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28-03-2019

Juan Margallo

“Lo mejor de ser actor es la alegría de descubrir”


Entre decenas de trabajos en escena y para televisión y cine, con ‘Campeones’ como su último gran trabajo, el hombre más insumiso y festivo de nuestra escena es, ante todo, la memoria viva del teatro independiente en España


Pedro Pérez Hinojos (@pedrophinojos)

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Se le pide una mirada cómplice, apoyado en una pared, y él ofrece el posado de “un James Dean extremeño”. Juan Margallo (Cáceres, 1940) se deja llevar risueño y sin impaciencia en una sesión de fotos en su barrio madrileño de la ribera del Manzanares, en una tarde primaveral del loco febrero, mientras devuelve saludos a sus vecinos y resuena la barahúnda de una tropa de niños jugando en un parquecillo cercano. Pausado en sus movimientos y torrencial en su discurso, Margallo puede escribir con su propia tinta decenas de páginas de la historia reciente de la escena española y capítulos enteros del teatro independiente con la huella de grupos legendarios como Tábano, El Búho o Uroc. Es su verdadera memoria andante, acompañada del recuerdo de un sinfín de trabajos para televisión y cine, siendo lo último su participación en la exitosa Campeones. Petra, la actriz Petra Martínez, su compañera de vida y aventuras, también entra y sale en el caudal inagotable de una charla en torno al largo camino de aquel chaval indómito que traía de cabeza a sus padres, hasta el insumiso y festivo actor y director al que sesenta años después una vecina escucha compararse con el mítico rebelde sin causa. “Ya quisiera James Dean”, le piropea.

 

- Le faltan pocas cosas por hacer en esta profesión e incluso posee importantes reconocimientos, como el  premio Max o la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes que le concedieron en 2011. ¿Pero esperaba a estas alturas quedarse a las puertas de ganar el Goya al mejor secundario por su papel en Campeones?

- Ha sido una felicidad tremenda trabajar con estos chicos. Tenemos un grupo de WhatsApp y todos los días estoy recibiendo mensajes. Son muy cariñosos, como niños. Lo del Goya no tenía importancia para mí. Fuimos a la ceremonia y lo pasamos genial. Además, he tenido el privilegio de trabajar a las órdenes de Javier Fesser, la persona más amigable y bondadosa del mundo. Y un director increíble, aprovecha lo que tiene. Es natural e ingenioso. Y sin paternalismo ninguno. Creo que esta película, junto a Los versos del olvido, que hemos rodado en Chile y que ha resultado agotadora, es lo mejor que he hecho en cine. No puedo estar más contento.


- Quién se lo iba a decir a aquel niño revoltoso que soñaba con dedicarse al espectáculo, viviendo en el campo extremeño.

- Y sin antecedentes familiares. Mi padre era militar y mi madre, maestra de pueblo. Tengo siete hermanas y un hermano, y ninguno se ha dedicado a la interpretación. Yo era un pésimo estudiante, el gracioso de la clase. Y comencé de caricato, imitando a Gila. Mi padre quería meterme en la Academia del Aire, pero no aprobaba nunca y así era imposible. Y tras suspender por cuarta vez la reválida de cuarto, me llevó al cuartel y le pidió al sargento que se ocupara de mí y que no volviera a casa. Y allí me quedé, como educando de banda, que es el que toca el tambor, porque no podía ser soldado. Solo tenía quince años. Y allí conocí a un mago y aprendí muchísimo de él.



- ¿Y cómo convenció a sus padres de que yo lo suyo era actuar?

Me entusiasmé tanto que le prometí a mi madre que si me regalaban un libro de magia, volvía a estudiar. Mi padre me perdonó, me compraron el libro pero seguí suspendiendo. Me porté fatal. Más tarde me fui a estudiar perito industrial a Béjar. Pasé allí tres meses y luego mi padre pidió que le destinaran a Madrid y todos nos vinimos para acá, yo a continuar mis estudios. Pero al mes de estar aquí lo dejé, y mi padre me suspendió de empleo y sueldo para siempre. Y empecé a hacer de todo, trabajando en cualquier cosa, lo que me salía.


- Pero consiguió entrar en la escuela de teatro.

