twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Entrevistas
08-07-2011 Versión imprimir
“Volvería a Hollywood si me llamaran los hermanos Coen”
Habla pausado, como en una reflexión perenne. Tan tímido como bien parecido, nadie diría que es de cuna porteña. “Soy de hablar, de debatir, de tertulia, no de imponer ni gesticular”. Juan Diego Botto (Buenos Aires, 1975) dejó su país a los tres años, pero no pierde ese marchamo genético. Ha pasado parte de la primavera en Lituania, con máximas de cuatro grados bajo cero y mínimas de –20. Allí ha grabado a las órdenes de Gerardo Herrero Sangre en la nieve, ambientada en la División Azul. Su maleta siempre tiene las ruedas engrasadas. Pero pesa más desde que nació Salma, hace 22 meses.
– ¿Diría que su vida está marcada por la palabra evasión?
– En un sentido amplio, sí. Nací en Argentina y tocaba vivir allí. Ese era mi destino. Pero las circunstancias políticas nos hicieron salir del país. El golpe fue en 1976, mi padre desaparece en 1977 y en 1978 nos exiliamos. Esa gran evasión marcó mi vida, porque ni crecí ni estudié en mi país.
– Pero gracias a eso se formó en Nueva York.
– Siempre fui muy urbanita y viajar al corazón de la interpretación era lo más. El Actor’s Studio, Marlon Brando, Robert de Niro, Al Pacino, James Dean… Me fui con 17 años para allá, en el primer contacto de la fantasía con la realidad. Ninguna de las escuelas era tan idílica. Todas tienen sus defectos y sus carencias.
– ¿Vuelve cada poco a la capital del mundo?
– Lo intento. La oferta teatral y cultural en Broadway, el cine independiente, la literatura, los museos, la arquitectura siempre me fascinaron. Y la inmigración allí es muy importante. Es un crisol de peruanos, bolivianos, pakistaníes, alemanes, españoles, chinos… 
– Lo mismo ejerce de actor que de director o guionista. ¿Convertirse en inmigrante a los tres años marca las inquietudes vitales?
– Es algo contradictorio. Me gusta viajar, pero no me gusta encerrarme en ninguna faceta. Soy actor, pero me gusta escribir, dirigir, ser taquillero y estar en la parte técnica. Moverse en distintas disciplinas enriquece y me atraen los rodajes fuera de España, pero necesito referencias: mi quiosco, mi panadería, mi bar…
– Eso también es muy porteño, ¿no?
– Supongo que sí. He vivido largas temporadas allá. En ese sentido, el porteño es muy gallego, muy de su terruño, de sus amigos. 
– Después del último Hamlet, ¿se sació de clásicos?
– Los clásicos siempre te llaman. Pero ese Hamlet me llenó. Estuve en todo el proceso, de la producción y la adaptación a la dirección y la actuación. Es una locura dirigir y actuar. En el cine es más fácil, porque te ves y te comes la tarta a trozos. En el teatro son dos horas y media de tirón. Haría otro… en cinco o siete años. 
– Igual después del rodaje en Lituania se anima con Chéjov.
– No, no, me lanzaré con una idea mía que tengo medio escrita. Algo que tiene que ver con la crisis: solo un par de actores y concebido para la sala Mirador, en Lavapiés, Madrid. Es bueno pasar de un Shakespeare con diecisiete actores a algo modesto, con dos.
– Ha trabajado con Ridley Scott, Armendáriz, Herrero, Malkovich… Incluso en Hollywood (Bordertown). ¿Cuál es el reto ahora?
– Siempre surgen proyectos, siempre quedan grandes directores con los que trabajar. Y siguen saliendo buenos. Sigo trabajando con gente interesante. Me gustaría hacerlo con Fernando León o [Pedro] Almodóvar.
– ¿Y se lo ha confesado?
– Pues a Fernando no se lo he dicho nunca, pero a Pedro sí. Tenía un proyecto entre manos y le consulté, se lo comenté. Me puede la timidez y es mejor lanzarse. Me contaba hace poco un guionista que le escribió una carta a un director: “Mire, me encanta su cine, le mando esta historia”. “Vale, pásese por mi despacho”. Y le gustó.
– Si le llamaran los Coen…
– Me iría, quizá. Bardem, cuando empezó en Estados Unidos, lo dijo: “Si me llaman los Coen… me lo pienso”. Y dudó, pero acertó. Creo que volvería a Hollywood.
– ¿Está en un momento de discriminar guiones como quien espanta a los cazaautógrafos pesados por la noche?
– Tengo esa suerte, y eso que la industria está en mal momento. No lo he notado en el volumen de trabajo, sí en el de ofertas. Paré casi un año cuando nació mi hija. Funcionó la peli de Achero [Todo lo que tu quieras], con un guión fantástico. Tengo la suerte de elegir aquello en lo que creo. Le sucede al periodista o al artista.
– ¿Ha descartado algún proyecto por convicción ideológica?
– Prefiero no decir de qué se trataba, pero sí. Puedo pensar que algo no está bien si tiene un tufo machista o el personaje no me gusta.
– ¿La palabra “compromiso” debería ser el undécimo mandamiento?
– En La peste de Camus dice un personaje: “Hay épocas en las que la indiferencia es criminal”. De tanto repetirlo, el compromiso está etiquetado. Pero no significa radicalismo de izquierdas, es sentir que las cosas te implican. Retrasar la jubilación a los 67 es hablar de mí y de mi hija, y tengo algo que decir como ciudadano. Tu voz importa, en eso y en todo. 
– ¿Le recuerda esta crisis al corralito argentino de 2001?
– El corralito fue cruel: no poder sacar tu dinero del banco es horrible. La paridad dólar-peso que estableció Ménem fue un desastre. Pero la salida que se le dio a la crisis argentina fue, sobre todo, social. Desde el 2002, con la llegada de Kirchner, el país creció al ritmo del 8% anual. Los trabajadores tomaron las fábricas, hubo industrias que crearon cooperativas… Aquí ha sido todo de arriba abajo, los que quedan contentos con la salida de la crisis son los poderes económicos.
 

De padres, madres e hijos
– ¿Ha cambiado su visión del universo Kronen con la paternidad?
– La visión del mundo Kronen ya había cambiado con la edad. Me preocupa la juventud, no solo por el botellón. Tenemos la desgracia de conocer los problemas por experiencia. Lo mejor es hablar con los padres. Y decir la verdad. ¡Pero mi hija Salma tiene 20 meses!
– ¿Le da clase su madre [la actriz y maestra de actores Cristina Rota] a diario?
– Hablo muchísimo con ella de trabajo. Hemos trabajado juntos. Fue mi maestra, es mi pedagoga y le consulto todo. Y a ella le interesa mi opinión también.
– ¿Y nota también la presencia de su padre?
– Aunque no lo recuerdo, sigue siendo un referente. El paso de la adolescencia a la juventud sin él fue duro. Y llegar a la altura de su legado, mi hermana y yo, sigue siendo un reto. Es una figura muy mitológica. No tiene arrugas, no envejece, no tiene ni una tos. Mi padre siempre tendrá 28 años. Cuando cumplí 29 sí lo pensé: ya era más viejo de lo que nunca fue él.
 
08-07-2011 Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio