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07-05-2015 Versión imprimir

 
 
José Coronado

“Disfruto cada vez que aprieto el gatillo”


Iba para galán de percha deslumbrante y, aunque quien tuvo retuvo, dejó atrás al sex symbol para convertirse en el malo más retorcido de nuestro cine.


EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Es uno de los iconos de belleza masculina de este país, pero él lo niega con la cabeza al tiempo que remueve despacio su café solo. “Sé que esa es la percepción que tiene mucha gente, pero yo no me veo así. De veras”, insiste. El madrileño José Coronado nació en 1957 y comenzó su carrera de actor entrada la treintena, después de haber pasado con éxito por la profesión de modelo publicitario y de haber montado una agencia en este sector, otra de viajes y un restaurante.
 
   Parecía abocado a encarnar papeles de galán maduro cuando en 2002 se cruzó en su camino Enrique Urbizu con una caja debajo del brazo. Era La caja 507 y en su interior contenía el personaje de un expolicía, asesino a sueldo, frío y sanguinario. Desde entonces, el eje de rotación de su carrera ha invertido su polaridad. Ahora es el “tipo duro con pasado” más turbio y con más cicatrices de nuestro cine reciente. Lo confirmó en No habrá paz para los malvados (Urbizu, 2010) y lo sigue haciendo en la serie El Príncipe (Telecinco, 2014-15).
 
 
 

 
 
 
– En el gremio le llaman “Coronéitor”. ¿Quién le puso el mote?
– Creo que fue Urbizu, probablemente por mi vehemencia a la hora de trabajar. Un rodaje o una grabación son la mayor fiesta a la que me pueden convocar, aunque sea en exteriores y bajo cero. Me apasiona. Llego a las ocho, son las seis de la tarde y no me entero de que ha pasado el tiempo. Aporto lo que puedo.
 
– ¿Siempre fue así?
Concibo el cine como un trabajo en equipo y pienso que el actor que no lo entiende de este modo se está equivocando. Tan importante es él como el foquista, el maquinista o el equipo de maquillaje. Ellos hacen que tu personaje brille y, más importante, que brilles tú como persona. Y viceversa. No es una estrategia profesional sino una exigencia personal.
 
Estrés en el restaurante
– A los treinta ya tenía negocios y bastante dinero en la cuenta.
– No crea que tanto, pero me defendía bien. Desde los 18 me busqué la vida por mi cuenta. Hacía trabajos de modelo y me pagaba los estudios de derecho. Pasé más tiempo en la cantina de la facultad que en las aulas, pero de todo se aprende.
 
– ¿Y se adentró en el mundo de la interpretación por insatisfacción o por mero diletantismo?
– Puro azar. Nunca tuve vocación de actor. Tenía un restaurante que me provocaba mucho estrés. Aparte seguía llevando la agencia de modelos y coreografiando desfiles. Necesitaba algo que me distrajera. Mi amiga Maru Valdivieso me sugirió que hiciera interpretación y me habló de la escuela de Cristina Rota.
 
– ¿Qué aprendió con ella?
– Eran sus primeros tiempos, cuando la escuela era una buhardilla en el callejón del Gato [la calle de los espejos curvos inmortalizada en Luces de Bohemia]. Te inyectaba el veneno de la interpretación sin que lo notaras. A la semana de estar allí me di cuenta de que era un juego, muy serio, pero un juego, y que podía ganarme la vida con ello. Cristina me dijo que tenía planta y voz, que el resto dependía de mí. Al mes y medio llegaron las audiciones para el estreno de El público, la obra inédita de Lorca. Lluís Pasqual me hizo una prueba y me cogió de lancero. Me sentía un privilegiado.
 
 
 

 
 
 
   No es para menos. Aunque de lanza, su debut no pudo ser más imponente. Fue en diciembre de 1986 en el Piccolo de Milán, y un mes después en el María Guerrero de Madrid, en lo que Haro Tecglen llamó “un auto sacramental invertido, una eucaristía laica”.  
 
– ¿Qué pensó cuando vio aquellas máscaras de caballo y aquel patio de butacas destripado y cubierto de arena azul?
– Era como un sueño, y encima me pagaban por ello. Aquel montaje no creo que se pudiera repetir hoy. También debía de tener la inconsciencia del recién llegado, con el tiempo me he dado cuenta de que no empecé a ser actor hasta pasados diez años de carrera. Fueron tiempos de aprendizaje en los que, más allá de mi físico, tenía poco que ofrecer.
 