- Me suspendieron en el ingreso a la Resad. Hablaba más rápido que ahora, sin pronunciar las eses, con el acento cerrado de Cáceres. Recuerdo que estaba en un grupo haciendo Las aceitunas, de Lope  de Rueda, con una de las profesoras del tribunal, Amparo Reyes. Y el examen era fácil; solo había que interpretar dos escenas, una moderna y otra clásica, y declamar una poesía. Y cuando hice la prueba, la pobre Amparo se me acercó y me dijo: "No te vamos a calificar para que no figure el suspenso en tu expediente. Y no lo has hecho mal. Lo que pasa es que no hemos entendido nada de lo que has dicho" (risas).


- Entró al final pero, ¿cómo se fue abriendo paso?

- Pues comencé a trabajar por pesado. Un día, por el año 62, me encontré un cartel en el María Guerrero buscando un actor que tocara el acordeón para La loca del Chaillot, de Giraudoux. Me presenté y me atendió el propio director, José Luis Alonso de Santos, fíjate. Le dije que tocaba la guitarra y si podía valer. Me dijo que no. Días más tarde vi otro cartel pidiendo un malabarista. Me presenté también aunque yo solo sabía hacer juegos de cartas. "Pero si buscamos un artista de circo, hombre", me dijo. El caso es que días después José Luis fue a la escuela buscando a figurantes y me vio por allí. Y se acordó de mí: "Si tú eres el pesado". Y me escogió y me dio dos frases. Y luego se puso enfermo el malabarista, aprendí a hacer malabares y me quedé con el papel. Y ese fue mi debut en el teatro. Allí estaban Amelia de la Torre, Alfredo Landa, José Bódalo, Ferrandis, las hermanas García Ortega... Figúrate. Y con José Luis, que era el mejor.


- ¿Y cómo se las compuso para verse enseguida trabajando rodeado de los grandes?

- Pues estando ahí, simplemente. Pero fue increíble. Estuve con Tamayo haciendo Bodas de sangre en el Bellas Artes. Luego en el Español protagonicé al hijo de El alcalde de Zalamea con Narros. En el Arenal, que era un teatro de Luis Escobar, hice Dulce pájaro de Juventud. Era 1964. Allí coincidí con Arturo Fernández. Coincidí después, otra vez, con Tamayo e hice Calígula con Rodero. Y más tarde Julio César en Mérida…  Fue una época muy bonita. Hasta me hice novio de María José Goyanes, que tenía 16 años (risas).


- ¿Y en aquel ambiente cómo era la vanguardia y el teatro independiente y cómo entró en contacto con ellos?

- Había muchas ganas de descubrir cosas nuevas, y mucha inocencia también. Y mi contacto se inició cuando empecé a frecuentar el Teatro Estudio de William Layton. Le considero mi maestro. Hice con él la primera versión de Historia del zoo de Albee en España (1963). Ensayamos un año. No nos dejaba la censura representarla. E hicimos tres funciones solo. Trabajamos en más cosas, como experiencias con psicodrama en el sanatorio mental de Ciempozuelos. Aprendí muchísimo.




- ¿Por qué sintió tan pronto la necesidad de dirigir?

- Yo creo que por pura curiosidad. A comienzos de 1968 entré de ayudante de dirección de Trino Martínez Trives, que fue el introductor de Ionesco, Pinter, Becket y del teatro de vanguardia en España, e hicimos Viento en las ramas del sasafrás, de René de Obaldía, en el Teatro Valle Inclán, una sala que estaba en la Torre Madrid. Y lo primero que dirigí fue La escuela de los bufones, de un belga llamado Michel de Ghelderode. Allí metí a todos los hippies que me encontré. Estaba hasta Rafael Álvarez ‘El Brujo’ en el coro.


- En ese ambiente nació Tábano. ¿Cómo surgió la idea de crearlo?

- Pues al poco tiempo de aquella primera experiencia como director montamos el grupo José Luis Alonso de Santos, Enriqueta Carballeira, Alberto Alonso y yo. En aquella época se creaban grupos y desaparecían enseguida. Hacían una o dos obras y adiós. Pero nosotros duramos bastante, con la llegada luego de Carlos Sánchez y Andrés Cienfuegos.

 

- No se lo puso fácil la censura.

