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10-09-2015 Versión imprimir

 



Juan Luis Iborra



 
“El cine de ahora se divide entre grande… e independiente”



Puso firma a los guiones cinematográficos con más recaudación de los 90. Desterró (¿para siempre?) la división de opiniones en la gala de los Goya, que ha dirigido cuatro veces. Sus obras de teatro se cotizan por la carcajada. Juan Luis Iborra está en forma.


JAVIER OLIVARES LEÓN
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Pocas veces habían estado tan de acuerdo los artistas y los docentes del Periodismo: el silencio más temido ante un entrevistado es ese que desemboca en la encerrona que le invita a elegir entre cine, teatro y televisión. En el caso de Juan Luis Iborra, nunca llega el trance. Primero, porque la conversación fluye de las tablas a la claqueta sin solución de continuidad, como en su intensa biografía. Y, segundo, porque la sonrisa de este ciudadano de L’Alfàs del Pi, Alicante, haría cómplices incluso a los morosos, si los tuviera. Ganador de un Goya como guionista, realizador de la gala en la que se dan esos premios, tiene a sus 56 años al menos cuatro obras de teatro siempre en cartel.
 
– ¿Es usted ubicuo?
– Imposible [risas]. Además, me parecen cansadísimas las giras. Se lo decía el otro día a Belinda Washington y Míriam Díaz Aroca, con las que hago Insatisfechas y Ni para ti ni para mí. Es muy meritorio ese palizón cuando tienes hijos. Su vida es un trasiego permanente. Admirable. Alguna vez que las he acompañado alucino. Llegas a casa un lunes, deshaces maleta y otro viaje el jueves…  
 
– Ellas sí que son dos actrices hechas a sí mismas…
– Las conocí en mis tiempos en televisión, pero son muy de teatro, muy kamikazes. Les gusta y disfrutan de una bendita tendencia de los últimos años: en cualquier localidad pequeña hay un Centro Cívico o un Centro Cultural, ya no existen límites para las compañías. Gracias a esto funciona el teatro. Ni para ti ni para mí ha hecho 140 ciudades, dos años de gira. Un récord: está entre las tres mejores compañías en cuanto a bolos. Hay pueblos que no sabía que podrían tener un teatro así.   
 
– Es usted como El Brujo en la comedia, por la producción.
– ¡Casi! [risas] La diferencia es que él tiene que actuar… Yo tengo ahora también una obra semi-independiente, con actores desconocidos, Emplátame el corazón. Y ellos tienen más difícil los bolos, porque son desconocidos.
 
 
 

 
 
 
– Y mantiene por ahí A vueltas por la vida, con Beatriz Carvajal.
– Es quizá con lo que más contento estoy. Es la historia de una asistenta que no había leído en su vida y roba libros allá donde limpia. A base de lectura hace su vida mejor. La gente se ríe y llora.
 
– ¿Se imagina esa obra con otra actriz?
– Es que esta actriz es muy buena. No lo escribí pensando en ella, pero me costaría verlo con otra. El cerebro discrimina cuando se acostumbra.
 
– Tira usted mucho de actores taquilleros, de las series.
– Fue el caso de Mentiras, Incienso y mirra, que escribí por la insistencia de mi amiga Elisa Matilla. Verá: tengo un grupo de amigos que celebramos la noche de Reyes en mi casa, al modo de Los amigos de Peter. Se me ocurrió pedir los derechos de esa película, pero no lo conseguí. De aquello salió Mentiras… Pensé en Jordi Rebellón –entonces de moda por Hospital Central– y Elisa como protagonistas. Antes de empezar a ensayar, ya habíamos vendido los tres días en Alicante. ¡Qué presión! Disponíamos del tiempo de rigor de ensayo, seis semanas, pero ya funcionaba el tirón de la serie. Empezamos por la foto, lo que no se debe hacer…
 
– ¿Por qué le fascina tanto la mujer?
– Eso me dicen, pero no escribo para ellas. Y eso que a la hora de dirigirlas son más complicadas que al escribir. Siempre hay algo de vestuario que les incomoda, por ejemplo. Pero intervienen lo justo. Durante el desarrollo de la obra, la improvisación se queda. En tres meses, se llena de cosas nuevas, añadidas. Míriam Díaz Aroca, por ejemplo, lo agradece: “Es síntoma de que está vivo”.
 
