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01-10-2019


“No puedes estar toda la vida limitándote a hacer una secuencia, sobre todo cuando has probado lo otro”

 

Juan Carlos Vellido ha exprimido al máximo sus oportunidades y ha cimentado una sólida carrera. La perseverancia y la generosidad son para él las mejores brújulas en una realidad tan variable


PEDRO PÉREZ HINOJOS

Juan Carlos Vellido (Barcelona, 1968) soñó con dedicarse a muchas profesiones de pequeño: veterinario, policía, jugador de baloncesto, piloto de avión… Al final la realidad acabó poniéndole en su sitio: estudió Derecho y trabajó en un banco. Pero la vida le hizo un guiño al ofrecerle un camino intermedio: se hizo actor y puede ser todas las cosas que soñó de pequeño y muchas más. Un cuarto de siglo lleva transitando por esa senda y ha acumulado ya más de 30 ficciones en televisión, una veintena de películas y un sinfín de montajes teatrales, además de haber hecho sus pinitos detrás de la cámara como director de cortos. De ese bagaje se siente tan satisfecho como agradecido, pues es muy consciente de que la vida es cambiante y que la lluvia de oportunidades de un momento dado puede mutarse en una sequía pertinaz. De ahí que aproveche todas las puertas que se abren y reclame más humanidad en un trabajo en el que la materia prima son, justamente, los atributos humanos. Y así, dispuesto a vivir todas las vidas soñadas o no hasta el último día… si la vida quiere.

 

- Empezando por lo más reciente: háblenos de su sargento Morata en la serie Hierro, que ha marchado tan bien que va a contar con segunda temporada. ¿Cómo ha sido la experiencia?

- Le tengo muchísimo cariño. Ese trabajo me obligó a hacer un esfuerzo especial, me costó encontrarle el punto. Pero estuve muy bien asesorado y hablé mucho con el director, Jorge Coira. Al final te queda una satisfacción muy grande porque compruebas que has construido algo con mucho esfuerzo y que ha funcionado muy bien, y que además lo has hecho de la mano del director.

 

- ¿Y qué tiene ahora entre manos?

- Comenzamos la grabación de una serie para Netflix, Alguien tiene que morir, que dirige Manolo Caro. Es una producción mexicana, pero se rueda aquí: está ambientada en el Madrid de los años cincuenta. Y mientras, también estoy con la gira de Siete años, la obra de Daniel Veronese, que terminaremos en diciembre más de un año después del estreno.



- A pesar de que el audiovisual manda en su trayectoria, empezó por el teatro. ¿Cómo fueron aquellos inicios?

- Acompañaba a unos amigos que tenían un grupo teatral amateur en Gavà. Les ayudaba a descargar el camión, a montar el escenario y a lo que hiciera falta. Hasta que un día me ofrecieron un papel y me gustó. Poco a poco me fue atrapando.

 

- ¿Pasó por alguna escuela? 

- En paralelo a mis estudios de Derecho, empecé a formarme también en interpretación. Curiosamente, coincidí con mi compañera en Hierro, Candela Peña. La conocí en el grupo de teatro de mis amigos porque les preparó una coreografía para un montaje. Y fue realmente ella la que me convenció de que me tomara esto en serio. Me recomendó a su profesora, Nancy Tuñón. Y me metí en su escuela, en Barcelona, y a ella le debo mucho de lo que sé. Al menos, la lección fundamental.

 

- ¿Cuál fue esa lección?

- Hizo que me enamorara de verdad de este oficio. Y a ponerle mucha perseverancia. Es lo único a lo que hay que agarrarse. Esta profesión te exige pasar por lugares muy oscuros, muy tenebrosos, a nivel de malvivir y de poner a prueba tu amor propio. Y eso es muy duro. Es una profesión en la que eres examinado de forma constante, te despiden y reclutan una y otra vez. Eso provoca una inseguridad que hay que gestionar. Digamos que, si quieres vivir de esta profesión, tienes que aprender a leer la vida.

 

- ¿Cuándo decidió lanzarse del todo?

