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02-11-2017

 
José Luis Pellicena
 
“Ser actor te permite soñar y a la vez hacer realidad los sueños”
 
De vocación tardía, el zaragozano ha dejado la impronta de actor de raza en decenas de personajes inolvidables en teatro y televisión
 
 
PEDRO PÉREZ HINOJOS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
El oficio de actor puede ser una vía de escape para el que tiene la urgencia de huir. José Luis Pellicena (Zaragoza, 1933) confiesa que eso es exactamente lo que le sucedió a él: carecía de vocación e incluso del más pequeño interés por la interpretación, pero en un instante decisivo de su vida se le ofreció como el mejor y más imprevisto plan de fuga. Y no solo consiguió escapar, sino que, pasado el tiempo, se ha convertido en uno de los actores más respetados de nuestro país. De ahí que, cuando rememora esta huida desesperada a mediados de los 50, con la seductora media sonrisa que aún sigue gastando, cuesta creer que sea una confesión verdadera. Y más todavía cuando repasa algunos de los trabajos colosales que ha afrontado en escena a las órdenes de grandes de la dramaturgia nacional (fetiche de Tamayo o Narros), así como su cuidada carrera en televisión o cine. O describe con descarnada minuciosidad el arte de convertirse en otro, cuya cima es darle vida a aquellos más aborrecibles o más remotos. Pero Pellicena continúa sonriendo, ajeno al bullicio que ha ido creciendo en torno a la terraza donde se desarrolla la conversación. Su cálida voz de actor de raza se sobrepone para quitarse importancia: “No tengo ningún mérito, siempre he hecho lo que me ha apetecido. La vida, en general, me lo ha puesto fácil”. Y no se siente retirado del todo, aunque en su cabeza hierven ahora otros enredos en los que deambulan peones, torres, alfiles, caballos, reyes y reinas, traducidos a ristras de números y letras en el pequeño cuaderno con el que no para de juguetear mientas habla. ¿Una huida tan larga para acabar perdido en este laberinto? “Pues sí, me ha atrapado al ajedrez y soy muy feliz. Mi único problema es que no encuentro contrincantes”.
 
 

 
 
- Revisando su carrera, resulta casi impensable que usted no sintiera la llamada de la interpretación desde muy pronto. ¿Qué le ocurrió?
- Mi única vocación desde pequeño era ser médico. Hice incluso el primer año. Pero murió mi madre, algo terrible para mí, y se me hizo imposible seguir en Zaragoza. Y me marché a París. Allí estuve un año, trabajando en una fábrica de pantallas de pergamino para lámparas, y me olvidé de la medicina.
 
- ¿Cómo se hizo actor entonces?
- En Zaragoza, en el teatro Principal, mi familia tenía abonado un palco del proscenio y contaban con amigos en el mundillo teatral. Y a la vuelta de París, coincidió que estaba allí la compañía Lope de Vega, en la que había buenos amigos de mi familia, como Tamayo, Manuel Dicenta o Mary Carrillo. Incluso venían a casa. Y yo, que seguía empeñado en salir de Zaragoza a toda costa, vi en la compañía una puerta abierta. Así que me enrolé y les acompañé en una gira, haciendo el tonto más bien, y por ahí empezó todo. Pero sin la más mínima vocación. Solo por evadirme, por la pura necesidad de fugarme.
 
- ¿Cuándo dejó exactamente de huir y empezó a sentir que el teatro era lo suyo?
- Casi enseguida. El teatro es, ante todo, magia y me enganchó muy pronto. Además, me fui muy bien nada más empezar. Por un lado, conté con unos maestros extraordinarios y casi desde el principio tuve la gran suerte de interpretar a grandes personajes. Por ejemplo, de Peter Shaffer yo hice la primera obra en España (Ejercicio para cinco dedos, 1959). Y años más tarde encarné a Salieri en Amadeus (1981). La verdad es que no puedo decir aquello de que pasé hambre, frío y penalidades. Al contrario.
 
 

 
 
-¿Y en ningún momento pisó una escuela de interpretación?
- No, porque además apenas había centros de formación. Yo creo mucho en el autodidactismo. Tampoco he sido actor de método, aunque lógicamente he seguido algunos principios, como ese de que uno debe generar lo que siente y le sucede al personaje, para que resulte real, creíble y verídico a ojos del espectador. Pero no necesitas mucho más. Si tú sientes lo que siente el personaje, ya lo tienes.
 
