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29-11-2018


Testimonio

VALIENTE IDIOTA

(Reflexiones tras mi paso por el programa ‘Salvados’)

 

 

JORGE NARANJO 


 

Cuando escribo esto, se cumplen dos semanas desde que salí entrevistado en el programa “Salvados” contando una experiencia personal (el modo en que mi fe ciega en un médico homeópata provocó que acabara siendo parte de un grupo sectario), algo que, según medio millar de comentarios y mensajes en las redes sociales, ha sido considerado, en general, como un acto “valiente”. Sobre todo, por lo que narraba. Pero quizás, también por cómo lo había hecho.

 

   Sinceramente, muy “valiente” no debo ser cuando, a día de hoy, todavía no me he atrevido a ver el resultado. O, quizás, es que mi vertiente de guionista y realizador me alerta de que no lo vea para evitar un posible cabreo procedente de la más que segura sensación de “joder, yo lo hubiera hecho de otra forma”.

 

 

   En cualquier caso, la repetición constante de la palabra “valiente” me ha hecho reflexionar. ¿En realidad he sido tan valiente o, simplemente, un inconsciente? Si yo soy tan valiente, ¿los demás son una panda de cobardes? ¿A qué tipo de valentía se refieren? ¿A contar algo que, de algún modo, podría generar cierto pudor, a decir que he bebido mi propia orina varias veces, a mostrarme, a qué? 

 

   Vivimos en un mundo en el que, constantemente, estamos exhibiendo la mejor versión de nosotros mismos. Desde la llegada de Facebook y, sobre todo, con el desembarco de Instagram, nos hemos acostumbrado al llamado “postureo” y a la autopromoción, algo que Billy Wilder llegaría a considerar “poco elegante”. Constantemente, contamos lo bien que nos va, los estupendos trabajos que tenemos (cuando los tenemos, claro), la belleza que rezuma lo que nos rodea: amigos, novios, hijos, esposas, paisajes, mascotas y, sobre todo, nosotros mismos. Pero nunca se muestra la otra cara. Porque en las redes no se asoma la mierda. Y no creo que exista un ser humano que no acarree algo de basura. 

 

 

   Entiendo que no todo el mundo ha pasado lo que yo viví con este médico, pero supongo que hay otras situaciones igual de jodidas o más que no se cuentan por vergüenza, miedo y, por supuesto, por el temido “qué dirán”. De hecho, en ese programa de Salvados hay entrevistados que ocultan su rostro por temor a perder sus trabajos, sus amigos, sus parejas y, en definitiva, una reputación que han levantado con esmero, tiempo y, como cualquiera, algún engaño. Y quizás eso es lo que puede verse de valiente en mi declaración. Que di la cara.

 

   Pero… ¿Para qué? ¿Para qué aparecí en Salvados? ¿Para salvar a posibles víctimas o para vender una serie que estoy escribiendo sobre esa experiencia? ¿Para ayudar a gente que se está arruinando y arriesgando su salud (algo que se puede cuestionar ampliamente) o para satisfacer una demanda de mi ego? Y sobre todo, ¿cuáles serán las consecuencias a corto, medio y largo plazo? ¿Dejarán de llamarme las productoras y las escuelas en las que trabajo por haber estado en algo que podría llamarse una secta, dormir en el suelo, en la calle y haber abofeteado a hombres y mujeres por mandato de alguien? ¿Y mis amigos, me seguirán mirando de la misma manera, o prevalecerá una cierta conmiseración? ¿Volveré a relacionarme con cierta naturalidad o todo quedará velado por esta sensación extraña de haber desnudado mi pasado en la tele? Y, sobre todo, ¿por qué me creo tan importante para escribir ahora sobre esto?

 

   Son preguntas que me acosan, a pesar de que no me cabe duda de que haber salido en Salvados, para mí, ha tenido un enorme componente de liberación. Y sinceramente, para eso lo hice. Para liberarme. Contarlo. Desgajarlo ante un periodista y encajar alguna pieza más del puzle. Conseguir que los que me han sufrido entendieran algo y darme la oportunidad de volver a empezar. Y no sé si hay algo valiente en eso. Para mí, es una mera cuestión de supervivencia.

 

   Y no se me escapa otra cosa. Que muchos me considerarán un valiente, pero otros, en silencio, pensarán que he sido, simplemente, un gilipollas. Y también tendrán razón. De hecho, el mismo Javier Marías, en su artículo “Literatura de penalidades o de naderías” publicado en EL PAÍS SEMANAL del 14 de octubre de este año,  se quejaba -como es habitual en sus artículos- de los escritores que, “en esta época de narcisismo”, apostaban por contar sus experiencias personales, cuestionando si eso le puede importar a alguien. Y mencionaba, entre varios ejemplos de penurias y desastres convertidos en narraciones, el de aquel que se atrevía a contar “cuánto padeció tras meterse en una secta”, añadiendo, entre paréntesis, “los de este género dan menos pena, por idiotas”.

 

   Y es verdad. Ahora bien. ¿Ser idiota hace que contarlo sea menos interesante o, incluso, útil? No lo creo. Me consta que a mí me ha servido mucho a nivel psicológico, y sé de gente afectada por este y otros grupos similares que les ha ayudado a abrir los ojos y apoyar a gente querida que intenta salir de esa situación y no sabe cómo. Por otra parte, ¿soy idiota por haberlo vivido, por contarlo o, probablemente, por las dos cosas? Y, volviendo al principio, ¿ser un idiota está reñido con poseer cierto grado de valentía o inconsciencia? Yo creo que no, aunque está claro que, para el público mayoritario, siempre le resultará más fácil llamarte “valiente” o “idiota”. En el fondo, todos escondemos nuestra verdadera cara constantemente, cada día más, empezando por nuestras propias madres, muchas de las cuales no se atreven a decir que, en algún momento de sus vidas, se han arrepentido de parirnos. Y, curiosamente, ese era uno de los pilares del grupo del que formé parte: sacar a relucir nuestra propia verdad, y dejar de escondernos tanto para poder ser nosotros mismos.

 

   Pero no. Ahora mismo, las verdades solo las saben los psicólogos. Y los más suertudos. Otros, ni siquiera alcanzan a ver lo que hay detrás de sus pacientes.

 

   Lo único que tengo claro es que, como escritor, solo sé escribir a partir de mis entrañas y, a pesar de las palabras de Marías, hay miles de ejemplos en teatro, cine y literatura donde esos autores, partiendo de sus propias experiencias, emociones y vivencias, lograron sus mejores obras, hoy clásicos indiscutibles.

 

   Por eso, no creo que sea tan valiente, pero sí un escritor algo presumido que hace lo único que sabe hacer: contar su vida para, así, intentar entenderla. En esas experiencias, hay de todo. Llamadas de teléfono a programas de call-tv, cenas de Navidad imposibles, peleas de pareja y actores haciendo un casting. Algunas vivencias las he labrado con inteligencia, y otras, sin embargo, son la consecuencia del imbécil redomado que puedo ser. Pero tengo bastante claro que son esas historias las que me animan a seguir adelante y no tirar la toalla, aunque cueste. Será que soy un idiota. Un idiota valiente... O un valiente idiota.

 




 
           


Jorge Naranjo (Sevilla, 1976) es director y guionista y ha ejercido como profesor en el Centro Actúa de la Fundación AISGE. Su primer largometraje, 'Casting', logró en el Festival de Málaga de 2013 una Biznaga de Plata colectiva al mejor reparto

       

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