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26-06-2012

 
Te echaremos de menos, Juan Luis
Los actores de AISGE rememoran al gran Galiardo, socio número 96 de la entidad
 
Juan Echanove: “Juan Luis Galiardo me transmitió la ilusión torrencial por los proyectos”
 
eduardo vallejo
El pasado viernes, 22 de junio, mientras el país se refugiaba del chaparrón de chuzos de punta financieros bajo el paraguas de los pobres, ese paraguas de sueños que se abre el fin de semana, y que alimentan las pantallas de cine o las tablas de un escenario; mientras este santo país, en fin, buscaba la ayuda de los que no viven de repartir dividendos ni de hurgar en los bolsillos de la gente; mientras esto pasaba, un veterano y legendario fabricante de sueños hacía su último mutis.
Juan Luis Galiardo Comes (San Roque, Cádiz, 1940), uno de los más destacados actores de nuestra escena desde la década de 1960, daba ese día su brazo a torcer después de pelear contra una enfermedad devastadora que solo en los últimos tiempos había logrado apartarle de su último personaje, el Harpagón que su colega Molière escribiera hace casi 350 años para encarnar al epítome de la avaricia. Según la crítica del diario ABC, Galiardo interpretaba su papel en la inmortal comedia “con voracidad expansiva”. Y este rasgo le había acompañado toda su vida. Galiardo vivió su vida vorazmente. Aunque había sufrido un ictus y declaraba que “todo lo que viva ya es propina”, transmitía la sensación de empeñarse en vivir como el primer día: “Me siento como una promesa de futuro, un padre promesa –de mi última hija, que está haciendo tercero de derecho–, un abuelo promesa y un aprendiz en todo lo que hago”.
Ese aprendizaje se inició en su San Roque natal, la localidad gaditana cuyo teatro municipal lleva hoy su nombre y de la que pronto se mudó rumbo a Badajoz por exigencias del empleo de su padre, un ingeniero agrónomo que había enviudado siendo Juan Luis aún un niño. Tras educarse, como quien dice, entre Pinto y Valdemoro, entre los jesuitas de Badajoz y los capuchinos de Dos Hermanas, el joven Galiardo estuvo a punto de seguir la profesión paterna, pero terminó por decantarse por el Derecho y las Económicas que, irremediablemente, debía estudiar en Madrid.
En la capital entró en contacto con alumnos de la Escuela de Cine, donde acabaría recalando tras abandonar sus primeros estudios universitarios. En esos años también estudió Arte Dramático y realizó meritoriaje en el Teatro María Guerrero.
Al tiempo que cursaba sus estudios, de los que se graduaría en 1965, daba sus primeros pasos profesionales en el mundo del cine, principalmente en cortometrajes y pequeños papeles. Pero ya en 1966 participó en su primer título de importancia, El arte de vivir, de Julio Diamante; en 1967, en Acteón, de Jorge Grau, y en 1969, en La canción del olvido, de Juan de Orduña. Asimismo, su nombre comenzaba a sonar en los círculos teatrales, tanto en la exigua escena independiente como en teatros comerciales. En septiembre de 1969, por ejemplo, estrenó en el Teatro Cómico de Madrid English spoken, de Lauro Olmo, junto a nombres entonces ya importantes como Lola Herrera, Tina Sáinz o Marisa Paredes.
Entrada la década de 1970 participó con asiduidad en producciones internacionales. En 1972 rodó Blanco, rojo y..., de Alberto Lattuada, acompañando a una Sofía Loren en la cumbre de su fama. De este mismo año son sus intervenciones en películas de Charlton Heston, como Marco Antonio y Cleopatra o La selva blanca (adaptación del clásico de Jack London The call of the wild), compartiendo reparto con compatriotas como Fernando Rey o Sancho Gracia. En el rodaje de la película de Lattuada, Galiardo sufrió quemaduras que a punto estuvieron de abrasarle, y en La selva blanca, un ataque de nervios en una escena con perros lobo, por el cual casi llegó a las manos con Charlton Heston.
Algo parecía desquiciar a Juan Luis Galiardo. Su estatura y su imponente físico, acompañados de una voz profunda muy característica, hacían de él un nuevo tipo de galán, fuerte e intrépido, arquetipo con el que Galiardo conviviría durante años pero que terminaría por hastiarle. Gradualmente, su prestigio fue ganando enteros en México, país donde residió durante un tiempo y en el que trabajó con asiduidad, tanto en cine como en televisión.
Su regreso a la primera fila de la escena española vino marcado por dos papeles muy concretos: el del abogado Juan Luis Funes, el Chepa, en la teleserie de Antonio Mercero Turno de oficio, y el del político de izquierdas Víctor que trataba de ganarse el favor de Paco Rabal en El disputado voto del señor Cayo, de Antonio Giménez Rico.
Corría el año 1986, y el joven galán se había vuelto hombre maduro con necesidad de otro tipo de papeles. Ese letrado resabiado, perro viejo de los juzgados, bebedor y amante de su profesión, hizo que el gran público conociera a un nuevo Juan Luis Galiardo, capaz de dar matices y solidez a personajes tridimensionales. Juan Echanove hacía su primer protagonista en televisión. En la ficción, Juan Luis Galiardo era su mentor, algo no muy alejado de la realidad, tal y como lo recordaba a la revista ACTÚA el propio Echanove a finales de 2010: “Juan Luis me inculcó la manera en que entiendo la profesión. Me transmitió la pasión por la vida y la torrencial ilusión que ponía en cada proyecto. Él y Juan Diego fueron los Chepas de mi vida”.
En adelante, la calidad de sus trabajos no dejó de crecer, tanto en cine, como en televisión o en teatro. Para la pequeña pantalla, cabe destacar su poderosa encarnación del astuto potentado Álvaro Mesía en La Regenta (1995), donde su pugna con Carmelo Gómez por los favores de Aitana Sánchez-Gijón rozaba lo antológico. Más recientemente, en 2009, dejó una huella indeleble interpretando al general Armada en 23-F, el día más largo del rey.
En cuanto al cine, sería ocioso reproducir su lista de trabajos, que sobrepasa con creces el centenar, pero no podemos olvidar esas partidas de mus con Franco (Juan Echanove), Longinos (José Sacristán) y el páter (Antonio Gamero) en Madregilda (Francisco Regueiro, 1993), su contribución como Muñigorri al tótum revolútum de Todos a la cárcel (Luis García Berlanga, 1993), o ese hidalgo crepuscular y vencido de El caballero Don Quijote (Manuel Gutiérrez Aragón, 2002). Sin embargo, muchos críticos coinciden en afirmar que realizó una de sus mejores interpretaciones en Familia (Fernando León de Aranoa, 1996), dando vida al solitario Santiago que, una vez al año, celebra su cumpleaños con una familia postiza. En 2000, protagonizó Adiós con el corazón, con dirección de José Luis García Sánchez y guion de Rafael Azcona, trabajo que le valió un merecido Goya.
Con su natural exuberancia estuvo trabajando hasta que le fallaron las fuerzas. Es de ley recordarlo y darle las gracias por haber querido tejer nuestros sueños hasta el fundido final.

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