   En 1957 se produjo un hecho capital en la biografía de Pellicena. Cuando hacía el primer papel importante de su carrera en El diario de Ana Frank, conoció a Olga Moliterno: “Ella venía de Buenos Aires. De muy joven había sido la mujer del director del Teatro Colón, nada menos, de modo que el teatro lo impregnaba todo en ella”. Moliterno se convirtió enseguida en su pareja y en su cómplice para la elección y preparación de los papeles. A ella le debe en buena parte la esmerada construcción de una carrera donde se alternan los textos clásicos de Lope, Tirso, Molière o Shakespeare, con los no menos canónicos de Valle-Inclán, Lorca, O’Neill o Sartre, aparte de contemporáneos como Alberti, Arrabal o Fernán Gómez. En 2004 falleció Olga y Pellicena redujo sus apariciones en la escena. Pero aún se pueda contar entre ellas unos espléndidos montajes de El retrato de Dorian Gray y Llama a un inspector, el broche a casi un centenar de trabajos teatrales en los que hay de todo. Hasta personajes que bordó pero de los abominaba.
 
- Llama la atención que admita con total naturalidad que hay papeles para los que no se siente válido, aunque el público y la crítica lo hayan aclamado cuando los ha interpretado. Le pasó, por ejemplo, con el despótico don Juan Manuel de Montenegro de las Comedias bárbaras (1991), a las órdenes de José Carlos Plaza.
- Pero es que es así (risas). Yo estoy en las antípodas de lo que es y de lo que representa un personaje como Montenegro. Por carácter y por sensibilidad, no tengo absolutamente nada que ver con él. Ni siquiera en el físico… Cómo un tipo como yo, ya ves, podía ser ese hombre arrollador, que se llevaba por delante todas las mujeres que encontraba (risas)… Lo que pasa es uno se debe a su profesión y ha de saber cómo asumirlo. Y salió bien. Hicimos las tres comedias. Los fines de semana, las tres seguidas, seis horas y media sobre el escenario. Terminábamos en ambulancia, claro (risas). Pero fue una maravilla.
 
 

 
 
- Y también le pasó con el marqués de Sade en el Marat-Sade de Narros (2000).
- Es que se trata de una obra muy complicada. Y Sade es un personaje escurridizo, se te podía escapar en cualquier momento si no estabas concentrado. Me exigía un esfuerzo enorme y resultaba realmente extenuante. Marat, en cambio, era más fácil de hacer en mi opinión; tenía una línea de conducta más lineal, más previsible. Sade era más sinuoso y yo nunca acabé de sentirme bien dentro de él.
 
- ¿Cómo se afronta un trabajo así?
- Es complicado porque te obliga a realizar un desdoblamiento total. Como no te puedes apoyar en nada tuyo, tienes que buscar, inventar, crear… Y la experiencia, aunque agotadora, suele ser siempre muy satisfactoria. Y sobre todo no corres el riesgo de acomodarte, de dejarte llevar sin más, que es lo que puede ocurrir cuando el papel te resulta más sencillo y accesible. Eso jamás pasa con esos personajes que no son de tu cuerda.
 
O sea, que para usted ha sido casi una suerte encontrarse con personajes difíciles.
- Pues en cierto modo sí, porque me han obligado siempre a desdoblarme, a prepararme muy bien, a trabajar mucho y a disfrutar con el resultado.
 
- ¿Y ha sentido alguna vez que, por las circunstancias que sean, no ha dado la talla y el papel se le ha ido de las manos?
- Los actores somos personas y hay días en los que, por voluntad que pongas, las cosas no salen como quieres, aunque la experiencia y el oficio te van enseñando a esquivar esas situaciones. Por ejemplo, hace años, Olga y yo, junto a Nuria Espert, nos fuimos a Londres para ver una obra para la que tenía que prepararme, M. Butterfly, interpretada por Anthony Hopkins. Íbamos entusiasmados y con unas ganas tremendas de ver la obra, pero los tres salimos del teatro los decepcionados. No nos había gustado nada la función, pero sobre todo el trabajo de Hopkins, que estaba disperso, fuera de sitio. Y nos parecía algo inexplicable en un actor tan grande y tan experimentado. Y tanto nos extrañaba, que le dije a Olga: “Mañana volvemos a verla”. Y fuimos, y esa tarde Hopkins estuvo absolutamente maravilloso. Sublime. Y así somos los actores, en un espectáculo vivo para lo bueno y para lo malo. Hay días en los que te cuesta mucho meterte en el papel. Y nunca mejor dicho.
 
 

 
 
   A diferencia de la mayoría de los actores de su generación, Pellicena dio siempre preferencia al teatro y se prodigó menos en el cine y en un medio tan emergente como la televisión. Aun así, en los primeros 60 participó en algunas películas de éxito, como Usted puede ser un asesino o Historias de la televisión, aunque sus apariciones se fueron haciendo cada vez más esporádicas. Y lo mismo se puede decir de su presencia en la pequeña pantalla, que comenzó a comienzos de los 70 con varios Estudios 1, la adaptación a telenovela de Crimen y castigo de Dostoievski o la peculiar serie sobre casos sobrenaturales A través de la niebla.
 
