayores de 16 podían ir a la capital los fines de semana. Aunque nosotros no lo éramos, mentimos a la llegada, así nos escapábamos [risas]. Había unos chavales multimillonarios de Catar que pagaban un taxi ¡desde Oxford! y nos llevaban con ellos en caso de que quedara algún hueco. Pero normalmente nos movíamos en bus o tren. Tenía la sensación de estar en Londres sin poder estar: de noche, todo prohibido, sin padres… Y eso que simplemente cenábamos una hamburguesa o en el KFC y luego nos divertíamos en boleras o recreativos. Las máquinas eran la hostia y encontrabas batidos de sabores insospechados. A esas horas me parecía una ciudad inabarcable y misteriosa. El impacto fue abrumador, me asusté un poco. Al conocerla de día, la impresión cambió. El Big Ben era para mí un icono desde cuando veía su imagen al final de cada capítulo de Benny Hill. Tanto mi colega como yo somos fans de Oasis, así que me compré un montón de música en Berwick Street [la calle de la portada de su álbum (What’s the story) morning glory?]. De hecho, mi primer concierto gordo había sido de ese grupo, a los 13 añitos en La Cubierta de Leganés. Y en el colegio montaron una especie de Lluvia de estrellas e hice de Liam Gallagher.

   Camden me voló la cabeza con las tiendas de ropa de segunda mano. En ese momento pensé: “Tengo que vestir con prendas compradas aquí, tengo que escuchar música descubierta aquí… Excepto comer lo de aquí” [risas]. Aunque el país no destaca por tener una gran gastronomía, en Londres puedes comer de la hostia, pero cuesta mucho encontrar esa comida británica. Adoro las prendas de estilo punk y accesorios deportivos del pasado. De allí conservo una chupa de cuero y algunas sudaderas. Aunque sobre todo gastaba dinero en música que no había en España. Al menos, en soporte físico, porque en 2001 habían empezado las descargas por Internet, pero yo quería CD para un discman que aún conservo. Ya en mi segunda visita compré dos vinilos, uno Bob Dylan y otro de Joy Division, los primeros de mi hoy extensa colecciónMi amor por lo físico se traduce en el vinilo, que aporta un valor añadido. 


   A pesar de que ahora dedico mis escapadas londinenses a investigar rincones, nunca renuncio a lo mainstream que tanto me impresionó de pequeño: los buses, las cabinas, Piccadilly Circus, los bobbies, los museos… Durante el viaje de 2011 junto a mi banda Layabouts flipé en el Soho con esa Denmark Street llena de tiendas de instrumentos. Compramos cuerdas, púas, baquetas… ¡la morralla! [risas]. Lo demás es demasiado caro por la libra. En EEUU hay joyitas asequibles en comparación con España, el único problema es que te cobren una tasa en la aduana a la salida, pero me sé un truco infalible: en un cajón guardo pegatinas de distintos lugares para llevármelas en la maleta, pegarlas en la funda del bajo que compre y asegurar que ya lo llevaba conmigo a mi llegada al país.

   Tocamos en el Barfly porque el anterior verano nos conoció público guiri gracias al FIB de Benicàssim. ¡En ese club de Camden tuvieron su debut londinense formaciones como The Strokes o Interpol! El que nos abrió las puertas fue Jeff Automatic, un DJ londinense que se enamoró de nuestro rollo cuando coincidíamos con él en el club Low de Madrid. Nos sentimos un poco paletos por compartir cartel con grupos locales que ya habían tenido reseñas en revistas de prestigio, pero en realidad ellos nos admiraban por el logro de actuar sobre el escenario principal del FIB. A un señor le flipamos tanto que compró todo nuestro merchandising. Y muchísimos amigos míos del colegio británico vinieron a vernos porque estaban estudiando sus carreras en Inglaterra o se habían quedado allí después de la universidad.     

   Otra sala mítica que me fascinó fue KOKO. O el 100 Club: después de haber leído tanto sobre él, me sorprendió que tuviera esa puerta minúscula con esas escaleritas que bajan… En Madrid no existe ese concepto de club centrado en un tipo de música donde el DJ revela al público temas desconocidos. Solo ocurrió en 2005 con Low, que mezclaba las sesiones con apariciones de bandas jóvenes como la nuestra. A ese local íbamos con pantalones pitillo de chica y en él descubrimos a Bloc Party o Artic Monkeys gracias a los DJ’s. En Londres hay cultura de ver música en directo. La gente asiste a cualquier concierto, sea el que sea, aunque luego les horrorice. Descubren a los artistas presencialmente. En España solo vamos a conciertos si nos sabemos algunas canciones y con las entradas compradas meses antes. Para mí, cuanto menos conozcas a quien está en el escenario, mejor. Frecuento sitios pequeños en los que se juntan 15 espectadores. Me interesa más eso que ir a citas multitudinarias.


Los integrantes de Layabouts, en el Barfly de Camdem


   Con mis compañeros busqué un café arcade con máquinas recreativas en las mesas. En el centro tienen una pantalla y dos mandos a los lados, así que alternas la consumición y los videojuegos vintage.     

   En mi última visita hasta ahora fui con una amiga al Hunterian Museum, dedicado a la anatomía y la cirugía, donde ves las primeras disecciones de la historia del Reino Unido. Conservan partes de cuerpos humanos en formol, ejemplares atípicos de especies animales, exhiben el esqueleto del hombre con la mayor estatura registrada… Es gore, pero esa atmósfera me parece guay.

   Pese a no ser religioso, frecuento la Union Chapel [metro y tren Highbury & Islington], muy popular por ser la iglesia de los artistas. Fuera se ven las lápidas de muchos de ellos. El poder eclesiástico daba la espalda a músicos y actores, y solo les dejaba ese templo para sus matrimonios. Por eso organizaban conciertos, obras de teatro… Hoy sigue abierta y conserva ese espíritu. Gracias a lo especial del lugar y a su acústica, por allí han pasado Florence + The Machine o Amy Winehouse. Menos conocida es la iglesia de Saint Sepulchre [metro St. Paul’s], en cuyo interior se encuentra la capilla de los músicos. Son habituales los recitales de género clásico.

   Rodé en Almería una película latinoamericana sobre la vida del apóstol San Juan donde encarnaba a Jesucristo. El metraje empieza con el Vía Crucis. La preparación del personaje fue una de las más chulas de mi carrera. Me resultó complicado trabajar el dolor de cargar con una cruz o de una crucifixión sin sentirlo. Conecté con ello cuando el coach dijo que me quitara la camiseta imaginando mi espalda en carne viva. Y tampoco fue fácil mezclar esa sensación de muerte con pensamientos del tipo “No les culpo”, “No saben lo que hacen”… Yo no rezo, pero aprendí a meditar porque tenía que conectar con esa paz suya, aun sin ser creyente. Su figura me genera mucho interés histórico.



   Londres no es una urbe representativa del Reino Unido, sino del mundo, en ella conviven culturas de casi todas partes. Y me agrada. Pero ese carácter hace que resulte difícil llegar hasta esa esencia británica que me interesa. La de Peaky Blinders o Billy Elliott, en esa remota Inglaterra industrial de gente con los dientes descolocados y acento raro. Por ello preferiría vivir en Manchester o Liverpool. Tampoco me convence que todo el mundo vaya a su bola. Cuando he salido en busca de ese espíritu del punk setentero, no he entablado contacto con demasiadas personas. Falta calor en las relaciones, siento un aire solitario todo el rato. Quizá esa frialdad derive de la visión supremacista de los ingleses, hospitalarios únicamente si abrazas su cultura con deseo. Y para que sean conscientes de ello, tienes que conseguir sentarte con ellos en una mesa y que se tomen unas pintas contigo, lo que es complicado. En Madrid sales por Malasaña y hablas con gente en los bares o te pones al lado de alguien en una cola y haces un colega. Tenemos ese carácter de conocernos, mezclarnos, preguntarnos…

CLIENTE FIEL

Cada vez que llego a la ciudad, como en el mismo sitio, un restaurante japonés del Soho que se llama Taro [en Brewer Street]. Me llevó un amigo que vive allí y en aquel momento me llamó la atención ese concepto de que la cocina estuviera a la vista. La presencia de clientes asiáticos era buena señal. Probé las gyozas, que después se convertirían en piedra angular de mi dieta [risas]. O el chicken teridon. Los platos están riquísimos, pero en mi consejo quizás influya el plus de la nostalgia.