– ¿Deja usted solos por ahí a los actores, al dictado de su improvisación?
– Y eso es algo que no tienen ni el cine ni en la tele. Aquí los productores apenas opinan. En cine opinan e influyen cien personas, que te envuelven y te hacen cambiar. En el teatro, solo los actores mejoran, amoldan el gag y el papel según su comodidad y experiencia con el rodaje de la obra. Hay aspectos de los que no nos damos cuenta ni los directores.
 
– ¿Cree, como Borau, que escribir es dirigir?
– Estoy de acuerdo. Me divierte mucho escribir y disfrutar, y como yo siempre lo hago a medias… si te ríes construyendo un guión, es que la cosa va a funcionar. Cada escena es una tormenta de ideas. Yo hablo mucho, y noto si voy bien o mal. Pero defiendes una idea sin pensar. Y al revés, también. Soy mucho de borrar el día siguiente.
 
 
 

 
 
 
– ¿Qué método de trabajo sigue, para escribir tanto?
– El de una oficina, el de una obra, el de un ministerio. Todos los días escribo de 9 a 15. Es un oficio en el que tienes que llamar a la musa. Currando así… es difícil no sacar algo en limpio. Escribo y corrijo sin parar. Si un día hacemos de más, el siguiente pienso y me relajo. A veces hago escaletas, como en el cine. Y debo tener claro el título de la obra o la película.
 
– ¿Ah, sí? ¿Comienza la casa por el pararrayos?
– Parece una tontería, pero el título es el resumen del proyecto. Hay amigos que me piden ayuda para titular… no es fácil sintetizar. Como en el periodismo, supongo. Si tengo el título, funcionará, aunque luego lo cambie. Por ejemplo, la obra Insatisfechas era Insatisfechos, que sonaba más a sexo. Pero el título me ayudó. Y si no tengo final, tampoco sé adónde van los personajes. Una vez escribí una película así, y a la mitad nos emparanoiamos porque no sabíamos hacia dónde iba. Antes de escribir, tengo que contar a los amigos de qué va y percibir el pálpito que tienen.
 
– ¿Cómo lleva lo de escribir a cuatro manos?
– Debe de ser que lo llevo bien. Estuve 16 años con Yolanda García Serrano, luego Antonio Albert (sigo haciendo cosas con él), y ahora, Sonia Gómez.
 
– ¿Se palpa el fin del feeling?
– Como la llegada. Por ejemplo, cuando estaba yo trabajando en ¡Hola, Rafaella!, en TVE, llegó Antonio Albert a hacer un reportaje sobre el equipo de la Carrá para El País de las Tentaciones. Hice mucha amistad con él, y hasta hoy. Y con Sonia Gómez, con la que escribo ahora, me enganché en otro proyecto de televisión, porque el feeling saltó a la vista. Hay que tener mucha generosidad para trabajar así. Lo hacemos todo juntos, aunque escriba solo uno.
 
   Juan Luis Iborra empezó en el cine como actor, de la mano de Miguel Picazo en Extramuros (1985). Pilló un papelito mientras estudiaba interpretación. Se trataba de una escena sórdida, una procesión de infieles, viciosos, con monjas de fondo. Para los 10 candidatos, solo había tres papeles claros. “¿Quién quiere hacer un simulacro de masturbación?”, preguntaron. Y allá estaba Iborra. “Me ofrecí voluntario y lo hice en un plano, con un pene de pega que me dieron”, recuerda. Su única experiencia, mínima, había sido con Fernán Gómez, en Del Rey Ordax y su infamia. “El de vestuario, Javier Artiñano, me sopló las tres opciones a elegir: escupir, masturbarse y no sé que otro papelazo [risas]. Y como me habían recogido a las cuatro de la mañana en Madrid para rodar en Ávila, levanté la mano, no me fuera a volver de vacío. Recuerdo que la escena fue muy criticada en La Clave, en TVE”. El fotógrafo de la entrevista, Enrique Cidoncha, le recuerda que el actor Fernando Tejero, en Sobreviviré, hizo lo mismo: eligió una escena de onanismo. “Así se acordarán de mí”, se dijo. “Vaya, parece que no solo coincidimos en Aquí no hay quien viva”, comenta Iborra, que dirigió dos años esa serie.
 
