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07-11-2016 Versión imprimir

 
 

Vivir el drama, expresar la comedia



José Piris, discípulo español del mimo Marcel Marceau, muestra su técnica durante ocho semanas en el Centro Actúa



FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
La culpa es un objeto punzante clavado en el estómago. La duda llega al volcar el peso del cuerpo sobre uno de los costados. La curiosidad se traza despejando el camino con las manos. Quienes se cubren el busto reflejan el pudor. Han pasado nueve años desde que murió el célebre mimo Marcel Marceau, pero las llamadas “convenciones de carácter”, uno de los legados del maestro, aún conforman buena parte del arte de la mímica. En la sala principal del madrileño Centro Actúa de la Fundación AISGE (calle de Cavanilles, 15), 11 alumnos interpretan, uno tras otro, estos movimientos. Un paso al frente subraya cada gesto.
 
 

 
 
 
   Encabezando el grupo se encuentra el santanderino José Piris, que nombra las emociones mientras las convoca con el cuerpo. Quizá por aquello de la imitación, este profesor describe los gestos en presente del indicativo y en primera persona del singular. Él aprendió estas expresiones del mismo Marceau durante los cinco años que invirtió en la escuela que el pionero levantó en París. Desde entonces, Piris ha afianzado una larga carrera que le llevaría a coincidir, entre otros, con el dramaturgo Dario Fo y el director de escena John Strasberg.
 
   Solo al nombrar a Dios, este tutor de 45 años camina hacia detrás; y con él, sus alumnos. “Todo lo relacionado con el miedo nos hace retroceder”, explica el profesor. El arriba también existe: un cuerpo alzado es el que sueña y divaga. “¡Somos Segismundo! ¡Segismundo piensa que puede volar!”, reclama el maestro. Porque el mimo no solo expresa emociones, sino que ayuda a encarnar personajes. Y viajes morales. Un tronco encogido que se erige y relaja al mismo tiempo es la bestia convirtiéndose en un galán.
 
 

 
 
 
   Y el espacio. En el bosque interpretado por cuatro de los alumnos, estos arrancan flores y se las llevan a la nariz, recogen manzanas y las prueban. Las naranjas son parecidas, aunque acompañadas de una mueca ante la acidez del cítrico. El mimo puede llevarnos a un lugar concreto: en ello consisten los ejercicios que, cada semana, y como colofón a lo aprendido durante las sesiones, los actores realizan por equipos.
 
   Para ello el profesor prescribe un suceso y un escenario. El bosque solo era el prólogo de la casa encantada en la que deberán colarse, grupo a grupo, todos los intérpretes. En esa vivienda, las ventanas y los muros están hechos de gestos; aunque los alumnos se acuerdan de agarrar el pomo de la puerta, muchos se olvidan de soltarlo. “La mímica nos reúne con el mundo. Nos identifica con un lugar imaginario”, apunta Piris, que cierra con aquella casa su tercera semana de curso. Aún le quedan por delante otras cinco.
 
 

 
 
 
La mirada del espectador
El carácter intangible de los escenarios da libertades, pero conlleva unas normas. Las acciones cobran fuerza cuando suceden en el centro del escenario. Para conservar el orden en el espacio, es mejor que uno de los personajes lidere a los demás: un corifeo, como el de las piezas clásicas griegas. Los actores deben permanecer agrupados en torno a los grandes giros de la trama. “El espectador debe saber dónde mirar”, sentencia Piris. Y en la tarima, un aluvión de ojos saltones rodea el cuerpo de uno de los protagonistas, cuando este encuentra una llave bajo una piedra.
 
 

 
 
 
   De camino a la fuente de agua —esta sí, real— que vertebra los descansos en las clases, el mimo acompaña a los alumnos. Tiritan de frío y hacen percusión con partes de su cuerpo. Para llamar a la puerta, los golpes de aldabón llegan marcados con estridentes zapatazos. Una verja que se cierra es un sobresalto marcado por los dos pies. Pero los intérpretes vencen sus temores y se pasan, de mano en mano, una antorcha. Hasta atrapan un murciélago, palpable en el revoloteo con el que estos mueven los dedos. Y se les cuela, en algún momento, una sonrisa. Mal hecho, reitera Piris: “Para que al público le llegue la comedia, los actores deben sentir la tragedia”. Aunque el mimo parezca abocado a provocar la risa, el drama también existe. Requiere un compromiso mayor, sentencia el tutor.
 
   Apartar a los alumnos del cartoon es uno de los trabajos, también, de Cristina Collado, asistente del maestro. Cada semana, la docente imparte algunas horas de apoyo a lo aprendido. “Lo que más les cuesta, al principio, es imitar el gesto con precisión. Levanto una mano y creen que estoy representando la violencia, y extreman el movimiento”. Según Piris, hay un punto de vanidad en esa resistencia al calco. A los intérpretes les duele imitar, sin más; renunciar a aportar un gesto propio.
 
 

 
 
 
   “Hay que olvidar el arquetipo del mimo, de la cara blanca y los guantes”, argumenta el tutor. Para la actriz Federica Capasso, habitual de los cursos de Piris y aspirante a especialista en la mímica, “con él se trabaja sin clichés”. No es la única que sigue al artista allá donde imparte clases. El profesor dirige la escuela Nouveau Colombier (nuevo palomar, en castellano), que él mismo fundó, así como ha ejercido la docencia en una nutrida colección de centros privados y públicos; uno de ellos, la Real Escuela Superior de Arte Dramático.
 
 

 
 
 
   Para Virginia Riezu, otra de las congregadas, este curso sí está siendo el primero con Piris. Como cuenta, se llevará lo aprendido a las improvisaciones que realiza con su compañía de teatro, pero también para las pruebas ante la cámara: “Allí estamos solos en un vacío, y hay que inventar los espacios. Con esto involucramos el cuerpo, al que estamos muy desacostumbrados. Me apunto estos gestos, aunque habría que comedirlos si los representamos en la pantalla”.
 
   “No trabajamos este método para ganar un Goya. Queremos crear y entender mejor la escena. Convertir al intérprete en un autor. No importa lo que siente el actor, sino lo que entiende el público”, apunta el profesor. Toca ralentizar los gestos y dejar que las cosas ocurran lentamente. También, la muerte. Un solo actor que recorre su propio cuerpo, con sigilo, a través de las manos, basta para evocar la siniestra presencia de un extraño. Y hasta la consumación de un asesinato. Cuatro de los alumnos de Piris se asustan ante un desconocido harto más alto que ellos, y dirigen la mirada hacia un mismo punto imaginario mientras se encogen poco a poco.
 
 

 
 
 
   Las máximas de la dramaturgia se cuelan en una disciplina en la que los actores trabajan, habitualmente, sobre la nada. Todos los gestos deben desencadenar algún giro en la trama. Si algún actor incorpora la palabra,  toca recoger el movimiento. Si optamos por acompañar la escena con música, ocurre al contrario: la expresión corporal debe provocar un estruendo, impedir que la ambientación eclipse la escena. En los espejos del aula resuenan las Metamorfosis del compositor Philip Glass. 
 
 

 
 
 
   “Pongo la cara del político”, indica el tutor. Esa misma tarde, y al otro lado del parque del Retiro, en el Parlamento se escenificaba la no investidura del presidente del Gobierno. Ya saben el final de la historia: solo dos días después, una parte de sus señorías cambió el sentido de su voto. La hipocresía, recordaba Piris, se alcanza al llevar las manos al pecho mientras se esboza una sonrisa.
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