– ¿Es sobre las tablas donde aprendió el oficio?
– Es donde más he aprendido, por razones obvias. Cuando te subes al escenario llevas dos meses de preparación, has abierto y cerrado decenas de puertas y tu carga de personaje es infinitamente mayor que en televisión o cine. Por añadidura, el teatro permite que tu personaje crezca cada día. Cada vez que vuelvo a un plató después de haber hecho teatro, todo me parece coser y cantar.
 
– ¿De qué papeles teatral está más satisfecho?
– Sin duda alguna del homosexual de Algo en común [1996-97], una obra de finales de los ochenta con el sida como telón de fondo. En ella por primera vez empecé a oler de qué iba ser actor, en gran parte gracias a Paco Pino, un director al que debo mucho. En esta obra pude sacudirme el sambenito de galán, al que por otro lado siempre estaré agradecido porque me permitió mantenerme en el oficio. Necesitaba jugar con más registros. Mi personaje pierde a su marido por sida, un tema que en aquella época era casi tabú.
 
– Y un reto para usted.
– Por primera vez sentí que transmitía y que mi trabajo era útil, que aportaba algo a la sociedad. Había gente que venía llorando al camerino a felicitarme porque mi papel había arrojado luz a su vida. Aquello no me lo esperaba. Además toqué teclas en mi interior que desconocía que existían. Buceé muy adentro. Lo maravilloso de este trabajo es que en esa construcción de personajes hallas luces que luego iluminan tu vida personal. Con esa obra empecé a sacarme el carné de actor.
 
   El propio Haro Tecglen le selló el documento con esta crítica en El País: “José Coronado es un excelente actor de teatro, tiene voz y presencia, y desesperación y sarcasmo; y da la sensación de la soledad que le espera”.
 
 
 

 
 
 
– ¿En algún momento de aquellos primeros años pensó que se había equivocado?
– Jamás. Y cada temporada pienso si me seguirán llamando. Es la inquietud con que vive el actor. Ahora convivo bien con esa incertidumbre porque afortunadamente, después de tanto tiempo aburriendo al personal, el teléfono suena con regularidad. Creo que mi acierto ha sido no hacerle ascos a ningún medio: teatro, cine y televisión. El actor moderno que quiera sobrevivir tiene que hacerlo.
 
– Hoy es algo evidente para los actores jóvenes, pero no tanto cuando usted empezaba.
– “¡Pero cómo vas a hacer televisión!” Esta frase indignada era típica de aquella época. Y yo no podía creer lo que oía, porque la televisión te da una proyección que no ofrece ningún otro medio, además de ser un gimnasio excelente para el actor. Se aprende a trabajar rápido y solucionando. A mí me encanta buscar soluciones, la dirección.
 
– ¿Los directores le dejan meter mano?
– En televisión sí. Soy el clásico rompepelotas que no está tranquilo si no opina, si no aporta. En teatro y cine, el director lo lleva todo más preparado y es menos probable que puedas ofrecer algo interesante.
 
– ¿Alguna vez se ha sentido solo o rechazado por no ser un actor, digamos, de escuela?
– Sí, pero no le he dado mucha importancia. He procurado seguir mi camino con humildad y sin prestar oídos a las opiniones de los demás, tanto para bien como para mal. En esta profesión solo puedes creerte un diez por ciento de lo que te dicen.
 
– Pero algo habrá aprendido de las críticas.
– Claro, de las malas críticas se aprende, pero no es de donde se nutre un actor.
 
 
 

 
 
 
Una de detectives
Coronado se ha metido en la piel de muchos policías. El primero fue el culto y domesticado agente Lucas de Brigada central en el Madrid de 1989, aquel es la antítesis del último, el avasallador Fran que domina la comisaría de El Príncipe en la Ceuta de 2014. Han pasado 25 años entre uno y otro.
 
¿Cómo ha cambiado su forma de enfrentarse a este tipo de personajes?
– El agente Lucas fue mi primer personaje fijo. Estaba puesto ahí de florero del inspector Flores, valga la redundancia, el protagonista que hacía Imanol Arias. Le pedí a Pedro Masó que ideara algo para insuflarle vida, porque estaba siempre de adorno. Yo sabía que no tenía mucho que aportar, y así se lo dije, pero me podían las ganas de crecer. Masó se quedó pensando. “¿Sabes qué?”, me dijo, “vas a ser homosexual y vas a estar enamorado de Flores”. Me pareció fenomenal, cualquier cosa con tal de darle enjundia al personaje. El caso es que veo la serie, que mira que es buena a pesar de que salgo yo, y me veo bloqueado, sin respiración. Estaba muy, pero que muy verde. Solo me salvó mi osadía.
 