 
 

 
 
 
– Tener un Goya al guion o al guionista, ¿garantiza el trabajo de por vida?
– Te reconocen en la profesión, pero no te da trabajo. Por cierto, el Goya [por Todos los hombres sois iguales] me pilló currando en Cuba, y el día siguiente tenía muchos mensajes en el contestador. La gente importante del cine, como Marisa Paredes, me había llamado para felicitarme.
 
– Cuando hay que elegir guionista, mejor el premiado.
– Quizá en comedia… pero la comedia es la gran perdedora en los festivales. Ni en Cannes, ni en los Goya, ni en los Oscar se considera tanto. Es lo más difícil de hacer, más que el melodrama.
 
– ¿Por qué considera que es difícil?
– Porque resulta complicado acertar y luego dirigir. No te puedes pasar en los diálogos, hay que tener el tempo. Es mucho más sencillo llenar folios de amor y drama, sin preocuparte por la extensión, “Te quiero”, “te odio”, y listo. En comedia, lo importante es encadenar gags. Por eso me llamaron dos años en Aquí no hay quien viva. Yo no escribía, dirigía.
 
– Y todo, por formar parte del grupo de Manuel Gómez Pereira.
– Ese grupo tuvo empuje. Empezamos con Salsa rosa, muy bien de taquilla. Y los productores nos pedían más. Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo superó por 100 millones de pesetas en recaudación a la anterior. Luego Todos los hombres sois iguales y El amor perjudica seriamente la salud.
 
– La importancia de aquellos guionistas es vital. Hay gente que duda si esas películas las dirigió Gómez Pereira o usted.
– Es que nos encerrábamos, hablábamos mucho con el director. Solo le quedaba ponerla en pie, que no es poca cosa. Pero inventamos un método de trabajo: nos enclaustrábamos una semana fuera de Madrid, para huir incluso de la familia. Eran sesiones agotadoras de curro, pero después de doce horas –más la cena– hablando, y claro, no había dudas. Y luego, fines de semana para rematar.
 
– ¿Cuál es su favorita?
– Por qué lo llaman amor… Es que las historias de perdedores me encantan. Una actriz porno cutre, un pobretón… me divierte mucho aún hoy. Por eso en las obras de teatro sigo ese hilo. En Karaoke, por ejemplo, eran unos desgraciados a punto de suicidarse… me divierto más sacando comedia con gente perdedora.
– ¿Ha cambiado el tono de la comedia respecto a los 90 o hacen gracia las mismas cosas?
– Hay unos directores nuevos que han vuelto a lo que había, igual que entonces nos decían que éramos “los nuevos Colomo y Trueba”. Los de mi generación no son todavía abuelos… por lo que me entienden. Los nuevos escriben mucho para los jóvenes; nosotros para todos los públicos. Los protagonistas son gente joven, menores de 30. Y, a esa edad, o eres cómico, o no sirves para la comedia.
 
 
 

 
 
 
– ¿Se apañaría usted con un drama puro?
– Sí. De hecho, estoy escribiendo una obra llamada Rompecabezas, sobre una familia destrozada, que sobrevive mintiéndose a sí misma. Me apetecía hablar de las miserias del ser humano. Ya en Karaoke las miserias eran comedia. Ahora son más heavies. Tengo pensado el reparto, y encontrar productor me va a costar, porque el género favorito de los productores es la comedia. Como no entre Matadero u otro estamento oficial, ese drama no se podrá hacer.
 
Cuando se lanzó a hacer Valentín no tenía ni productor ni nada.
– Pero tenía 22 años. Conseguí el teléfono de Juan Gil Albert, el autor de la obra, y me fui a Valencia. “¿Qué quieres hacer con esto?”, me preguntó. Él tenía una carta del director británico Joseph Losey, interesado en la novela. “Y hace poco ha estado aquí Miguel Narros solicitándola”, me advirtió. “Yo haría esto y esto”, le dije. “Pues para ti”. Lo escribí para teatro, y años después hice la película.
 