   Siempre me alojo en mi venerado Marble Arch Inn. Me flipa, sin ser nada del otro mundo. Las camas están bien, e incluso el baño, aunque a veces sea compartido con otros huéspedes. Todo limpio y tirado de precio, entre 30 y 40 libras por noche. En un hotel normalito, de esos con moqueta rollo british, te pueden cobrar el doble. A ese bed and breakfast he ido con mis compañeros de Layabouts, yo solo, con chica… y no ha habido queja.

Así se lo ha contado a Héctor M. Rodrigo


SENTIR LOS DESTINOS DE SUS VIAJES COMO SU PROPIA CASA

En los viajes me gusta dejar un amplio margen para la improvisación. Intento concretar dónde dormiré, pero si un trayecto por autopista dura una hora y media, prefiero perderme por las carreteras para tardar más. Así suceden cosas imprevistas, como aquella viejecita que nos ofreció pasteles en su jardín del minúsculo pueblo gallego de Loroño. Odio el turismo de circuitos: vas con el bofe fuera porque tienes una lista interminable de sitios que hay que tachar. Ves algo de soslayo y te marchas al siguiente destino después de haber cuatro fotos. ¿Para qué? ¿Para decir que lo estuviste en todo? No disfrutas de nada… 


Cuando salgo fuera, me guardo uno o dos días de no hacer nada, de vivir el lugar. La última vez que fui a Berlín fue así, porque ya lo conocía, de modo que me dediqué a pasear en busca de alguna novedad. La gente se tira de los pelos si cuentas que, estando en una ciudad extranjera, te encanta que la mañana transcurra mientras lees tomándote un café en tu casa alquilada por Airbnb. Para mí eso son vacaciones. Si llevas velocidad de turista, no vives de verdad el sitio.


CREADOR DE PERSONAJES HASTA EN SU FACETA MUSICAL



Por encima de todo soy intérprete: actúo y hago música. El otro día mi madre me dio una caja con mis notas del colegio que encontró en el trastero. Y en el ochenta por ciento de ellas ponía: “Jon es buen estudiante, pero si dedicase menos tiempo a entretener a sus compañeros, sería brillante” [risas]. Mi única preocupación era disfrazarme, hacer shows para la clase, quizá por haberme criado en rodajes.

 

Fui a un colegio británico y se tomaban en serio el teatro. Ofrecimos dos musicales en Tres Cantos y una compañía nos fichó a algunos para un espectáculo de Disney en el Palacio de Congresos, con mi grupo de teatro entre los 14 y los 18 montábamos una obra cada año para representarla en el colegio británico de alguna ciudad europea… Hice Hamlet en Lisboa, Otelo en Roma, Doña Juana Tenorio en París. Salí con ganas de estudiar interpretación, pero desde los 13 ya estaba tocando con amigos en nuestro conjunto de punk. Y por ser esa la profesión de mis padres me ponía una especie de barrera, aunque con el tiempo me he quitado esa cosa de pedir perdón por ser actor. Finalmente cursé cine, ahí conocí al guitarrista de mi grupo Layabouts y en un año teníamos contrato discográfico, nuestra maqueta fue la mejor en Radio 3… Íbamos a festivales y llenábamos salas en Madrid. La banda ha sido durante 10 años mi gran proyecto. Para sustentar las giras trabajé como coordinador de postproducción, creativo en una aplicación de ligoteo… De lunes a jueves ganaba pasta y los fines de semana daba conciertos. En 2015 empecé a sentir que lo de cantar un rock tan duro en inglés y en España estaba llegando a su tope y me lancé por fin a la actuación con 28 años. Si no lo hacía entonces, no lo haría nunca. Hicimos una gira con temas míticos de Layabouts por su décimo aniversario y en el camerino de la sala El Sol les conté a mis compañeros ese cambio de prioridades. Por muchos fantasmas que tuviera en la cabeza, este oficio me hace feliz.

 

Lo que me gusta de la música es el escenario. Si ves cualquier vídeo, el Jon de Layabouts no soy yo. Tiraba el bajo por los aires, los amplificadores, escupía… Estaba diabólico, la gente llegaba a pensar que me drogaba y que era un Kurt Kovain de la vida, pero en el camerino se encontraban a un Rafa Nadal tranquilo con su bolsa de hielo [risas]. Y los fans se defraudaban al conocerme porque me imaginaban encestándome pastillas en la boca. O volcando la mesa del catering.

Versión imprimir