– Aunque Imanol Arias era el protagonista y favorito del público, la serie tenía un corte coral y un montaje frenético que daba bastante cancha a los secundarios. ¿Con cuál de sus escenas se queda?
– Con ninguna, pero recuerdo una en que Masó decidió redimirme de mi homosexualidad y meterme en la cama con Adriana Vega. Las escenas de cama se preparan mucho por la luz y otras cuestiones técnicas, pero esta vez él quiso hacerlo de otra forma. Nos dijo que empezáramos y que ya cortaría. Estuvimos ahí siete u ocho minutos sin parar, y oye, ¡que no cortaba! Casi acabamos de novios.
 
– ¿Le incomodan estas escenas?
– Todo lo pudoroso que soy en la vida real lo tengo de desinhibido trabajando. Cuando oigo las palabras “motor” y “acción”, me transformo. Eso sí, trato de ser lo más cuidadoso posible con mi compañera, porque no es algo de lo que se disfrute. Algo parecido me pasa con las escenas de acción.
 
– No le dan miedo.
– Me encantan. Siempre lucho para que no me doblen, y ha habido momentos de mucho peligro. He hecho maniobras con el coche que no haría ni loco en la vida real.
 
– Vamos, que anda todo el día a la greña con producción para que le dejen hacer el salvaje.
– Continuamente. La mayoría de la veces me salgo con la mía. A ver, siempre les razono el porqué. Otras peleas no las gano. Y lo entiendo.
 
– Es osado pero no un inconsciente.
– [Se detiene dubitativo]. Para qué le voy a engañar, soy bastante inconsciente [entre risas].
 
 

 
 
 
Entre plumillas
– En ‘Periodistas’ era, en cambio, un tipo vulnerable, soñoliento, buen padre y buen compañero. ¿Prefiere ser bambi o se divierte más en la piel del lobo?
Estoy más a gusto en el lado oscuro. Los malos normalmente son más agradecidos y permiten un mayor distanciamiento de tu vida diaria, realmente hay un largo trabajo para sacar la saña o las ansias de venganza. El camino hasta ahí es tan laborioso que cuando llegas, realmente disfrutas apretando el gatillo. Ya lo he dicho alguna vez, da gusto matar. De hecho, de niños jugamos a ello. Por supuesto, es todo un juego.
 
– Aquel elenco de ‘Periodistas’ (1998-2001) cautivó a la audiencia. No puede ser que hubiera esa química entre ustedes. ¿De verdad que nadie era un incordio?
– Pues no. Nadie. La química era de verdad. La batuta de Dani Écija era la clave. No es solo que sea un gran director, es que sabe crear un espíritu familiar como yo no he visto. Un día me llamó aparte porque me embronqué con un ayudante de dirección y me dijo: “Jose, por ahí no”. Agaché las orejas y le pedí perdón.
 
– ¿Entonces, por qué dejó la serie?
– Por un lado me ofrecieron La caja 507 y por otro veía que Periodistas se desdibujaba después de cien capítulos. Todo valía y empezaban a mezclarse géneros: comedia, drama y hasta ciencia ficción. Recuerdo que le dije a Dani que creía que estábamos perdiendo el rumbo. No duró mucho más, pero no porque yo me fuera sino por desgaste natural.
 
– Por cierto, ¿cómo le pilló la muerte de Álex Angulo?
– Estaba ahí sentado cuando me avisaron [señala un diván contiguo]. Hacía tiempo que no lloraba tanto en soledad. Es una de las mejores personas que he conocido, la bondad con patas. Recordé muchos momentos con él.
 
– ¿Qué se le pasa a uno por la cabeza en estos trances?
– Se siente la fragilidad de la vida. Es una inyección de claridad para vivir el día a día y aprender a relativizar los problemas.
 
 
 

 
 
 
– Ya estamos disfrutando de la segunda temporada de ‘El Príncipe’, con la certeza de que no habrá una tercera. ¿Qué le parece?
– Me parece mal para los que se quedan sin trabajo, desde luego, pero desde el punto de vista narrativo me parece fantástico. Si los guionistas trabajan con un punto final, la historia y los personajes se fortalecen enormemente. Cuando matas protagonistas sin miedo a que tengan que resucitar, el shock que provocas en la audiencia es doblemente contundente. El camino tomado a lo largo de los 31 capítulos, centrándose en las células yihadistas, por desgracia tan de actualidad, no da más de sí. Alargar las tramas innecesariamente suele ser el pecado de las series.
 