– ¿Fue entonces cuando decidió quedarse en Madrid?
– Más o menos. Estaba estudiando para actor, y estaba a punto de volverme para L’Alfàs del Pí. Invité a mi madre y a mi hermano al estreno. Mi padre había fallecido meses antes del estreno de Valentín en la sala Olimpia. Tuve suerte, como siempre en mi vida. Éramos 12 anónimos, excepto el protagonista, Manuel Egea.
 
– Es un momento decisivo en España.
– Pues sí, cuando gana el PSOE por primera vez. Y dirigía la función un hombre de la cultura del PSOE, Pedro Carvajal, amigo de un candidato a ministro de Cultura. Un acudía Lluís Pasqual, otro día no sé quién… ya entendí por qué. Un mes antes del estreno, en una entrevista, Alfonso Guerra, vicepresidente del gobierno confesó: “Mi autor favorito es Juan Gil Albert”. Todo vino rodado.
 
– ¿Quedó usted satisfecho del montaje?
– Pasaron cosas en la compañía, parecidas al argumento, pero tuvo buenas críticas, para mis 22 años. Tuve muchísima suerte, gracias a la osadía. Me hice un libro de recortes de prensa y todos alababan lo respetuoso que había sido con el texto.
 
– ¿Cómo fue su relación con el autor?
– Muy buena, hasta el final de sus días. Estrenamos a sus 78 años. Me llamó para pedir ayuda porque quería que le acompañara a un homenaje. Gracias a él yo me había puesto de moda, y a la vez él estaba de moda. Homenaje tras homenaje. Le acompañé a muchas cosas. El mismísimo Alfonso Guerra vino al estreno de Valentín.
 
– ¿Cómo era Gil Albert?
– Un tipo fascinante. Era gay y solo tenía sobrinas como familia. Había vivido un pasado tortuoso, como Rosa Chacel, con la que cenaba algún día y hablaban de sus exilios. En México, exiliado, libró muchas batallas. Mantuve muy buena relación, hasta que el alzhéimer le impedía conocerme. Cuando quise pasarla al cine, en 2001, tuve que hablar con las sobrinas. Una de ellas murió durante el rodaje, y las otras dos también, de cáncer. El productor las invitó al Ampurdán, al rodaje. Y nunca más supe de ellas.
 
 

 
 
 
– ¿Con el rodaje de Enloquecidas [2008] cerró usted página en el cine?
– Lo pasé fatal para sacarla, lo pasé mal con los productores… entendí que querían amortizar desde la firma. Me engañaron con algunas cosas que luego no tuve. Me di cuenta de que la crisis había llegado… para quedarse. Pero no será la última película que haga.
 
– ¿Le cabe el cine también en la cabeza?
Sí, empecé a escribir A cien euros la hora. No quiero quedarme con aquel sinsabor. Tengo buena relación con la Academia, y hay quien te ofrece la música, otro te ofrece otra cosa… excepto Bayona o Amenábar, el cine de hoy se hace así, a retazos. Cuando dirigía Manolo Gómez Pereira, con nuestras películas, había cine grande, medio o pequeño. Ahora la dicotomía es grande… o independiente. Con actores gratis, o como sea. Pero el cine se ve, en todo el mundo. Hay películas mías que se distribuyen en Tailandia aún. Hace poco han pasado Kilómetro cero en la televisión italiana, por ejemplo.
 
– Con ese título, A cien euros la hora, no hablará de asistentas.
[Risas]. No, va de hombres que se prostituyen. El título, lo primero. Y, ¿verdad que se autodefine? Pero es una película amarga, dentro de que sea comedia. Tengo reparto en la cabeza, pero no sé quiénes aceptarían. Me encantarían Luis Tosar, Luis Bermejo y Álex González. Partimos del drama, pero no cuento más.
 