- La verdad es que no nos daban respiro. Actuábamos en colegios mayores y pequeñas salas, y en todo lo que hacíamos veían algo subversivo. Por ejemplo,  hicimos una obrita titulada La tortura en la que dos policías pegaban a un reo y el único diálogo era recitar la biografía de José María Pemán. Y claro, nos prohibieron hacerla.


- Pero la cosa se puso seria cuando hicieron Castañuela70, una comedia disparatada, a mitad de camino de la revista musical, la chirigota, el teatro bufo…. ¿Hubo un antes y un después de aquello?

- Aquel fue nuestro primer espectáculo importante y nos marcó, claro está. Lo hicimos con la banda Las Madres del Cordero, donde estaba Moncho Alpuente, y se presentó en un ciclo de cámara y ensayo en el Teatro Marquina. Allí estaban la periodista Rosa Montero, Gloria Muñoz, Paco Guijar, Alicia Sánchez, Petra… Y tras una pequeña gira, la obra llegó al Teatro de la Comedia. Llenábamos todos los días. Y después de ponernos muchas pegas la censura, un día lanzaron unas octavillas subversivas en el patio de butacas firmadas por el Frente Mao Tse Tung, y al día siguiente nos prohibieron la función. Luego supimos que fue la propia Policía la que lanzó esos panfletos. No podían consentir que aquello tuviera tanto éxito.


- Pero eso les impulsó a salir de España. ¿Hubieran salido al exterior de no haber sido por la censura?

- No teníamos otra alternativa si queríamos hacer lo que nos gustaba. En 1971 salimos a Francia y empezamos a actuar por centros culturales de inmigrantes y exiliados. Fue algo extraordinario. Pasamos por Bélgica, Holanda, Alemania y Suiza. Paseamos bien Castañuela. De vuelta a España, intentamos representar El retablo del flautista y estuvieron a punto de quemar el teatro. Así que otra vez al extranjero. Y así llegamos al Festival de Teatro de Nancy y al de Manizales, en Colombia, que nos dio un aprendizaje enorme.


- ¿Qué le impulsó a dejar Tábano y a emprender otras aventuras, como El Gayo Vallecano o El Búho?

- Fueron nuevas experiencias. Ya estábamos en los 80. El Gayo era una acción cultural de barrio, allí se hacía de todo y contribuyó a revitalizar Vallecas. Y Uroc fue una aventura con Petra, algo familiar, que nos ha llenado mucho, trabajando para todos los público y viajando mucho. También durante esos años tuve el privilegio de dirigir el Festival de Teatro Iberoamericano de Cádiz. Para mi carrera fue muy importante.



- Es evidente que en ella el teatro ha sido fundamental. Pero nunca han dejado de contar con usted para hacer cine. ¿Lamenta no haber hecho más películas?

- Es verdad que no ha sido mi dedicación principal pero no me puedo quejar, nunca he dejado de hacer cosas. Mi primer trabajo fue en Los flamencos (1966), con Julián Mateos. Y también trabajé con Martínez Soria en Se armó el belén (1969) y Hay que educar a papá (1971). Tuve la suerte de contar con un papelito pequeño en El espíritu de la colmena (1973), de Erice, una de las mejores películas de la historia del cine español en mi opinión. Y de lo último que he hecho estoy muy satisfecho de Noviembre (2007).


- ¿Y la televisión?

 - He hecho bastante pero en poca cantidad. Mucha gente me recuerda por el personaje que hacía junto a Petra en Barrio sésamo. Y yo le tengo mucho cariño.


- Con el paso de los años ha ido domando la rebeldía y el inconformismo. ¿Le queda algo todavía?

- De joven era muy provocador. Aparte de hacer sufrir a mi familia, escapándome de casa, yéndome por ahí, buscando cómo trabajar en el teatro, íbamos a ver otras funciones y pateábamos a la mínima. Era muy crítico con lo que hacían mis compañeros. Pero he cambiado completamente. Y he cambiado porque esa actitud era prepotencia pura, ganas de hacer daño. De Layton también aprendí lo importante que es mantener un talante positivo, apostar solo por aquello que favorece y ayuda.


- ¿Cómo cree que le ven sus compañeros?

- Tanto como Petra y yo desplegamos una simpatía que cala. Hemos sido generosos y la gente lo valora.


- ¿Y cuáles son los trabajos por los que usted cree que más se le recordará?