Quiero ver a Cooper
– Desde que Urbizu le dio el papel del matarife de ‘La caja 507’ y luego al Santos Trinidad de ‘No habrá paz...’, no paran de lloverle tipos duros. ¿Le agobia la idea de quedarse para vestir ataúdes?
– No, hombre. El tipo duro se carga al galán. Ja, ja. El cine negro y policíaco es mi género predilecto, así que me quedaría ahí para los restos. No me importaría hacer una comedia romántica, por ejemplo, pero de tipo duro estoy en mi salsa. Además a estas alturas. Fíjese en Clint Eastwood.
 
– Hablando del rey de Roma, ¿le tienta dirigir?
– Me encanta la dirección. En la tele dirijo mucho en la sombra. No lo digo de tapadillo porque lo saben y me lo permiten. En una serie los directores vienen y van, pero nosotros estamos siempre ahí y sabemos más del personaje que el director que viene de nuevas. En cuanto a la técnica, son muchos años fijándome. El abecé me lo sé. Algún día lo haré en serio, pero hoy por hoy me quito la espinita tocándole las narices a otros. Mientras haya trabajo de actor, es más honesto por mi parte seguir donde estoy.
 
– Volviendo a la comedia romántica, ¿se ve de tipo inseguro que tiene problemas con la novia, al estilo Hugh Grant?
– Eeeh... Sí, pero no. No me apetece hacer el payaso tontorrón. Desde que empecé en esto, mis referentes han sido Cary Grant y Robert De Niro. Para una comedia romántica me quedo con Cary como modelo, mejor que Hugh.
 
– ¿Urbizu le cambió la vida?
– Sí, Enrique asesinó al galán y parió al tipo duro. El guion me alucinó y así se lo dije, pero creía que Resines sería el matón y yo el empleado del banco. “No, yo quiero que tú seas el killer”. Aquello me puso cachondo como un verraco. “Pues te vas a enterar”, le contesté.
 
– ¿En quién se inspiraron para crear al personaje?
– Queríamos un tipo gélido, con el rostro pétreo y el cabello blanco. ¿Se acuerda de Héctor Cooper, el entrenador del Valencia? Él fue nuestra inspiración. Pero teñir de blanco es muy difícil, pregunte si no en su peluquería. Hay que dar decenas de capas hasta conseguirlo. Yo quería ver a Cooper. Un mes antes del rodaje acabé con un gorrito como el de Laura Ingalls en La casa de la pradera porque tenía la cabeza abrasada. Desistimos y optamos por el corte militar, que también quedó bien.
 
 
 

 
 
 
– En esas semanas previas le daría un buen tute a los espejos.
– ¡Uf! Con lo poco que me gustan. Eso me recuerda que ya metidos en el rodaje una noche me di un golpe con una repisa de la habitación del hotel. Fui a mirarme al espejo y sangraba como un eccehomo. En seis horas tenía que estar rodando. Fue una de las peores noches de mi vida. Al final, entre los compañeros de maquillaje y fotografía, y algún que otro truco, lo sacamos adelante.
 
– Santos Trinidad, en cambio, no visitaba mucho al peluquero.
– Era un dejao, un despojo de la sociedad. Santos es el diablo con bigote y sin freno. Otro pelo que me encanta es el de El cuerpo [2012]: liso y con raya en medio. En producción estaban escandalizados: “¡Es que estás muy feo!” Así tenía que ser, aquel personaje era como un cuervo, que todo lo escondía. Para guapos ya estaban Hugo [Silva] y Belén [Rueda].
 
– ¿Puede contarnos algo de lo nuevo de Urbizu, ‘2014 hijos de puta’?
– No se hace de momento. Creo que hay disparidad de criterios con Telecinco en cuanto a casting y presupuestos. Pero ya le adelanto que es un thriller lleno de humor y con un guion brillante y concienzudo, como todo lo que hacen Enrique y Michel [Gaztambide]. Es una lástima que gente como él no haga una película al año. Es mucho lo que se pierde nuestra cultura.
 