– Citaba antes Km. 0, que tuvo muchos premios en festivales gays.
– Y fue una sorpresa, porque entre los 14 del reparto solo había un gay. Km, 0 acababa con Víctor Ullate bailando desnudo debajo del cartel de Tío Pepe de la Puerta del Sol, el día más caluroso de agosto. De pronto, la distribuidora hizo cortar un tramo, porque venían los de la Universal de Londres. Y de las vueltas desnudo se cortó una, era todo plano secuencia. Mira por dónde, el de la Universal de Londres era gay y dice que esa era la mejor de las historias de la película. Estuvimos en Miami, en Los Ángeles… ganamos muchos premios. Amor de hombre, en cambio, era una película abiertamente gay que movimos en ese ámbito. Por cierto, yo no sabía que había tantos festivales. Conocimos ciudades gracias a esos festivales.
 
– Le gustan las historias corales.
– Sí, no sé cuál será el motivo… es difícil entrecruzarlas. Y contar tantas vidas…
 
– ¿Es difícil controlar los egos de tantas personas?
– Siempre me sorprendía que Almodóvar repitiera actores. ¡Y luego lo entendí! Yo hago lo mismo siempre que puedo: repito. Así llevas algo ganado. Y si son amigos, mejor. Yo he tenido suerte, habitualmente. El garbanzo negro se convierte en gris al ver que los demás son blanditos. Siempre le digo al productor: me has pagado la mitad por dirigir y la otra mitad por ser psicólogo. Y eso es algo que me cansa mucho, pero entiendo que va en la labor.
 
 
 

 
 
 
– En Valentín, la película, también eran muchos.
– Un montón, y además, enclaustrados en una masía. El rodaje fue cansado. Estaba harto de las 15 personas preguntando. El que duda, el que tarda, el que recela… complacer el ego de todos es difícil. Unos viven un desamor, otros están en su peor momento anímico, o al revés. Es un trabajo minucioso, ímprobo. Hay que pasar por maquillaje y peluquería todos los días, para llevarte bien, para animar. Necesitan que estés muy pendiente. Pero reconozco que eso lo hago muy bien, no quiero malos rollos.
 
– Los técnicos hablan bien de usted.
– ¿Ah, sí? Pero me cuesta, es un esfuerzo constante por estar a bien con todos. Comidas, cenas y cafés, relaciones públicas… que en teoría no es cosa mía. A mí, lo que más me gusta es acabar el trabajo y desaparecer. Tienes incluso que mentir para llevar las cosas adonde quieres.
 
– Para la vocación, ¿le ayudó ser de la familia que regenta el cine de su pueblo, L’Alfàs del Pí?
– Mucho, toda mi cultura cinematográfica viene de ahí. Mi casa era tan pequeña que la celebración de mi comunión la hicimos en el hall del cine. Pusieron el banquete en mesas largas, juntando las que traían de sus casas las vecinas. Yo jugaba en el escenario del cine, repitiendo las escenas. Siete novias para siete hermanos, Ben Hur, Romeo y Julieta, de Zefirelli... Me seguían el rollo los niños. Y luego tuve un grupo de teatro en el pueblo, que surgió del cine. Y figúrate lo divertido que era jugar al escondite en el cine con ocho o diez años. Aprendí cómo se encendía la luz de la sala.
 
– ¿Sigue la tradición familiar?
– Mis hermanos mayores siguen llevando una sala pequeña en L’Alfàs, el cine Roma, con mucha versión original. Sobreviven porque les gusta mucho. Hacen incluso ópera en directo. Te mandan por satélite la conexión y contratas ciertos programas del Metropolitan de Nueva York o la Royal Opera House de Londres. Un día al mes anuncian ópera, y un día al mes, ballet. Y se llena. Hay mucho extranjero, ya que más del 50 por ciento del pueblo es de fuera. Y esa gente tiene cultura operística.
 
– ¿No le gustaría hacer una película sobre esa faceta familiar? Ya firmó Tiempos de azúcar, sobre la parte pastelera de la familia.
– Es que Cinema Paradiso ya existe... La criticaron, pero, cuando yo la vi, lloraba con hipo, porque me recordaba a mi infancia. Era un privilegiado: rellenaba antes que nadie los álbumes de cromos de Bimbo porque cambiaba los que me faltaban por trozos de fotogramas que se utilizaban para pegar bobinas. Había miles de fragmentos que nunca se tiraban. Yo era el rey.
 