-Ha compaginado poco el teatro con la televisión, que nació a la vez que su carrera. Y no habrá sido por falta de oportunidades y ofertas.
-Es cierto. Pero nunca me gustó la televisión. No me atraía. Supongo que porque el teatro es un fenómeno vivo, sucede ahí, en ese instante irrepetible y único. Y aparte está el público delante. Y eso es algo incomparable.
 
-¿Y también ha hecho menos cine por la misma razón?
-Eso es. Aunque he hecho bastantes películas, pero diría que casi por casualidad. Me las ponían ahí, cuando no tenía ninguna función, y las hacía sin más. Pero jamás me han llenado como me ha llenado el teatro.
 
-¿Pero no tiene ningún buen recuerdo?
-Por supuesto que sí. Muchos. Le tengo mucho cariño, por ejemplo, a En septiembre (1982), de Jaime de Armiñán. Es de lo poco que me siento orgulloso. Era una película de reparto, con muy buena gente. Estaban por allí Agustín González, Amparó Baró, María Luisa Merlo, Álvaro de Luna… Nos llevábamos muy bien todos y lo pasamos fenomenal.
 
 

 
 
- ¿Se siente retirado del todo o aún haría algún papel?
- Sí, creo que todavía podría hacer algo en teatro. Eso sí, debía ser algo especial y no muy exigente para que no acabara en desastre. Sí, tengo ganas, porque se pasa muy bien en el escenario.
 
- ¿Qué es lo mejor de su profesión?
- Lo mejor es que te permite soñar y a la vez puedes hacer realidad los sueños. O más exactamente, que vives sueños con muchos visos de realidad. Es difícil de explicar. Te metes en personajes a los que no solo aportas el texto, sino también sentimientos, actitudes, rasgos nuevos, cosas tuyas. Y acabas creando algo muy real.
 
- ¿Y puede encontrarse algo malo en un trabajo así, tal como lo pinta?
- Nada malo (risas). Yo encuentro pocas cosas, la verdad. Si acaso cuando algún personaje no te sale, cuando no encuentres el modo de entrar en él y de creértelo. En ese proceso de transplantar tu yo al personaje o al revés, hay veces que aparecen obstáculos y dificultades y resulta angustioso encontrar el camino, hacer el viaje. Pero incluso esos malos momentos, esa espina, tiene su aquel.
 
- ¿Sigue yendo al teatro?
- Me invitan pero voy poco. Confieso que me da un poco de pereza. Le doy las invitaciones a mis amigos y luego me cuentan qué tal ha estado.
 
- ¿Y ninguno se queda jugando con usted jugando al ajedrez?
- Qué va. A ninguno le gusta. Ya es mala suerte (risas).
 
 

 
 
El hombre que fue la reina Isabel de Inglaterra
Cuando se le pregunta a Pellicena por su mejor papel, no lo duda: la reina Isabel I de Inglaterra en la obra Contradanza. Francisco Ors es el autor de este texto teatral, que fabula sobre la posibilidad de que la enigmática Reina Virgen fuese realidad un hombre homosexual. En marzo de 1980 se estrenó esta ya histórica función que lo tenía a todo para ser un fracaso y un escándalo a la vez: un argumento arriesgado, un tiempo donde aún mandaban costumbres y mentalidades muy cerradas e incluso un teatro, el Lara, con fama de aburguesado. ¿Cómo un actor ya consagrado aceptó semejante desafío? “Es cierto que es lo más temerario que he hecho, y me hubieran matado de salir mal, pero para mí fue como el premio gordo de la lotería”, afirma el actor, que destaca también la importancia de compartir escenario con actores de la solvencia de Manuel Gallardo y Gemma Cuervo y de estar a la orden del gran José Tamayo. Por suerte, la obra resultó un éxito. “Había un momento clave –evoca Pellicena- cuando me desnudaba del todo, algo que solo había  hecho Victoria Vera, creo, y me mostraba como hombre, y luego volvía a vestirme y a ser la reina. Un desliz mínimo, un pequeño error de enfoque, habría convertido aquello en una caricatura, pero el público entró en la ensoñación a las mil maravillas”. La crítica también premió su “valiente, peligrosa y brillante interpretación”, como la calificó el célebre Lorenzo López Sancho en ABC; y el gremio también le regaló su más cálido aplauso. “Por mi camerino pasaron los mejores actores y actrices para felicitarme. Incluidos José María Rodero y Adolfo Marsillach, que no eran tipos fáciles precisamente”.
 

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