- Llegó un momento en que me planteé dar un paso más y marcharme a Madrid para seguir estudiando en la escuela de Juan Carlos Corazza. Tenía mi puesto en un banco y pedí el traslado. Tenía 24 años. Comencé a hacer teatro. Y luego pasé a la televisión. Más tarde llegaron las intermitencias. Ya había dejado mi trabajo en el banco, y ahí empecé a ver las dificultades. Esperé trabajo de actor mientras me ganaba la vida de camarero, como el 90 por ciento de la profesión, o de corrector en una editorial, entre otras cosas.

 

- Aparte de ser una prueba de fuego, ¿qué le enseñaron esas intermitencias?

- Aprendes a valorar más el trabajo y a ser descreído sobre el sentido del éxito. Porque triunfar en esto es simplemente poder ganarte la vida. Yo particularmente estoy contento porque mi carrera ha ido en ascenso. Eso te anima a seguir. Pero sabes que no todo está en tu mano. Lo que sí depende de ti es entregar todo tu esfuerzo y no perder la capacidad de ilusionarte.



- En los últimos años ha disfrutado de mucha continuidad. En cine, por ejemplo, desde su debut en 1998 con Los años bárbaros (Fernando Colomo) casi no le ha faltado una película por año, además de televisión y teatro.

- Creo que el primer papel en cine, aunque pequeñito, fue en Alma gitana [Chus Gutiérrez, 1996]. He hecho lo que me han ofrecido y he dicho “no” pocas veces. Solo cuando consideraba que no se me valoraba como me merecía. Llega un momento en que ves que no puedes estar toda la vida limitándote a hacer una secuencia, sobre todo cuando has probado lo otro. Y hay que tener la valentía de decir: “Me espero”.

 

- ¿Le abrió más puertas el hecho de participar en dos entregas de una superproducción de Hollywood como Piratas del Caribe?

- Pues no especialmente. Aquello fue una casualidad. Buscaban actores españoles para que hiciesen de la tripulación de un barco español que capitaneaba Javier Bardem y pasé las pruebas. Fue una experiencia única. Y no solo por el trabajo y la gente increíble que llegas a conocer, sino por el trato recibido. Fue exquisito. Saben cuidar a la gente, desde la estrella a los figurantes. Y da envidia porque aquí no siempre se hace así.

 

- ¿Por qué cree usted que sucede eso?

- No entiendo por qué, pero cada vez es más habitual, por desgracia, que si tienes que hacer un personaje pequeño en una serie, llegas a rodar tu parte y no tienes información sobre el resto del proyecto ni te ayudan a acoplarte, así que no te sientes integrado. Lógicamente, el resultado final se resiente. Y tampoco puedes quejarte al director porque él tiene 50 problemas que resolver. 

 

- Estas dificultades no suelen salir a la luz a menudo.

- Se habla poco, pero es así. Por eso yo, hasta donde alcanzo, trato de arropar a esa gente que llega para hacer unas pocas sesiones e intento que el equipo se involucre. Es básico, pues en este trabajo es primordial la generosidad. Se nos suele olvidar lo importantísimo que es darse para poder recibir. Y encima en un trabajo como este, lleno de inseguridades y temores.



Una comedia de hombres desiguales

La intensa carrera de Juan Carlos Vellido en la pequeña pantalla tuvo su estreno en una de las producciones de éxito de los noventa: Todos los hombres sois iguales. Basada en la película del mismo título, Telecinco emitió desde 1996 a 1998 esta comedia que gira en torno a las tribulaciones de tres amigos divorciados (Josema Yuste, Tito Valverde y Luis Fernando Alvés) que se animan a compartir piso y a competir por llamar la atención de Yoli (Ana Otero), la chica de la limpieza. Oristrell, Gómez Pereira, Juan Luis Iborra y Planell encabezaron una espléndida nómina de guionistas para una historia en la que Vellido daba vida a Nico. “Le tengo un cariño inmenso a esa serie”, recuerda. Aprecia de ella, entre otros valores, que “fue de las primeras en afrontar el tema de la homosexualidad de manera natural, sana, no como una caricatura. Y eso sin dejar de ser una comedia”.

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