– ¿Tenía que esperar a que acabara la sesión doble?
– Mi madre me ponía en una manta en la última fila, en dos sillones más acolchados, los de mis padres, donde me dormía. “De lo que veas aquí no cuentes nada”, me decía. Y lo que veía era la fila de los mancos con las parejas en plena acción, claro. Había otros cuatro asientos así en el centro de la sala, para el guardia civil, su mujer, el alcalde y el secretario. Nunca entendí el privilegio de las fuerzas vivas.
 
 
 

 
 
 
– ¿Tiempos de azúcar es su favorita?
– Dicen que ese guión se estudia en las escuelas. Lo pasé muy bien rodando en mi tierra, excepto en la semana.
 
– Es que la tierra llama. Lleva 27 años dirigiendo el Festival de Cine de su pueblo.
– Yo insistí al alcalde que se celebrara en julio, para que el mundillo del cine acudiera, y hemos logrado ser una referencia. Cuando la gente está harta de Madrid, la combinación de paella y mar es perfecta para captar la atención. Los metros de alfombra y las fechas son los que son. Pero han pasado por allí todos, de Almodóvar a Amenábar.
– ¿Tira de agenda para llenar esa alfombra?
– Sí. A la primera que llamé fue a Verónica Forqué, por amistad. Pero se lo pasan bien. Paco Rabal estuvo dos días sin dormir, se apuntaba a todo. Hablaba con el herrero, con el taxista... De hecho, me costó localizarle para formular la invitación, ¡porque dormía de día!
 
– Con su viuda, Asunción Balaguer, contó en la última edición de los Goya.
– Sí, ella también se apunta a todo. Le dije que no quería que hiciera playback en la gala, pero se empeñó. A mí me valía con su presencia. Ya hemos hecho cine juntos, y derrocha energía: en una escena de Enloquecidas ganaba al sprint a Verónica [Forqué]. Ahora no hace más que pedirme que le escriba algo para teatro. ¡Y tiene casi 90 años! Me cansaba solo de verla moverse en El pisito, con la que ha hecho gira.
 
– ¿La crítica del día siguiente a la gala de los Goya se espera como la de una peli?
– ¡La de este año fue buenísima! Nunca he tenido malas críticas en los Goya, y la he dirigido cuatro veces. Este año lo hice porque estaba en la Junta de la Academia. En el ensayo de los Teatros del Canal, ya se palpaba la emoción que hubo luego en directo. Se hizo tal cual lo había previsto meses antes, en agosto. A mitad de Resistiré, la gente aplaudía como loca. Qué emoción. Qué bonito.
 
 
 

 
 
 
– ¿Ya ha pensado en la del año próximo?
– Hacer algo que emocione va a ser complicado, pero la número 30 tiene que tener algo especial. La gente tiene mucho miedo a los Goya, pero no hay que minutar tanto. Solo podemos ser responsables de lo ensayado por nosotros. El año que subía el micrófono para limitar los discursos, me tacharon de limitar la libertad de expresión. Otra edición la presentó Antonio Resines [hoy presidente de la Academia] con Montserrat Caballé y Maribel Verdú. Y la gala arrancó por sorpresa: “Los nominados a la mejor dirección artística son…”. Sin discursos ni nada. Era una forma de marcar el ritmo que íbamos a llevar.
 
– ¿A usted le sorprendió la desenvoltura de Dani Rovira?
– Es un monstruo. Muchas de las ideas son nuestras, pero lo que dice lo escribe él con su guionista. Buscó efectos y gags hasta el último momento. Le insinué que bailara aquel claqué y lo ensayó dos horas diarias durante seis semanas. Le voy a pedir nuevas cosas. El año próximo repetirá. Hay que cerrar cuanto antes los participantes en el show, y ello requiere en muchos casos anular sus actuaciones del día de la fiesta, porque las entradas de esas obras de teatro se venden con mucha antelación.
 
– ¿Por qué dan tanto respeto los Goya?
– Porque después del “No a la guerra” hubo recelos. En Navidades de ese año me llamó Mercedes Sampietro [presidenta de la Academia de 2003 a 2006] pidiéndome el favor, y no debí de hacerlo mal. Yo siempre lo planteo pensando en los espectadores, en la fiesta, además de satisfacerme a mí. Desde aquella polémica ha cambiado todo mucho: Antes, los actores llegaban al límite, y ahora a las 16 horas ya ves gente vestida de largo, lista para maquillaje y peluquería, porque el fotocall es largo.
 