– La que sí se ha hecho es la de Calparsoro, ‘Cien años de perdón’.
– Esa sí se ha rodado. Por problemas de fechas no pude estar tanto en el rodaje como a mí me hubiera gustado y hubo que reducir a mi personaje. La peli tiene una pinta estupenda.
 
– Y ahora se estrena en Estados Unidos ‘What about love’, otro drama, en el que figura junto a Sharon Stone y Andy García. ¿Cómo fue la experiencia?
– Marciana. La rodamos hace dos años en Rumanía. Con Andy había trabajado hacía 25 años en Los Ángeles en Muerte en Granada. Nos hemos hecho muy amigos. Pero la película era una locura. El director no era tal, no había raccord, se rodó una barbaridad de metraje; en fin, que no sé qué puede salir de ahí.
 
– ¿Y Sharon Stone?
– Para esta gente venir a rodar a Rumanía es como bajar a por tabaco. Les importa un pimiento. Esta mujer llegaba dos horas tarde a rodar. ¡Y la gente le aplaudía! Luego resultó encantadora y me fue muy bien con ella, pero ya le dije a Andy: “Chico, esto que hacéis es una vergüenza. En mi país os damos cien vueltas en profesionalidad”. Je, je. Yo sé que él ama esta profesión. Se picó. Al día siguiente lo tenía a cien metros dándome la réplica.
 
 
 

 
 
 
¿Sexy yo?
– Esa aura de tipo sexy que tenía en los ochenta y noventa y que aún tiene...
– Yo no me veo, pero para gustos están los colores.
 
– Esa aura seguro que le ha ayudado a encaminar su carrera, pero ¿alguna vez supuso un hándicap?
– En mis primeros años solo podía aportar el envoltorio y, con justicia, nadie me ofrecía otra cosa. Digo con justicia porque es verdad que no brillaba como actor. Yo lo sé. Pero fueron años formativos. Al final, gracias sobre todo a Enrique, cambié de registro.
 
– ¿Con qué personaje lo ha pasado tan mal que creía que no llegaba?
– El hombre mentiroso y con doble vida de La vida de nadie. A priori pensaba que nadie se iba a creer a este personaje. Pero Eduard Cortés trabajó conmigo para que yo me lo creyera, y al final logramos una peli pequeñita pero muy interesante.
 
– Se ha señalado bastante por sus labores solidarias. ¿Qué lugar ocupa en su vida el voluntariado?
– Colaboro, menos de lo que desearía, con Ayuda en Acción para dar salida a un concepto que me parece terrible: la fama. En cuanto conocí de qué iba la farándula, pensé que esa fama tenía que servir para algo más que para promocionar la última película. No me gusta la parafernalia que se mueve alrededor de nuestro oficio: fiestas, promociones, etc. No es que lo lleve mal, pero no me llena. Pensar que gracias a mi trabajo hay más niños apadrinados hace que esa noche duerma mejor.
 
 
 
 

 
 
 
– Cuando tiene un rato libre, ¿qué le gusta hacer?
– Me encierro ahí detrás [una sala espaciosa con una buena pantalla] y veo cine, una o dos películas diarias. Ese es mi paraíso.
 
– Para acabar, su peli, su obra y su serie favoritas.
– La trilogía de El padrino es algo que veo y vuelvo a ver. En teatro recuerdo especialmente La omisión de la familia Coleman, un gran trabajo de dirección y actores. Y en cuanto a series, me impresionó mucho True detective.
 
– Le pega. ¿Qué le pareció La isla mínima?
– ¡Un peliculón! Raúl me confesó que se preparaba a su personaje pensando que era Santos Trinidad de joven. Me hizo mucha ilusión.
 
 
 
 
'Brigada central’
La serie. Pedro Masó dirigió para TVE esta serie de policías, pionera del género, dividida en dos temporadas que se emitieron en 1989-90 y 1992. Los guiones eran de Juan Madrid, reconocido autor de novela negra.
 
El argumento. El inspector Flores (Imanol Arias), un gitano que ha hecho carrera en la policía, dirige un grupo de élite que lucha contra el crimen organizado. Junto a él trabajan, entre otros, el comisario Poveda (José Manuel Cervino) y los agentes Marchena (Patxi Andión), Carmela (Isabel Serrano) y Lucas (José Coronado).
 
La curiosidad. Durante toda la primera temporada, Flores es hostigado por su parentela calé más cercana, interpretada por pesos pesados de la talla de José María Rodero (su padre), Rafael Álvarez “El Brujo” o Gerardo Malla.

 
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