- No lo sé. Sí puedo decir aquellos a los que yo tengo un amor especial. Como Ejercicios paracaidistas, que hicimos en el Centro Dramático, o La feria mágica, una obra infantil con la que recorrimos toda España y el extranjero. También fue inolvidable hacer La tuerta suerte de Perico Galápago de Jorge Márquez, con José Pedro Carrión y La Maña, que fue su debut en teatro y estuvo cojonuda.


 

- Hablando del futuro, y aparte de escribir sus memorias, ¿qué más tiene entre manos?

- Las memorias se van a titular Vivir del aire. Mejor que Hasta que el Alzheimer me devore, que era el primer título (risas). Me ha convencido Petra para cambiarlo. Y nos gustaría hacer  Adosados 2, una segunda parte de Adosados, una obra con la que nos reímos muchos Petra y yo. Ya solo trabajaré con ella. No puedo embarcarme en cosas grandes. El cuerpo no da más de sí.

 

-¿ A estas alturas se arrepiente de algo?

- De lo que no me arrepiento es de haber dicho no a lo que dije no. Había siempre una razón para ello. Recuerdo que renuncié a dirigir una buena obra porque tenía que trabajar con un actor que le había pegado una bofetada a una actriz. Él era muy importante y cuando planteé que era él o yo, se quedaron con él, claro, y yo me fui. Sin trabajo pero contento.

 

- ¿Y le queda algo por hacer?

- Si acaso, quisiera volver a montar la Historia del zoo, de mi maestro Layton. No sabes lo que aprendí con ella y de él. Me vino bien como ser humano, como actor y como director. Era una persona extraordinaria. Él decía que la alegría del descubrimiento es intransferible. Él nunca te ofrecía las respuestas, te preguntaba y obligaba a hacerte preguntas hasta que tú las encontrabas. Yo siempre he tratado de seguir esa pauta como director. Y es complicado mantenerte en ello. Por lo general, el director tiene tendencia a ser el más listo, el que más sabe y el que impone. Hay algunos verdaderamente sádicos, que torturan a los actores. Eso no es un director. El que te guía, el que te ayude a encontrar respuestas, el que te coloca en el sitio exacto para que tú des la carambola, eso es un director.

 

- Echando la vista atrás, ¿no tiene la sensación de que escogió el camino más complicado?

- Qué va. Lo hemos pasado de puta madre. No tengo recuerdos malos. Y mira que debería tenerlos, sobre todo de los principios. Pero la familia ha sido fundamental. Recuerdo que mi piso era casi como una comuna. Vivíamos un montón y sin un duro. Pero nunca nos faltó la comida de nuestros padres. Tengo siete hermanas y sin su ayuda no habríamos podido hacer las giras que hemos hecho Petra y yo. Les dejábamos a los niños y nos tirábamos dos o tres meses en América. Aún hoy van a por mis nietos. Además, ten en cuenta que no vivimos la época más dura y siniestra del régimen. Funcionaba la censura y te podías llevar unos cuantos palos, pero yo he tenido suerte y me libré. Vamos, que aunque me esfuerce, no me viene a la memoria nada feo.

  

El rey emérito, la energía nuclear y el origen de Tábano

Tábano forma parte de la leyenda del teatro independiente en nuestro país. Menos conocido es su nacimiento disparatado y casi cómico a comienzos del verano de 1968. Verano, precisamente, era el título de la obra con la que debutó la compañía en un lugar absolutamente insospechado: el madrileño Centro de Energía Nuclear. “Allí estábamos nosotros en la fiesta fin de curso para las familias y los hijos de los empleados. Y antes de empezar, el señor que nos contrató nos avisó: “Va a venir el príncipe a ver la obra”. Era Juan Carlos. Y nosotros, que éramos hippies, nos negamos a actuar”, rememora Margallo. Pero después de muchos ruegos, cedieron y aceptaron subirse al escenario. “Al príncipe lo sentaron en primera fila pero nos advirtieron de que tenía prisa y que la obra no podía durar más de 40 minutos. Así que nos íbamos saltando las escenas, dando el texto a toda prisa… Aquello no había quién lo entendiera. Y en un momento dado el príncipe se levantó, se acercó a nosotros, nos dijo que le había gustado mucho y se marchó”, recuerda entre risas Margallo, que aún se pregunta “cómo debía tratarle Franco para mandarle a aquella fiesta.”


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