– ¿Tiene una libreta para el cine, otra para el teatro, para el festival de L’Alfàs del Pi, para los Goya…?
– Y voy tachando, que es lo que más me puede gustar [risas]. En la gala de 2015 me fallaron Vargas Llosa y Eduardo Mendoza, que me instaron a llamarles el año próximo. Veremos.
 
 

 
 
 
Dos rodajes con mucha miga
Juan Luis Iborra tiene una calle en su pueblo, L’Alfàs del Pi (Alicante). Es, según él, la única en el planeta dedicada a una profesión y un apellido: Calle del guionista Iborra. Pero en la comarca es también conocido como “El fig del panader” (el hijo del panadero). De hecho, su Tiempos de azúcar tenía retazos de ese entorno. “La dirección artística de la película se hizo con un horno real, y la panadería, en decorado. El protagonista, Carlos Fuentes, y el resto del equipo estuvieron aprendiendo a amasar. Y el plató olía exactamente como olía mi infancia: magdalenas, toñas, tartas...”. Los carteles de precinto de rodaje rezaban ‘Película de Juan Luis Iborra’ en lugar de ‘Rodaje de Tiempos de azúcar’. “Tuvimos todos los privilegios”, recuerda. Más tumultuoso fue el rodaje de Km.0. “La mayor tensión que he sufrido en mi vida. Parar la Puerta del Sol, el centro de España, fue una odisea. Los ocho días en el mismo sitio, en la puerta de la sede Comunidad de Madrid. Era presidente Gallardón que, por cierto, nunca paró a saludar. Y te das cuenta de que por allí pasa todo el mundo, incluso, claro, gente de mi pueblo: ‘Coño, el Iborra’. Te sentabas un rato ahí y veías a media España mientras sonaba el claxon de los coches”. El día que acudió al rodaje Concha Velasco fue el súmmum: “500 jubilados apoyados en la valla ‘esperando a Conchita’. Había escenas que la escuchaban hablar y aplaudían. Horroroso”.
 
 
 
 
Nombres en carrera
En 30 años largos de carrera, varios nombres han marcado la trayectoria de Juan Luis Iborra.
 
Pepe Navarro.
Trabajé con él en El día por delante. Comprobé que, en televisión, ser guionista de un programa diario resulta extenuante. Vives solo por y para el programa. Una bonita etapa que ahora no repetiría; ya no soy tan joven para soportar la presión a la que te ves sometido.
 
Raffaella Carrá.
Trabajar en Hola, Raffaella! fue todo lujo. Con ella aprendí que la televisión es espectáculo y seriedad en el trabajo.
 
Martes y 13.
Fui guionista de El Robo de la Jojoya, que recaudó casi mil millones de pesetas [6 millones de euros]. Para hacernos una idea, Todos los hombres sois iguales recaudó 450 millones. Las pautas que nos marcábamos Yolanda García Serrano [su compañera de guión] y yo saltaban por los aires. Martes y 13 sugerían: “Pongamos una niña de primera comunión en una celda y un león en otra”. La locura.
 
Concha Velasco.
La Actriz, con mayúsculas. Después de trabajar con ella solo quieres volver a hacerlo. Es una droga. 
 
Beatriz Carvajal.
Su interpretación en la obra A vueltas con la vida, me hace estar orgulloso. También lo estoy del guión de Tiempos de azúcar y de Lluís Homar en la versión cinematográfica de Valentín.
 
Javier Bardem.
Le conocí en el programa de Pepe Navarro, y ahí descubrí lo buen actor que podría ser.
 
Elisa Matilla
Una actriz y amiga con un sentido de la comedia maravilloso y con un potencial dramático que algún día demostrará. Confidente, intuitiva, generosa.
 
Manuel Iborra.
Una vez, para la promoción de Amor de hombre, me hicieron una larga entrevista. Casi de finalizar me di cuenta de que me estaban confundiendo con él. No dije nada para no hacer quedar mal al periodista.
 
 
 
 
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